Insert your micro relato here

La editorial asocial, desde la mas inmunda basura hasta pequeñas joyas... (En obras)
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Criadillas
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por Criadillas » 24 Nov 2009 19:27

Mecagonlaputa CUANTA GRANDEZA!

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Chiflágoras
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por Chiflágoras » 28 Nov 2009 22:26

Alfalfa tu eres lo mas mejon y tu relato me ha hecho mil veses mas de felicidad que conocer mujera. Y ese final debería estudiarse en las aulas de literatura y hasta en las de arquitectura.

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alfalfa
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por alfalfa » 29 Nov 2009 11:44

Grasia hamigor, me hase ilusion que sos gusten mis chominaícas. Sos boi a escribir otra más larga pero más como pa leerla en un día llubioso como el de hoy:

Cuando los dos hamigos hubieron bajado del autobús, lo primero que hicieron fue darse vuelta. Perico, hinchando su pecho como un palomo bravío, le dijo a Críspulo:

-¿Ves gilipollas? ¡Sepulvedana se escribe con uve! Me debes cien duros.

Después de tan bochornosa arenga, cocinada tras una disputa de más de dos horas desde que subieron al autobús, Críspulo, buscando en su bolsillo la moneda que se había apostado con Perico durante el trayecto, refunfuñó irritado:

-wdffwljkdglsfstw rrr rjskrjwrrr r rwrrwrrrmecagoentotuputamadresocabronfrrjjrjs

Acto seguido, procedieron a estirar sus maltrechos cuerpos, pieles forradas de grasa debido a la ausencia total de ejercicio en sus vidas. Ambos se habían librado de la mili por pies planos, y ambos cobraban una pensión de invalidez permanente por diferentes razones que no vienen al caso.

Cargaron con sus mochilas y se fueron hacia el interior de la estación, en busca de un kiosko en el que no hubiera mucha cola. Perico se compró un Jueves y un paquete de Torcis de los grandes, y Críspulo una palmera blanca cubierta de azúcar y crema. Aún tenían un paquete y medio de galletas con chocolate del Lidl, en la bolsa que llevaba Críspulo atada a su mochila, pero la gula les pudo one more time. Hacía un día estupendo: un sol radiante, 23 grados en el termómetro de la estación, los tordos chiflaban sobre las antenas..., pero la verdad es que a nuestros hamigos todo esto se la traía bien floja: habían salido del pueblo con la intención de irse de putas a la ciudad, donde naiden los conosían, y esa actividad la desarrollarían bajo techo como mandan los cánones. Eso de irse de putas a los polígonos no era del agrado de nuestros hamigos, podían pillar argo.

Su pueblo era muy chico y los puteros estaban muy mal vistos allí, y aunque la ruta de entre su pueblo y la ciudad estaba plagada de puticlubs de carretera, con buenas putas del este y buenas negras, les daban mucho asca los camioneros que siempre andaban en los locales. Esto se debía a que una vez, un cuñao de Críspulo que es camionero le contó que una tarde que había parado en una zona de descanso a echar un cuscurro, un camionero que estaba allí también le había guiñado el ojo desde fuera y se había sacado la chorra en clara señal de himbitación al acto homosexuarl. Los camioneros, para Críspulo (incluido por supuesto su cuñado) no eran de fiar desde aquella historia. Eran como los presos pero encerrados en camiones llenos de estampas de santos y de almanaques con tías con las tetak´s al aire, sí, pero ¿quién se fía de un tío con barba de tres días y con un San Cristóbal con el culo imantado en el chasis, un tiparraco que llevaba toda la noche escuchando a Iker Jiménez y Hablar por hablar, que se comunica con el resto de la humanidad mediante una emisora cuyo terminal le cuelga del techo? Críspulo y Perico, desde luego que no se fiaban, y por eso y muchas cosas más les daban mucho aska los puticlubs de carretera y sus putas. Además a ellos les gustaba especialmente que las putas fuesen viejas, que estuvieran curtidas en el oficio y que olieran a Lavanda. Lo que les gustaba de verdad eran las casas de putas a la antigua usanza, con sus mirillas en las puertas y su madamme vieja olisqueando por los pasillos a ver qué se cocía en los cuartos.

