Magia cotidiana.

La editorial asocial, desde la mas inmunda basura hasta pequeñas joyas... (En obras)
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Yongasoo
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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por Yongasoo » 19 Dic 2007 23:52

LunaOskura escribió:
Nicotin escribió: Jeremías cargaba en su estómago una bola (al que hamo con frensi) (al que hamo con frensi)


Jojo. La mierda de Pepelu y Don moro te han salpicado el relato.

---

También me ha gustado, aunque estoy con Norna referente al momento fotosíntesis.


Y sigue salpicando en los quotes!
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LunaOskura
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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por LunaOskura » 20 Dic 2007 00:47

Yongasoo escribió:
LunaOskura escribió:
Nicotin escribió: Jeremías cargaba en su estómago una bola (al que hamo con frensi) (al que hamo con frensi) (al que hamo con frensi)


Y sigue salpicando en los quotes!


¡Hasta el infinito y más allá!
Sinceramente, querida, me importa un bledo.

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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por Doctor Beaker » 20 Dic 2007 00:53

LunaOskura escribió:¡Hasta el infinito y más allá!

Not really... no está permitido anidar más de tres comentarios.
"En Italia, durante treinta años bajo los Borgia, hubo guerrilla, terror, asesinatos, derramamiento de sangre… de allí surgieron Miguel Ángel, Leonardo Da Vinci y el Renacimiento. En Suiza reinó el amor fraternal durante quinientos años de paz y democracia; ¿y qué produjeron? ¡El reloj cucú!"

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Mensaje por LunaOskura » 20 Dic 2007 01:09

Puede anidar solo 3 citas una dentro de otra.

Pues que pena, se acabaron los quotes interminables.
Sinceramente, querida, me importa un bledo.

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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por Yongasoo » 20 Dic 2007 03:18

Comprobemos eso de los 3 quotes...

Diantres!
It is true!

Pero si eliminamos la parte del ultimo quote nos queda algo tal que asín:

Yongasoo escribió:
LunaOskura escribió:
Nicotin escribió: Jeremías cargaba en su estómago una bola (al que hamo con frensi) (al que hamo con frensi) (al que hamo con frensi) (al que hamo con frensi)


Y sigue salpicando en los quotes!


Y seguimos hamando con frensi desmedido!
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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por Nicotin » 28 Ene 2008 03:51

El doscientoseptuagesimotercer aniversario del Viejo Juan.

Imagen

I

Toda la ciudad está como en fiestas, porque el Viejo Juan va a cumplir doscientos setenta y tres años. Varios días se lleva preparando todo en la plaza Mayor: levantando gradas de madera frente al pórtico del ayuntamiento para la gente de condición, colgando guirnaldas y señalando dónde irán los puestos de castañas y pastelitos y de esto y de aquello. Varios días martilleando y clavando, como se queja algún vecino, que “bien está que lo celebren pero llevan todo el día clavando clavos, por San Martillo y Santa Migraña de Todos los Dolores”. Es el día señalado y desde temprano la plaza y los alrededores van colmándose de gentío, y todo el mundo parece estar allí: desde la aristocracia local acorralada junto a las exclusivas gradas por una oportuna conveniencia de vallas de tablón, hasta el ruidoso populacho para quien ver a lo lejos y durante un minuto al Viejo Juan da buena fortuna.

-¡Así se te caigan todos los dientes y hayas de comer cieno de las catacumbas de Lepanto!

La maldición sale de alguno que estaba ordenando yo qué sé qué trastos para vender sobre una manta y que alguien al pasar con prisas y sin cuidado empujando una carretilla le ha desbaratado por completo. Pero entre la algarabía ya podría uno mentar a pleno pulmón al mismísimo Satanás que nadie habría de apercibirse salvo los diez o veinte de justamente en derredor. Y ése, ése de ahí tan elegantemente vestido y con sombrero de copa es don Tal de Cual y Pascual, celebridad local y escritor importante en el país según me ha dicho Fulana que le contó Mengana aunque al final nadie sabe cómo se llama realmente ni qué ha escrito, ni si ha escrito algo, ni si le conocen en su casa a la hora de comer.

