no es un foro de coches

Tu vida asocial comienza y acaba aquí. Lucha por ser la especie dominante.
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CacaDeLuxe
Ulema
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:31

Día 18: He estado ahí


Miré mi novela. Era una historia de amor preciosa, me entretenía y a la vez mantenía alejados al resto de los pacientes en el caso de que no me apeteciera entray en conversación. Es por ello que siempre la llevaba conmigo. Pero esta vez no. Había visto a Antonio cruzar el pasillo rumbo al comedor, sabía que hoy estaría ahí, y me gustaría darle una buena impresión. Lo último que quería era que pensara que yo era una colgada, una yonki, una ida de la vida, una pirada. Tampoco una niña noña que lee novela romántica. Necesitaba dar otra imagen. Un aire de erudita, de filósofa de la vida, de sabia incomprendida. De una mente brillante recluída en este horrible lugar. Así que cogí el libro de crucigramas y me dirigí al comedor.

Allí estaba. Sentado en la mesita redonda. Pero no en mi sitio, sino en el sitio "de invitados". Estaba solo. Moha me colocó donde siempre, me dio su clásica palmadita y se fue. Por un momento me quedé sin saber qué decir, como cuando vas a una firma de discos, te tragas toda la cola y por fin estás ante tu artista preferido, temblando y con el CD en la mano. Absolutamente bloqueada. "Buenos días compañera" Antonio me saludó. "Buenos días Antonio" CD entregado. Ahora me lo está firmando y yo estoy de pie callada como un conejo. Así que así estuvimos los dos en silencio la mitad del desayuno.

Me fijé en que tenía la pierna apoyada sobre un empapador -son una especie de pañales abiertos- en la tercera silla de la mesita. Le pregunté. "Qué tal la pierna? Tiene muy mala pinta" "Joder, pues mal. Parece una bombona de butano, está supurando, y me cuesta mucho andar. Ayer me tiré el día en la habitación por eso mismo. Y lo peor de todo, ¿sabes cómo me lo hice? En la camilla. Esos cabrones me ataron y la camilla debía de estar sucia o algo y me pasaron una infección" "Sí, recuerdo que lo contaste en el Círculo" "Ah, sí, cierto. Siento el espectáculo y las malas palabras. Pero es que esa Vazquez... No puedo con ella" Me reí "Yo tampoco. Y es mi psiquiatra asignada. El tuyo quién es?" "Aún no lo sé. Es que ni siquiera sé por qué me han subido. No debería estar aquí. Yo no debería estar aquí"

"Ya, ni yo tampoco, no te jode", pensé. Pero este tipo esconde algo más. Un pasado, un diagnóstico, un algo. Entiendo que no quiera soltarlo en el Círculo, pero en petit comité lo podría confesar. ¿Por qué no me lo dice?

Me miró. "A ver si adivino. Necesitas algunas respuestas" Me quedé a cuadros. "Pues no te cortes, tú ve preguntando, venga" ¿Así, tan fácil? Pues vale. "¿Por qué estás aquí, Antonio?" Me miró algo incómodo "Por un accidente de coche, ya lo dije en la reunión. Y no me gusta mucho hablar de ese tema. Venga Sydney, sigamos con eso -señaló el crucigrama-, tú escribes y yo te voy echando una mano. Ve preguntando las que no sepas. Así se nos hará más amena la mañana". Me cago en la leche. El jodido libro de crucigramas. No sé cuántos facepalms llevaba ya en estos 18 días de estancia, pero eran bastantes, desde luego.

Y así pasamos la mañana, entre palabra y palabra. El resto de internos se fueron uniendo, echamos un par de horas divertidas. Los fines de semana no hay terapias y se hacen bastante largos, así que esto nos sirvió como pasatiempo y como actividad grupal al mismo tiempo.

A las 11,30 llegaron las visitas. Antonio recibió con cariño a dos de sus hijos, me los presentó, y se marcharon a la habitación. Unos minutos más tarde llegaron mi madre y mi hermana. Aparentemente en son de paz. Yo estaba contenta, así que les estuve contando mi semana -desde la fatídica entrevista con Vazquez-, la salida con mi padre -eso ya lo sabían-, el regalo del globo, la llegada de Antonio y su encontronazo con la Psiquiatra. Por su parte me pusieron al día de cómo iban las cosas en casa, del estado de salud de mi abuela, de la vida de Vicente -hablaban mucho por teléfono con él-, y del trabajo de mi hermana en su hospital. No hubo amenazas. No hubo malas palabras. Tampoco chantajes de ningún tipo. Antes de despedirse me dieron un par de libros de regalo que me enviaba mi padrino desde Badajoz. Llegada la hora nos dimos un beso y un abrazo, me llevaron a la sala y se fueron.

Hora de comer. Antonio se sentó a mi lado. Ahí tuve sentimientos contradictorios. Una cosa es el desayuno, que es algo más informal. Otra ya es la comida. A mí me gusta comer sola. ¿Por qué? Porque me gusta no comer. Y si no comes, normalmente la gente hace preguntas. Pero si lo haces sola, nadie cuestiona nada. Como mucho eschuchas a tu estómago quejarse un par de veces, pero se acalla fácilmente. Ahora tenía a alguien sentado a mi lado. Aparentemente comía a su bola, pero estaba convencida de que Antonio era de los míos: alguien que finge vivir en su mundo pero a quien no se le escapa nada de lo que ocurre a su alrededor.

Apenas conversamos durante la comida. Me tomé la sopa en 5 minutos, él acabó lo suyo en 20, pero me parecieron una auténtica eternidad. De nuevo llevó nuestras bandejas al carrito. Temía que a la vuelta comentara algo sobre mi comida prácticamente intacta, pero no lo hizo. Suspiré aliviada.

Siesta, tensiones y visitas.

Mi padre estaba de viaje así que me quedé haciendo crucigramas con el resto de internos que tampoco habían recibido visita. Todo iba bien, hasta que de repente Chema, el chico inquieto, entró en la sala gritando.

"¡Un chino!¡Necesito un chino ahora mismo!¡¡¡Lo necesito, YA!!!" Para los legos en la materia (consideraos afortunados), un chino es un cigarrillo con coca. Chema había perdido el control y estaba subido a una mesa, agarrándose la cabeza y suplicando por un poco de droga. "Un chino, o un pico, o algo. ¡Necesito algo!" Los pacientes que había en la sala le miraban sin dar crédito. Algunos familiares salieron corriendo de la sala. Yo le miré. Quise ponerme a su lado. Quise darle la mano. Porque hace unos años, no muchos, me había sentido como él. Sola, perdida, y aferrada a la droga. Sintiendo que el existir tenía sentido mientras durara el subidón. Sintiendo que mi vida valía lo mismo que una raya. Por eso el corazón me decía que fuera, que le ayudara a bajar de esa mesa y que le hiciera entrar entrar en razón. Pero las ruedas bloqueadas de mi chuchú me lo impedían.

"Chemi, baja. Baja, porfi. Hazlo por todos nosotros, que te queremos mucho". Chema seguía gritando. Los familiares contemplaban el espectáculo desde la puerta de la sala. "Dadme ahora mismo un tiro de algo o me volveré a rajar la yugular. Entera. Os juro que lo haré". Contemplé su cuello. Así que eso era. La inmensa cicatriz. Me lo imaginé en un día de mono, sumino en la más inmensa soledad, desesperado, pensando que ya nada tenía sentido, y rajándose el cuello con un cuchillo oxidado. Hay que estar muy al límite para hacer eso. Muy muy al límite. "Chema cabrón, baja, por favor te lo pido!" grité llorando, pero él ya no escuchaba a nadie. En ese momento no se escuchaba ni a sí mismo.

Se oyeron unas pisadas rápidas por el pasillo y vi aparecer a un guardia de seguridad y a dos auxiliares grandes. Subieron a la mesa y en cuestión de segundos lo redujeron. Le tiraron al suelo, después le levantaron y, como si fuera un detenido, se lo llevaron a su cuarto. Me pregunté cuándo volvería a verle. La respuesta llegaría dos días más tarde.

Hora de la cena. De nuevo Antonio a mi lado. No me importaba la compañía, es más, la agradecí. Me preguntó por qué estaba tan callada y le dije que no me encontraba muy bien, lo entendió y no hizo más preguntas. Yo seguía pensando en Chema.

Llegó una enfermera, Mercedes, a repartir la medicación. Pusieron la de Antonio en su mano. Él preguntó, "¿Qué es?" "Litio", contesto la enfermera. Litio, anoté mentalmente mientras tragaba las mías. Bipolar. Antonio es bipolar. Algo del misterio se iba desvelando.

"Estoy cansado. ¿Tú no?" "Sí, mucho" "¿A qué hora nos dan la leche?" "¿Perdona?" "La leche, el zumo, lo que sea que den aquí junto con las pastillas. ¿A qué hora es?" Me quedé blanca. Todas las noches, a las 11, antes de irnos a dormir, las enfermeras entraban en el comedor y nos repartían las últimas pastillas del día junto con zumo o leche y una bolsita de galletas. Pero eso lo hacían en este hospital. En esta planta. En la planta 4. En la planta de Psiquiatría. Antonio ya había estado ingresado aquí antes. "¿Sydney? Lo de las galletas, ¿A qué hora era?" "Perdona. Es a las a las 11"


Ya en la cama, no dejé de darle de vueltas a lo de Chema. Le recordé subido en las mesas, gritando. Y no, no era la mesita redonda. Pero yo he estado ahí. En ese mismo exacto lugar.





Día 19: Disney


Antonio y yo entramos a la vez en el comedor. Como ya es costumbre, la mitad de los internos están distribuidos entre las dos mesas, esperando ansiosamente su desayuno. Al fondo, nuestra mesita vacía. Y en el medio de la sala, DJSony, bailando su estruendosa música dance. La mayoría ya estamos hechos a convivir con ello, como quien vive encima de una discoteca de mala muerte y ha aceptado que no queda otra que asumirlo. Pero Antonio no es nuevo. Y tampoco es de asumir las cosas.

"Perdona, guapa" DjSony sigue bailando, zapatillas rojas de Snoopy en los pies y copa invisible en mano. "¡Perdona!¿Me escuchas?" "Ay sí, es que con la música no te oía. Dime" "¿Cuál es tu nombre?" "Sonia" Antonio saca sus armas de galán a relucir "Guau, Sonia. Una preciosidad de nombre para una preciosidad de mujer. ¿Qué años tienes? ¿25? ¿26?" Sonia se tapa la cara con el pelo y sonríe vergonzosa "Jijiji, tengo 34" "Vaya, pues te echaba la mitad. Cómo te cuidas, chica. ¡Y qué manera de bailar! Ya me contarás cual es tu secreto" Sonia, vergonzosa, pestañeaba como una princesa Disney. "Una cosita que te quería comentar, Sonia. Yo, que como verás ya soy un abuelo cascarrabias y feo, prefiero tener un poquito de paz por las mañanas. O sea, me encanta ver a chicas guapas bailar, lo adoro, es el sueño de cualquier hombre, pero prefiero reservármelo por la noche. Así que, si no es mucho pedir, ¿podríamos dejar todo eso de la música alta para más tarde? Así lo cojemos con más ganas. Y así tu también descansas un ratito, que ese cuerpazo agradecerá un poco de reposo. No sé, ¿cómo lo ves?" Todos nos quedamos paralizados. Ni cotiza que no va a funcionar, me dije. Es Sonia joder. No atiende a razones.

Sonia cogió el mando. Apuntó hacia la tele. Y, contra todo pronóstico, lo apagó. Luego sopló sobre él, con el clásico gesto de vaquera sexy que enfría su revolver después un tiroteo mortal. Sentí un escalofrío. Miré al resto de los pacientes. "Queréis aplaudir, eh, cabrones". No les juzgué por ello, ya que yo sentía lo mismo. Por primera vez en 19 días, se hizo el silencio. Qué paz. Era una sensación casi desconocida a la hora del desayuno.

Reparto de bandejas. Era domingo. Y ¿qué hay los domingos para desayunar? Cooorrecto! Churros. Supuse que Antonio ya lo sabría, pero si él se hacía el tonto, yo más aún. Así que le dije: "Compi, hoy te espera una sorpresa muy agradable para desayunar. Venga, ¡destapa la bandeja!" Y así lo hizo, relamiéndose. Dos segundos después de hacerlo, me miró furibundo "Sydney. Sydney Bristow. ¿Tú sabías esto?" mientras señalaba su plato. "¿Saber qué?" Miré lo que allí había, y efectivamente. Tres biscotes de pan integral, un minibrick de margarina, y una especie de compota de manzana. La compota nos la habían cascado alguna vez como postre y era una papilla sosa y anodina que no había ni Dios que se tragara. Temiéndome lo peor, levanté la tapa de mi bandeja. Pero no, ahí estaban. Cuatro churritos frescos, relucientes, y supurando grasa. Como el resto de los internos.

Antonio llamó a Moha. "Oye, ¿esto qué clase de broma es?" Mohammed hizo un gesto como de "a mí no me metas", y se largó. Llamamos a una enfermera, y de mil amores resolvió la duda. "Antonio, este desayuno es correcto. Las últimas pruebas que te hemos realizado han arrojado un diagnóstico bastante claro: eres diabético. Es por ello que se ha solicitado a cocina un menú adaptado a esas condiciones. Esperamos que sea de tu agrado." Y dicho esto, se dio la vuelta y desapareció. "Me cago en mi vida Syd" "Pero macho, ¿tú sabías que eras diabético y vas y te lo callas?" "Pero es que no soy diabético, es la primera noticia que tengo" "Venga ya" "Te lo juro por mi mujer. Que mi hermano tiene una cafetería en la Moraleja y voy todas las mañanas a ponerme tiro de croissants. ¿De dónde te crees que sale esta tripa? ¿De comer potitos como este? -señaló la compota- Que no coño, que no soy diabético. Eso se lo ha inventado la víbora de la psiquiatra para joderme. Te digo yo que ha sido eso. Joder, primero me encierran aquí, luego me joden la pierna, y ahora me quitan los churros". Le vi a punto de desmoronarse. Me dio tanta pena que puse dos churros en su plato y le dije mi ya clásico "shhh, no se lo digas a nadie". Me miró emocionado y empezó a decirme que era la niña más buena y más hermosa del mundo -utilizó esa palabra, "hermosa". Pero le corté rápido. "Antonio, no soy Sonia. Ya tienes los churros no hay moto que venderme. Zampa rápido antes de que me arrepienta y de que nos pillen". Afortunadamente, para cuando dije eso, solo quedaba medio churro en su plato.

El resto del día transcurrió lento, muy lento. Naiala había discutido con el Club de las Deprimidas por unos mandalas así que se sentó en la mesita a colorear. Aproveché para presentarles e hicieron muy buenas migas. Antonio quedó enseguida atrapado por la belleza de esa chica, al igual que yo días atrás. Además ella sonreía más que en semanas anteriores. Se la veía cambiada, a mejor. Tranquila, serena. Y apenas hablaba rumano. Supuse que pronto le darían el alta. Una parte de mí la iba a echar mucho de menos cuando eso sucediera, pero otra parte de mí sería feliz siempre y cuando ella lo fuera. Naiala, mi dulce Naiala.

En la hora de visitas, ambos se fueron a las habitaciones con sus respectivas familias. Yo me quedé en la sala junto a Rhino y algunos más. En una de las mesas grandes estaba sentado Ahmed. Noté que me miraba constantemente y me sonreía. ¿Qué querrá este?, pensé.

Durante la tarde, nada reseñable. Comida, siesta, tensiones, y más no-visitas para mí. Crucigramas con los que se apuntaron y miradas de Ahmed. En la cena ya directamente me saludaba con la mano. Me resultaba incómodo. A las 10 Antonio se retiró a la habitación porque tenía la pierna hecha polvo. Sonia protestó ya que tenían un baile pendiente. "De esta no te libras, compi", le dije antes de verle desaparecer por la puerta.

A las 11,10 ya estaba metida en la cama y arropada. "Buenas noches", me dije. Y apagué la luz.


Me desperté un poco más tarde. Se me había olvidado ir a hacer pis antes de dormir. Soy gilipollas perdida, joder. El tema del pis es muy complicado, porque al estar en chuchú llevarme al baño durante la noche es un jaleo, hay poco personal, y si te toca un auxiliar/enfermero de malas o simplemente vago se limita a ponerte la cuña. Este es, como una especie de orinal que se mete en la cama, tú te bajas los pantalones y ahí haces pis. Tumbada. Es una sensación rara, similar a mearte encima. A mí no me gusta nada y por mucho que me esfuerce no soy capaz de conseguirlo. Simplemente no soy capaz. Da igual las ganas que tenga.

Y ahora tenía muchas. Muchísimas. Llamé por el intercomunicador. "Ahora vamos", dijo una voz de hombre. Ay, ojalá sea Blanco. Blanco era un auxiliar con el que me llevaba fenomenal, era atento y dispuesto. Le solía tocar turno de noche y no le importaba lo más mínimo llevarme hasta el baño. Venga Blanco, abre la puerta. Confío en ti.

Luces en el pasillo. Pasos. La llave de mi cuarto. Se abre la puerta. No es Blanco. Es Marisol. Me cago en la puta. Ya sé que me va a caer cuña seguro. "Buenas noches Sydney" "Hola". Marisol utiliza otra vez la llave para abrir el baño, entra, saca la cuña. "Bájate los pantalones", ordena. Me coloca la cuña. Se cruza de brazos y se queda ahí. Mirando. Pasa un minuto. "Verás, Marisol. Es que si te quedas ahí mirando... Si te quedas ahí mirando no me concentro. No me sale el pis. ¿Por qué no te vas al cuartito de enfermeras y cuando esté lista llamo y ya está?" Ahora soy yo la que parpadea como una princesa Disney. Realmente no era tan extraño lo que estaba pidiendo. Eso es lo que hacían todas las auxiliares cuando me ponían la cuña. Sin excepción. De hecho, era la primera vez que alguien se quedaba a mi lado esperando a que terminara. Marisol se lo pensó durante unos segundos. "Vaya, nos ha salido finolis la niña. De acuerdo. No olvides llamar cuando hayas acabado". Y se fue cerrando la puerta detrás.

Increíble. In-creíble. Lo había conseguido. Ahora venía lo difícil. Piensa, Sydney, piensa. Tienes un par de minutos, tres a lo sumo. Mente fría Syd. Lo tienes todo calculado, me dije.