Al salir a la calle, Perico fue a la cabina de teléfonos que había en la acera de enfrente para telefonear a casa. Críspulo abrió el paquete de galletas con chocolate.

-Mamá, que hoy me quedo a dormir otra vez en la viña, que antenoche se coló otro zorro y se llevó tres pollos y voy a ver si lo pillo con unos cepos...

¿Cómo? ¿a la abuela? ¿Otra vez? ¡Pero qué me estás contando!

...

Venga, ya voy pa allá...


Perico, aturdido, salió de la cabina y le dijo a Críspulo:

-Colega, ve cascándotela que eso será lo más parecido a ir de putas que harás hoy. El Chindo se ha vuelto a follar a mi abuela.

-¿El mastín?, dijo Críspulo cambiándosele la cara como a un guiñapo.

-Sí. Tranqui que pago los billetes yo.

-No te jode, hijoputah, con mis cien duros.

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Perro De Lobo
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por Perro De Lobo » 29 Nov 2009 13:35

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LunaOskura
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Mensaje por LunaOskura » 15 Oct 2015 05:12

Arqueología literaria

Seis años, pasaron seis putos años para que pudiera atar cabos. Qué tonta.

No hacía más de una hora atrás que había buscado y rebuscado en la modesta biblioteca. Y sosteniendo este pequeño diario polvoriento entre sus manos, sopló sobre la cubierta y pensó que igual lo que andaba buscando estaba aquí.

Decidida a encontrar algo en concreto, comenzó a leer todas y cada una de las páginas, con detenimiento y mucho gozo.

Finalmente no encontró lo que buscaba, pero concretó algo encontrado y descubrió que...

¡1001!
¡1001!
¿900?
¡1001, 00!
600, contesta.


...era un puto chiste de los malos.



Tu, ahora te toca a ti,

Warrilla, Mongo ever, o whatever,

LunaOskura.
Sinceramente, querida, me importa un bledo.

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LunaOskura
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por LunaOskura » 18 Nov 2017 04:16

¿Cuchillo y tenedor ...o tenedor y cuchillo?

A veces trabajar con personas es difícil, porque nunca sabes lo que quieren. Y te pagan por satisfacerlas. OK. Nunca por comértelas....

Cuando llega la hora de los postres, es en lo único que pienso, y ofrezco... ¿Cuchilllo y tenedor, o tenedor y cuchillo¨?
Sinceramente, querida, me importa un bledo.

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M. Corleone
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por M. Corleone » 03 Ene 2019 13:06

Tarot

Mi madre era tarotista. Así, como suena. Viuda desde los treinta y cinco años, nos sacó adelante a mi hermano y a mí echando las cartas a señoras con mal de amores. Se sentaban en la cocina, pelo rubio teñido, entradas en carnes, fumando Ducados.

Cuando llegábamos del colegio, mi hermano y yo sabíamos que una de estas mujeres había entrado en casa porque mi madre encendía una barrita de incienso y cogía el chal con lentejuelas que siempre estaba colgado en el salón. La usencia de esa prenda y el olor a incienso indicaban la presencia de una señora entrada en carnes en la cocina. Las señales anunciaban gimoteos y lloros, cuchicheos e intrigas y, más tarde, la voz serena y sosegada de mi madre, tabla de náufrago, prediciendo el futuro de la clienta.

Nada de lo que sucedía allí nos intrigaba lo más mínimo. Conocíamos todos los trucos de mi madre, cada frase que iba a pronunciar. Habíamos escuchado el ritual docenas de veces, poniendo la oreja contra la pared del salón, pegado a la cocina, en aquel piso de apenas cuarenta y cinco metros cuadrados. No había sitio para los secretos. Los secretos necesitan espacio, paredes gruesas, puertas macizas.