Eso de ahí, esa cristalera blanqueada por el vaho bajo el toldo deshecho, es la taberna de Filisteo como todo el mundo la llama aunque tiene otro nombre que cuando el toldo estaba recién puesto aún podía leerse. Hoy está repleta de clientela, no se puede uno ni mover ahí dentro, y Filisteo y varios de su familia van y vienen sudorosos sirviendo vino, cerveza y bocados no muy varios. Llevan toda la mañana trucando chatos por monedas y seguirán la tarde igual, y por la noche habrán juntado un buen montón de ellas sobre el que agradecer que el Viejo Juan cumpla otro año y que desde el pórtico del consistorio se le muestre y que todo el mundo quiera venir a verle.

A la puerta, vino en mano, charlan dos viejos amigos: uno de negro y otro de blanco, como las piezas del ajedrez. Uno es presbítero y el otro es, salvo del presbítero presente, poco amigo de la cosa católica. Dice el rector -con esa elegancia para la argumentación que sólo infunde el seminario- que la longevidad del provecto y venerable señor Juan es premio de Dios a su modesto modo de vida cristiano, pues a través de la Naturaleza y sus dones concede salud y larga vida a quien hace renuncia del maluso, la enjundia y la sobra. Que el cuerpo, templo del Altísimo, alumbra a quien lo mantiene limpio de unto y demases. Que no es cosa de milagro, sino del plan creador expuesto a la mirada de quien quiera verlo, que así es in puris naturalibus para el hombre como para el pájaro, el pez y el insecto. Vida cristiana es vida de renuncia, vida de renuncia es vida modesta, y vida modesta es vida sana.

Y dice el otro que sí, pero que es cosa de ciencia y de la herencia mendeliana y habla del progreso de la ciencia y del nuevo siglo que va a venir y de las maravillas que traerá. Trescientos años viviremos todos y gracias demos a la ciencia por ello. Y así chateando se les pasa el tiempo abundando en su eterna contienda de si la evolución esto y aquello y Te Deus laudamus, la sangre de Cristo, amén: ¡otro vino!

II

-Una piedad en el día del viejo Juan.

El ciego pide en una esquina y de uvas a peras alguno le da algo. Hasta cómicos hay en una plazoleta, porque hoy es como un veranillo de San Martín en el que incluso los artistas y charlatanes salen de debajo de las piedras. Como aquél que pone pie en una caja para elevarse y que le vean bien, y vende un elixir que hace al hombre longevo. Y siempre le compra botellín alguno que otro que tiene un cuarto de más y no sabe en qué gastarlo. Hasta que llegan un alguacil y un guardia, el primero diciendo que ése no es lugar para armar la jarana, que se marche dos calles más allá, y el segundo interrogando sobre la composición del elixir. El alquímico se deshace en explicaciones; que si aceite de almendras, clavo, táperas, hollejo de guisantes, y cebada con cascabillo, y ralladura de mandrágora cocida en resina de pino con cuarzos rojos, negros y blancos, asegura el infeliz. Elixir de “así me quito el hambre”.

Y luego está aquel que asoma la nariz y pregunta si contiene láudano el mejunje.

III

-En oriente, dicen, mucha gente vive más de doscientos años.
-Quién lo dice.
-Es por lo que comen.
-Qué comen.
-Arroz.
-Ay por Dios. ¿Sabe usted los valencianos? Arroz le echan a todo.
-Y no viven doscientos setenta y tres años.
-No, ni falta que hace.
-Cómo es usted.

IV

Oh, si pudieseis verlo. Todos están aquí.

Es la sinfonía de la provincia. Cellos: un arzobispo de amplios bofes, henchida su túnica de parlamentos del Eclesiastés y epístolas a Filemón; bien podría ser autor de unos nuevos diez mandamientos. No comerás el pescado sin limón. Cabeza, lomo, molleja y costillar de la Iglesia local: envidia de los famélicos diáconos y vértebra fundamental de la comunión gastronómica, el pan de cada día dánosle hoy. Sin duda se hubiese espeluznado de la Dieta de Augsburg, aunque fuese sólo por pavor a la palabra misma. Santificarás los entremeses. Honrarás los menudillos con finas láminas de ajo frito. ¡Ah, qué espléndido hombre! La cruz que pende dos palmos por delante de la vertical de su regia nariz. Y sin embargo, aunque su lustre avive a los prontos a difamar al clero, no es el peor de los individuos. No torrarás la ternera en vano. Isaías, 1, 11: “¿De qué me sirve, dijo Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y sebo de cebados animales: no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos”. Al César, pues, lo que es del César: Dios mismo ha rechazado tomarlo, y, ¿quién puede discutir a Dios? ¡Comamos, pues!