Miré la puerta del baño. Marisol no la había cerrado. Correcto. Cogí la cuña y la puse encima de la cama. Me desarropé entera. Con todo el sigilo del mundo, me fui deslizando por el borde de la cama hasta que mis rodillas tocaron el suelo. Tuve cuidado de no apoyar los talones. Realmente ya podía apoyarlos, muy poco, pero podía. Escarlar hasta el WC no me supondría ningún problema, no como el fatídico día de Brummel. Pero aún quedaba mucho para llegar al WC. Y el tiempo corría. Tic, tac. Ya en el suelo, comencé a gatear. Tropecé con algo. Eran mis propios pantalones, que se enganchaban con las vendas en los tobillos. Me los quité. Y así, sin pantalones ni braguitas y con el culo en pompa, fui gateando hasta el baño. En silencio, siempre en silencio. Ahí estaba, la maldita puerta. Las dos malditas puertas, de hecho. La de la habitación está prácticamente pegada a la del baño. Ya lo tienes, Syd. Fui a girar a la izquierda, ya veía mi objetivo, ya lo tenía, cuando de repente... La puerta del cuarto se abrió.

Marisol. De pie. A contraluz y mirándome. Ahí estaba. Imponente, orgullosa, y majestuosamente alta. Por lo menos, desde mi perspectiva. Y yo en la oscuridad, a 10 cm de sus pies, con el culo en pompa, semidesnuda, y a cuatro patas. La imagen no podía ser más lamentable. Yo lo sabía. Y ella también. Y sé que lo sabía, porque en lugar de decir nada, estuvo unos 10 segundos mirándome. Saboreando su teiunfo y regodeándose en mi derrota. Luego ya abrió la boca. "¿A dónde vas, Sydney?" "A visitar a mi abuela, no te jode Marisol. Sabes perfectamente a donde iba. Venga, ayúdame a subir a la cama y ponme la cuña o lárgate o castígame, que es lo que te mola. Ya me da igual lo que hagas. Ya has ganado". Pero Marisol no venía sola. Escuché más pasos por el pasillo. Apareció otra figura. Era Blanco. ¡Blanco! "¿Qué ha pasado?" Antes de que Marisol pudiera jugar sucio, ya empecé yo la partida: "Ayyy Blanco, que es que quería ir al baño y me he caído... ¿Me puedes llevar tú?" "Claro Syd, sin problema. Aparta, Marisol". Y ahí llegó mi caballero Blanco, me levantó a pulso, y me dejó en el WC, donde hice pis tan panchamente. Chúpate esa, Marisol.

Cuando por fin estuve en la cama, la muy zorra me dio un aviso: "Antes de hacer de las tuyo, recuerda que las cámaras lo graban todo. To-do". Y se marchó.

Me cago en la puta. Tanta mente fría y tantas polladas para olvidarme de las cámaras. Toda la sala habría visto mi culo en pompa menearse al ritmo de Misión Imposible rumbo al váter. Vaya subnormal estoy hecha. Qué vergüenza. Qué horror. Y mientras más lo pensaba, peor me ponía.


En fin, ya estaba hecho. Mi grabación pasaría a los anales de la historia del hospital. Literalmente.


Pero ¿sabéis qué? Que me daba igual. Yo ya tenía a mi caballero Blanco que me había recogido en volandas y me había dejado en un trono. Era un final de Disney. A nuestra manera, pero lo era.




Día 20: Trenzas

Alguien entra en la habitación agitando mi pijama limpio en el aire, a modo de saludo. "¡Buenos díiiiiaaas!" Es Alicia. ¡Ali ha vuelto! La acaparo a preguntas. "¿Dónde estás? ¿Todo bien? ¿Por qué te fuiste? ¡Lo hiciste sin avisar! ¿Conoces a tu sustituto? Es un chico muy majo. Si te dice que es militar no le creas, es una mentira. ¿Has visto? ¡Ya tengo vendas! ¿Sabes? Ayer me caí y adivina quién me llevó en brazos. No hace falta que digas nada, ya te lo cuento yo, ¡Blanco! Blaaanco blanco blaaaanco -empecé a canturrear-. Pero jo, no me cuentas nada Ali" "Syd, Syd, calla un poco hija, si es que no me dejas ni hablar" "Ay Ali lo siento. Es que estoy muy emocionada". Me senté en la cama para escucharla. Ali me dijo que se había tomado unos días libres porque acababa de ser abuela (tan joven? No tenía pinta de abuela. Que el bebé estaba muy bien. Que ya conocía a Mohammed, se lo habían presentado esa misma mañana. Que no le constaba que me hubiera caído, Marisola le había contado una historia un tanto... "diferente" (me miró con cara de regañina mientras pronunciaba esas palabras. Yo miré al suelo avergonzada). Y que se alegraba mucho por mis vendas, que tenían muy buena pinta. Que por la mañana tendrían que bajarme a curas para ver qué tal iban las cosas debajo de todo ese algodón.

Ducha y pijama nuevo. Y trenza. A Ali le encantaba hacerme trenzas. Yo no las soportaba, cuando me ponía dos trencitas me veía como una colegiala (sí pedo). Cuando me hacía una larga, larguísima detrás me daba aspecto de señora mayor. Hoy le dio por el look infantil. Solo me faltaba el aparato de dientes. Qué horror. No quería herirla, así que pensé que ya me las quitaría cuando terminara su turno. Siempre hacía eso.

Me llevó hasta la mesita redonda. Allí estaba Antonio, con el mismo Marca carcomido de siempre. "¡Mira Ali! Este es un paciente nuevo, nos llevamos fenomenal. Se llama Antonio. Antonio, esta es Ali. La mejor auxiliar de toda la planta 4 y de la galaxia". Se miraron. "Vaya, Antonio. Buenos días". "Buenos días Alicia". Se conocían. Obvio que se conocían. Hace un par de días me habría sorprendido, ahora ya ni siquiera alcé las cejas. Le miré. "Allá tú con tus misterios", pensé. Antonio enseguida quiso desviar la atención. "Bueno bueno bueno, pero vaya peinadito me traes! ¿Qué añitos tienes? ¿17? Te falta solo la faldita y ya estarías perfecta. ¿Me vas a bailar luego? Preferiría que lo hicieras tú antes que DJSony, la verdad" Se reía. "A callar, pervertido. Y o te suelta ella un bofetón o te lo suelto yo. Solo deseo que tu bandeja de hoy te traiga tu potito de manzana, ese que tanto te gusta...". Se le cambió el semblante. Se puso triste.

Aproveché su silencio para mirar alrededor. Prácticamente estábamos todos sentados. Empecé a contar mentalmente, para ver si faltaba alguien, hasta que mi mirada se cruzó con la de Ahmed. Me mandó un beso al aire y saludó con la mano. Me dio mal rollo. Si fuera Javi, Antonio, Naiala, Raul, incluso Rhino (digo incluso porque Rhino no era de hacer esas cosas), pues vale. ¿Pero Ahmed? Apenas le conocía. Aparté rápidamente la vista y la centré en las bandejas, que ya estaba repartidas. Antonio abrió la suya. Biscottes, margarina y compota. Jaque mate, diabético.

Mohammed se acercó por detrás. "Ey soldado, ¿tú nunca descansas?" "Nunca, como tú, que ya me he enterado de que has pasado una noche divertida". Joder. ¿Todo el mundo lo sabía? Me pregunté si Moha habría visto mi vídeo meneando el culo. Bah, lo mismo me daba, el pobre chico me habia visto desnuda miles de veces y en full HD. Estaría acostumbrado.

"Sorpresa" "¿Cómo?" "Que hay un sorpresa. Para ti. En tu bandeja. Ábrela" Moha sonreía. Que no sea una compota, pensé. Dios, haz que no lo sea. Con algo de miedo, fui levantando la tapa. Poco a poco. Miré por una esquinita. No había tacita con leche. Bien. La abrí por completo. Y ahí estaban. No una, sino dos. ¡Dos! Dos relucientes y frescas naranjas. "¡Ay Mohaaa! ¿Cómo lo has hecho?" "Hablé con cocina para que wuitaran la leche, me preguntaron si quería algo en sustitución, y como eres la chica de las naranjas, pedí una naranja extra por si colaba. Me dijeron que ningún problema. Y aquí las tienes. A partir de ahora, siempre tendrás tus dos naranjas para desayunar" "Walaa, ¡eres el mejor! Me alegro mucho de que no te enviaran al ejército". Le sonreí. Me dio una palmadita en la espalda, me dio un tironcito de trenzas, y se marchó a hacer la ronda por las mesas.

Empecé a pelar mis naranjas, muy concentrada en la tarea. Antonio no parecía querer conversación, seguía molesto por el tema de su desayuno. En esto que escucho un "pssss" detrás de mí. Me giro, y ahí estaba DjSony (siempre se sentaba en ese sitio), mirándome fíjamente, con los ojos bien abiertos, y una sonrisa enorme. Se asemejaba un montón al Joker. Me estremecí.
"Te voy a contar un secreto", me dijo. "¿Sí?" contesté. "Aquella niña. Aquella niña... Sí. Aquella niña era yo". Y dicho esto, se dio la vuelta. Hice lo propio y seguí con la naranja. Antonio, que había escuchado todo, me miró con cara de WTF y le dije en bajito "No preguntes, he entendido lo mismo que tú, es decir, nada". Al minuto, de nuevo otro toque. Vuelvo a girarme, y Sonia se limita a decirme "Y sí. Aún te recuerdo", seguido de sonrisa kilométrica y media vuelta. Madre mía, cómo están las cabezas.

Después, gimnasia. Mi compi hace amago de llevarme a la sala, pero Sonia, vaquera del oeste que apagó su mando-revolver de un soplido, es más rápida. Toma los mandos del chuchú al grito de "¡No se preocupen! ¡Soy auxiliar de enfermería! Yo me hago cargo de Sydney durante el día de hoy! Agárrate fuerte, Syd". Y comienza una carrera a lo 2 Fast 2 Furious por los pasillos. No he pasado más miedo en mi vida, Hulio. Me pregunto por qué el sistema no aprueba un suicido pero sí permite que ocurra esto que está pasando. Tengo el corazón en las bragas. Y Sonia venga a gritar y a propulsar el chuchú, chillando "¡Soy auxiliar de enfermeríaaaaa! para reafirmar su autoridad y conseguir que la gente se apartara del camino. Como quien roba un coche a punta de pistola al grito de "FBI, abran paso". Lo mismito.

Por fin llegamos a la sala de gimnasia. Sonia, agotada, y yo lo mismo. No recuerdo exactamente lo que ocurrió ahí, seguía en shock. Creo que fue terapia con globos y que no fui capaz de hinchar el mío.

Después de gimnasia tocaba Terapia creativa. Es decir, manualidades. Ya lo he contado en otros capítulos, te dan materiales y haces un mojón creativo para ponerlo en tu casa y poder tener flashbacks de lo mal que lo pasabas en el hospital. Si tienes suerte y un sobrino de 5 años, se lo encasquetas a él para que se lo regale a su madre como arte propio. Te estará eternamente agradecido. Y ahí estaba, buscando inspiración y mirando con cierta curiosidad las tijeras afiladas cuando escucho: "Sidney Bristow. Venimos a buscarte".

Me giré. No era Brummel. Menos mal. Era un auxiliar con el que apenas me llevaba, pero no parecía mal tipo. Al segurata ya le conocía, me había acompañado en otras ocasiones. Le saludé con la mano. Como de costumbre, me trasladaron a la silla de ruedas y me bajaron a la planta baja.

Sala se curas. Había bastante cola, pero los pacientes ingresados tienen atención prioritaria. Tampoco entiendo por qué, la gente que ahí había esperando tendría cosas que hacer y total, a mí arriba solo me esperaba un proyecto de truño que muy probablemente terminaría en la basura. Pero en fin, eran las normas. De nuevo, el protocolo. No tardaron ni cinco minutos en abrir la puerta y llamarme por mi nombre. El auxiliar empujó mi silla y entramos dentro. El guardia de seguridad esperó fuera.

"Madre mía chica, la que te has liado. ¿Qué te ha pasado?" "Me caí". Era mentira, pero supuse que ella ya lo sabía. Se llamaba Cecilia, era una enfermera de unos 50 años. Sabía un montón de lo suyo. Tenía una pinta de institutriz que tiraba p'atrás. Pero, como fui aprendiendo conforme pasaban las semanas, era solo eso, una fachada. Cecilia resultó ser un encanto y una de las personas a las que más cariño cogí del hospital. "Subidla a la camilla, por favor". Me subieron a la camilla de la salita. Cortaron mis pseudovendas, y miré la cara de Cecilia. Estaba frunciendo el ceño. Llamó a una auxiliar. La curiosidad me pudo, y miré las heridas. Al momento, lamenté haberlo hecho.

Ni rastro de las perfectitas cicatrices que con tanto esmero había envuelto en algodón el Dr Velber. En su lugar solo había una especie de costra enorme. Muy larga y muy muy ancha. De todos los colores, roja, naranja, marrón y negra. En algunas partes blanca y deshecha. Era repugnante. No parecía mi herida. Qué coño, no parecían mis pies. "Chiqui, esto te va a doler, pero vamos a tener que arrancarlo" "¿¿El pie??" "No niña, la costra" "Ah, vale". Cogieron un bisturí y unas pinzas y se pusieron a ello. Sorprendentemente, no sentía nada. Toda la zona de la herida estaba muerta. La tenía dormida. Podían pasar con un bulldozer, que a mí plin. Ae lo hice saber, y se ve que se quedaron mucho más tranquilas. Empezaron a rascar con el bisturí y arrancaron todo lo que era costra y más. Se veía todo el tejido de abajo. Era bastante asqueroso. "No sangra. ¿Eso es bueno, ¿no?" me atreví a aventurar. Cecilia me miró por encima de las gafas. "Niña, al revés. Si no sangra es malo. Es muy malo. Si no sangra es que está muerto. Ójala el próximo día que te hagamos esto veamos sangre, pero lo dudo, lo dudo mucho". Negó con la cabeza. Se dirigió a la auxiliar: "Martina, ponle Iruxol, gasa, venda y malla del 4" "No, vendas no puedo. Me las quitarán arriba." "Cierto. Pues ponle algodón en vez de vendas".

Subimos arriba. Yo estaba hecha polvo, apenas quise hablar durante la comida. Le dije a Antonio que todo iba bien.

La tarde transcurrió sin más, tuve visita de mi padre y no le quise contar nada sobre los pies. Nos limitamos a hacer crucigramas como de costumbre.

Antes de dormir, le pedí al auxiliar que me acostaba si me podía acercar al baño. Me dijo que sin problema, y así lo hizo. Realmente lo único que quería era mirarme al espejo. Me contemplé durante unos minutos. Las trenzas. Se me había olvidado quitármelas cuando aAli se marchó. Y ahí, mirándome, me vinieron a la mente miles de recuerdos. Los cambios de colegio. El alemán, en el que no tenía amigos por no poner hablar con nadie. Jugaba en un rincón a amontonar piedrecitas que conversaban entre ellas. El del centro de Madrid, en el que fui feliz durante año y medio hasta que mis padres decidieron cambiarme. A mitad de curso. El público, en el que éramos solo 7 niñas e imperaba la ley de más fuerte. Recibí varias palizas por ser la mejor en ortografía y mi cuaderno apareció clavado en una de las mesas. Al segundo año ya me había hecho hueco, sabía devolverlas y me hacía respetar. El de la Moraleja, donde ya no valía saber pegar. Tampoco saber escribir. Ahí había que ser la más guapa, la que más ligaba, la que mejor vestía. La más delgada. Tantos cambios en tan poco tiempo. ¿Cual de todas esas niñas era yo?

No supe contestar. Esas cuatro niñas, cinco con la que me devolvía el reflejo, solo tenían una cosa en común.

Y entre un mar de lágrimas, me las quité.

Ya no quería esas trenzas.




Día 21: Parches

Antonio observa con desdén su papilla. Yo miro alrededor, y ahí están. Dos pacientes nuevos. Cada uno de ellos sentado en una de las mesas largas, con la vista clavada en sus respectivas bandejas.

El de la mesa de la izquierda parece mayor. Tendrá unos 55 años. Tiene la cara picada y pinta de ser de pueblo. Le faltan algunos dientes.

El de la mesa de la derecha apenas llega a los 20. Es un chico guapísimo, de ojos azules inmensos y pestañas infinitas. Se le ve asustado. Está al lado de Raul y enfrente de Sonia. Ambos tratan de darle conversación.

"¿Sabes? Ya me han asignado psiquiatra y hoy tengo entrevista con ella a las 12. Le voy a decir que no debería estar aquí. Y si no me hacen caso -que no me lo van a hacer-, por lo menos que me revisen lo del menú. Que no soy diabético, leñe. Solo un poco gordito. Y eso no es delito. Dímelo tú, abogada. ¿Esta tripita tan mona es delito?" Se agarró las dos toneladas de croissants que debía de tener almacenadas durante décadas. Me reí "No, no es delito. Coma abuelo, que se le enfría la papilla". Hizo amago de darme una colleja y nos reímos los dos.

"¿Pero qué haces? ¿¿Dónde te crees que estás, en un buffet libre??" Brummel se dirigió corriendo hacia una de las mesas. "Perdón, es que no sabía..." "Ni no sabía ni leches. Aquí se come lo de la bandeja. Lo de TU bandeja. Te ha quedado claro o te lo digo en ruso?" Qué vas a saber tú ruso, soplapollas, pensé. Resulta que Sonia no quería más pan, y el chico nuevo, que se había quedado con hambre, había hecho amago de cogerlo. Como ya sabéis, con el protocolo en mano eso merece poco menos que 50 latigazos. El chico nuevo se echó a llorar.

Terminamos de desayunar en silencio. Recogimos las bandejas. Cuando pasó por mi lado, le hice un gesto para que se sentara. "¿Cómo te llamas?" "Pa...pa-pa-pablo" "Pablo, no te preocupes por lo que ha pasado. Aquí son un poco estrictos con el tema de la comida. Hay auxiliares muy gilipollas, y ese es el que más. Pero hay otros muchos muy simpáticos. Y pacientes encantadores también. Es todo cuestión de acostumbrarse, ya verás. Los primeros días son un rollo, luego es casi como un campamento. Nosotros somos Antonio y Sydney, para lo que quieras estamos aquí" "Jo, muchas gracias. Oye, -mirándome los pies-, estás... quiero decir, eres...?" "No, no te preocupes. Puedo andar. Es solo que tuve una mala caída" "Uff, menos mal" "Bueno, pues lo dicho Pablo. ¿Esta tarde vienen tus padres?" "Sí, vendrán seguro." "Ya verás qué bien con ellos" "Muchas gracias" Y se fue. Con su pijama y sus calcetines.

Esa es otra. Siempre puedes reconocer a los nuevos porque van en calcetines. Después, según reciben visitas de familiares, los auxiliares les hacen saber que sería bueno que contaran con un par de zapatillas de estar por casa. Entonces se las traen y ya son uno más, con sus zapatillas de estar por casa (cuando me aburría en el Círculo siempre me fijaba en la cantidad de clases y modelos diferentes que había). Pero de primeras, todos con calcetines.

Hora de terapias. Relajación (creo que me la dormí) y después Terapia de Escritura.