Tras aproximadamente media hora de ritual de preguntas y respuestas y roce de cartas contra el mantel de la mesa de la cocina, venía el desenlace, siempre igual. Mi madre emitía un leve chillido, que sofocaba rápidamente tapándose la boca con la mano. Un teatrillo barato para evocar la emoción espontánea que no se ha podido reprimir. Después de este acto venía siempre el desenlace: a veces predicciones negativas, pero nunca demasiado, o predicciones positivas, muchas de ellas absolutamente descabelladas.

Cuando oíamos el chillido y los posteriores susurros, apagábamos la tele y nos encerrábamos en nuestro cuarto, porque sabíamos lo que venía: las lagrimillas, el pago de la sesión y la despedida.

-Si os tuviera a la vista, conseguiría más dinero de mis clientas, pero yo no quiero usaros para dar lástima –solía decirnos nuestra madre, como queriendo justificar que era tarotista, pero no una mala madre.

-Además, nunca puede saberse lo qué esconde una mente humana, aquí vienen muchas locas, así que echad siempre el pestillo del cuarto, no vaya a ser que esto acabe en altercado –repetía por enésima vez mientras se bebía una manzanilla caliente. Esa palabra, “altercado”, era la única herencia que le dejó mi padre, policía municipal, cáncer de pulmón a los cuarenta.

Con el tiempo, los canales televisivos de tarot fueron minando su negocio y, ya jubilada, se fue a vivir a un pisito en el Mediterráneo que le compramos mi hermano y yo, cuando pudimos permitírnoslo.
-Me voy a Nerja, como Chanquete – repetía una y otra vez a todas las señoras mayores entradas en carnes que se iba encontrando por la calle. Ninguna de ellas le recriminaba un fallo en una predicción, jamás nadie le pidió que le devolviera su dinero.

Un día, cuando ella ya era muy mayor, le dije que no entendía que nunca un marido o familiar de las señoras mayores rubias entradas en carnes se hubiera presentado en casa, exigiendo la devolución del dinero, o amenazando con partirle la cara.

-Es que el elemento fuego siempre ha estado muy presente en ti, se nota mucho que eres Aries- me respondió, y luego sofocó un gritito con su arrugada mano.

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Ruttiger
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por Ruttiger » 03 Ene 2019 15:49

Dsfarqwer

aateyugjsf seeedf
Dsfarqwer dfsasdf
Aeiiiia asd224%
Ds
A
Dgeryer
Asdfsdg


Mierda. Qué cagada, joder, qué cagada. Detrás de mí, a cámara acelerada, el sol y la luna se intercalan, noche y día en apenas unos segundos de primer plano de mi jeta lívida de terror intentando asimilar la catástrofe. En mi mano derecha tiembla mi teléfono, ahora aún más móvil, que he sacado del bolsillo por diezmilésima vez en esta última hora, con la esperanza de que a Dolores le haya apetecido escribirme.

En las últimas semanas, el ochenta por ciento de las conversaciones con Dolores, han sido empezadas por mí y, cuando ella lo ha hecho, siempre ha sido o bien porque, bastante hábilmente, le di pie a que lo hiciera al finalizar la conversación el día anterior, o bien por algún asunto relevante. Yo, en cambio, busco cualquier excusa, no importa lo nimia o absurda que sea. Me gusta Dolores, no creo que sirva de nada intentar disimularlo. Pero si tras todas estas semanas de comunicación no he recibido ni una sola señal de reciprocidad en su interés, por más que me empeñe en intuirla en múltiples detalles de evidente complicidad y esperanzadora conexión, considero que mi insistencia puede llegar a resultarle molesta e incluso invasiva, en el caso de que me esté yo montando la bonita película de vaqueros y explosiones que, con toda probabilidad, me estoy montando. Así que, ayer por la mañana, hiperventilé, cepillé y abrillanté con betún mis botas y tomé la firme decisión de no volver a hablar con Dolores a no ser que ella me dé el tan ansiado pie.