Violas y violines: en las ocasiones señaladas sabrás cómo de pobre es un pobre y cómo de rico es un rico, y lo sabrás por las galas que lucen. Las clases sustituyen a las tribus, como si tan distintas casas a pocas calles de distancia no supusieran mayor distancia que la de dos poblados aislados por kilómetros de desolada estepa. La ciudad, no más que un punto en un mapa, es el resumen de lo que siglos ha fueron vastos reinos. El rey y su corte en el castillo; los artesanos y comerciantes en villas; los campesinos en aldeas; los cazadores, bandidos y ambulantes desperdigados por los caminos y rincones que nadie reclama. Cuanto más pobre eres y menos importas, más lejos vives de Camelot, sólo que ahora la tabla redonda se extiende a la vuelta de la esquina y las tierras que nadie reclama son los callejones repletos de miseria donde has crecido. Y, sin embargo, todos comparten el vivo orgullo de la celebración, aunque cada cual cree que sólo él comprende y merece. Los pobres creen que el viejo Juan es el patrón de lo pobres. Los ricos creen que el viejo Juan es el patrón de los ricos. Así ha sido todo siempre y así seguirá siendo, porque nadie nunca piensa “amanece para los demás”. Hermoso egoísmo que permite que lo uno sea propiedad de todos a un tiempo; lo simple hecho múltiple, panes y peces.

Clarinetes: los atentos alféreces y los nerviosos licenciados las llaman “las señoritas de la mantilla”. Ellas anulan el peso de su humilde origen con su juventud y su pizpireta encanto: la belleza de una mujer, única fuerza conocida por el mundo que demuele las convenciones. Siempre juntas, siempre risueñas; como una bandada de abubillas, gozando de la mutua escolta y sintiendo que la belleza de las demás multiplica a la de una misma. Los jóvenes caen uno tras otro a su paso, y como el otoño alfombra el suelo de hojas, ellas alfombran el aire de apasionadas cartas y melodramáticos ruegos. Ellas son la primavera de la razón, engaño breve y vacación de la realidad: pareciera que ya no importan las clases y los apellidos; mas sí importan. Esta de aquí terminará casando con un mozo de almacén; aquella de allá, con un peón. Porque incluso para ellas existe la barrera invisible: no saber desenvolverse, no conocer el uso propio de la cubertería, no hablar con elegancia y fluidez. Su futuro es ocre y penumbroso como las casas en donde vieron la luz, pero eso ahora, ¡qué importa! Ahora son las señoritas de la mantilla, y el mundo entero gira a su alrededor.

V

A su alrededor mira el pintor, tratando de captar la soleada plaza como un conjunto: cuál es el equilibrio de colores, masas y brillos, ahora que esté repleta de gente, adornos, y cosas que no hay de costumbre. ¿De qué color es la multitud? De ninguno, pero sí tiene un tono característico, que cambia según esté en sombra o le dé directamente el sol. Ha de memorizar la trama de colores y la leve calima que brota del calor de la gente mezclado con el humo y la propia pesadez del aire. Para los detalles no hace falta memoria, para eso ya tiene un cuaderno y lápices y carboncillos:

Un balcón. Una mujer vestida de verde. Con amplio escote. (Se inclina levemente sobre la baranda: parece que gusta de que los caballeros admiren su abundancia). Una ventana. Cortinas de marfil. Un cartel de tela. Un umbral de pétalos. (Bonito adorno: han clavado maderas en forma del marco de una puerta y las han recubierto de flores: buena idea, he de pintar eso). Un toldo rojo y ocre. Un puesto de bebidas. Un rubicundo vendedor. Un amplio mostacho. “Amplio”, eso le recuerda… otra vez mirando el amplio escote. Muy amplio escote (¡Qué imponencia!). Varios caballeros bien entallados. Uno no lleva sombrero. Peinado con copete. Y aquélla. Peinada a lo… (¿Cómo se llamará eso?). Varias damas. Las damas y los caballeros se observan con ineficaz disimulo. Varios niños. Varias niñas. Los niños se divierten molestando a las niñas. Porque aún no saben que les atraen. Un soldado. Casaca azul. Banda blanca. Botas altas. Una alta jarra de cerveza, en la mano de un hombre bajito. Cara redonda. Colorada. Cabello pajizo. Mirada alegre. Sonríe y habla. Banderas. Guirnaldas. Un amplio escote... (¿Quién será la dama?). Pasa un hombre con su hija. Buscan algo que se ha perdido, parece.