Nos pusieron en equipos de dos. Me tocó con Sonia. La madre del cordero. Lo primero que nos dijo Sara es que había que pensar un nombre para el equipo. Miré a Sonia. La recordé soplando el mando. "Cowboys", dije. "¡Pero somos chicas!" protestó Sonia. Bueno, pues "Cowgirls". "Pero Sydney, ¡es que somos chicas!". La miré incrédula. "Sonia, es que "girls" signific..." "Ya lo tengo!" dijo. "Cowgirls chicas". Sara lo anotó en la pizarra. Yo hice un facepalm mental y pensé "qué remedio". What a remedy.

El juego trataba de recordar una anécdota divertida que recordaras de tu niñez, y escribirla en un folio. Cada uno la suya. Si tu pareja necesitaba ayuda, se la dabas. Las historias eran anónimas, una vez terminadas se las entregábamos a Sara, ella las leía en alto, y votábamos si nos parecía divertida o no. La pareja que hubiera conseguido más votos, ganaba.

Sonia en seguida se puso manos a la obra. Le pregunté si necesitaba que le echara una mano, pero su respuesta fue cambiarse de mesa "para que no me copiara". Pues vaya equipazo, pensé. Me quedé mirando mi folio en blanco, sin saber por dónde empezar. Entonces recordé algo que hice con 11 años que me pareció un puntazo, y sin currármelo mucho lo pasé al papel. Una vez hecho, fui donde Sonia a leerselo.

"Sonia, Sonia, a ver qué te parece" Me aclaré la voz y empecé "Con 11 años, mi hermana de 6 y yo nos quedamos solas en casa. Como nos aburríamos nos pusimos a cotillear el cuarto de baño de mis padres, y encontramos unos parches de nicotina de mi madre. Para hacer el tonto, me los pegué todo por el cuerpo. Me puse a bailar desnuda con mi hermana con los círculos pegados. Al cabo de una hora me puse amarilla y empecé a sudar y a vomitar y a tener un poco de convulsiones. Mi hermana se puso a llorar y quería llamar a la policía. Entonces me quité los parches y tuvimos que dejar de bailar. Pero fue una noche superdivertida!" "¿Qué te parece, tía?" "Buaaaajahajahahaha" Sonia se descojonaba. "Es buenísimo, ¡vamos a ganar, Sydney!" Yo me reía también. La verdad es que ahora lo leo y es una historia de mierda y además redactada como el culo, pero en el momento en que la escribí me hizo muchísima gracia. Rememorar lo sucedido, revivir la escena, plantearlo ahí en el "concurso" entre todos los chiflados"... no sé qué me pasó por la cabeza en aquel momento. Sonia me enseño su historia. "Mira, mira la mía. ¿A que es buenísima?" Intenté leerla. Pero ni una palabra, Hulio. No conseguí entender ni una puñetera palabra. Creo que había algo que parecía decir "perro", pero bien podría haber sido "pero" o "perra". Además estaba escrito a lapiz verde. A la mitad del texto me rendí. "Está muy bien, Sonia. Seguro que ganamos. ¡Somos las Cowgirls!" "Chicas, Syd. Las Cowgirls Chicas" "Eso, eso". En fin.

Entregamos los textos. Sara los apiló y comenzó a filtrar las historias. "Ehh... la del padre que entraba por la noche en el cuarto. ¿Esta de quién es?" Un interno levantó la mano. "Esta no la puedo leer, pero me gustaría hablar luego contigo". "No se qué de un tractor. ¿De quién es?" El señor nuevo se puso de pie. "No comprendo la escritura, lo siento". "La de los parches de nicotina. ¿Quién?" Alcé la mano. "Syd, no me ha hecho nada de gracia. Descartada. "¿Escrita a lapicero verde y algo sobre la muerte de su perro?" Sonia se descojonó. "Sonia, no he conseguido traducirla pero no parece diverrida. Descartada también"

Joder, vaya fracaso de las Cowboygirls Chicas Mujeres Niñas & Co, me dije. Sonia debió de pensar lo mismo, porque salió de la sala dando un portazo.

Comenzó la lectura en voz alta. Las historias, y siento ser tan franca, eran basura tras basura. Hasta que llegamos a esta:

"Hola. Tengo 4 años. Vivo con mis abuelos, los padres de mi padre. Hoy hemos ido a visitar a mi padre, pero cuando hemos abierto la puerta de su casa se estaba pinchando con una jeringuilla. Así que mi abuela ha cerrado la puerta y en vez de pasar el día en su casa como era lo previsto, hemos ido al parque. En el parque había muchos niños y muchos perritoa y uno de los perritos se ha hecho pis. Yo como todavía soy pequeño he tocado el pis del perrito y casi lo chupo pero mi abuela ha ido corriendo a lavarme las manos a la fuente. El resto de los niños del parque se han reido un monton y yo tambien. Quiero mucho a mis abuelos y creo que a mi padre tambien aunque no le vea mucho"

Casi todos los internos se rieron y votaron la historia como "muy graciosa". Javi, Antonio, Eugenia, Pablo y yo nos abstuvimos.

Sara preguntó, ¿Quién es el autor? Chema alzó la mano. "Pues un punto para el equipo "Pintores".

No recuerdo quién ganó el concurso, creo que fueron Pablo y Eugenia. Lo mismo da.

Comida, siesta y tensiones.

Por la tarse tuve visita. Era mi hermana. Se sentó a mi lado en la mesita redonda y estuvimos un rato en silencio. Finalmente fui yo quien habló. "Los parches" "¿Qué?" "El día de los parches" "¿De qué parches me hablas?" "Los parches de nicotina, los que nos pusimos el día que no estaban papá y mamá y bailamos. ¿Te acuerdas?" "Ah, sí. Vagamente, pero me acuerdo." "¿Lo describirías como un día divertido?" "Joder, ¿cómo va a ser un día divertido? Creía que te morías, Syd. Que te morías. ¿Entiendes? ¿Qué tiene eso de divertido?" "No sé, yo lo recuerdo como un día divertido" "Pues entonces estás mal de la cabeza"

Más silencio. "¿Por qué eres así?" "Por qué soy cómo" se sintió atacada. "No sé, tan, tan perfecta, tan segura de ti misma, tan responsable. No es lo normal" "Quizás sí sea lo normal. Quizás lo raro sea justamente lo contrario, ser como eres tú. Joder, no es normal cascarse unos parches de nicotina con 10 años para hacer el tonto. Ni conducir como una loca. Ni colgarte del cinturón del albornoz. Ni las drogas, ni los cortes, ni el puto puente Syd. Eso es lo que no es normal" "Pues si lo que pretendéis es que yo esté en un" "Lo que pretendemos es que estés. Que estés aquí. En este mundo. Con nosotros. Con tus pajaritos en la cabeza y tus manías si quieres. Pero que esos pájaros no se te lleven volando. Porque no tienes alas, Syd. No las tienes. Quédate con nosotros. Por favor" Estaba llorando. Yo también. De nuevo se hizo el silencio y nos dedicamos a contemplar a la gente desde la ventana.

Entró un ingreso nuevo. Tres. Ya eran tres los de hoy. Me saludó con la mano, dijo "hey", y se sentó en una silla a 2m de nosotras, también contemplando la puesta de sol.

"Bueno, tengo que marcharme. Nos vemos pronto. Cuídate". Laura cogió el bolso y se marchó.


Llegó la hora de la cena. Apenas toqué mi plato. Antonio me miraba. Supuse que tarde o temprano terminaría preguntando.


Después peli de mierda elegida por Raul. Mi compi se fue a pasear por el pasillo en un vano intento de que le bajara la inflamación de la pierna. En ese preciso momento Chema cruzó por mi lado.

"Chema" "Dime preciosa" "Sobre las historias de hoy... Quería decirte que lo siento. Tuvo que ser muy duro para ti. Tener 4 años, vivir con tus abuelos y no poder hacerlo con tu padre porque estaba enganchado a la droga... siendo tú solo un niño... En fin, que lo siento." Chema tomó asiento a mi lado. "Syd. Cuánto llevas aquí. ¿Un mes? ¿Dos?" "Tres semanas" "Vale. Pues creo que en tres semanas me conoces de sobra como para saber que apenas recuerdo lo que hice ayer". Era cierto. "Sí". "No pretenderás que recuerde cómo era mi vida cuando tenía 4 años" Suspiré aliviada. Puto Chema. Se lo había inventado todo. "Cabronazo! ¿Te lo has sacado de la manga?" "No, no me has entendido. La historia es real. Pasó hace un año." No quise pensar. Algo me decía que... No, no podía ser. "Pero Chema, el niño. Si no eras tú, ¿quién era?" "Mi hijo, Syd. Ese niño es mi hijo".

Antes de que pudiera decir nada, ya se había levantado rumbo a la sala de gimnasia.


23,10. Ya en la cama. No dejo de pensar en Laura. Y en qué habría pasado si ella no se hubiera puesto a llorar y a amenazar con llamar a la policía. Quizas no me habría quitado los parches. Quizás todo sería diferente.

Quizás la estaría mirando, desde algún lugar muy lejano, riéndome y diciendo: "Te equivocaste. Ya tengo mis alas."





Día 22: Un regalo


Salgo de la habitación, rumbo al desayuno. Ali me empuja y Naiala nos acompaña. Estamos a punto de entrar en la sala, cuando se escuchan gritos. Frenamos en seco. Alo lejos viene una camilla, empujada por dos auxiliares y un guardia de seguridad. Pasan delante nuestro. Es un chico, tendrá unos 18 años. Vocifera en rumano. Pregunto a Naiala con una mirada. Niega con la cabeza. No, no es rumano. En fin, un nuevo misterio a resolver. Pero supongo que ya no será hoy, los ingresos agresivos suelen permanecer aislados un par de días hasta que se calman. Aún así, ya eran cuatro. Cuatro pacientes nuevos en solo dos días. ¿Qué estaba pasando?

"Buenos días compi". Antonio me saluda con la mano mientras bosteza. Miro a los nuevos, siguen en sus respectivos sitios. Todo correcto. Ya puedo desayunar tranquila. "Oye, que ayer no te pregunté. ¿Hablaste con tu psiquiatra? ¿Quién es? ¿Qué te dijo?" "Ahh, cierto. Es la morena esa, no recuerdo el nombre. La de los ojos raros" "Belén. Acuérdate, con B de Bizca. Así memoricé yo el nombre" "Esa es buena, me la apunto. Oye, ¿Yo también tengo mote?" "No, no lo tienes. Y si lo tuvieras no te lo diría. Pero venga, larga. ¿Qué tal fue? ¿Te dan la condicional? ¿Le hablaste bien de mí?" "Pues era bastante maja, para ser una loquera. Me dijo que no estaría mucho aquí, algo es algo. Eso sí, respecto a esto -levantó la compota- no me hizo ni puto caso. Pero esta tardr quería volver a hablar conmigo. Ya te contaré" "Igual se apiada de ti y te cambia la cena" "Lo mismo. ¿Te vas a comer el pan?" "No, toma, figurín". Puse la mitad del pan en su bandeja. Ya sabíamos que era "peligroso", pero llevábamos días haciéndolo y teníamos el tema controlado. Welcome to mesita redonda, this is gangsta yo.

Retiramos las bandejas. El chico del "ey" cogió una silla y, al igual que el día anterior, se sentó a contemplar las vistas desde la ventana. Yo le contemplaba a él. Tendría unos 40 años, quizás algo más. Pelo largo, por debajo de los hombros. Bastantes canas. Una mezcla entre gitano e indio. Pero atractivo. No sabía por qué, nunca me han gustado los hombres así. Quizás era su silencio, quizás la tranquilidad que transmitía en ese lugar de locos, quizás su postura con las piernas cruzadas tipo yoga, quizás la mirada perdida en el infinito. Quizás el "ey" desenfadado de ayer que me hizo sonreir entre un mar de lágrimas. Tenía algo que no podría definir con palabras. En ese preciso instante se giró, y al verle mirándome, me sonrió. Qué vergüenza. Aparté la mirada tan rápidamente como pude e intenté centrarme en los otros pacientes.

Algo faltaba en el ambiente. Ruido. Eso era. Faltaba la estruendosa música de Sonia y sus bailes solitarios en medio del
Comedor. Me giré. Seguía detrás de mí, en el sitio en dónde desayunaba. Parecía estar escribiendo algo. "Sonia, ¿no bailas?" No me contestó. "¿Sonia?" Estaba muy concentrada escribiendo algo. Esperé que no fuera una reedición de la anécdota sobre su perro muerto. Incliné el respaldo para poder ver de qué se trataba y, cuando lo hice, casi me dio un vuelco el chuchú (el corazón no, puesto que no tengo) del susto. El cuestionario. Sonia estaba rellenando el puto cuestionario.

El cuestionario es un folio. Un folio impreso en blanco y negro por las dos caras. Nada más y nada menos. Pero ese folio, esa mierda de folio, implica que eres libre. Que en menos de 10 horas estarás de alta. No te concede la libertad per se, no es un salvoconducto ni tiene valor médico alguno, pero siempre que ves a alguien rellenando un cuestionario sabes que se trata de su último día en la 4. Que esa persona se va. Y tú te quedas.

¿Y en qué consiste el cuestionario? Está compuesto básicamente de unas 10 preguntas formuladas para valorar el trato que has recibido durante tu estancia en la planta. Como si fuera un puto hotel. Pues lo mismito. Normalmente los pacientes, con la ilusión de largarse lo antes posible, no se esmeraban al rellenarlo. Pero yo ansiaba el momento en el que ese formulario llegara a mis manos. Porque ahí iban a quedar, con nombres y apellidos, los responsables de cada una de las cagadas que habían cometido conmigo. Pero ese día aún estaba muy lejano. Si es que llegaba, que esa era otra. En fin.

"Sonia, ¿te vas?" "¡¡Síiiii!! Me piro, tía. Después de 2 meses. ¡HastaluegoLucas!" "Joo, qué suerte. ¿A qué hora?" "En nada, a las 10. No voy a ir ni a las terapias. Oye, tú pórtate muy bien, ¿eh? Y cuida esos pies. Y nada de tirarse del chuchú. Y guarda nuestro secreto. ¡Un abrazo, Syd!" Me dio un abrazo que casi me tira al suelo, y se levantó corriendo para entregar el cuestionario en Control.

Me quedé un rato pensativa. No sabía si la quería o la odiaba. Si la iba a echar de menos o no. Era violenta, gritona, quejica, estaba como una cabra, tenía mal perder, nos machacaba con su musicote... Pero por otra parte, conmigo siempre se había portado muy bien, me había dado cariño muchas veces, sus bailes resultaban entretenidos de ver, la chica era divertida, y, joder, formábamos el Cowgirls chicas. Definitivamente, la iba a echar de menos. Mentalmente, le deseé toda la suerte en la vida, y me dirigí a terapia.

Gimnasia y una charla sobre la importancia de la higiene. Un coñazo de mañana.

Después, comida. Antonio y yo en la mesita redonda. Le conté lo de Sonia. El muy cabrón casi salta de la alegría. Le faltó descorchar una botella de cava, pero no proporcionaban cava a los diabéticos. Mientras él iba enumerando las ventajas de una vida sin Sonia, volví a mirar al chico del "ey". Estaba sentado en una esquina, comiendo solo. Tampoco parecía importarle.

Siesta, tensiones, visitas.

Supuse que no vendría nadie, así que me senté sola en la mesita, como de costumbre. En esto siento a alguien en mi espalda. "¿Tú estás sola amega?" Me giro. Era Ahmed. "Sí, bueno, estoy sola ahora mismo, sí. Creo" Miré alrededor. Había algunos familiares acompañando a internos. Menos mal, me dije. "Amega, yo sé quí ti pasa. Tú quiere fumah?" "No gracias, no fumo" (no era cierto, sí lo hago, pero no me apetecía hablar de fumar o no fumar con un porrero raruno y quería zanjar la conversación lo antes posible). Ahmed insistió. "¿No fuma amega? ¿Y chocolate amega?" "¡Que no, que no fumo!" Empecé a ponerme nerviosa. "Yo no quiero qui tú isitís triste amega. Yo sé quí tú nisisitas". Y dicho esto, se largó. Salió a la calle. Ahmed tenía salidas autorizadas en el horario de visitas. De hecho prácticamente todo el mundo las tenía, menos yo.

Pues ahí estaba, mirando por la ventana, cuando sin previo aviso llegó mi hermana. Me hizo ilusión verla, la conversación del día anterior no había terminado del todo bien y ambas lo sabíamos. Aprovechamos para tratar otros temas más amenos, la puse al día sobre los cotilleos del hospital. Le conté lo del alta de Sonia y apenas se lo podía creer, ella la había visto muchas veces y daba fe de que la chica bien, lo que se dice bien, no estaba. Y allí estábamos las dos, desconectadas de todo, charlando y riendo como hace años que no hacíamos, cuando de repente llega Ahmed. Nervioso, alteradísimo, y oliendo a porro que tiraba p'atrás. se coloca a mi lado. Saca una bolsa blanca de plástico de debajo del jersey y dice: "Isto is para ti. Isconde rápido". Mi hermana no da crédito. Yo no doy crédito. El puto moro me ha traído unos 100g de, supongo, costo. Para que lo guarde. O a modo de regalo, a saber. Habiéndole yo dicho que no lo quería. Me cago en todo. Para cuando intento devolverle la bolsa, el cabrón se ha pirado. El instinto me hace esconderla debajo del cojín que hay sobre el asiento del chuchú. Bajo mi culo, vamos. Y ahí se queda la puta bolsa. Y ahí nos quedamos, mi hermana (que no ha roto un plato en su vida) y yo, mirándonos. En silencio. Me fijo en sus manos y está temblando.

Cinco minutos después seguimos sin decirnos una palabra. Y seis minutos después entran unas ocho personas en tropel, entre enfermeros, auxiliares y seguratas. Nos rodean. A las dos. "¿Qué te ha dado?" "Qué me ha dado quién?" "No te hagas la tonta. Lo hemos visto. En las cámaras. Tres veces. Y con zoom. Una bolsa blanca. Dánosla" "No sé de qué me habláis" Yo sentía que me iba haciendo cada vez más pequeñita ante tanta gente. Era evidente que estaba acorralada. Que tenía las de perder. Pero no quería enfrentarme al momento de sacar una bolsa de hachís, cocaína, o lo que coño fuera ante tanta gente. Y mucho menos ante mi hermana. Además de que se me iba a caer el pelo, a ver cómo probaba que yo no era cómplice del delito. Me resistí todo lo que pude, hasta que finalmente Laura, que estaba temblando más y más, dijo: "Ya está, Syd. Sácalo". Me di por vencida. Metí la mano debajo del conín, saqué la bolsa, y sin siquiera mirar en su interior, se la di a uno de los guardias de seguridad. Él la abrió. Sacó si contenido y lo dejó sobre la mesa.