La firme decisión. Je. Cada minuto y medio, desde entonces, incluidos los minutos y medio noctámbulos, los laborales y los de higiene personal, he consultado la brillante pantalla táctil. Cada nuevo mensaje le ha restado un par de minutos a la inminencia del infarto a mis descuidadas arterias, sumándome, de paso, las subsiguientes decepciones al comprobar nombres distintos al de la chica de mis sueños en la aplicación de conversación en la distancia. Pero finalmente lo he logrado. Ha sido peor que desengancharme del tabaco, pero más de veinticuatro horas después he resistido a la tentación de hablar con ella. Ando todo el día un poco depre. Ingenuamente esperaba que mi silencio generase en ella la misma ansiedad que me provoca a mí, pero por lo visto, a ella le da igual.

Y entonces, la catástrofe. Salgo del curro, de camino a casa, son las seis de la tarde, ha sido un día de mierda, me he peleado con mi jefe, me he peleado con mis compañeros, no he podido consultar internet pues el servidor estaba caído, y ahora llovizna. Y Dolores no me habla. Saco del bolsillo el cacharro al que odio con toda mi alma, más por inercia que por esperanza. Y me lo encuentro desbloqueado, con la pantalla encendida y con este galimatías rubricado en píxeles:

aateyugjsf seeedf
Dsfarqwer dfsasdf
Aeiiiia asd224%
Ds
A
Dgeryer
Asdfsdg


Al principio no entiendo. ¿Me ha hablado Dolores? ¿Es un mensaje en clave? Desempolvo mi manual de criptografía avanzada y mientras sudo neuronas llego a la inevitable y terrible conclusión de que el mensaje no me lo ha enviado Dolores sino que se lo he enviado yo a ella. En el universo caótico y fractal de mi bolsillo, un par de electrones guasones se han dedicado a desbloquear mi teléfono, entrar en mi charla con Dolores, con quien me había propuesto zanjar cualquier tipo de contacto y enviarle balbuceos inconexos.

Me maldigo mil veces por no proteger con contraseña el charlófono y maldigo mi suficiencia de gilipollas, cada vez que argumento el desliz de seguridad justificando los segundos de vida que perdería si tuviera que andar escribiendo cuatro números cada una de las setenta y siete mil veces que desbloqueo mi móvil cada día. Una vez que dos soles y dos lunas han observado mi asombro y una familia de gorriones ha anidado en mi cabeza, empiezo a recobrar el dominio sobre mi sistema límbico, nervioso y también del excretor. Relájate, me digo introspecto, mientras barajo las pingües opciones que me brinda mi frágil situación. Nadie en la historia de la telefonía móvil se ha creído jamás que una conversación azarosa de bolsillo haya sido nunca otra cosa sino una burda, poco sutil y algo lamentable treta para iniciar una conversación, por lo que no hay forma humana de que Dolores se trague que ha sido una comunicación accidental. Todo el esfuerzo derrochado en permanecerme firme se acaba de ir al desagüe por una desafortunada carambola de casualidades y no hay nada que pueda que hacer para reconstruir mi obra arruinada por la mala suerte.

Y de repente, la catástrofe, ya inevitable, se convierte en irrebatible. Pues, al lado de mi mensaje inteligible y desafortunado, se aparece una marca minúscula que me indica, oh, maldición, que Dolores lo ha recibido y leído. Y sobre la aplicación de chat empieza a leerse, una profecía terrorífica, el pánico condensado en tres palabras sencillas seguidas del suspense en forma de signos de puntuación: Dolores está escribiendo…

Y cayeron las primeras nieves. Se extinguieron especies y se crearon otras nuevas y exóticas. Civilizaciones enteras llegaron a dominar la tierra y acabaron en la inevitable decadencia en la que acaba toda buena civilización que se precie, los momentos de esplendor precedieron a los de oscuridad y las eras fueron sucediéndose en capas de escombros con la paciencia inexorable del destino. Y Dolores seguía escribiendo…