-Niña, no eres más tonta porque no tienes dos cabezas.

VI

Para una ciudad pequeña albergar un fantástico fenómeno como el Viejo Juan es motivo de orgullo y complacencia, algo de lo que presumir y mostrar al mundo. El hombre más longevo del orbe, un Matusalén contemporáneo que haría de su ciudad una pequeña pizquita de sal en el gran guisado de la Historia. Cada año, en su aniversario, el Viejo Juan es mostrado brevemente desde lo alto de las escaleras del consistorio. Sentado en una silla con cuatro ruedas especialmente construida por un ingeniero local y que es empujada por el alcalde de turno y algún otro preboste. La única ocasión en todo el año en que el público puede observarle ahí a cierta distancia. La gente le vitorea y aplaude, la breve visión del Viejo Juan es ya una tradición y significa que todo marcha bien y todo está donde debiera y las cosas siguen igual, lo cual es siempre signo de ventura porque, lo menos, indica que no empeoran.

Viene gente de ciudades vecinas e incluso siempre se deja caer algún que otro extranjero que ha sabido del Viejo Juan y quiere ver y oír lo que se cuece y atisbar aunque sea de lejos el milagro. Para la ciudad es un día coqueto, jornada de mostrarse y dejarse admirar. Y ay como seas forastero y caigas en manos de un exaltado localista que empiece a explicarte lo bien que se vive ahí y lo buenas que son las aguas y lo puro que es el aire y lo guapas que son las mozas y cualquier cosa que se le ocurra para explicar por qué el Viejo Juan ha vivido tanto. No te dejará en paz, explicando y explicando, y gracias si no es una beata empeñada en santificar tus oídos o un supersticioso queriendo venderte inmortalidad. Te dirán cosas que sabe Dios no esperabas escuchar, como que debieran cambiar el nombre a la ciudad y bautizarla de nuevo llamándola Nazaret.


VII

¡El gran momento! La multitud hierve de júbilo. Apoltronado en su silla con ruedas, el Viejo Juan aparece por la puerta del ayuntamiento. Vivas y alabanzas se entremezclan en una oleada monocorde de voces exultantes. Caen papelitos de color de los balcones y se agitan banderitas. Hay hasta quien llora, y no son pocos. Una pequeña figura encogida allá al fondo de la plaza, pero que se antoja enorme y resplandeciente como el sol. Incluso quien está en la otra punta jurará después que llegó distinguir su mirada o a verle sonreír o que hizo esto o aquello o que gesticuló así o asá. Todos sienten que el Viejo Juan está ahí para ellos mismos, esa es la magia de los espectáculos y las celebraciones. Por eso todos le aman, porque él es de todos y a todos pertenece. En esta ciudad, cada cual es de su padre y de su madre y además del Viejo Juan. El gran patriarca, la presencia sanadora y calmante, la fuente de satisfacción, estima y alegría. El gran ejemplo, la gran esperanza, el camino a seguir. El hombre de los tres siglos. La señal de Dios a todos y cada uno de los presentes: “tú eres mi favorito porque vives en mi cuidad favorita, a la que yo bendije con el más grande milagro de tu tiempo”.

Empieza a disminuir el ruido. Gente del ayuntamiento saca una especie de embudo de latón sostenido por un armazón con ruedas: un cacharro grande y aparente. El alcalde anuncia qué es y para qué sirve: es un gran altavoz, para que el Viejo Juan hable por primera vez a su gente y su voz se escuche, porque como es lógico a su edad tiene débil la garganta. Todo el mundo se mira expectante y nervioso, ¡qué inesperada sorpresa! Reina el silencio conforme acercan el extremo del embudo al Viejo Juan, cada vez más silencio: hasta se escucha el latir de los corazones.

