La estremecedora sensación de existir

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mayhem
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La estremecedora sensación de existir

Mensaje por mayhem » 10 Ene 2014 18:17

El otro día iba a postear esto aquí pero el foro no funcionaba y finalmente lo posteé en FB. Aquí termina en todo caso lo parido.

Es algo que me sucede muy de vez en cuando. A pesar de tener una memoria lamentable, seguramente consecuencia de una vida de abusos, recuerdo claramente todas las ocasiones en las que he experimentado la estremecedora sensación de existir. Han sido siete, hasta ahora. La primera vez me ocurrió teniendo unos quince años.

Estaba en mi pueblo, en Valls, e iba camino de casa de un amigo. Por aquél entonces quedaba con una gente bastante mierdosa, fue otro de los períodos raros de mi vida. Una época bastante convulsa: empecé a leer literatura existencialista, cambié de amistades, dejé de practicar deporte y empecé a fumar. Esto último parece una tontería, pero cuando estás construyendo tu vida social en plena adolescencia, termina siendo importante. Se juntó todo esto a que nunca he sentido una especial inclinación hacia las cosas que la mayor parte de la gente busca, ansía o anhela. Ese fue el motivo por el cual cambié de amistades, buscando en un nuevo grupo la rebeldía y abstracción social que no encontré jamás en el anterior.

Pero no funcionó. Pese a su apariencia rebelde, sus caladas largas y sus poses de malotes sentados sobre el respaldo de los bancos de madera, eran una panda de gilipollas felizmente integrados en la sociedad. Sólo uno de ellos me caía bien, mientras que detestaba a los demás así como ellos me detestaban a mí.

Pues bien, iba andando por encima de la vía del tren camino de quedar con esta panda de imbéciles para fumarme unos chesterfields poniendo pose de despreocupado mamón sentado sobre el respaldo de un banco de madera. Era un atajo poco usado pero conocido principalmente por los chavales del pueblo. En esto que miré al suelo, mis andantes pies pisando las grises y gruesas piedras que pueblan las vías del tren, invisible en ese remoto punto del mundo para cualquier otro ser humano, cuando su rechinar bajo mi peso empezó a tomar una dimensión desconocida para mí hasta entonces. La fricción entre las piedras bajo mis pisadas de algún modo activó algo dentro de mí. No supe a qué atenerme. Avancé un poco, mirando alrededor, recibiendo una sobredosis de estímulos. Me detuve. De repente toda existencia se tornó en exceso real: la de las piedras bajo mis pies, la de las hojas de los árboles mecidas suavemente por la brisa del norte que empuja Valls hacia el mar con poco éxito, la misma sobre mi piel, el sol cayendo a plomo, a mi izquierda las casas donde la gente estaba mirando la tele, fregando los platos, tocándose la polla o lo que cojones quisieran y pudieran hacer en ese momento, a mi izquierda un campo feo y desnutrido de avellanos tras el cual el torrente seco y áspero esperaba la próxima llovizna para gozar de un nuevo gran día.

Me sentí existente por primera vez: mi pecho subiendo y bajando engullendo aire y expulsándolo, sacando del mismo los nutrientes necesarios para mi supervivencia a través de los pulmones. Mis ojos, una maravillosa obra de ingeniería, que dirigí al cielo, donde supe la existencia de planetas, estrellas, galaxias enteras más allá de ese cielo azul ligeramente moteado por vapor de agua blanco. Esos pies embutidos en esas bambas de marca chunga apretando gracias a la gravedad esas piedras grises y gordas, primer obstáculo impuesto ante la gravedad que me lanzaba sin contemplaciones hacia el centro de la Tierra. Pensé que era un acceso a otro plano de conocimiento, que había adquirido una concepción del mundo reservada a unos pocos privilegiados, que semejante lucidez estaba ahí para quedarse. Pero no. Desapareció tan pronto como llegó, sin preaviso alguno, en apenas segundos. La magia se disipó de repente para no volver hasta dos años después, un plazo exageradamente largo para lo que eran entonces mis perspectivas, muy optimistas, debo reconocer, ante lo que era un nuevo campo mental que se había abierto para mi gozo y disfrute. Me quedé mirando alrededor perplejo, sin saber muy bien qué había pasado ni porqué, pero ante todo feliz.