Una tableta de chocolate. Nestlé. No nos lo podíamos creer. Abrieron el envoltorio para comprobarlo, y efectivamente. Chocolate. Con avellanas, de hecho. Nos miramos unos a otros sin saber qué decir hasta que finalmente opté por preguntar: "Me lo puedo quedar? aún sabiendo la respuesta. Una enfermera contestó que no, que no podíamos tener comida en las habitaciones. Cogieron la tableta, la cerraron de nuevo y se la entregaron a mi hermana. Se dieron la vuelta y se marcharon.

No volví a ver a Ahmed en lo que quedaba de tarde. Por la noche tampoco apareció.


Me acosté pensando en Sonia. En si estaría bien. En ese mundo frío que aguardaba fuera. Y entonces pensé que era el mismo mundo que me esperaba a mí. Y en ese instante, Sonia dejó de darme envidia. Me arropé fuerte, más fuerte. Y caí dormida.

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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:33

Día 23: Guisantes


Antonio abre su bandeja. Un día más, vuelve a protestar al ver los biscottes integrales, la margarina, y la compota de manzana. No sé qué esperaba encontrar. ¿Donuts? ¿Croissants a la plancha? ¿Té caliente junto a unas deliciosas galletitas suecas? En fin. Sigo a lo mío. Deposito la mitad de mi pan sobre su plato, y me dispongo a pelar una de mis dos naranjas cuando reparo en mi pequeña tarrina de mermelada. Es entonces cuando me doy cuenta. Alzo la vista, aun sabiendo lo que me voy a encontrar. O mejor dicho, lo que no me voy a encontrar.

Rhino. Rhino no está. En ninguna de las mesas. Pero eso yo ya lo sabía. Tampoco estaba ayer, y ha sido solo al ver la mermelada cuando he recordado su ausencia. Con todo el jaleo de los nuevos, la marcha de Sonia, y el lío de la tableta de Ahmed apenas había reparado en Rhino. "Ali, ¿puedes venir, porfi?" Ali se acercó a la mesita "Dime, corazón" "¿Sabes dónde está Rhino?" "¿Rhino?" "Merino. Fernando Merino. ¿Sabes dónde está?" "Ahh, Merino. Le dieron de alta ayer" "Vale. ¿Pero sabes dónde está? Quiero decir, ¿con quién vive?" "Está en una residencia, Syd. Merino vive en una residencia para gente con discapacidades psíquicas. Allí le cuidan bien, de verdad. Sé que erais muy amigos" Sí, sí que lo éramos, pensé. Pero le he fallado. Una buena amiga no le habeía dejado marchar. Una buena amiga no habría tardado 24h en darse cuenta de que faltaba. No me llames amiga, Ali. No merezco esa palabra. Me viene muy grande. Quise decirle a Ali eso y más cosas, pero cuando conseguí reaccionar ella ya se había marchado.

Ya no tenía hambre. Aparté las naranjas a un lado y dediqué la media hora del desayuno a analizar la cajita de mermelada. El envase blanco, la ranura de abrefácil, la tapita eriquetada, el logo... Y vuelta a empezar. Todo esto haciendo un esfuerzo inconteolabre por no pensar, por no llorar. Pero si la mente es incontrolable, el corazón lo es más aún, y de vez en cuando notaba alguna lágrima caer sobre el envoltorio. Antonio me miraba sin decir nada. Supongo que creyó que eran temas relativos a la comida, y en eso él nunca se metía.

A las 10 tocaba Círculo. Ali se acercó para llevar mi chuchú, y ya en un último y desesperado intento le pregunté si me podía decir el nombre de la residencia en la que se encontraba Rhino. Su respuesta fue que eso era confidencial y que sintiéndolo mucho era información que no me podía proporcionar. Lo comprendía. Me dolía en el alma, pero lo comprendía.

Todos sentados en la sala de gimnasia. Preside Vazquez. El mismo discursillo de siempre. Lo repetí mentalmente a la vez que lo decía ella: "Buenos días, como ya sabéis, estamos aquí para que los nuevos ingresos se presenten y los pacientes que se van de alta se despidan. ¿Quién quiere comenzar?"

Miré a los nuevos. Eran tres. Pablo (el niño de los ojos preciosos), un señor que parecía de pueblo, y el chico callado del "ey". Me interesaba conocer la historia de este último. No al nivel de obsesión que tuve con Antonio, porque eso fue realmente curiosidad mórbida por saber la historia del hombre que osó quitarme mi sitio. Pero sí, quería saber qué le había pasado al "ey" pare terminar ahí, entre nosotros. Porque aparentemente parecía normal. Y también porque me atraía un poco, para qué negarlo.

Pablo levantó la mano. "Señorita, si quiere empiezo yo". Señorita. ¿Ha dicho señorita? No puede ser. Tuve que taparme la boca para no soltar una carcajada. ¿Este niño piensa que está en el cole? Sentí un poco de lástima por él. Estaba perdidísimo. Bendita inocencia. "Bien, Pablo, empieza tú si quieres. Pero llámame María" "Bueno, pues me llamo Pablo, tengo 22 años, y actualmente estudio Filosofía. No sé muy bien por qué estoy aquí, pero creo que es por fumar porros. Me ha metido a la fuerza mi padre, que es un farlopero, pero mi madre no quiere verlo" Vaya, aquí hay chicha, me dije. Cuéntanos más, Pablo. Y eso hizo. "La verdad es que sí que creo que necesite ayuda. No ya por los porros, que eso es lo de menos. Pero sí me noto muy deprimido, muy cansado, sin ganas de nada. Antes hacía rap con mis amigos, ahora ni eso. Ya tampoco quedo con chicas. Joder, es que ni siquiera me hago pajas" Y se echó a llorar. Makele y dos internos más empezaron a carcajearse como si no hubiera un mañana, señalándole con el dedo incluso "¡¡Pajaaaaas!!¡Ha dicho pajaaas!¡Que no se las hace!¡Buajajajajajaja menudo pringaoooo!" Y así estuvieron un buen rato, mofándose del chiquillo, en toda su cara, hasta que por fin Vazquez les mandó callar. Pablo seguía llorando y como era de esperar se negó a seguir hablando. Yo en su lugar habría hecho lo mismo.

El siguiente fue el señor de pueblo. Vazquez le sacó a la palestra. "Ya podías haber sacado al del "ey", que me estoy empezando a poner nerviosa", pensé. El hombre se puso de pie para presentarse y todo. Se llamaba Mariano, y, efectivamente, vivía en un pueblecito cerca de Segovia. Comenzó a contar su historia, pero se iba mucho por las ramas. Estaba describiendo su casa del pueblo cuando un auxiliar entró en la sala: "Sydney Bristow, venimos a buscarte". No me jodas, pensé. Precisamente ahora. Me iba a perder la historia de Mariano (que me importaba bastante poco, las cosas como son), y sobre todo la del "ey". Esa sí que me importaba.

Me sacaron de la habitación. Había dos auxiliares y un segurata. "Era chocolate", dije un poco asustada "¿De qué hablas?" "La tableta. Era solo chocolate. Bueno, con avellanas. Nada más." Me miraron sin comprender nada. "Chica, no sabemos de qué hablas. En cualquier caso, coméntalo con cocina. Nosotros tenemos que bajarte a curas, nada más". Los pies. Los putos pies. Se me habían olvidado.

La misma historia del otro día. Silla de ruedas, sala de curas, protocolo, nos colamos, salita, y camilla. Corte de vendas. Cecilia y su ceño fruncido. Pero esta vez no llama a una auxiliar, sino que localiza a su jefe. El que acude es el traumatólogo. Los tres exhamos un vistazo a las heridas. Dios, están mucho peor que el otro día. Aún más anchas y más profundas. Ambos trabajan con el bisturí para quitar la costra y el agujero que dejan es muy hondo. Parece verse uno de los clavos al fondo. Al traumatólogo no le gusta nada de nada. "No te voy a mentir, esto tiene muy mala pinta. ¿Dónde te operaron?" "En la Paz" "¿Cuándo?" "Hará un mes" "Ok". Le comentó algo a Cecilia, que fue a la sala contigua a hacer unas llamadas, y volvió a mi lado. "¿Quién te operó?" "El Dr Velber" "Guau. Tuviste suerte. Es un gran médico" "Lo sé" "Bueno, pues vas a tener que volver a la Paz a que te miren esos pies en Cirugía Plástica, porque se te ve la placa" "Vale. ¿Y cuándo voy?" "Ahora mismo. Cecilia acaba de pedir la ambulancia y está hablando con tus padres". No me lo podía creer. Semilibre. De nuevo. Gracias Dios. Me vinieron a la cabeza miles de cosas que hacer. Millones de planes. Mi padre y yo dando paseos alrededor de la Paz. Mi padre y yo comiendo en cualquier bar. Mi padre y yo contándonos miles de historias. Mi padre. Y yo tomando el sol.

Uno de los auxiliares me acercó hasta la entrada del hospital donde, según me explicó, llegaría mi familia junto con la ambulancia. Después yo subiría a la ambulancia, y mis padres la seguirían hasta el hospital. Me pareció un buen plan. Ain embargo, mi mundo se vino abajo cuando vi entrar a mi madre, acompañada por una tía mía. Ni rastro de mi padre. Ambas se acercaron a darme un beso. "¿Y papá?" pregunté "Papá está de viaje. Viene tu ambulancia o vamos a tener que esperar mucho? Tenemos cosas que hacer." "No lo sé, mamá". Y, aunque no estaba apoyando los pies, sentí que mi mundo se desmoronaba bajo ellos. A la mierda mi semilibertad si no estaba mi padre. A la mierda mis planes de dar un paseo, comer rico y tomar el sol. En su lugar solo quedaba una ambulancia que no llegaba y una madre que sentía que tenía cosas más importantes que hacer. Y, sin quererlo, volví a llorar por segunda vez en el día.

Por fin llegó la ambulancia. Me trasladó directa al otro hospital. Ahí esperamos a mi madre y mi tía, que me llevaron hasta la consulta del Dr Velber. Él me sonrió, después echó un vistazo a mis pies, y no pareció demasiado preocupado. Habeía visto cientos de casos así a lo largo de su carrera. Yo era una más. Sin embargo, como en mi hospital exigían opinión de Plástica, llamó al jefe de Plástica para que me examinara. Este vino, analizó con cuidado las heridas, y llamó a Velber. "Velber, yo creo que Beistow necesita plástica. Se le ve la placa. ¿Por qué dices que no?" "Por una cosa muy sencilla: Posible segunda intervención. Estoy esperando a que se ponga de pie. Según cómo ande, voy a intervenirla en el tobillo derecho o no" "¿Para?" "Para inmovilizárselo. Es por ello que sería una mamarrachada hacerle la plástica ahora, si en dos meses le voy a meter un bisturí por el mismo sitio" Me quedé de piedra. Un momento. Alto, alto alto. ¿Segunda intervención? ¿Inmovilización del tobillo derecho? Primera noticia que tenía. A mí nadie me había contado nada de esto. Nadie. Me estaba enterando ahora y de puta casualidad. Velber y el de Plástica siguieron discutiendo, pero yo ya no escuchaba. Creo que al final debió de ganar Velber, porque simplemente vino su auxiliar, me hizo la cura, y me trató de vendar los pies. Digo trató porque según sacó las vendas hice mi ya clásico "¡vendas no!" y me fui con algodón y mallas.

A la salida de consulta me esperaban mi madre y mi tía. Les pregunté si ellas sabían algo de una segunda intervención, y mi madre contestó que algo había oído, pero que le preguntara a mi padre, que era quien trataba siempre con los médicos. "Así lo haré", le dije. No estaba de humor para esperar tres horas de ambulancia como el último día, así que le sugerí a mi madre que volviéramos al hospital directamente en coche. Para mi total sorpresa, aceptó.

Me subieron a planta. Todos habían comido y era la hora de siesta. Las salas estaban vacías. Lo mismo ocurría con el pasillo. Recordé a Rhino paseando de una puerta a otra y noté un nudo en la garganta. "Ojalá estés bien, amigo. Siento haberte fallado"

Tensiones y visitas. Vi fugazmente a Antonio mientras me tomaban la tensión, pero antes de poder hablar con él apareció Ahmed. No supe cómo actuar. Le di las gracias por el chocolate y le pregunté si le habían castigado. Me dijo que sí, que acababa de salir por fin de la habitación, pero que no me preocupara. Me preguntó si me lo había comido todo. Mentí y contesté que sí acariciándome el estómago, y que estaba buenísimo. Sonrió y dijo que eso era lo importante. Se ofreció a llevarme a la sala, ya que él tenía salida. Una vez allí, miré a mi alrededor. En el comedor estábamos Lolo con su madre, Eugenia coloreando, otro interno con su mujer, Makelele jugando al dominó en solitario, el chico "ey" en postura de yoga contemplando la puesta de sol, y yo. "Eugenia", la llamé. Ella me miró "Acércate un momento, porfa". Eugenia era muy guay. Muy muy guay. De las pocas cuerdas en este pequeño clima de locos. Os aseguro que no se merecía estar ahí "Qué pasa, bicha" se puso a mi lado. "Llévame a la esquina y te cuento una cosa" "Venga, pero espero que sea buena". Cogió el chuchú y fuimos a la esquina opuesta de la sala. Una vez ahí, no me andé con rodeos: "El Círculo" "¿Qué pasa con el Círculo?" "Que me lo he perdido, jolin. Cuéntame qué ha pasado. Los nuevos. ¿Qué han hecho?" "Sydney, eres más maruja que el Club de las Depres, ¿eh?" "Bueno bueno, tampoco te pases. Venga, cuenta" "Pues mira, había tres nuevos. El primero es un chiquito monísimo que se llama Pablo y resulta que..." "Sí, ese sí lo he escuchado. El de los porros y las pajas que su padre era un poco hijo de puta. Y luego, Mariano. Que vive en el pueblo. ¿Ese por qué ha entrado?" "Ay, es que Pablo me dio tanta pena... Se le ve tan pequeñín y tan mono... Pues a Mariano no le entendía muy bien cuando hablaba, pero creo que vive con su mujer en una casa de pueblo de dos pisos, y que un día discutieron y él tieó la vajilla de bodas y la televisión por la ventana" Pues vaya mierda de razón para estar aquí, pensé. Pero bueno, cosas peores se han visto. Y Eugenia era la viva prueba de ello. "¿Y el chico del "ey"?" "¿Quién?" "El otro nuevo. El tercero". Le miré de reojo. Ahí seguía, en su postura rara, absolutamento ajeno a que a unos metros de él se mantenía una conversación de la que iba a ser el absoluto protagonista. "Ah. El pelos. Una cosa te digo, Syd. Si fuera mi hijo no le iba a dejar andar con esos pelos por la calle" "Eugenia, si fuera tu hijo estaría en Matalascañas con tu pasta y una hostia marcada en la cara" "Pues también es verdad". Nos empezamos a reir en alto. El chico del "ey" se giró y nos miró. De nuevo, sentí que moría de la vergüenza. "Bueno, va, cuenta, en serio" "Pues se llama Kike, no me acuerdo de la edad, de hecho quizás no la dijo. No le gusta mucho hablar. Y está aquí por irse a Vigo" "¿Cómo que por irse a Vigo?" "No sé hija, eso es lo que ha contado él. Que se escapó de no sé dónde y se fue a Vigo. Y entonces le trajeron aquí" Eso no hay quien se lo crea. Kike, menudo mentiroso estás hecho. "Qué raro suena todo. En fin. Muchas gracias. ¿Y tú cómo estás?" "Mejor que nunca, nena". Me dio un beso en la frente y volvió a su sitio a terminar lo que estaba haciendo.

Cuando ya estaba sentada en su sitio, pregunté en voz alta: "Ey, Eugenia, que se me olvidaba. ¿Quién se va?" Sonrió. Dejó el boli a un lado, y alzó el papel que tenía entre manos. Era el cuestionario.

Hora de cenar. Antonio se sienta a mi lado. El muy cabrón ha tenido salidas. Ha estado fuera. Ha pisado suelo exterior. Le odio por ello. Me cuenta que se ha puesto morao a Marlboro, churros y cerveza. Maldito bastardo.

Reparten bandejas. Abro la tapa de la mía. Los platos siempre vienen tapados por otra tapa. Levanto la tapa del primero, guisantes. No me lo pienso comer. Levanto la tapa del segundo, filete. Tampoco. Voy directa a por el yogur. Antonio ha visto la jugada. Siempre es la misma, siempre la ve, y nunca dice nada. Pero esta vez es distinto. Quizás ya se ha cansado. Quizás se ha dado cuenta de que es el primer día de que tampoco he tomado las naranjas del desayuno. Quizás las cervezas del desayuno le han dado el valor necesario. A saber.

"¿No comes?" "¿Qué?" "Que si no te vas a tomar los guisantes" dice señalando el plato. "Ah. No. Son asquerosos." "Asquerosos dice... Tú no sabes lo que es la comida asquerosa. Mira, jugamos a un juego. Ya sabes que soy hostelero" "Sí" "Y que, a lo largo de mi vida, he tenido que comer en muchos locales ajenos para analizar la competencia" "Supongo" "Pues yo miro tu plato. Y en base a él, te cuento una historia de un plato similar que me haya encontrado a lo largo de mis años, que fuera asqueroso. Pero asqueroso de verdad. No asqueroso de "Ayyy, me llamo Syd, soy una niñita con trencitas y esto es asquerositooo" -poniendo voz de pito. Y si gana a tu plato, te lo comes. Pero te lo comes entero" "Venga, hecho". Sabía que iban a ser historias inventadas, pero tenía ganas de ver cómo se desenvolvía Antonio en esa situación. Y además, después del día que llevaba, me apetecía reirme un rato.

Levanté el plato de guisantes y se lo enseñe como si fuera una azafata del precio justo. Antonio empezó a relatar. "Fue hace mucho, mucho tiempo. No recuerdo la fecha. Acababa de cumplir el aniversario de casados con mi mujer, no tendríamos ni 19 años. Me la llevé a cenar a una tasca por el centro" "Cabrón, ¿haces un año con tu mujer y te la llevas a una tasca? Serás cutre..." "Estábamos pelaos, maja. Calla y escucha". Y empezó a relatar una historia absolutamente inventada sobre unos presuntos guisantes con jamón que resultaron ser guisantes con perro. Antonio era un invent man. Pero solo por el currazo y por la intención y por las risas que hubo esa noche en la mesita redonda, mereció la pena. Me comí encantada mis guisantes y la mitad del filete

Antes de irnos a dormir, Antonio se preocupó por mis pies. Le dije que todo iba bien. Al momento pensé en la posible segunda intervención. En el tobillo inmovilizado. Y me pregunté si él sería capaz de hacerlo. De inventar una historia para mí. O mejor dicho, 365. Una nueva cada día. Porque desde luego, si me quedara coja, la necesitaría cada mañana para poder seguir adelante con mi vida.