Y el Viejo Juan dice algo. Una sola palabra, que nadie entiende –ni importa- pero que es más que suficiente, porque todos escuchan finalmente su hilillo de voz, amplificado por el embudo, y eso es más de lo que podían esperar:

-”…dme…”

Más júbilo. Más vítores. Más papelitos y banderas. Más lágrimas. La gente aplaude, ríe, se abraza. Se dicen entre sí “ha dicho esto” o “ha dicho aquello” y todos están seguros de saber lo que ha dicho realmente porque, cómo no, el Viejo Juan ha hablado para mí.

Qué gran día.

VIII

El alcalde no cabe en sí de gozo: “qué gran idea he tenido, con lo del altavoz (no ha sido idea suya, claro, sino del mismo ingeniero de lo de la silla con ruedas), después de esto seré un héroe”.

-Sin duda todos piensan que es usted el alcalde que más afecto y cuidados le ha procurado al Viejo Juan desde nunca antes –dice un cepillabrigos.
-Nunca vi tan emocionada a la gente en este día. Será un día recordado y usted fue quien tuvo la gran idea –dice un lustrachaquetas.
-Jamás el Viejo Juan gozó de una celebración tan hermosa y entrañable –dice un empecinaempeines.

En la plaza sigue la fiesta y el alcalde la observa desde un ventanal. “Voy a ser alcalde mucho tiempo”. Mira pero no ve: está pensando en cómo rehacer su despacho y en cambiar la decoración de la sala de plenos y en mandarse hacer una sala de billar en lo que ahora es la oficina de tal y cual. Y en un nuevo uniforme, algo no militar –porque no es militar su señoría- pero que se le parezca, porque mira que da lustre y presencia el uniforme. Incluso podría decretar la creación de algún tipo de medalla civil y después dejar que el pueblo se la conceda. Así podría lucir una medalla en fiestas. Bueno, en realidad podría lucir varias porque, ¿quién iba a fijarse en qué medallas son esas y si son auténticas y qué significan? Y siempre podría mover algún hilo en la diputación para que se decrete alguna nueva medalla regional o algo del Parlamento, no sería difícil si uno deja que tal o cual ministro se fotografíen junto al Viejo Juan. ¿Debería poner plantas junto a la mesa, justo ante la cristalera del balcón principal? Le darían un toque alegre al despacho.

-¿Y el Viejo Juan? –pregunta.

Y alguno de los cepillabrigos o lustrachaquetas o empecinaempeines o quizá algún escarbacajones o huelearchivos contesta:

-Oh, le hemos llevado al cuarto de al lado para que pueda dormir un poco, este es siempre un día muy intenso para él.
-Que duerma, que duerma –dice el alcalde pensando en otras cosas-, a fin y al cabo son doscientos setenta y tres años (¿cuánto debe costar una mesa de caoba?).

IX

Oscuridad. Silencio. Han cerrado la puerta y también las ventanas están cerradas. De todos modos, él ya no ve apenas nada, así que malamente puede notar la diferencia. El Viejo Juan permanece inmóvil en la poltrona, ya no sabe si en la de las ruedas o le han cambiado a otro sillón. No duerme. Está agitado. Le han hecho hablar (“diga algo, diga algo”) y no comprende nada. ¿Para qué hablar? Otros años se conformaban con sacarle. Y él ha hablado, pero nadie le ha entendido. Eso sí lo comprende. Todos estaban aplaudiendo y gritando. Como siempre. En el único día diferente del año, que es el día más pesado del año.

Y repite en la penumbra, con su débil voz marchita, sin saber realmente si alguien le escucha ahora:

-…matadme.






.
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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por Dolordebarriga » 28 Ene 2008 06:51

Joder Nicotin, que tremendamente bueno que es. Pero que bueno.

Joder.

Gracias

D.
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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por NORNA » 30 Ene 2008 15:41

Nicotin: el relato es una pasada. Este estilo de narración se te da muy bien, realmente se te da mucho mejor que otros más..., emmm, llamémoslo espistolares.

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Ford
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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por Ford » 30 Ene 2008 18:31

Maldito cabrón, polifacético por vocación. Qué no sabrá hacer éste tipo, es el margive del talento intelertual y autodidasta.

Brindo por la promiscuidad intelertual o por los años bien llevaos.

A box of sorprais, hamigo. A present. Thank.
"Demostrar gratitud con moderación es un signo de mediocridad."
http://www.youtube.com/watch?v=Tmfwr-1s9ac

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Re: Magia cotidiana.