Y cuando hubo transcurrido un período equivalente o superior al tiempo de vida de nuestra galaxia, Dolores acabó de escribir. Y lo que dijo fue tan incomprensible y enigmático que creo necesario parafrasearlo, pues si intentara explicarlo con palabras, con toda seguridad perdería gran parte del matiz y del mensaje:

ure43225
%%
5
%%642wad

Vale. Dolores me está vacilando. O le está quitando hierro a mi error. Y, oye, creo que es una buena idea, voy a dejar de preocuparme por tonterías. Me aseguro de tener el teléfono bien bloqueado antes de devolverlo a su guarida juguetona y empiezo a caminar en saltitos de musical de Broadway hacia mi casa cuando, de nuevo, el giro improbable, la casualidad extraordinaria, el punto de inflexión que ningún editor creería plausible si esto, en lugar de ser como es la vida real, se tratase de una historia de ficción. Pues al otro lado de la esquina, con un par de estruendos musicales auriculándole las orejas, me cruzo con la sonrisa sarcástica de Dolores perfilada de violeta, seguida de su nariz de serrucho, su media melena desesquematizada en profundos remolinos negros y su (ay) escote dubitativo. La llovizna termina precipitadamente y el sol viene a invadirnos la piel polaca.

– ¡Hombre, Carlos! ¡Cuánto tiempo! Muac-Muac.

Siento la sinestesia del morado palpitar en mis mejillas. Intento sonreír y me sorprende darme cuenta que ya lo estaba haciendo. Absolutamente bobo.

– ¿Qué tal, Dolores? ¿Qué haces?

Blablablaes semi intrascendentes, torpes los míos, deliciosos los suyos. En mi bolsillo el teléfono vibra con afónico disimulo. No me importa quién quiera hablarme, ni quién se esté muriendo. Llevo semanas soñando con un encuentro fortuito con Dolores y no pienso dejar pasar esta oportunidad.

Medio sordo por los zumbidos de la despresurización de andar flotando a diez mil metros de altura en una nube, logro entender de entre el blanco dental y el violeta labial de mi amada Dolores, que está de compras a la caza de un vestido para la boda de una amiga (o una prima, o una mascota, no me da la oreja para tanta atención) pero que está un poco harta. Intuyo la pista de aterrizaje y aparco mi flota de aviones de guerra, y le propongo ir a tomar unas cañas. La orquesta filarmónica de Berlín aúlla a Strauss cuando Dolores acepta y por la calle una cabalgata de elefantes en monociclo hacen malabares.

Terracita cercana. Dos cañas heladas con Titánic incluido y el humo gris danzando misterio en las retinas de mi interlocutora. Viva la primavera. Mi teléfono sigue traqueteando, y aunque quien sea y lo que me tenga que decir, en este momento me interesan tanto como el apareamiento del escarabajo de la patata, decido echarle un ojo rápido no sea que realmente alguien se esté muriendo y tenga que pasarme la vida luchando contra los remordimientos.

Al sacar el aparato del bolsillo me sorprende encontrármelo desbloqueado de nuevo, con la misma conversación con Dolores de antes abierta. Miro a Dolores que me observa sonriente. Ninguno de los dos ha pulsado ni una sola tecla de sus móviles en todo este rato y, sin embargo, ambos teléfonos han ido intercalándose conversaciones aleatorias de bolsillo, y lo que al principio eran caracteres aleatorios, poco a poco se han ido refinando y ahora mismo están manteniendo una conversación muy interesante y acalorada en un castellano muy preciso. Parece bastante evidente que mi bolsillo está intentando seducir al bolso de mano de Dolores (que tiene un estampado de flores bastante horrendo que me encanta) y he de reconocer que lo hace con bastante más habilidad de la que yo demuestro con mi interlocutora, así que decido ignorar el teléfono de una puñetera vez y prestarle atención a la mujer más atractiva del mundo, que me espera impaciente al otro lado de la mesa.