Día 24: Cartas


Ali entra en mi cuarto. "Un ratito máaas, porfiii" suplico. Sé que es en vano, pero qué menos que intentarlo. "Ni ratito ni ratita" contesta al más puro estilo madre. Me tapo completamente con la sábana sabiendo que eso me otrorga +5 en invisibilidad. "Pero Ali, es que no he dormido nada. Nada de nada" "No me vengas con cuentos, Caperucita". Jo. No era ningún cuento. La noche había sido un infierno. Me desperté de madrugada escuchando golpes, como si fueran patadas, seguidos de algo que caía. Después escuché las puertas de seguridad abrirse, gente entrando y corriendo, gritos, más golpes. Luego silencio. Y a las pocas horas, más y más gritos. Y así hasta que se hizo de día. Habría dormido unas tres horas en total, calculo. No podía con mi alma.

"Oye Ali, ¿qué pasó ayer?" "¿Qué pasó de qué?" Me incorporé y me pasé al chuchú. Mientras yo hablaba, Alicia me llevaba al baño. "¿Hubo movida o algo? Se escucharon muchos gritos durante toda la noche" "No tengo ni idea de qué estás hablando. Ya sabes que yo entro aquí de mañana" "Ja. Y yo nací ayer. A ti los de la noche te dan el parte bien fresquito, mira cómo sabías lo de Marisol y que me pilló escapándome al baño. Bueno va, ¿qué paciente era? ¿Chema? Espero que no fuera Chema, de verdad que le veo super calmado últimamente. ¿Javi? Javi ni de coña, ¿verdad? ¿Makelele? Sé que no me lo puedes decir, pero si es Makelele, guiña dos veces los ojos" "Sydney, es que no te lo puedo decir" "Ya, ya lo sé, por eso te digo que guiñes los..." Ali apretó el botón de la ducha.

Desayuno. Mesita redonda junto a Antonio. Nada más sentarme le interrogo a él también. "Ey, compi. ¿Oiste el escándalo de esta noche? Los golpes, patadas y demás" Me miró super serio. "No, Sydney. No he escuchado nada. Nada de nada. No pretendo preocuparte, pero ¿no será que esas cosas solo existen... en tu cabeza?" No podía ser. Antonio estaba precisamente en la zona de habitaciones de donde provenía el ruido. Era imposible que no lo hubiera escuchado. Imposible. Además, el siempre se quejaba de que no dormía nada, de que se desvelaba a la mínima, etc etc. Tenía que haberlo oído. Sí o sí. "Macho, que lo has escuchado seguro. Si ha sido tremendo, han venido hasta de seguridad creo" "Nada, Syd. De verdad, tu mente te está haciendo una mala jugada, es solo eso" Empecé a preocuparme. ¿Y si Antonio tenía razón? ¿Y si me estaba volviendo loca? Recordé el incidente del interfono de Naiala. Realmente nunca llegué a comentarlo con Ali. ¿Y si el interfono no estaba roto como yo pensaba, y también eran cosas de mi cabeza?

Aparté las naranjas de la bandeja, ya no las quería. Antonio me vio hacer el gesto, e inmediatamente las volvió a poner en su sitio. "Sydney. ¿Estás tonta? ¡Te estaba tomando el pelo! ¡Pensaba que eras más dura de roer, compañera! ¡Pues claro que he escuchado los golpes, yo y toda la planta! Creo que nadie ha podido pegar ojo. ¿De verdad te has creído lo que te había dicho? ¡Anda ya! Me vas a hacer sentir mal, ¿eh? Venga tontorrona, sonríeme un poco. No me hagas sentir mal" Por un lado me sentí aliviada, por otro seguía un poco cabreada con él. No me había hecho gracia la broma. "Venga, que me siento muy mal. No me dejes así" Seguí sin sonreir "Recuerda que solo soy un pobre viejo..." Me mantuve firme "...Un pobre viejo que se va a morir pronto..." Cero misericordia "...Y que además es diabético..." Cogí mi pan y lo puse en su bandeja. "Pues toma, para que te mueras antes, hala". Antonio se levantó y me dio un beso "¡Esa es mi chica!". Recogí las naranjas de la mesa y las fui pelando, mientras, como de costumbre, observaba al resto de pacientes. Pablo estaba de cháchara con Raul. Parecía contento. Mariano también hablaba. Con la Purísima. Pero bueno, no había Biblia a la vista, igual aún estaba a tiempo. Y Kike estaba en una esquina. Solo. A su puta bola, como siempre. Y no parecía importarle.

"Judith se dirigió hacia la casa que ya tanto conocía. Fue a abrir la puerta para transmitir las buenas noticias. En ese preciso instante, Jeremy Wells la agarró por el brazo. "Jusdith, ha muerto. Edward ha muerto" Ella sintió que todo se desvanecía y rompió a llorar". Una polla. David me deja, me encierran en un manicomio, y ahora me matan al prota de la novela. Definitivamente mi vida no puede ir a peor. A tomar por culo el libro. Huelga de lectura desde ahora mismo. Lo cerré con un golpe seco y lo tiré con desprecio sobre la mesa. Me dediqué a hacer tiempo mientras miraba el reloj.

A las 10 llegó Sara. Había Terapia Creativa. Ya se acercaba la Navidad, y el hospital se había propuesto decorar todas las plantas y pasillos con 500 renos y Papa Noeles. Nosotros seríamos los duendes que llevarían a cabo tan excelsa misión. Aparentemente era sencillo. Utilizando cartones de papel higiénico (en Terapia Creativa esta era el 40% de nuestra materia prima), cartón, algodón, cuerda de cáñamo, tijeras, cola y pintura, teníamos que crear dichas figuritas. Nos dividieron en equipos de cuatro. En mi equipo estábamos Javi, Pablo, Kike y Antonio. Ninguno de nosotros había dormido nada, de hecho dedicamos toda la Terapia a comentar el tema de los golpes, y deduje que el causante estaba entre la habitación 401 y la 407. Hicimos 7 figuritas de mierda y suspiramos aliviados cuando Sara se marchó. Nos echamos a dormir con la cabeza apoyada sobre los brazos, y estos a su vez apoyados sobre las mesas.

Entonces entró Mercedes en la sala. Mercedes era una enfermera bastante buena en lo suyo. Sin llegar a ser una hijaputa como Marisol, podía llegar a ser bastante estricta. Todos la respetábamos. "Ahora tendremos todos una charla que yo impartiré" Sopor, pensé. Ya nos habían cascado la de la higiene el otro día. Qué pereza aguantar otros 90 minutazos de chorradas ahora. Pero en fin, no queda otra. "¿Cual es la temática, enfermera?" preguntó Javi. "Comida: La importancia de una correcta alimentación", contestó Mercedes.

"Una mierda", pensé. Llevo desde los 16 años en terapia. Todas, absolutamente todas las semanas me trago -nunca mejor dicho- una charleta sobre la nutrición, las vitaminas, proteínas hidratos y grasas. Sobre cómo introducirlas en la dieta. Sobre cómo el cuerpo las procesa. Me sé toda la teoría, absolutamente toda. Pasaría un exámen con sobresaliente, de hecho en las asignaturas relativas al tema es precisamente la nota que sacaba. Está claro que la teoría me la sabía. Lo que me fallaba era la práctica. Era un tema que amaba y odiaba a la vez. Lo amaba porque sentía que lo conocía a la perfección, pero lo odiaba porque era incapaz de tratarlo en público. En mi casa jamás se hablaba de ello. Nunca. La alimentación era tabú.

"Una mierda", volví a pensar. Todo el mundo se giró hacia mí. Mercedes se quitó las gafas "¿Cómo has dicho?" Vaya. Por lo visto esta vez no lo había pensado, sino que lo había dicho en alto. Pero vamos, lo mismo daba. "Mercedes, yo, por temas personales, prefiero no acudir a la terapia de Alimentación, o charla, o lo que sea" "Sydney, ya sabes que tanto las Terapias como las charlas son obligatorias para todos los pacientes, sin excepción" "Lo sé, pero es que esta en concreto me va a hacer más mal que bien. No quiero estar presente. Me niego. Me niego en rotundo." "Sydney, por protocolo tienes que..." Empecé a perder los nervios "Me da igual el protocolo. Me la suda el puto protocolo. Llevo aquí casi un mes portándome modélicamente y os pido por favor que me dejéis no ir a UNA charla porque me mata en el alma. ¿Es mucho pedir? He visto a gente salir corriendo de las terapias porque no les gustaban y nunca se les ha dicho ni pío. Nunca. Yo no puedo ni andar. Por eso te pido, Mercedes, que me saques de esta sala. Mi psiquiatra es María Vazquez. Háblalo con ella en junta si quieres. Sé que seguramente me cueste más días, pero NO quiero estar aquí y NO voy a estar aquí -ya apenas podía hablar por las lágrimas-. Te lo pido por favor. ¿Me sacas?" Mercedes se lo pensó durante unos segundos que se me hicieron interminables. "Como quieras, Sydney"

Por fin estaba fuera. Aparcada en Control, junto a mi cartel favorito. Sin saber qué hacer, ya que había renunciado a leer mi novela debido a la muerte de Edward. Me dediqué a observar mis propios pies y a mover los deditos, pero al cabo de unos minutos esa tarea dejó de parecerme divertida. Miré hacia los lados. No había nadie. ¿Y si reclinara un poquito el chuchú? Nadie se daría cuenta... Así lo hice. Pero seguía siendo incómodo. Así que lo recliné un poquito más. Y después, otro poquito más. Dinalmente alcanzó una posición que me pareció satisfactoria. Bostecé. Me hice una bolita en aquel sillón tan cómodo. Y sin darme cuenta, me dormí.

"Sydney. Sydney. Sydney Bristow. Despierta. Ya" Abrí los ojos lentamente. Quise decirle a Ali que me dejara 5 minutos más. Pero la mujer que tenía a 10 centímetros de mi cara no era Alicia. Era Vazquez. No me lo podía creer. Vazquez me había pillado, fuera de terapia, con el chuchú reclinado, y absolutamente dormida.

"¿Dónde te crees que estás?" me miraba altiva, de brazos cruzados. Y cabreada, muy cabreada. "Vazquez, lo siento. Estaba muy muy cansada, ha habido un montón de gritos esta noche y no he podido dormir y además..." "Al cuarto" "¿Qué?" "A ti no. Carla, llévamela al cuarto. Y dile a Inma que se de prisa con lo de antes". Yo seguía medio dormida. Esto no puede estar pasando. Dios, haz que no esté pasando. Pero estaba pasando. Joder, ya lo creo que estaba pasando.

La tal Carla empujó el chuchú hasta mi cuarto. Encima de la cama estaba sentada Vazquez, esperando. "Déjanos solas, Carla". Carla salió y cerró la puerta. Vi la escena desde fuera. Yo ahí, desvalida en el chuchú aún reclinado. La Vazquez, con sus botas, su delineador de ojos y su pinta de dominatrix en conjunto, sentada en la cama y acariciando suavemente la cama. Bien podría haber sido el prometedor inicio de una película porno un tanto gore.

"Sydney. Creo que te has equivocado, y mucho." "Vazquez, escucha, lo que ha pasado es que..." "No, perdona, pero la que me vas a escuchar eres tú." Ojalá pudiera escribiros una gran frase ahora. Ojalá pudiera decirlos que contesté algo digno del Gran Antonio y sus cojones descomunales. Ojalá. Pero no. No hice nada. Estaba acojonada. Me callé como una puta y la escuché. "Nos hemos portado de puta madre contigo. Te hemos puesto un sillón para que pudieras tener los pies en alto porque si no se te hinchaban. Y mira cómo nos lo devuelves. Nos damos la vuelta un segundo, y ahí estás. Echándote la siesta como si esto fuera el salón de tu casa. ¿Lo has disfrutado? Claro que lo has disfrutado, no hay más que verte la cara. Pues quédate con ese recuerdo, porque se te acabó la gilipollez" Llamaron a la puerta. "Pasa, Inma" Una auxiliar entró en el cuarto. Llevaba una silla de ruedas. "Inma, ¿puedes ayudar a Sidney a cambiarse a la silla?" Inma contestó que sin problema, y entre ella y yo hicimos mi traslado a la silla. Yo estaba llorando. No ya por la silla, sino por la rabia e impotencia que me producía hablar con Vazquez. Esa mujer era una psicópata. Y yo no tenía forma de demostrarlo. Una vez en la silla, Vazquez, que había estado observando todo el proceso sin intervenir y con los brazos cruzados, se despidió: "Bueno, pues nosotras nos vamos. Hasta luego". Y me dejaron en la habitación. Sola, bajita, incómoda, y llorosa. En mi nueva silla de ruedas.


Me quedé en la habitación hasta la hora de comer. Vino un auxiliar a avisarme. Me preguntó si necesitaba ayuda, pero había estado practicando en el cuarto y más o menos sabía manejarme. Me daba vergüenza entrar en el comedor. Cuando finalmente lo hice, los compis me aplaudieron "¡Mirad! ¡Sydney tiene pies!" Y comenzaron a aplaudir. Me dirigí, por primera vez por mí misma, a la mesita redonda. Antonio estaba feliz por mí. Me sentí muy reconfortada. "Jódete, Vazquez. Que querías darme por culo y al final lo que me has dado han sido pies" Sonreí para mí misma, como solo una vencedora puede hacerlo.

Siesta, tensiones y visitas. Mi padre seguía de viaje, por lo que no esperé a nadie. Me puse a hacer crucigramas, sola. En esto alguien me dio un toque por la espalda, me giré. Era un hombre. Me sonreía. "Perdona, ¿eres Sydney?" "Sí, soy yo" "Me llamo Joseph, soy el marido de Naiala. La he buscado en las dos salas y en su habitación y no la encuentro. ¿Sabes donde podría estar?" Antes de que pudiera contestar, Naiala entró en el comedor. Iba vestida de calle, maquillada y con el pelo recogido en un moño. Si ya de por sí era guapa, esta tarde estaba espectacular. ¡Joseph!" Le dio un beso. "Syd, me voy" "¿Bajas? Pues dale un besito a tu niña de mi parte. Y no te retrases al volver, que ya sabes cómo son" "No, Syd. Yo estaba ahora en tu cuarto. Yo he cogido ahora tu libro y yo he escrito ahora dentro tu libro dirección mía para que tú puedes visitar nosotros. Yo salgo alta hoy. Ahora". Se me nublaron los ojos. "Naiala, ¿te vas de alta?" "Sí, Sydney" Nos dimos un abrazo enorme y lloramos las dos como si fuéramos niñas pequeñas. Creo que no hizo falta decir nada más. La vi alejarse de la mano de su marido y salir de la sala. Adíos, Naiala. Mi dulce Naiala.

Sequé mis lágrimas, miré un rato por la ventana esperando verla salir, pero ni rastro de ella. Volví a mis crucigramas. Alguien se sentó a mi lado. "¿Te echo una mano?" Era Kike. Me quedé atontada. "¿Qué?" "Que si necesitas ayuda. ¿O eres de esa gente rara que prefiere hacer los crucigramas en soledad? Tú sí que eres raro, cabrón. Y además, mentiroso. Por suerte esta vez mantuve el subconsciente a raya y no lo dije, solo lo pensé "Claro, claro. Cuantos más, mejor." Le sonreí. Estuvimos hora y media con los pasatiempos, riéndonos y hablando de cosas intrascendentes. Me contó que vivía en Madrid aunque había nacido en Vigo. Que había estudiado químicas. En ningún momento dudé de sus palabras, parecía un chico inteligente y sensato. Y además, acertó correctamente todas las definiciones relacionadas con la tabla periódica. Bien jugado, Kike. Bien jugado.

Antes de que vuelvan las visitas, decido darme una vuelta por el pasillo. Quiero poner mi silla a tope de revoluciones. Además, tengo una investigación pendiente. Voy acercándome a una de las puertas de seguridad, investigando cada una de las puertas de las habitaciones. 411, todo correcto. 409, check. 407, check. 405, check. 403. WTF. La 403 directamente NO tiene puerta. No la tiene. En su lugar hay dos guardias de seguridad apostados en la puerta. Y dentro se puede ser a un paciente atado en la cama. No logro distinguir quién es. No consigo averiguar nada más porque los guardias me llaman la atención y salgo corriendo -rodando- como alma que lleva el diablo.

Hora de cenar. Lentejas y pescado. De nuevo, historia improvisada sobre unas le tejas en casa de la señora suegra de Antonio en la que el suegro había olvidado por error su dentadura postiza. Sé que es mentira, porque Antonio me ha contado mil veces que nunca tuvo suegro. Pero no me importa. Risas y más risas. Misión cumplida, cucharada a cucharada dejo mi cuenco limpio. El resto de los internos nos miran preguntándose por qué la mesita redonda se rie tanto. Quizás los locos seamos nosotros, pienso.

Se llevan las bandejas. No son ni las 9. Y hasta las 11 no nos podemos acostar. Es el peor momento del día, las dos horas y pico de larga, larguísima espera. Nunca hay nada que hacer. Antonio se tumba sobre la mesa unos minutos. Y, repentinamente, despierta del letargo. "Cartas, señores. Cartas. Algo. Un mus. ¡Juguemos un mus! ¿Quién se apunta?" "No sabemos si hay cartas", dijo un Javi muy desganado. Pablo se levantó a mirar en la estantería de juegos "¡Sí que hay! Una badaja francesa y una española" "Pues hala, ¡Ya está! Un mus. ¿Quién se echa un mus? ¿Chicos?" Parecía un plan perfecto, pero todos empezaron a poner pegas "A mí no me apetece" "Yo no sé jugar" "Yo fui ludópata y tengo prohibido rocar las carras" "Prefiero ver una peli" "Si me enseñais el juego, vale" "?Eso es con baraja francesa, ¿no?" Antonio empezaba a desesperarse. Por fin, Mariano se puso de pie. "Me apunto" "¡Bien! Necesitamos un tercero ¿Alguien que sepa?" Kike también se levantó "Venga, yo mismo" "Perfecto, cracks. Nos falta una última persona. Venga, ¿Alguien más que sepa?" No salía nadie. Parecía que lo de la partida se iba a ir a la mierda. "Venga chicos, por favor" dijo Kike. Nadie. "¿Alguien? ¿Please?" Sin respuesta. Los tres se volvieron a sentar. Lo daban por perdido. Kike se puso a mi lado.

Y entonces fue cuando se lo dije. "Oye Kike, yo sé jugar. No soy especialmente buena, pero si realmente no encontráis a nadie pues no sé, podéis contar conmigo...". Y no hizo falta nada más. Kike dio un salto de alegría, llamó a los otros dos, separó la mesita de la pared, y repartió las cartas.

Y fue ahí, con esa frase, y con esa primera partida de cartas, cuando me di cuenta de que había dirmado mi sentencia. Mi sentencia de vida.