Mensaje por Nicotin » 28 Ene 2009 13:25

El sublime infortunio de adorar a los fantasmas.

La primera ocasión en que se me apareció en sueños, era casi una niña: como sucede a veces en los desvaríos del dormir, su rostro era nuevo pero creía reconocerla en alguien de mi pasado que en realidad no existió nunca. Era lo bastante hermosa cual para hacerme desear que se acercase a mí, y tuve las peores intenciones, pero me contemplaba confiada como si supiera que ni siquiera siendo mi sueño tendría algo que mandar sobre ella. Yo estaba tumbado en la bañera como si la bañera fuese una cama, intentando dormir aunque el agua de la ducha caía directamente sobre mi rostro, y por momentos casi lo conseguía, mientras la miraba a través de una cortina de gotas, sentada a algunos metros de mí. Deseaba con intensidad casi inhumana hacerla compartir la humedad y el lecho de porcelana, pero su pálida mirada me tenía inmóvil en una postura de disimulo y timidez. Así que decidí fingir que dormía bajo la lluvia o tal vez intentar dormir de verdad, y cerré los ojos para no verla y que no viéndola ella creyese que había dejado de pensarla. Pero antes de que pudiese juntar los párpados, se puso en pie con una leve sonrisa, caminó hacia mí con los leves pasos de su cuerpo incompleto, y me tendió algo, un regalo, algo pequeño y cuadrado como el estuche de un anillo, envuelto en papel de colores. El papel no se mojaba o tal vez cesó el agua, no lo sé, y poco importa ya que estaba soñando: ella se retiró con la misma sonrisa y yo abrí el regalo. No recuerdo qué era, algún objeto sin importancia o alguna joya, pero sólo me fijé en un pedazo de papel blanco torpemente cortado en el que había escrito un número de teléfono: el suyo. Cuando desperté, no logré recordar las cifras, pero las hubiese marcado de haberlas mantenido en la memoria. Después estuve un buen rato tendido en la cama, rememorándola entre susurros, hasta que terminé de volver al mundo de los vivos retorciéndome en un gemido de desesperado alivio.

No hubiese sido más que un sueño de tantos, de esos que nacen del impulso matutino de la hombría, si no fuera porque empezó a repetirse bajo varias formas y pretextos. En otra ocasión la soñé algo más crecida y aun así todavía adolescente, aferrándose a mí como si temiese que el viento la llevase, y yo aferrándome a ella como temiendo verla desvanecerse, como así ocurrió y tenía que ocurrir al amanecer: como de costumbre, tras haberla tenido entre tinieblas y sin salir de entre las sábanas quise imaginar que la tenía a la luz del día. Ella iba y venía de vez en cuando en mis noches, a veces frágil y virginal, a veces criada y completa, a veces mirándome de tú a tú con la comprensión cómplice de quien ha vivido los mismos años y coleccionado las mismas cicatrices que uno en la vida.

Nunca pensé que tanto sueño con la misma criatura imaginaria fuese producto de alguna obsesión, ya que esas fantasías eran siempre agradables y las olvidaba tan pronto exhalaba un aliento nacido de las entrañas y me ponía en pie para empezar la jornada. No le di muchas vueltas. Tal vez recordaba sin saberlo a algún deseo del pasado, alguna de esas mujeres que pasan ante ti y que no cazas en su momento porque la vida te tiene distraído con otras cosas o, peor aún, con otras mujeres. Tal vez era la expresión de algún deseo prohibido, de esos que guardas donde nadie puede verlos y de los que a veces te avergüenzas. O quizá sencillamente un anhelo de paz, de poder pasar un día distinto junto a alguien que no me causara las incomodidades de costumbre; esa clase de días en que solamente teniéndola a ella cerca tuyo y al alcance de tu mano, recuerdas como de los más felices de tu vida, y que después te parecen también un sueño del que despertaste sin necesidad.

Así que cada vez que se presentaba el sueño lo resolví con la facilidad con que los hombres resolvemos esas cosas, no sin quedarme cierta sensación de vaga melancolía, pero nada que no pudiese enterrarse bajo las actividades de la mañana. Bastantes dolores de cabeza te traen las mujeres que sí existen, como para gastar un solo minuto en un fantasma de las madrugadas.