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Yongasoo
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Re: Insert your micro relato here

Mensaje por Yongasoo » 03 Ene 2019 17:19

Ruttiger escribió:
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En las últimas semanas, el ochenta por ciento de las conversaciones con Dolores, han sido empezadas por mí y, cuando ella lo ha hecho, siempre ha sido o bien porque, bastante hábilmente, le di pie a que lo hiciera al finalizar la conversación el día anterior, o bien por algún asunto relevante. Yo, en cambio, busco cualquier excusa, no importa lo nimia o absurda que sea. Me gusta Dolores, no creo que sirva de nada intentar disimularlo. Pero si tras todas estas semanas de comunicación no he recibido ni una sola señal de reciprocidad en su interés, por más que me empeñe en intuirla en múltiples detalles de evidente complicidad y esperanzadora conexión, considero que mi insistencia puede llegar a resultarle molesta e incluso invasiva, en el caso de que me esté yo montando la bonita película de vaqueros y explosiones que, con toda probabilidad, me estoy montando. Así que, ayer por la mañana, hiperventilé, cepillé y abrillanté con betún mis botas y tomé la firme decisión de no volver a hablar con Dolores a no ser que ella me dé el tan ansiado pie.

La firme decisión. Je. Cada minuto y medio, desde entonces, incluidos los minutos y medio noctámbulos, los laborales y los de higiene personal, he consultado la brillante pantalla táctil. Cada nuevo mensaje le ha restado un par de minutos a la inminencia del infarto a mis descuidadas arterias, sumándome, de paso, las subsiguientes decepciones al comprobar nombres distintos al de la chica de mis sueños en la aplicación de conversación en la distancia. Pero finalmente lo he logrado. Ha sido peor que desengancharme del tabaco, pero más de veinticuatro horas después he resistido a la tentación de hablar con ella. Ando todo el día un poco depre. Ingenuamente esperaba que mi silencio generase en ella la misma ansiedad que me provoca a mí, pero por lo visto, a ella le da igual.

Y entonces, la catástrofe. Salgo del curro, de camino a casa, son las seis de la tarde, ha sido un día de mierda, me he peleado con mi jefe, me he peleado con mis compañeros, no he podido consultar internet pues el servidor estaba caído, y ahora llovizna. Y Dolores no me habla. Saco del bolsillo el cacharro al que odio con toda mi alma, más por inercia que por esperanza. Y me lo encuentro desbloqueado, con la pantalla encendida y con este galimatías rubricado en píxeles:

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Me maldigo mil veces por no proteger con contraseña el charlófono y maldigo mi suficiencia de gilipollas, cada vez que argumento el desliz de seguridad justificando los segundos de vida que perdería si tuviera que andar escribiendo cuatro números cada una de las setenta y siete mil veces que desbloqueo mi móvil cada día. Una vez que dos soles y dos lunas han observado mi asombro y una familia de gorriones ha anidado en mi cabeza, empiezo a recobrar el dominio sobre mi sistema límbico, nervioso y también del excretor. Relájate, me digo introspecto, mientras barajo las pingües opciones que me brinda mi frágil situación. Nadie en la historia de la telefonía móvil se ha creído jamás que una conversación azarosa de bolsillo haya sido nunca otra cosa sino una burda, poco sutil y algo lamentable treta para iniciar una conversación, por lo que no hay forma humana de que Dolores se trague que ha sido una comunicación accidental. Todo el esfuerzo derrochado en permanecerme firme se acaba de ir al desagüe por una desafortunada carambola de casualidades y no hay nada que pueda que hacer para reconstruir mi obra arruinada por la mala suerte.

Y de repente, la catástrofe, ya inevitable, se convierte en irrebatible. Pues, al lado de mi mensaje inteligible y desafortunado, se aparece una marca minúscula que me indica, oh, maldición, que Dolores lo ha recibido y leído. Y sobre la aplicación de chat empieza a leerse, una profecía terrorífica, el pánico condensado en tres palabras sencillas seguidas del suspense en forma de signos de puntuación: Dolores está escribiendo…

Y cayeron las primeras nieves. Se extinguieron especies y se crearon otras nuevas y exóticas. Civilizaciones enteras llegaron a dominar la tierra y acabaron en la inevitable decadencia en la que acaba toda buena civilización que se precie, los momentos de esplendor precedieron a los de oscuridad y las eras fueron sucediéndose en capas de escombros con la paciencia inexorable del destino. Y Dolores seguía escribiendo…