Día 25: No tienes corazón


Antonio y yo nos disponemos a desayunar. "Buenos días, compi. ¿Qué tal va esa pierna?" Antes de que pueda contestarme, alguien se presenta en la tercera silla de la mesita, bandeja en mano. "Hola, pareja. ¿Os importa que si me siento con vosotros?" Era Kike. "Claro, sin problema. Pero ey, no vale hacer sangre con lo de ayer. Tuvisteis suerte con las cartas y ya está" "Bien sicho, Syd". Kike soltó una carcajada "¿Buenas cartas? Por Dios, pero si a este le entraron como tres solomillos de primera y tú eras la reina de los dúplex. Lo que pasa es que no sabéis jugar, y punto. Mariano y yo os dimos una paliza y hoy os daremos otra. Cuanto antes lo aceptéis, mejor". La conversación se convirtió en un debate sobre si además de unos fracasados en la vida lo éramos también en las cartas, y podría haberse mantenido dirante horas de no ser porque Antonio levantó la tapa de su bandeja con la habitual desgana. "¡Hostia tú! ¿Pero a ti qué te echan de desayuno? ¿Comida de perro y... potito? ¿Papilla? ¿Qué coño es esto, macho?" Kike levantó la compota de manzana y la analizó en el aire sin dar crédito a lo que veían sus ojos. "Es manzana. Manzana triturada. Como un potito. A veces nos la ponen de postre, ya te tocará. A Antonio se la cascan porque es diabético" "Que no lo soy, coño" "Bueno, no es diabético. Solo le han diagnosticado diabetes" dije con toda la ironía del mundo. Kike se reía. "Pero en fin, no hablemos de eso que aquí el Míster se pone de morros. Hala, a desayunar". Y nos pusimos cada uno a lo nuestro, naranjas, compota y pan respectivamente.

"Ofe Anfoño", dije con la boca llena de zumo, "tú difiste que fenías un fermano que fenía una cafefería en fa Moralefa, ¿no?" "Sydney, no dejas de sorprenderme. Tan señorita para algunas cosas y mírate ahora. Límpiate la boca, anda." "Ferdón" tragué lo que tenía en la boca y usé la servilleta. "Bueno, eso. ¿Qué cafetería era? Yo voy mucho por ahí". "Pues es un local que montamos entre los dos, y tuvo y tienw muchísimo éxito. Por temas personales tuve que dejar la gestión y ahora lo lleva él solo, pero está fenomenal. Y además, por la noche es terracita, tipo pub. Te lo recomiendo." Me fiaba de Antonio. En los ratos muertos hablábamos de los sitios de Madrid que más nos gustaban y, pese a la considerable diferencia de edad, coincidíamos bastante. Así que si él me recomendaba un local con terraza que además me pillaba cerca de casa no me lo iba a perder. "¿Y cómo se llama?" "Oscar" "No me suena nada" "Pues ha venido ha visitarme un par de veces" "Joder, abuelo, la terracita. Que cómo se llama el sitio" "Ahh, perdona. Se llama TheCat. Está justo subiendo por la calle principal de..." "No me jodas. ¿Thecat? ¿En serio? Tienes que estar de coña..." Antonio me miró sorprendido. "No, se llama así. ¿Por qué? ¿Lo conoces?" Y tanto que lo conocía. Había pasado años en ese lugar. Todos los sábados, sin excepción, me reunía allí con mis mejores amigas. Nos sentábamos fuera, pedíamos unas cervecitas frías o una copa de vino blanco y comentábamos cómo había ido la semana. Cotilleos, risas, abrazos, secretos, malas y buenas noticias. Me vino todo a la mente. Recuerdos y más recuerdos. Joder, las echaba de menos. Las echaba muchísimo de menos. "Syd, ¿Lo conoces?" Antonio me trajo de vuelta a la mesita. "Sí, voy un montón. Iba, quiero decir. Todas las semanas. Mis amigas viven ahí, en La Moraleja. Ostrás, Oscar es tu hermano? Le conozco perfectamente. ¡No me lo puedo creer! ¡Mi compi es el hermano de Oscar!" Y entonces nos pusimos a hablar de su hermano, del local, y de todo lo relativo a ello. A Kike se ve que le aburría el tema, porque terminó de desayunar, recogió su bandeja y se largó.

11 de la mañana. Es sábado, no hay terapias. Algunos internos se desican a recorrer los pasillos. Otros tienen visitas. Los más afortunados pueden salir a la calle. Mi caso no entra en ninguna de estas tres opciones: tengo entrevista con Vazquez. Normalmente las entrevistas con los paiquiatras son entre semana, pero mi padre estaba de viaje y no cuadraban las agendas. Por auerte -o por desgracia- ella iba a estar de guardia hoy así que acordaron esta fecha. Y aquí estaban. Aquí estábamos.

Esperé en el pasillo. Escuché el prrr y se abrió la puerta. Les vi entrar. Primero mi madre, después mi hermana, y por último mi padre. Se quedaron de piedra al ver la 403 con los dos seguratas apostados en la no-puerta. "¿Veis dónde me habéis metido, cabrones?" y se apartaron hacia la zona de las habitaciones pares, con el culillo bien prieto. Mi padre saludó a Lolo, y este le devolvió una mueca.

Se acercaron hasta mí y me saludaron con bastante afecto. "Pero buenooo, ¡si tienes ruedas!" mi padre me felicitó entusiasmado mientras me despeinaba cariñosamente. Le contesté con un seco "Ya ves". Se quedó algo desconcertado, sin comprender a qué venía esa hostilidad repentina. Vazquez se unió al grupo y, tras las respectivas lamidas de culo, entramos en su despacho.

Como de costumbre, ella fue quien abrió la sesión. "En primer lugar, quería tratar el tema de los pies de Sydney y el progreso de sus heridas. Como ya sabéis fue derivada de Urgencias a la Paz y blablablabla" Me daba igual lo que dijera, yo solo quería hablar con mi padre y hasta ahora no había tenido oportunidad de hacerlo. Le miré y corté el monólogo de Vazquez. "Papá. El tobillo. La segunda intervención para bloqueármelo. Escuché a Velber. ¿Tú lo sabías? ¿Por qué no me lo dijiste? No lo hiciste. No me contaste nada. Y son mis pies, papá. Tenía derecho a saberlo" Estaba enfadada, muy enfadada. Me sentía engañada y traicionada por la persona que más quería en el mundo. Tantas horas compartidas en el hospital, conversaciones, ceucigramas de mierda, y ¿en todo este tiempo no había encontrado un minuto para contarme que probablemente me iba a quedar, literalmente, coja? Venga ya. Mi padre se mostró avergonzado e incómodo. Se dirigió a Vazquez, no a mí. "Doctora, a lo que se refiere mi hija es a una intervención que es muy probable que se le realice. Se trata de una segunda cirugía en el pie derecho con el objetivo de bloquearle el tobillo. Nos lo dijeron en su día y es verdad que preferimos no comentárselo hasta que no le dieran el alta aquí". Vazquez me miró "Sydney, ¿por qué estás tan enfadada?" "Porque me he enterado por sorpresa de que voy a ser coja. Una puta coja. Y ya de paso, porque quiero salir de aquí" "¿Ves? A eso me refiero. Esa actitud de cabreo permanente. Estás siempre a la defensiva" Como para estarlo contigo, so zorra, pensé. En fin, era inutil seguir con este debate absurdo. Crucé los brazos y decidí permanecer callada, ya que cualquier cosa que dijera iba a ser utilizada contra mí.

Y así permanecimos durante unos tres minutos. Todos callados. Yo de brazos cruzados y con cara de pocos amigos. Vazquez mirándome, con sus ojos siempre delineados de negro. Intentando ver lo que había detrás de los míos.

"Sydney, ¿tú tienes corazón?" No me lo podía creer. "¿Qué clase de pregunta es esa?" "Una que me ha venido a la cabeza. Y si te la hago es porque, siendo franca, te acaban de confirmar que muy posiblemente te queden secuelas graves. Por lo que tú hiciste. Te vas a quedar coja. Tal cual suena. Coja, ya te lo repito yo. A cualquier persona le das esa noticia y se derrumba. Pero a ti te lo acabamos de comunicar y parece que te de igual, vaya. Solo veo en ti enfado, enfado, y más enfado. Lo mismo que llevo viendo en todas las entrevistas. Te lo voy a preguntar de otra manera. Sydney, ¿tú no te emocionas nunca?" Pues claro que me emociono, so zorra. Me emociono cuando veo a Naiala coloreando unicornios para su hija. Me emociono cuando Rhino me llama enfermera y me pregunta sobre su madre. Me emociono cuando veo a Lolo bailar en solitario. Me emociono con solo pensar en Chema. Y en su hijo. Me emociono con mi puta novela barata. Me emociono con Kike viendo el atardecer en soledad. Y con sus calcetines. Me emociono al recordar a mi amiga Pati pidiendo una fanta de limón en TheCat, joder. "Vazquez, no entiendo qué quieres que haga. De verdad, no lo comprendo. ¿Necesitas que llore? Ya lo hice en la anterior entrevista" Era cierto, y estaba profundamente arrepentida. Esa nazi no se merecía ni una lágrima mía.

"En fin, volviendo a tu tratamiento" cogió unos papeles que había sobre su mesa y de un golpe seco en el filo los dejó impolutamente colocados. Lo vi como una metáfora de lo que le habría gustado hacer conmigo. "Como sabéis, Sydney no puese quedarae aquí indefinidamente" Mis padres asintieron. Mi hermana sintió. Yo asentí. Fuertemente. "Bien. Para los casos de TLP aue requieren ingreso y tratamiento, como el suyo, hay un centro especializado. Se llama Lafora. Es parecido a esta planta. ¿Qué les parece?" "Nos parece estupendo, doctora", dijo mi padre. "El tema es que hay bastante lista de espera, pero como es un vaso grave yo podría acelerar los trámites, eso no sería problema. También comentar que el ingreso tiene una duración de 6 meses" Seis meses. SEIS meses. Pero ¿estamos locos o qué? Vale, sí, pero no tanto. ¿Seis putos meses? Ni de coña. "Ni de coña" "Sydney, hija" mi madre y su fobia a las palabrotas. "Syd, no seas tan tajante. Tienes que sopesarlo" mi padre y su afán de analizar pros y contras. "Que no, que no. Que ya llevo aquí un mes y mantengo el tipo a duras penas, no pienso irme a otra cárcel como esta otros seis meses más. Me niego" "Sydney, en ese centro habrá más chicas igual que tú", dijo Vazquez. "¿Más chicas sin corazón? Peor me lo pones" "Bueno, veo que sigues enfadada. Pues por mí ya hemos terminado, además ya es la hora".

Despedida, de nuevo reverencias entre ellos, y un beso para mí. Me fui al cuarto. Me tumbé sobre la cama y me eché a llorar.

Después, comida. Kike en nuestra mesa. Antonio había salido, nos contó cómo iban las cosas por el mundo exterior. Nos echamos unas risas y me animaron bastante. Qué suerte contar con tan buena compañía, pensé.

Siesta y tensiones. Me puse en la fila para que nos la tomaran. Normalmente las enfermeras me colaban, por ser "discapacitada", pero a mí me parecía mal porque al fin y al cabo yo estaba tranquilamente sentada en la silla mientras que el resro tenía que esperar de pie. Tenía detrás a alguien que no conocía. Era una señora nueva. Llamaba mucho la atención porque era muy muy grande. Llevaba la parte de arriba del pijama, pero en lugar de pantalones usaba unos leggings negros. Supuse que no habría pantalones de su talla. Llevaba el pelo rubio recogido en un moño y andaría por los 40 años. Al girarme para mirarla, me dijo: "Hola chiqui. ¿Necesitas ayuda? ¿Quieres que te empuje?" "No, gracias, puedo sola. Eres nueva, ¿no?" "Sí, cariño. Me llamo Nati" "Yo soy Sydney, encantada"

Después, hora de visitas. Mis padres me habían comentado que vendrían ya mañana domingo, así que no esperé a nadie. Entré en la sala y vi a Kike mirando como siempre al infinito. "Puedo mirar al infinito contigo o eres de esos locos a los que les gusta hacerlo en soledad?" "Jaja, mira tú qué graciosilla. ¿Qué tal estás? Te vi algo tristona en la comida" "Bien, no te preocupes. Es solo que tuve entrevista con la psiquiatra y mis padres y salió regular, la verdad. Quieren meterme en un centro seis meses" "Entiendo" "¿Y tiene algo que ver con esto?" Kike señaló mis piernas. Vaya, ha salido curioso el niño. Pues nada, si quiere jugar, juguemos. "Quizás. ¿Tú por qué estás aquí?" "Por ser demasiado bueno a las cartas" "Me parto. Venga, va" "Por irme a Vigo" Ya estamos. "Kike, por irte a Vigo no te suben a la 4. Que vale que me hayas ganado al mus, pero gilipollas no soy" "Te lo estoy diciendo completamente en serio, Syd" Me miraba a los ojos. Qué ojos tan bonitos, joder. Ay Syd, recuerda que no tienes corazón, no lo tienes. Céntrate. "Estaba en una residencia. Me escapé. Pillé un bus y me largué a Vigo. Estuve una semana, volví a Madrid, y me metieron aquí" Parecía sincero "¿Y por qué estabas en una residencia?" "Porque no tengo casa ni unos padres que me quieran". Miré sus pies. Aún llevaba calcetines. Pablo y Mariano ya tenían zapatillas de andar por casa, y este chico seguía con calcetines. No tenía familia. Y no sé si fue su aparente sinceridad, o la calma con la que lo dijo, o sus ojos negros. O los calcetines sucios. Pero, inocente de mí, le creí.

Hora de cenar. Antonio ha vuelto a salir. El muy cabrón se ha hinchado a porras en la churrería que hay justo enfrente del hospital, y ahora dice que no tiene hambre. Los tres tenemos sopa de primero. Tornamos los papeles, y soy yo la que le cuenta una historia sobre un día de frío en el que pedí una reconfortante sopa de fideos, y sorbí y sorbí como una descosida, y había un fideo que nunca se terminaba, y cuando el cuenco estaba vacío descubrí que era el tampax de una cocinera (es una mierda de historia, pero ya os avisé de que no tengo imaginación). Kike no entienda nada. Antonio se ríame a carcajadas mientras termina su sopa. Cuando por fin se la acaba, le digo "¿Sabes cómo se llamaba el local? TheCat". Se levanta y hace amago de tirarme de la silla, luego vuelve a sentarse y sigue riendo, yo hago lo propio hasta que me duele la tripa. "Joder, hace dos días miraba esta mesa y pensaba, vaya dos, qué clase tienen, como mola. Y ahora que estoy aquí solo veo una panda de ceporros" "Ay Kike, bébete la sopa y calla"

Estamos viendo la tele, nuestra timba empieza a las 9. Mercedes entra en el comedor y pregunta si alguien habla inglés. Levanto tímidamente la mano y miro alrededor. Nadie más lo ha hecho. "Bien, Sydney. Va a entrar en la sala un chico, es de la 403. Es búlgaro y no habla nada de español. Se llama Markus. Encárgate de él, porfa". Asiento con la cabeza. 403. Puerta derribada y segurata. Búlgaro. Me imagino a un portero de discoteca de 1,92 y 154 kilos, brazos tatuados y cadenas al cuello. Me acojono. Practico mentalmente mi inglés. No sé si utilizar acento británico o americano. Estoy nerviosa y quiero evitar mi muerte a toda costa.

Entra un chico por la puerta. Bajito, menos de 1,70. Escuchimizao. Ojeras enormes y ojos inyectados en sangre. Carita de ruso que tira patrás. Se sienta en una de las mesas largas, apartado del mundo. Entonces dejo de temblar. ¿Ese es Markus? ¿En serio? ¿Ese piltrafilla ha sido capaz de tirar una puerta a patadas? No sé si reirme o llorar. En cualquier caso, me toca hablar con él. Acerco la silla de ruedas. "Hi Markus". Ni puto caso. Ojos fijos en la TV. Lo vuelvo a intentar con la mejor de mis sonrisas. "¿Markus? Hello" Nada, soy un mueble. Un mueble con ruedas. No sé qué hacer. Me mantengo a su lado unos cinco minutos, y finalmente le digo -en inglés- "Markus, hola otra vez. Me llamo Sydney, no sé búlgaro pero hablo inglés. Siento mucho que estés aquí. Entiendo que estés enfadado, pero solo intento ayudarte. Si necesitas algo, estoy siempre en la mesita redonda. Bueno, adiós" Y volví hacia mis compis, que estaban esperando baraja en mano.

De nuevo, nos dieron una paliza de campeonato. Eso sí, las dos horas pasaron volando.


Ya en el cuarto, me asomé por la ventana. Se escuchaba el viento de la calle. Entonces me vino a la mente TheCat, y los sábados con mis amigas. Y las recordé. A todas ellas. A Lucía, con su taller y sus clases de costura que iban viento en popa. A Lari, ya casada y que nos iba a hacer muy feliz en cuanro anunciara que esperaba su primer hijo. A Carla, perdida en La Coruña en su precioso piso. A Luca, que llamó para decirme que se iba a casar y me alegró el día. Iba a estar preciosa. A Pilu, mi psicóloga particular, y que sería la de muchísimos más afortunados en cuanto se sacara el PIR. A Blanca, que estaba viviendo el sueño americano pero pronto estaría de vuelta. A Pati, Fanta de limón en mano y sonrisa tímida, por fin en Madrid. Pero no importaba la distancia, porque éramos un todo.


Vazquez, llevas razón. No necesitas un corazón cuando tienes siete que laten por ti.

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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:34

Día 26: Naranjos


Entro en el comedor. Antonio aún no ha llegado. Kike ocupa su sitio. Esto significa que hoy desayunaré a su lado. No tengo corazón, pero algo dentro de mí late un poco más rápido. Tranquila, Syd. Es tu colega de planta, nada más. Repito esto mentalmente mientras me aproximo a mi sitio. Aún así, no puedo reprimir una punzada de vergüenza cuando me da los buenos días. Y otra aún mayor cuando alaba mi pelo. "Ni siquiera me he peinado", contesto tímida y sincera. Y era verdad. Los fines de semana nunca me peinaba. Pero quizás Kike no necesitaba conocer esa información.