Hasta que la vi. En carne y hueso. Sí, a ella, a la misma de los sueños. El mismo rostro, el mismo cuerpo, incluso diría que el mismo aroma imperceptible en la distancia. Aparentaba sólo algunos años menos que yo, y menos castigados que los míos, y todo en ella era menos vulgar y tosco que en mí. Aun estando despierto volví a notar que seguíamos sin pertenecer al mismo universo: al contemplarla encarnada en el mundo real me noté imperdonablemente corpóreo e imperfecto, y que mi cuerpo es rudo y primitivo comparado con el de ella, y que ella era una forma de arte y yo una simple broma de la naturaleza. Sí, esa sensación que me asalta siempre cuando veo una mujer hermosa, pero agudizada por la ya larga sugestión del amor inconsciente. Esa sensación de indignidad a la que he de sobreponerme siempre dejándome ver distante e indiferente a tanta belleza, esa maniobra infantil de no mostrar demasiado interés para despertar el interés de ella. Sí, cuando encuentres a una mujer, adivina cuál es la pregunta que se hace sobre ti, y no la respondas nunca.

Y lo que ella se preguntó es qué vi en ella para mirarla así. Y, por supuesto, fiel a mi primer mandamiento, no se lo dije jamás. Le respondí a tantas otras preguntas que creyó haber desvelado todos mis misterios, y qué importa que lo creyese: a las mujeres sólo les atrae el misterio durante un tiempo. Después quieren saberlo todo. Y si no te meten en su vientre para ser ella sola quien te ha parido, es porque no pueden hacerlo. Pero quieren saber cómo piensas, cómo duermes y con qué sueñas, quieren saber qué sientes sobre cada puñetera cosa y cada gesto o reacción tuyos que no entienden es como una pequeña tortura que se les remueve entre las costillas y que no cesa hasta que logran resolver el enigma. La mujer que nunca te pregunta, es porque no te ama. O, tal vez, porque es demasiado orgullosa para preguntar constantemente: pecado habitual de algunas jóvenes ingenuas, que finalmente descubren cuánto les hace sufrir el no tener respuestas y terminan con el tiempo desterrando esa inútil y lacerante dignidad de esfinge.

Así que, sí, contesté a muchas de sus preguntas del mejor modo que supe, pero nunca le desvelé el secreto de que, inexplicablemente, la había soñado varias veces antes siquiera de haberla visto. De todos modos, si se lo hubiese dicho, lo hubiese tomado como un extraño desvarío poético, como una alusión al destino, o como un “te quiero” disfrazado de metáfora. Nada que fuese más duradero que un ramo de flores, supongo, porque ya sabéis que las mujeres son tan sensibles al requiebro romántico del momento como prontas a olvidarlo en espera de un requiebro nuevo. Preguntadles por aquella frase que les dijisteis en pleno éxtasis de Romeo encaramado al balcón y que creíais que ella jamás podría olvidar: no sabrá de lo que estáis hablando, pero os darán un beso por alguna tontería que, quizá sin daros cuenta, hicisteis ayer mismo y las ha tenido todo el día borrachas de ternura. Así que, ¿para qué decírselo? Ese era mi secreto, que me guardé por si un día las cosas salían mal; mejor no darle a pensar que podía haber arruinado mis sueños, que es casi lo peor que se puede hacer con alguien sin pretenderlo.

Tampoco le dije nunca que la había soñado más joven y más intacta, y que eso era algo que siempre guardé en el rincón de las frustraciones sin solución posible. Cosas de hombres, supongo, y uno no puede esperar que ellas entiendan algo así. Ella, creo, me prefería experimentado, para estar segura de que yo estaba seguro de lo que yo quería. Para que supiera con qué tono de voz hablarle para hacerla dormir, o cómo decirle que todo iba a salir bien cuando estaba nerviosa. Para ella era lo mejor: que otras hubiesen pagado mis pecados de juventud y hubiesen sufrido mis arrebatos adolescentes, y que lo que a ella le había llegado era ya un hombre que sabía cómo envolverla con un abrazo al final de cada día, hacerla sentir segura y protegida de todo justo antes de cerrar los ojos. Ella no hubiese gastado ni un segundo en imaginarme más joven o más inexperto, ni lo hubiese preferido, ni le hubiese gustado. Pero yo a veces aún la recordaba a través de aquella cortina de agua y me daba cuenta de que, en cierto modo, había una parte del sueño que no había cumplido y que nunca podría cumplir. Es entonces cuando no puedes evitar pensar que una mujer siempre te debe algo, y que ha de comprender que no puedes tener ojos sólo para ella. Tal vez no sea justo desde una noción lógica del equilibrio, pero para mí no había otra conclusión posible. Ella está y estará siempre en deuda contigo; quiero creer que no pensáis que el precio de las vírgenes se debe a insignificancias anatómicas.