Y cuando hubo transcurrido un período equivalente o superior al tiempo de vida de nuestra galaxia, Dolores acabó de escribir. Y lo que dijo fue tan incomprensible y enigmático que creo necesario parafrasearlo, pues si intentara explicarlo con palabras, con toda seguridad perdería gran parte del matiz y del mensaje:

ure43225
%%
5
%%642wad

Vale. Dolores me está vacilando. O le está quitando hierro a mi error. Y, oye, creo que es una buena idea, voy a dejar de preocuparme por tonterías. Me aseguro de tener el teléfono bien bloqueado antes de devolverlo a su guarida juguetona y empiezo a caminar en saltitos de musical de Broadway hacia mi casa cuando, de nuevo, el giro improbable, la casualidad extraordinaria, el punto de inflexión que ningún editor creería plausible si esto, en lugar de ser como es la vida real, se tratase de una historia de ficción. Pues al otro lado de la esquina, con un par de estruendos musicales auriculándole las orejas, me cruzo con la sonrisa sarcástica de Dolores perfilada de violeta, seguida de su nariz de serrucho, su media melena desesquematizada en profundos remolinos negros y su (ay) escote dubitativo. La llovizna termina precipitadamente y el sol viene a invadirnos la piel polaca.

– ¡Hombre, Carlos! ¡Cuánto tiempo! Muac-Muac.

Siento la sinestesia del morado palpitar en mis mejillas. Intento sonreír y me sorprende darme cuenta que ya lo estaba haciendo. Absolutamente bobo.

– ¿Qué tal, Dolores? ¿Qué haces?

Blablablaes semi intrascendentes, torpes los míos, deliciosos los suyos. En mi bolsillo el teléfono vibra con afónico disimulo. No me importa quién quiera hablarme, ni quién se esté muriendo. Llevo semanas soñando con un encuentro fortuito con Dolores y no pienso dejar pasar esta oportunidad.

Medio sordo por los zumbidos de la despresurización de andar flotando a diez mil metros de altura en una nube, logro entender de entre el blanco dental y el violeta labial de mi amada Dolores, que está de compras a la caza de un vestido para la boda de una amiga (o una prima, o una mascota, no me da la oreja para tanta atención) pero que está un poco harta. Intuyo la pista de aterrizaje y aparco mi flota de aviones de guerra, y le propongo ir a tomar unas cañas. La orquesta filarmónica de Berlín aúlla a Strauss cuando Dolores acepta y por la calle una cabalgata de elefantes en monociclo hacen malabares.

Terracita cercana. Dos cañas heladas con Titánic incluido y el humo gris danzando misterio en las retinas de mi interlocutora. Viva la primavera. Mi teléfono sigue traqueteando, y aunque quien sea y lo que me tenga que decir, en este momento me interesan tanto como el apareamiento del escarabajo de la patata, decido echarle un ojo rápido no sea que realmente alguien se esté muriendo y tenga que pasarme la vida luchando contra los remordimientos.

Al sacar el aparato del bolsillo me sorprende encontrármelo desbloqueado de nuevo, con la misma conversación con Dolores de antes abierta. Miro a Dolores que me observa sonriente. Ninguno de los dos ha pulsado ni una sola tecla de sus móviles en todo este rato y, sin embargo, ambos teléfonos han ido intercalándose conversaciones aleatorias de bolsillo, y lo que al principio eran caracteres aleatorios, poco a poco se han ido refinando y ahora mismo están manteniendo una conversación muy interesante y acalorada en un castellano muy preciso. Parece bastante evidente que mi bolsillo está intentando seducir al bolso de mano de Dolores (que tiene un estampado de flores bastante horrendo que me encanta) y he de reconocer que lo hace con bastante más habilidad de la que yo demuestro con mi interlocutora, así que decido ignorar el teléfono de una puñetera vez y prestarle atención a la mujer más atractiva del mundo, que me espera impaciente al otro lado de la mesa.

Me ha gustado, con título impronunciable y ese final que recuerda a Cortázar.
GNU Terry Pratchett

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