"Venga, levanta ya la tapa. Levanta la tapa, cabrón. Quiero volver a ver esa papilla y comprobar que no lo he soñado. ¡Venga! ¡Abre ya, macho!" Antonio hizo un rolleyes en toda regla y levantó con absoluto desinterés el plástico duro que cubría su bandeja. Kike no podía contener la risa "buajajajajja es que sigo sin creérmelo. Esto es tortura. Tortura y humillación. ¿Y cómo coño aguantas? ¿Y más viéndonos a nosotros hacer ESTO? Y le dio un mordisco a uno de los churros que tenía en el plato. Antonio replicó "Pues porque sé que a la hora de las visitas me voy a pimplar abajo doce como esos. Y que en cuanto me den el alta otros doce, pero esos ya en la cafetería de mi hermano, que son de calidad y están más ricos" Ahí ya intervine yo "Bueno, es que en TheCat están cojonudos. Y los croissants ya ni te cuento" "Hombre, por algo será que hemos tenido la mejor clientela de La Moraleja y blablabla..." Si había una cosa que le apasionaba a Antonio, era hablar de sus negocios de hostelería y a la gente VIP que había conocido a través de ellos. El hombre tenía un trato impecable y se le daba fenomenal lo de relacionarse (fue capaz de ganarse a Sonia en dos minutos). Durante una época, fue de los que manejaban el cotarro en Pachá Madrid. No se cansaba de contarlo. Y cuando le daba por el tema podía llegar a resultar incluso pesado. Y que conste que yo le adoraba, pero las cosas como son. Kike bostezó "Bueno, ¿los marqueses van a seguir hablando sobre La Moraleja y excelsos vecinos mucho tiempo? ¿Desean que les sirva ya el té?" Antonio replicó "Pues mira, te diría que sí, pero no quiero un mayordomo con esas greñas, gracias" "¿Y la señorita? ¿Desea algo? ¿Una buena limpieza de bajos, por ejemplo?" "Kike, con la niña ni media. ¿Me oyes? ¡Ni media!" "Joder Antonio, y luego nos llama a nosotros ceporros..." contesté riéndome. Me encantaba mi mesa.

Retiramos las bandejas. Hay que hacer tiempo hasta las 11. Un mus es tentador, pero Mariano no está por la labor. Así que volvemos a la mesita redonda y nos ponemos a hablar de nuestros planes de futuro. A Antonio le va bien, tiene un restaurante a medias con su mujer en Cobeña y la cosa funciona. Le quedan un par de años para jubilarse y pretende llevar una vida tranquila, seguramente en Almería, donde tiene una casita. Kike está en paro. Es químico, pero no le sale nada de lo suyo por más que busca. Así que seguirá echando CVs hasta que salga algo. Tampoco se le ve muy preocupado. Yo les comento que soy abogada en un banco en el que me aprecian y que mi intención es seguir en la empresa. Es cierto que me falta ambición, pero me encuentro cómoda donde estoy. "¿Entonces no puedo contar contigo?" Me pregunta Antonio "Compi, sabes que podrás conmigo siempre. Te lo he dicho mil veces" "No me refiero a eso. Sino a una idea que tengo en mente. Kike, ¿tú te apuntarías?" La mente de Antonio echaba humo. Kike se arrimó a la mesa "No sé, depende. Cuéntame" Antonio expuso su proyecto. No lo recuerdo con exactotud, puede que meta la pata en algo. Al parecer, la Junta de Andalucía, para fomentar la agricultura y el cultivo de las tierras andaluzas, estaba "regalando" terreno a los propietarios de viviendas en la zona que acreditaran serlo, siempre y cuando se comprometieran a arar, sembrar, cultivar, recoger y poner en mercado la cosecha. Antonio ya tenía la casa allí, pero él no sabía nada de plantas y necesitaría a alguien que pudiera echarle una mano con todo ese tema. Por supuesto, vivirían juntos. Kike era trabajador, listo, noble, y de fácil convivencia. Parecía el socio perfecto. "¿Qué me dices?" "Tendré que pensarlo, no depende de mí" "Pero macho, claro que depende de ti. Solo tienes que echarle un par de huevos, despedirte de Madrid y venirte conmigo a Almería. La casa es enorme y tiene unas vistas cojonudas. Y sacaremos un huevo de pasta. Es el plan perfecto. Dime que sí". Kike se levantó de la mesa y desapareció.

Hora de visitas. Espero a mi familia en la habitación. Entran sin llamar. Mi padre y mi madre, han venido los dos. No sé si eso es bueno o es malo. Mi padre se sienta en la cama, mi madre hace lo propio en el chuchú. Es ella la que habla primero: "Sydney. Papá y yo hemos decidido que tienes que ir a Lafora" "Mamá, es un ingreso de seis meses. No pienso ir" "No es discutible. Vas a hacerlo" "Eso mismo digo yo. Que no es discutible. No voy a hacerlo. Ya llevo perdidos casi tres meses de trabajo, más los ingresos anteriores. No me puedo permitir otros seis meses más. Sería un despiporre. Es que ni de coña". Y tenía razón. En el último año, mi rendimiento en el trabajo había bajado considerablemente. Había sufrido varios desmayos debido a la falta de comida, y en el último de ellos, mi jefa, ya preocupada, se había puesto en contacto con mi madre. Ella le había contado la verdad, que yo tenía peoblemas con la comida. Mi ingreso en febrero en Quirón por infrapeso fue "programado" con el Departamento, pese a que ella insistió en que mi salud primaba por encima de todo. Se había portado de manera excepcional conmigo. Y aún más. El día en que salté, recibí una llamada suya cuando estaba en el arcén atendida por los sanitarios. Tuve la mala suerte de que un testigo de lo ocurrido fuera quien respondiera a mi teléfono. Le contó lo sucedido. A mi jefa. Con lo cual, ella sabía todo lo que había pasado. Sabía que tenía a una potencial suicida en el departamento. De nuevo habló con mis padres, se reunió con ellos, les transmitió todo su apoyo, e insistió en que me tomara mi tiempo. Pero que volviera recuperada. Al 100%. Nada de medias tintas. Pero aún así, faltar al trabajo un año me parecía una barbaridad. Mi madre seguía en sus trece "Ya sabes lo que nos dijo Mathilde. Que tenías que volver perfecta. Necesitas esa terapia" "Necesito terapia, te lo admito. Pero no esa" "Es que es esa o ninguna" "Mamá, encontraremos otra" "Vazquez ha recomendado Lafora y Lafora es la que haremos" "No. No pienso perder el trabajo por un capricho vuestro" "Precisamente a eso veníamos. ¿Recuerdas nuestra conversación con Mathilde? "Sí" "Nos comprometimos con ella a que harías una terapia" "Lo sé" "Bien. Pues tu terapia es Lafora. Si te niegas a ingresar, hablaré con ella para decírselo y me encargaré personalmente de que te despidan" "Mamá, no puedes hacer eso. No vas a hacer eso" Empecé a sentir cómo las lágrimas se acumulaban en mis ojos. No eran de pena, sino de rabia. De pura rabia. "No lo haré si tú ingresas en Lafora. De lo contrario no me quedará otra opción" "Mamá, ¡es MI trabajo! ¡Es lo único que tengo! Papá, dí algo. Por favor, dí algo" "Syd, yo opino igual que tu madre. Tienes que ponerte bien" "Quiero que os vayais de aquí. Ahora mismo. Y que no me volvais a visitar. ¡Nunca!" Mi madre sonreía sentada en mi chuchú "Pues te vas a tener que aguantar, porque aún queda una hora de visita" No me lo podía creer. ¿Cómo se podía ser tan mala? Mi propia madre. Chantajeandome. Por segunda vez. Primero usó mi libertad como arma, y no le funcionó. Ahora jugaba con mi puesto de trabajo, de las pocas cosas que aún no había perdido en la vida. Y ahí estaba, riéndose. En mi puñetera cara. Fui hasta la cama y apreté el botón del intercomunicador como una loca. "Enfermera. Enfermera, por favor. Mi familia está en la habitación, estoy muy nerviosa y no quieren marcharse. Haga que se vayan. Se lo pido por favor"

Comida, siesta y tensiones.

Hora de visitas. Ninguno de los tres esperamos a nadie, y las salidas solo pueden hacerse en compañía de un familiar. Por lo que, de nuevo, estamos los tres caballeros de la mesita redonda reunidos. Tengo los ojos hinchados de tanto llorar, lo hago pasar por un resfriado. Sé qué no me han creído, pero aquí somos muy de hacernos los tontos y preguntar al día siguiente. Antonio sigue trazando su plan. Trae papel y lapiz y dibuja un croquis de la casa y de las vistas. Mientras lo hace, continúo dándole vueltas a la conversación de esta mañana. Y, sin apenas pensarlo, pongo la mano sobre el plano "me uno". "¿Cómo?" "Que me uno a vuestro plan, chicos. Estoy dentro. Contad conmigo." Kike me mira sin apenas parpadear. Antonio pregunta asombrado "¿pero tú no estabas encantada en tu banco?" "Sí, bueno, pero he cambiado de opinión. Estoy en mi derecho, ¿no?" Me puse un poco a la defensiva. "Sí, sí, por mí encantado. ¡Qué bien, Syd!" Me despeinó cariñosamente. Como hacía mi padre. Sentí un poco de nostalgia. "Bueno, pues ahora solo nos queda convencer al greñas. Tú, pelos, escucha. Calculo que nos darán esta parcela aproximadamente -marcó un cuadrado en el papel- Aquí podemos plantar tomates. Aquí, pepinos. Aquí, no sé, lo que se nos ocurra" "¡Naranjos! ¡Plantemos naranjos!" "Syd por Dios, esa cabecita loca. Naranjos no" "¿Por qué?" "Por que los naranjos tardan en crecer un porrón de años, para cuando nos sean rentables tú ya tienes cuatro churumbeles con el colgao este y a mí me están comiendo los gusanos" "Ay Antonio, qué desagradable" "Vale, retiro lo de los churumbeles. Tú, Kike, a la socia ni mirarla, ¿eh?" Kike miraba el papel, pero estaba en otro mundo.

"Bueno, pues ese es el plan. Syd, ¿cuénto contigo entonces?" "Ni lo dudes" Chocamos las manos en el aire. "¿Kike? Solo quedas tú. Venga tío, dinos que sí" "Que no puedo tronco, ya te lo dije esta mañana" "¿Pero cómo no vas a poder? Lo que pasa es que te faltan huevos. Syd, ¿A que le faltan huevos? Venga, marica" Antonio empezó a picarle. Yo miraba a Kike. Kike miraba hacia abajo. Había algo más. Sabía que había algo más. Antonio seguía y seguía, y Kike aguantaba el tipo como podía. Hasta que finalmente explotó. "... blablabla no te atreves, no hay cojones" "Que te digo que no puedo HOSTIA. ¿No te das cuénta de que vivo en una puta residencia? Una residencia psiquiátrica. ¿Te crees que puedo irme así por las buenas? ¿Coger la puerta y pirarme y no volver? Pero si me han quitado hasta el puto carnet de conducir, joder. Si no puedo ni votar. Soy un paria social. No tengo derecho a nada. A nada. Ni a pasar un fin de semana fuera de Madrid. Para vosotros es un plan maravilloso, para mí es una utopía. En mi vida podré hacer algo así. Soy un preso del sistema desde los 27 años. La puerta está cerrada." Se cubrió la cara con las manos.

No me lo podía creer. La residencia. No era por los padres. Era un psiquiátrico. Como el de Rhino. Kike vivía en un psiquiátrico, se había escapado a Vigo, y por eso estaba aquí. Ahora todo cuadraba. ¿Pero qué hacía Kike, mi Kike, en una puta casa de locos? Si era el tío más normal del mundo. Estable, educado, inteligente, culto, divertido... Con pelo de rockero y un poco pasota, vale. Pero eso no era motivo para vivir encerrado. Había algo que se me escapaba. No aguantaba más. Tenía que saberlo.

Le aparté con cuidado las manos de la cara, le tomé por la barbilla, y mirándole a los ojos llorosos, le hice la pregunta. Sin rodeos. "Kike. Escúchame. ¿Por qué vives en una residencia psiquiátrica?" Dudó durante unos segundos y contestó con sinceridad "Porque soy esquizo-afectivo, Syd" "No sé lo que es eso" "Bipolar y esquizofrénico. Tengo lo mejor de las dos casas" Apartó mi mano, puso los brazos sobre la mesa, y se echó a llorar.

Hora de la cena. La mesita redonda parecía un funeral. A los no diabéticos nos tocó compota de postre y ni siquiera hubo bromas sobre ello.

A las 9 entró Markus en el comedor. De nuevo, hize amago de hablar con él. No hubo respuesta. Repetí como un robot el mensaje del día anterior y volví con mis compañeros. No hubo partida de cartas, nosotros no estábamos muy por la labor y Mariano andaba jodido de lo de sus dedos.

Raul puso una peli. La mitad de los internos se animaron a verla, la otra mitad huyeron a la sala de gimnasia, donde había otra tele y puffs naranjas ultracómodos. Kike se levantó, se acercó a mí y preguntó "¿Syd, vienes a los sofás?" "Es que para estar ahí mejor me quedo aquí, con la silla no me puedo tumbar" "Sí que puedes, yo te ayudo". Y lo hizo. Me levantó a pulso de la silla y nos recostamos los dos en uno de los sofás-puffs, dispuestos a ver una peli de mierda, junto a Pablo, Makele, y alguna del Club de las Depres. "¿Estás cómoda?" "Mucho". Me pasó un brazo por detrás del cuello y me recosté un poco en él. "¿Mejor así?" "Sí"



Pensé en lo agusto que estaba. Pensé en que pronto saldría de ahí. Pensé en que iba a sacar a Kike de esa horrible residencia. Pensé en que nos íbamos a ir a Almería. Pensé en que íbamos a plantar naranjos, miles de ellos. Pensé y pensé. Hasta que caí rendida.







Día 27: Aire fresco


"Ali, ¿tú crees que saldré alguna vez de aquí?" Se sentó en la cama "Claro que sí, cariño. Saldrás en nada y todo esto no habrá sido más que un mal trago que olvidarás pronto. No te preocupes" "No. Hay cosas que no olvidar. A Rhino no le voy a olvidar. Ni a Chema. Ni a Kike, ni a Antonio. Ni a ti tampoco, Ali. A ti no te voy a olvidar nunca. Nunca jamás" Ali se levantó e hizo como que alisaba las arrugas de la cama. Estaba emocionada y esquivaba mi mirada "Ay, Sydney. A mí me olvidarás, ya lo verás" "¡Que no!" "Mira que eres cabezota, ¿eh? Oye, ¿qué tal te fue con tus padres?" "Mal, muy mal. Mi madre va a hacer que me despidan. Es una zorra" "Sydney, no hables así de tu madre" "Pero es que..." "Pero es que nada. La mía tampoco ha sido justa conmigo y nunca me escucharás decir esas cosas sobre ella" Agaché la cabeza. "Syd, las madres no se eligen. Y solo puedes tener una. Intenta sacar lo mejor de ella en el tiempo que estéis juntas"

Desayuno. De nuevo los tres callados. De nuevo naranjas, compota y pan. Nadie dice nada. A mí se me hace muy raro. Una mesita redonda sin risas puede seguir siendo una mesita redonda. Pero no MI mesita redonda. Así que trato de arreglar la situación. "Venga, cabrones. Sé que lo queréis comentar. Os morís de ganas" "¿De qué hablas?" "El karma. El karma reencarnado en forma de compota que nos cascaron ayer a Kike y a mí. Fue un puntazo, ¿no?" Antonio empezó a sonreir "Pues la verdad es que yo no dije nada porque ante todo soy un señor, pero vamos, que os lo merecíais estaba claro" "¿Señor? Pero macho, ¿qué clase de señor eres tú? Si cuando aquí la otra te ofrece el pan te falta arrancárselo de las manos. ¿Eso es un señor?" "Ni caso Antonio. Eres todo un señor y yo te doy mi pan con mucho gusto, porque soy una señorita" "Otra que tal baila. Pero si no sabes ni usar una servilleta, qué señorita vas a ser, ¿eh?" "Greñas, con la niña ni media" "Anda abuelo, acábate la papilla. Y tú, toma" Me lanzó una servilleta sonriendo. Terminé mis naranjas. La segunda estaba un poco amarga, pero me dio lo mismo. Mi mesa volvía a ser mi mesa.

10 de la mañana, gimnasia. Nos dirigimos como zombies a la otra sala. Si ya de por si los días de gimnasia son mortales, los lunes es aún peor. Protestamos, gruñimos y nos quejamos en vano. La clase es obligatoria y nadie puede escaquearse.

Sara se pone al frente del grupo y alza la pierna derecha, tobillo bien extendido. Nos pide que la imitemos. Yo ya sé que los ejercicios de piernas tengo que hacerlos con los brazos. Y ahí estamos, Sara la primera, después todos los internos adoptando posiciones a cual más esperpénticas (los que lo intentaban, otros simplemente hablaban en voz alta o paseaban sin sentido por la sala), y yo, al fondo del todo, brazo bien alzado y mano extendida. Siento que el Führer y el Doctor Mengele me están mirando satisfechos desde algún sitio, y entonces bajo el brazo algo cohibida.

La clase prosigue, cada vez más letárgica. Hasta que Nati, la chica nueva con obesidad, se levanta y dice "Sara hija, esto es un poco muermo. Vamos a darle caña. Déjame a mí". Y durante unos minutos suplanta a una atónita Sara e imparte una brutal clase de aerobic en la que todos participamos con total motivación. La mayoría terminan sudando. Nati no puede con su alma. Sara aplaude "Guau, Nati, ¡ha sido brutal! ¿Quieres que hablemos antes de la próxima clase y la preparemos juntas?" Nati asiente encantada, y el resto también lo estamos. Me gusta Nati. Me gusta mucho. No sé por qué está aquí y apenas la conozco, pero transmite buen rollo y optimismo. Y eso es algo muy valioso en un lugar como este. Vaya que si lo es.

Volvemos al comedor para la siguiente terapia. Esperaba que estuviera vacío, pero veo a una chica llorando sobre la mesa. Nuevo ingreso, me digo. Siento lástima y me acerco a ella por si hay algo que pudiera hacer. "Hola". La desconocida levanta la cabeza. Tiene el pelo sobre la cara y está hecha un mar de lágrimas, pero sus ojos son inconfundibles. Es Sonia. Ha vuelto a ingresar.

Comida, siesta y tensiones.

Visitas. No esperaba a nadie, pero cuando me dirigía a la mesita resonda apareció mi hermana. "Syd, ¿podemos ir a la habitación?" Así lo hicimos. "Escucha, no tenía pensado hablar contigo hasta que aceptaras lo de Lafora, y si estoy aquí no es por mí" Me asusté "¿Ha pasado algo? ¿La abuela está bien? ¿Vicente?" "Sí sí, no te preocupes. Todo el mundo está bien. He venido a traerte esto. Sacó un sobre del bolso. Era blanco, grande, y estaba cerrado. En la cara ponía "Sydney". Dejó el sobre sobre mi cama, y se marchó.

Tenía emociones encontradas. Por una parte, moría de curiosidad por saber qué era. Por otra, quería hablar con Antonio y Kike, y sabía que si en ese sobre había malas noticias me pasaría la tarde en la cama llorando y perdería la oportunidad. Decidí esperar. Lo coloqué con cuidado en la mesita de noche y volví a la sala.

Los tres juntos. No se percibía tensión, pero estábamos bastante callados.