Pero más allá de mis inseguridades masculinas, del para ella intraducible código del hombre, conseguí que me quisiera y que aunque me cambiase por otro me fuese a llevar siempre marcado como una herida que no deja de sangrar. Era para mí la única forma de sentir algo cercano a la satisfacción: saber que yo a veces le dolía, más de lo que pudiese dolerle ningún otro. Ya que no me había dado su pasado, me apropié de su futuro y me aseguré de que en sus años venideros no dejase de echarme de menos cuando pensara en mí. Herida por herida, deuda por deuda. No sé si es venganza, crueldad o simple egoísmo infantil, pero no sentir que puedo hacer brotar las lágrimas de una mujer me causa la más desesperante y turbadora sed. Se las sacaré a golpe de dulzura, siendo irresistiblemente atento o reaccionando con súbito desprecio, por las buenas o por las malas, pero se las sacaré; si no, creeré ahogarme en mitad del desierto bajo el sol abrasador de la soledad. Si te quiere, joder, qué menos que llore por ti, ya sea porque le ablandan tus sacrificios o porque le lastiman tus puñaladas.

Así que empecé a considerar la idea de contarle todo, lo de los sueños, lo de la deuda que sin saberlo tenía conmigo, lo de que una vez fue una aparición, una sirena, una musa, un ideal, un hálito; insinuarle ladinamente lo de que fue tan bella, tan exquisita y tan pura en mis sueños que jamás, por mucho que lo intentase, podría estar a la altura. Me construí el sádico propósito de enfrentarla a la versión celestial de sí misma, de, con disimulo y suaves palabras, explicarle la rabia que me causaba no poseer una parte de ella que ya se había perdido para siempre. Hacerle ver que mis sentimientos estaban por encima -¡o por debajo!- de la lógica y la sensatez, de la ecuánime convención que se le supone a toda relación adulta. De, entre susurros anestésicos, escupirle a la cara la verdad de que soy un hombre, y de que me joden cosas de hombre y de que ella no puede hacer nada por arreglarlo. Ya sabéis, uno de esos días en que alguien siente la tentación de hacer un daño gratuito e innecesario.

Así que, teniéndola recostada junto a mí en la penumbra, me quedé inmóvil y en silencio, maquinando la forma de hundirle la espada sin que pareciese que lo pretendía, de hacerle pagar culpas que no eran suyas y heridas que ella nunca causó. Y abrí la boca, estaba a punto de hablar, iba a hacerlo, iba a darle una inyección que la mataría poco a poco, iba a hacerla sentir impura, imperfecta e insuficiente, iba a desgarrarle el alma, iba a violar todos mis principios sólo por el venenoso placer de hacer el mal, iba a traicionar todo su amor y entrega sólo por un diabólico capricho, cuando fue su tenue voz la que rompió el silencio:

-Tengo que contarte algo.

Al instante me sentí incómodo, tenso y a la defensiva, como siempre que escucho esas palabras. Solté, como en un ladrido ahogado, un seco, breve e inexpresivo:

-Qué.

Y noté su mano deslizándose suavemente sobre el vello de mi pecho, como cuando te anuncian que te van a decir algo agradable. Y noté cómo la mano ascendía hacia mi barbilla, como cuando pretenden que creas algo que van a contarte que resulta de por sí difícil de creer; y dijo:
-Soñé muchas veces contigo antes de conocerte.

Sin molestarme siquiera en retirar su mano, me giré lentamente hasta darle la espalda, fingiendo una somnolencia indiferente. Me alejé un par de palmos de ella como queriéndole decir: “déjate de tonterías”, porque ya no me salían las palabras. Me tapé con las sábanas hasta la misma oreja, me encogí como queriendo huir de todas partes, me quedé con los ojos abiertos contemplando las sombras, y no pude evitar decir entre dientes:

-...¡mierda!
The bigger the headache, the bigger the pill. Call me the big pill.

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