No volví a leer a Sartre; tampoco es que fuera a hacerlo muy pronto, puesto que pronto agoté los libros del existencialista en la biblioteca de mi pueblo (sólo dos, vamos, uno de ellos una mierda de obra teatral infumable, el otro La náusea). Sartre definía la náusea como la asquerosa sensación de darse cuenta de la existencia de uno mismo. Pero para mí fue todo lo contrario. La experiencia fue gloriosa, me sentí instantáneamente afortunado por estar vivo. En ese momento dejé de ser existencialista.

Me volvió a pasar la semana pasada saliendo del metro de Southwark. En mis cascos sonaba una canción de Obsidian Kingdom cuyo nombre no recuerdo, y llovía ligeramente sobre el suelo londinense. El reflejo de las luces de los coches pasantes sobre el asfalto mojado, junto a un tramo de canción idóneo, me hizo detenerme bajo la lluvia. Sonreí, miré alrededor y reconocí de nuevo esa cojonuda sensación, la de existir. La de ser un asombroso producto de la naturaleza, consciente de sí mismo y de su entorno. Un retazo de vida sobre la superficie de un planeta en medio de una galaxia cualquiera que dentro de un porrón de tiempo se estrellará contra otra galaxia. Un pedazo de mierda, vamos. Pero un pedazo de mierda maravilloso.

Un pedazo de mierda embargado por una sensación de felicidad sin límites.
Dolordebarriga escribió:Mayhem, te nombro phorero del año

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Musterol
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Re: La estremecedora sensación de existir

Mensaje por Musterol » 10 Ene 2014 19:30

Me ha gustado.

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Jal: Prueba a limpiarte el cacaceite de delante hacia atrás, es decir empezar por la base del coño y acabar en el hojaldrado.

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Yongasoo
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Re: La estremecedora sensación de existir

Mensaje por Yongasoo » 10 Ene 2014 23:12

A mi también me ha gustado, has conseguido transmitir muy bien esa sensación.

La última vez que recuerdo haber sentido algo así fue en el patio de mi casa, una noche de invierno inusualmente cálida, con mi perro correteando entre las plantas, una cerveza medio vacía en una mano y un purito en la otra, viendo como el humo se elevaba.
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Dolordebarriga
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Re: La estremecedora sensación de existir

Mensaje por Dolordebarriga » 11 Ene 2014 00:40

Muy buena y bellamente descrito, Mayhem. Yo no guardo las veces, no las recuerdo todas, pero entiendo perfectamente de que me hablas, me ha pasado también, lo he sentido en unas pocas, poquísimas ocasiones. Ahora mismo recuerdo sólo una, coño, tal vez sólo haya sido una, tal vez sólo una a ese nivel, en el verano de 2004, durante el mes de julio. Fíjate si es importante que sin pasar nada todo lo recuerdo, aunque hasta que te he leído mantenía el recuerdo sepultado bajo capas de monotonías y vivencias cotidianas.
Vivía en mi cuchitril de Nebaj, Guatemala. Me desperté de repente, sin sueño, a las cinco de la mañana, en esa época mi hora de despertarme era una y media más tarde. Y en ese momento, un momento absolutamente mágico, bajo las sábanas, mirando al techo de mi habitación fui absolutamente consciente de todo: de mí, de mis circunstancias, del mundo, de la habitación, del alba que rompía por el ventanuco, de la vida, de la muerte, de lo que quería, de lo que tenía, de lo que anhelaba. Fue como un click en el cerebro, como un salto adelante de varios miles de kilómetros. Se prorrogó durante unos diez minutos, yo ni me movía, no quería que pasara ese momentazo, esa sensación de saberte y sentirte en la cima y la sima del mundo a la vez, aquí y allí, en todas partes pero absolutamente aquí. Y luego, tras perder el momento, sabes que ha sido algo especial, casi único y durante un tiempo pasan cosas y tomas decisiones con una naturalidad y tranquilidad absoluta.
Estoy seguro que, desprovisto de misticismo porque soy muy poco dado a ello, eso es una "revelación", una "iluminación", es buda alcanzando otro estado, Pablo cayendo del caballo...es eso, es lo mismo que ellos sintieron y que interpretaron como algo divino y sobrenatural. Yo no sé que es, pero aunque no le doy el aire de divino si que es algo sobrenatural, por desgracia, casi único.

