La Palabra

La editorial asocial, desde la mas inmunda basura hasta pequeñas joyas... (En obras)
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Ruttiger
Mojahedín
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La Palabra

Mensaje por Ruttiger » 11 Mar 2019 15:26

De pronto te cruzas con una palabra. Con ésa. Ésa cuyo significado se infiere del contexto pero que se intuye muchísimo más rica en matices, que se postula con una infinidad de tonalidades que tu inferencia va a ser incapaz de deducir sin soportes externos. Y como no eres orgulloso ni te impele ninguna ansia elucubradora que alimente algún tipo de ínfula detectivesca corres hacia los diccionarios a desentrañar sus misterios, desde los pragmáticos hasta los más ocultos y etimológicos. El primer paso es irremisiblemente digital. En tu teléfono, la aplicación de la academia (Real o no) de la lengua del idioma que sea con el que te comuniques, es lo suficientemente ágil y se encuentra sobradamente actualizada para resolver con solvencia las dudas iniciales. En otras situaciones se impondría el debate sobre si una palabra se corresponde o no unívocamente a su definición de diccionario o, también, sobre la arbitrariedad controvertida en ocasiones suficientes como para sembrar la duda sobre su eficacia, de los redactores de estos diccionarios a la hora de acuñar o declinar nuevos términos. Pero a efectos prácticos y, en la mayoría de los casos, obviando los límites metasemánticos, nadie duda que un diccionario es una de las mejores herramientas para la aproximación inicial al significado de una palabra. De él, corroboras tus sospechas producidas por la inferencia inicial: esa palabra significaba lo que parecía significar. Confirmas su género, su clase gramatical y, en frecuentes ocasiones y gracias a un simpático anagrama, que, a pesar de su categoría, puede ser usado también como nombre.

Pero no tienes suficiente, claro. Tus sospechas de matices arcoíricos jamás podrían ser confirmadas con una sencilla definición de diccionario. Necesitas conocerlo todo sobre esa palabra para que te pertenezca con pleno derecho y puedas seguir adelante con los planes que, para con ella, llevas rato diseñando. En tu estantería, jamás el tiempo suficiente para acumular polvo, descansa tu diccionario etimológico. Con él descubres la historia y la evolución de la palabra con el paso del tiempo, sus circunstancias, sus usos primigenios. Todo el árbol genealógico de tu nueva amante secreta. Su código genético y sus fotos de alcoba, sus manías y debilidades, sus secretos oscuros y sus enormes fortalezas. Aunque estás logrando que deje de ser una extraña para ti, ella aún se siente incómoda ante tu acoso obsesivo. Pero el síndrome de Estocolmo empieza a hacer recíprocos los buenos ojos con los que la miras.

La conoces a ella y conoces su historia y, de paso, a su familia. Pero aún no sabes cómo piensa, cómo interactúa con otras de su especie, cómo las situaciones le proporcionan contextos y cómo se comporta según cada uno de ellos. Internet te proporciona miles de ejemplos. Poco a poco vas perfilando sus amigos y sus aliados, sus adjetivos inerciales por repetición, sus sinónimos enfáticos, sus afinidades metonímicas pero también sus antónimos sandungueros y sus oxímorones (¿u oxímorons?) inevitables. Visitas su apartamento, utilizas su retrete y fisgoneas en su armario de medicamentos sin protestar ante los ansiolíticos ni proejuzgar ante los anticonceptivos pero preocupándote por los antidepresivos. Asistes a reuniones familiares a las que no has sido invitado y te sirves de la bandeja de postres ignorando las miradas furibundas de sus padres. Con cada nuevo artículo aumenta tu comprensión y consecuentemente tu amor.

Tras horas de investigación y sabiéndote ya experto, decides retomar el texto original y su significado y su trascendencia resultan ser tan nítidos para ti que te extraña la idea de en algún momento no lo hubiesen sido, que no hayan sido naturalmente heredados por un conocimiento genético, endogámico y ancestral, previo a la propia concepción del lenguaje. Relees varias veces aquella frase aprehendiendo su contexto literal así como los pliegues de sus sentidos y todos ellos, incluso los más profundos e intrincados, te resultan tan luminosos que incluso llegan a resultarte pueriles. Tú puedes hacerlo mejor. Por supuesto. Cada nueva palabra siempre es una aventura que nunca estará completa hasta que logres utilizarla en de forma natural, sin que se noten los engranajes del artificio, en uno de tus relatos. Es la última de las fronteras de la intimidad verbal que has de cruzar para alcanzar la subyugación final y total de aquella que habrá de ser a partir de entonces y para siempre tu fiel esclava, la heredera de tu pensamiento formal.

Apartas, de momento, la lectura que lleva un par de días forzándote a la procrastinación, aquella que te presentó a tu nueva y particular obsesión, para volver a centrarte en el relato que aguarda, a medias, en tu procesador, a ser completado con el propósito firme de hacer encajar tu palabra de la forma más orgánica posible, explotando al máximo las sutilezas de su significado que llevas horas estudiando. Como es de esperar, los primeros intentos son torpes y titubean como los primeros besos y las primeras veces. En seguida te das cuenta de que para que encaje en tu proyecto, tu proyecto ha de ser ligeramente distinto. Modificas una frase aquí, eliminas otra, añades una más. El párrafo anterior no tiene demasiado sentido sin ella, el párrafo siguiente queda totalmente invalidado. El amor tiene consecuencias devastadoras. El universo se contrae y se reorganiza. Y ella sigue sin encajar. Decides cambiar la historia. Reescribirla desde cero. Modificar su contexto histórico, su trama, sus giros de guion. Modificas incluso sus personajes. Y sigue sin funcionar.

El cursor parpadea en la pantalla. Ahora sólo hay escrita la Palabra. Nada es tan bueno como para estar a la altura, como para estar a su lado.

Externalizas tu frustración, es inevitable. Si nada funciona dentro, entonces el problema reside en el entorno. Reorganizas tu despacho, afilas los lápices, cambias las sábanas de tu cama, reemplazas las bombillas por unas alógenas, te deshaces de las macetas, vacías en el fregadero el whisky de tu vaso y, tras limpiarlo, lo rellenas con vodka. Si tienes pareja la llamas y rompes con ella bruscamente, sin explicaciones. Compras un billete sólo de ida hacia cualquier país extranjero. Abandonas tu perro.

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