Luego, hay otro tipo de momentos raros también aunque estos no son individuales, son en pareja o en grupo, son momentos mágicos, momentos no de sensaciones tan marcadas y fuertes como estos, pero que también son, son unos momentos de encaje absoluto de todas las piezas del lugar en el que estás, no conectas con todo lo visible o lo invisible, conectas el lugar y el momento y todas o casi todas las personas de ese lugar y momento. Yo soy de mantener el mismo grupo de amigos de siempre, el núcleo duro nos conocemos desde los cuatro o cinco años, del parvulario. Luego tengo muchos más amigos, soy una persona asocial, social, vamos que me encanta la soledad pero tengo una muy buena facilidad social y luego de mantener en stand by amistades buenas, sin cuidarlas, pero tampoco sin perderlas. Pero con ese grupo nos unen siglos. Pues bueno, con ese grupo de amigos recordamos un puñado de estos momentos. Momentos sin importancia, en los que no pasó nada pero que todos sabemos que fueron mágicos, que encajamos todas las piezas. Y es curioso porque todos, sin haber pasado nada, recordamos esos momentos...veinte años más tarde... "oye y te cuerdas de aquel día que...(que no pasó nada, pero que todos recordamos como algo especial, así, sin "h"). Esos momentos de mística grupal, por llamarlo de alguna forma, también son muy grandes, si conoces al grupo con quien los tienes (pues entiendo que también es posible vivirlos con desconocidos), afianzan el nexo de unión mucho más allá de lo normal. No sé si lo he explicado bien.

Por poner un ejemplo, a ver si así, uno de ellos nos sucedió a los veintipocos, durante un fin de semana todos y todas metidos en la casa de montaña de los padres de una amiga. Cogimos los coches, los dejamos en la montaña y caminamos unas dos horas por el campo hasta un pueblo pequeño en el que entramos a comer en un restaurante en el que nos sentaron en una sala aparte, en una mesa larga, éramos más de diez seguro, si me pongo me salen todos. Tras una comida muy bien regada, los postres, los carajillos y los pacharanes, una amiga contó un chiste, el de la competición entre la gendarmería y la guardia civil por ver quien presentaba el conejo más grande. No es un chiste especialmente brillante, pero lo contó extraordinariamente bien, mira a esa amiga, Marta, si que le he perdido la pista porque era pareja de otro del grupo y, al romperse, tras vivir juntos y tal, ella decidió perdernos de vista al resto del grupo como método de terapia y superar la ruptura. Pues eso, que ese momento, el del chiste y lo que pasó después, que no fue nada importante, vamos básicamente el de continuar la sobremesa y luego el deshacer, borrachuzos, el camino andado hasta los coches, fue uno de esos momentos mágicos de encaje absoluto entre todos, de misticismo grupal. Y esos momentos, en los que no sucede nada pero encaja todo, no se recuerdan igual como grupo que otros mucho más recordables y memorables...borracheras míticas, sexo compartido, peleas y locuras absolutas de esas que nunca explicarías a tus hijos y que siendo excepcionales desde un punto de vista de historia no poseen ningún componente mágico. Estas también ayudan a hacer grupo, por supuesto, pero son otra cosa completamente diferente.
YO ESTOY INDIGNADO

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