"Me tiré" "¿Qué?" "¿Cómo?" "Llevaba un mal día. Una mala década. Salí antes de la oficina, me tomé unas cuantas pastillas, aparqué en un puente y me tiré. Por eso estoy aquí. Por intentar suicidarme" Noté las lágrimas en la cara. "Ay, niña" "Joder, Sydney" "Esa es mi historia. Y aquí la zorra de Vazquez me ha diagnosticado TLP, me quieren meter en un centro y yo no quiero. Y ya está". Me limpié la nariz con la manga del pijama. Joder, ¿dónde están las servilletas cuando hacen falta? Kike se levantó y me dio un abrazo. Antonio me cogió la mano. "Bueno, pues yo ya lo he contado. Kike lo hizo ayer. Pero Antonio, tú no has contado nada. Nos has hablado de tus negocios y del proyecto de Almería y todo eso, y somos super amigos, pero no sabemos por qué estás aquí" Antonio permaneció en silencio, al igual que nosotros. Solo se escuchaba el ruido de mi nariz al sorber los mocos. Kike tenía razón, no soy una señorita. Finalmente, habló. "Este es mi quinto ingreso. He estado aquí más veces. Syd, tú te has dado cuenta, sé que eres una chica lista. Sufro Trastorno Bipolar. Toda mi puta vida la he pasado entre psiquiatras. Estoy harto de ellos. Más que harto. Pero sé que los necesito. Siempre os hablo de mis fiestas y de la gente a la que he conocido, pero lo que no os cuento son las épocas tristeis. No sabéis lo duras que son esas etapas. He llegado a estar dos años sin salir de casa. Dos años..." Sus ojos se nublaron "Syd, lo del accidente es verdad. Tuve una discusión con mi mujer y me largué a Marbella. Llevaba semanas sin tomar la medicación y no sé qué me pasó por la cabeza, pero me largué. Me llamó mi psiquiatra muy alarmado y le mandé a romar por culo. Literalmente, le dije: Guzmán, vete a tomar por culo. Me llamó todos los días y siempre la misma respuesta, que se fuera a tomar por culo. Una semana después me llegó el bajón, porque siempre llega el puto bajón. Me llegó de madeugada, pillé el coche, y bueno, el resto ya lo sabes..." Nos quedamos los tres callados. Al cabo de un minuto, Kike levantó su botella de agua, y dijo "bueno, pues un brindis por la mesita redonda, ¿no?" Y todos seguimos el gesto. Dicen que beindar con agua da mala suerte, pero yo no lo creo. Es la mala suerte la que nos había llevado hasta la 4, y la buena la que nos unió en la mesita redonda.

Hora de cenar. Acelgas de primero y pescado a la plancha de segundo. Le dije a Antonio que no era necesario que inventara ninguna historia, que esos platos me gustaba. Se mostró muy ofendido y defendió a capa y espada la veracidad de todas y cada una de sus escatológicas experiencias culinarias. Kike comentó que sus peores experiencias al respecto eran, sin duda, las que estaba viviendo con nosotros. Que no salía de su asombro. De nuevo, risas. La mesita estaba completamente reinstaurada.

Un poco más tarde, entró Markus en la sala. No me molesté en darle mi speech, me sentía inútil. Vi a la Purísima, Javi y Ahmed levantarse y sentarse a su lado. Me intrigan. Me quedo un poco más tranquila cuando veo que estos dos últimos están rellenando el cuestionario. Y no sé si reir o llorar cuando ella saca una Biblia y le empieza a leer pasajes a Markus, que permanece impasible cual mueble de Ikea, haciendo honor a su nombre.

Alguien entra en el comedor. Se escucha un grito entre en club de las deprimidas "¡Gabiiiii! ¡Pero qué haces aquí!" Marta se levanta y abraza afectuosamente a la recién llegada "¡Qué bien verte, estás guapísima!" "Tú sí que estás guapa" "Cuéntame, ¿a quién te han asigando?" "Aún no lo sé, pero creo que a Casillas, como siempre. ¿A ti quien te lleva?" "Vazquez, tía" "Joder, qué putada". Quise seguir poniendo antena, pero de repente escuché "Whitney. Whitney. WHITNEY, please" Me giré. Era Markus. Me llamaba.

Me acerco a la mesa. La Purísima sigue con sus pasajes en voz alta. Hablo con Markus en inglés. "Hola Markus. ¿Me llamabas a mí? Mi nombre es Sydney" "Sydney, ¿qué le pasa a esta señora?" "Es Carmen. Le gusta mucho la religión" "Dile que se calle" Miré a Carmen. Ella no entendía ni papa de inglés y Dios no le había provisto de ciencia infusa, así que intenté trasladarle las palabras de Markus de la manera más polite posible "Carmen, verás. Dice Markus que él es muy creyente y que ya conoce esos pasajes, precisamente son sus preferidos. Ahora le gustaría meditar sobre ellos y necesita un poco de tranquilidad para ello, prefiere que le dejes solo" Carmen puso cara de infinita tristeza. Miré a Markus. Seguía mirando la TV sin inmutarse. Me había llamado Whitney. Había ordenado a la señora que se callara. Era un maleducado ingrato. Me volví hacia Carmen, que ya se alejaba "Pero dice que mañana le leas más"

Me quedé ahí con Markus, esperando que dijera algo. El silencio era un poco incómodo. "¿Quieres jugar a algo?" Sorprendentemente, contesta "¿A qué?" "No lo sé" Miro alrededor. Veo a Makelele y le recuerdo ganándose a sí mismo al dominó "Al dominó, por ejemplo" "No conozco ese juego" "Yo te enseño. Es muy fácil, ya verás". Me acerco hasta la estantería de juegos y le pido a Chema que me baje el dominó. Lo hace de mil amores. Vuelvo con Markus y empezamos una nueva parrida. Echamos cuatro, al chico le cuesta pero va aprendiendo. Hablamos de todo un poco. Pero no muestra ninguna emoción. No se enfada. No mira a los ojos. No sonríe. Es un tipo muy raro.

Alguien se apoya en la mesa. "¡Hola chicos! ¿Qué hacéis?" La miro. Es la chica nueva. Pelo moreno cortadito a media melena, lleva un kiki. Sus ojos azules destacan en la piel blanquita de la cara. De cuerpo es normal. Más bajita que yo. Está sonriendo. "Pues aquí, jugando al dominó. Acabas de entrar, ¿no?" "Sí, pero ya he estado aquí mil veces. Es como mi segunda casa. Me llamo Gabriela" "Yo Sydney, encantada" "¿Y tú? ¿Se te ha comido la lengua el gato?" "No, es que es búlgaro, no entiende español. Habla inglés" "Whats your name?" En ese momento flipé. Gabriela tenía un inglés espectacular. Parecía nativo. Markus la ignoró. Gabriela repitió la pregunta con idéntico resultado. Y entonces acercó su mano a él y le despeinó. Era un claro gesto de tonteo. La nueva estaba tonteando nada más y nada menos que con Markus. Esta chica no sabía lo que hacía. Él la miró con cara de furia. Yo empezaba a ponerme nerviosa. "Oye, ¿cómo es que hablas tan bien inglés?" "Nací y crecí en Colombia y allí la gente es bilingüe. ¿Qué tienes?" No comprendí la pregunta "Qué tengo de qué? ¿De fichas para poner? Se las enseñé. Supuse que Markus ya no estaba interesado en la partida. "No, de diagnóstico" "Ah. TLP" "¡Igual que yo! Choca" Alzó la mano y chocamos los cinco. No terminaba de entender lo que ahí está pasando "Pues eso, tengo TLP, igual que tú. Aunque estoy aquí por intento de suicidio. Me tomé 150 pastillas de Tranquimazin y me encontraron mis padres de casualidad. He estado 3 días en la UCI. Me han dicho que estoy viva de milagro" No supe qué responder "Has tenido mucha suerte, Gabriela" "Llevo 31 intentos de suicidio. Y mira mis brazos" Me enseñó los brazos. Estaban cubiertos por cicatrices. Autolesiones. Los míos estaban peor, pero no dije nada. "Guau" Traté de cambiar de tema. "¿Y esos tatuajes?" Llevaba las manos tatuadas "Ah, los tatus. Sí, todo el mundo me pregunta por ellos. Pues el de la derecha es un extraterrestre. Refleja cómo me siento yo: coml una extraterrestre en este mundo. El de la izquierda es una ola. Representa mi estado de ánimo: varía más que las mareas. Bueno Syd, un placer. Voy a saludar al resto. Bye, Markus" Y le lanzó un beso.



Ya en la cama, pensé en Gabriela. No podría describirla. Simplemente era diferente al resto. Como un soplo de aire fresco. Inocente de mí por no saber aún que de eso mismo, del aire, provienen los huracanes.

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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:35

Día 28: Me voy


"¡Arriba, campeona!" Me desarropó sin la menor compasión "Ay Ali, ¿es que nunca me vas a dar vacaciones? O mejor dicho, ¿nunca te las van a dar a ti?" cogí la sábana y de nuevo me cubrí con ella "No, me tomé hace nada unos días y ya hasta junio nanay. Te va a tocar aguantarme. Pero tú no te preocupes que este veranito nos lo vamos a pasar las dos daiquiri en mano. Y si hace falta, bailando riquitón de ese que os gusta a los jóvenes" Me reí "Es reggaeton, no riquitón. Y a mí no me gusta, ¡lo odio! Prefiero otro tipo de música que sea más de mi rollo" "Pues ve pensando alguna canción que se más 'de tu rollo' o eso que hayas dicho, porque hoy vuelven los cantantes" "Ay Ali, ¿en serio?" Me levanté de la cama en un salto "Pues claro. ¿Cuándo te he mentido yo, eh, Syd?" Nunca. Ali no me había mentido nunca.

Entro en el comedor. Apenas hay gente en la sala. Raul, Makele, un par de chicas del Club, Lolo y Sonia. Esta última está llorando de nuevo sobre la mesa. Ni rastro en ella de la cowgirl que era hace un par de semanas. Si un ingreso ya de por sí es duro, un reingreso tiene que ser mortal. Raul está viendo un programa de caza y pesca al que apenas presta atención. "Raul, déjame el mando, porfa" "Sydney, estoy viendo esto. Déjame tranquilo" "Venga hombre, no me jodas. En primer lugar, no lo estás viendo. En segundo lugar, no es por mí, es por Sonia. Mira cómo está. Y en tercer lugar, no eres el dueño del mando. Otra cosa es que hasta hoy nadie te haya puesto en duda el tema, pero vamos, ya te digo yo que la televisión es de todos. Pero si quieres preguntamos en Control. ¿Vamos?" Raul dudó durante unos segundos, lo debatió en voz alta consigo mismo, y finalmente me tendió el mando. "Gracias. Va a ser solo un ratito. Te prometo que después del desayuno lo tienes aquí". Volví sobre mis pasos (perdón, ruedas) y me acerqué a Sonia. "Sonia. Sonia, cariño". Siguió sollozando sin moverse. Con el mando en mi poder fui pasando de canal en canal hasta llegar al de videoclips que tanto le gustaba, y subí el volumen hasta el 20. Sonaba a ruido, puro ruido para ser las 8.45 de la mañana. Y ya me parecía que estaba alto. Ay Dios mío, ¿cómo podía estar siendo capaz de cometer tal atrocidad con mis propias manos? "Es por un buen fin, Syd, sigue adelante, no te rindas". Y tuve que repetirme esas palabras en bucle para no apartar mi dedo de la tecla hasta que el marcador verde por fin alcanzó el 37.
Sonia levantó la cabeza de la mesa. "¡Sonia! ¡Es tu música! ¿Habrá que bailar, no? Que mira a la gente, están aquí muertos del asco, super apagados... No sé, ¿qué hacemos?" Tenía los ojos llorosos, pero ya sonreía "Es que no me apetece mucho bailar, pero esta canción está guay, ¿verdad? ¿la escuchamos?" Joder, ya te digo que si la escuchábamos. Pero nosotros y la recepcionista. La de mi oficina, digo. Entonces entró Antonio en la sala, vi que abrió la boca para peotestar, pero yo puse un dedo en la mía suplicándole por favor que no dijera nada. Doy por hecho que lo entendió porque se sentó en su sitio en silencio.

Desayunamos los tres. "Chicos, no os vais a creer qué terapias hay esta mañana" Estoy ilusionada e intento que lo adivinen "Gimnasia no, por favor. No soporto la gimnasia" "¿Con ese tipín que tienes? Quién lo diría" "Peloflauta, cállate" "Venga, va. Relajacíóhmmmmm. Ójala, así me echo la siesta" Kike adoptó una posición Zen y cerró los ojos "Noup. ¿Más intentos?" "Renos" dijo Antonio. "Papa Noeles", añadió Kike. "Es la misma terapia y se la habeía dado por buena a Antonio, que la ha dicho antes. Pero no, y no. Por suerte" no me faltaba razón. Solo habíamos pasado una mañana haciendo decoración navideña y ya estábamos todos hasta los mismísimos. "Sydney, es muy pronto para pensar. Dínoslo ya, que se me va a enfriar la compota" Kike levantó la mano "Espera espera, lo tengo. Taller de escritura: Narra una anécdota divertida que recuerdes sobre la vejez de Antonio y compártela con los compañeros" No pude aguantar y tuve que reirme en alto "Ja-ja. Muy graciosillos. Los dos. Ahora cuenta" "Sí, habla antes de que empieces a guarrear con tus naranjas" Hice como si no hubiera escuchado el comentario "Ninguna. No hay terapia. Vienen los músicos" "¿En serio?" Dijeron al unísono "Pues claro. ¿Cuándo os he mentido yo?"

9,45. Antonio está en la habitación embadurnándose la pierna con potingues. Kike y yo nos limitamos a contemplar las vistas desde la ventana. "¿Cantamos?" "¿Ahora?" "No tonta, con los músicos. ¿Quieres que les pidamos una canción y la cantemos?" No sé qué decir. Una cosa es cantar a dúo con DJsony, cuyos berridos eclipsan mi absoluta falta de afinación, y otra hacerlo con Kike. Y además, ¿qué tema cantaríamos? Si bien siento que tengo infinitas cosas en común con él, el gusto musical no es una de ellas. A Kike le apasiona el rock metal, y a mí... bueno, yo ni siquiera sé lo que me gusta. Pero tengo claro que eso no. Me río "Kike, pero ¿qué canción escogemos? Tienes que pensar en alguna que me pueda gustar a mí". Mira hacia el suelo. "Bueno, había pensado en alguna. Pero fijo que una niñita bien como tú no se la sabe" "Venga, di" "Que no, da igual" "Diii" "20 de abril. Celtas Cortos" Este chico es tonto. Conozco esa canción desde que tenía doce años. "Me encanta" "¿Me lo dices de verdad?" Le miro a los ojos. Me saldría volver a preguntarle que cuándo le he mentido. Me saldría cantarle esa canción y todas las del mundo. Me saldría decirle que le voy a sacar de aquí y que todo saldrá bien, y que cada uno de los días iban a ser 20 de abril.

"Sydney Bristow, venimos a por ti" Me doy la vuelta. Dos auxiliares y un segurata viene a bajarme a la sala de curas. "Será solo un momento", le digo a Kike. Nos despedimos y veo como él vuelve a girarse y se queda contemplando la ventana mientras yo me marcho.

Cecilia sigue preocupada. Mis heridas van de mal en peor. Llama de nuevo al traumatólogo, pero esta vez quien acude es una persona diferente. Se presenta. Es Lucía, acaba de entrar como residente en el hospital, y se hará cargo de mi evolución a partir de hoy. Echa un vistazo, parece asustada. Me pregunta si puede tomar unas fotos y le digo que sin problema. Se ve que es novata y posiblemente no se haya enfrentado a algo así en su nueva consulta. No sabe qué hacer ni cómo proceder. Le pide consejo a Cecilia y ella le recomienda derivarme a La Paz de Urgencia para valoración de Plástica. Vamos, lo mismo que la última vez. Lucía pregunta que cómo se gestiona eso desde el ordenador de consulta, y ella se lo va explicando por encima mientras termina de curarme el pie. Compresas, Iruxol, algodón y malla del 4. De nuevo volvemos a mi planta.

Cuando llegué al concierto ya habían empezado, pero Kike había tenido el detalle de reservarme un hueco a su lado. "Ya he pedido nuestra canción", me dijo al oído. "Guay" contesté algo nerviosa. No sé si era solo porque iba a cantar en público. Quizás había algo más. Cinco canciones y un Rihanna de Sonia más tarde, -al que no puedo englobar dentro de esa definición- empiezo a impacientarme. En esto, alguien abre la puerta de la sala. Es Ali. Asoma levemente la cabeza, me mira, y dice "Syd, tus libros y lo de taquilla te lo meto en la bolsa con el resto de las cosas, ¿te parece?" No sé de qué narices habla, yo estoy a lo mío. Levanto el pulgar a modo de OK. Seis canciones más. Me siento como si me estuviera tragando todo el Sorteo de Navidad con un número aún no premiado entre las manos. De nuevo se abre la puerta. Marisol. "Disculpad. ¿Puede salir Sydney Bristow? Kike me pregunta con la mirada y contesto alzando los hombros a modo de "no sé". Y es cierto. No sé. Me lleva a la habitación. La cama está desnuda. Solo queda el frío colchón y una triste almohada sin funda.

"Te vas" "¿Cómo?" "Que te vas. Te vas de alta." No me lo puedo creer. "¿Cuándo?" "Ahora mismo. Hemos hablado con tus padres y deben de estar llegando" La cabeza me da vueltas. Me iba. Ya. En diez o treinta minutos, a lo sumo. Era libre. No sabía qué cojones había hecho para conseguirlo, pero lo había logrado. Volvía a casa. Volvía a mi hogar. A mi sitio, a mis amigas, a mis gatas y la perrita. Al atardecer desde mi ventana. Al confort del edredón. A todas y cada una de las cosas que echaba de menos. Ahí estaban. A tan solo unos minutos. Me daban hasta ganas de abrazar a Marisol "Ay Marisol, ¡que me voy a mi casa!" Marisol me miró. Y sé que una Marisol que sonría implica un algo malo para mí "No, Sydney, no te confundas. No te vas a tu casa. Tú te vas a La Paz. Te quedas ingresada en Plástica" Adiós gatitas, adiós perrita, adiós atardecer desde mi ventana. Pero en fin, menos era nada. Ya había estado ahí y sabía que por lo menos podías recibir visitas. Contaría con amigas a mi lado. Así que La Paz, en comparació con la planta 4, me parecía un billete al paraíso. Y ni mil Marisoles iban a amargármelo "Ah, pues ni tan mal". "Entonces, estás conforme con la derivación, ¿no? Quiero decir, la entiendes. Necesito saber que la entiendes". Estaba muy conforme. ¿Cómo no iba a estarlo? Pero algo dentro de mí lo sabía. Algo me lo decía. Que no estaba bien. Que no era correcto. Que se trataba tan solo de un error. Y no podía engañar al resto, porque era cuestión de tiempo que se descubriera el pastel. Tampoco podía engañarme a mí misma ahora que ya lo sabía. La miré a los ojos. "Marisol, ¿por qué me derivais a Plástica?" "Porque abajo en Trauma han decidido que tus heridas eran graves y que por eso necesitabas quedarte ingesada allí. ¿Lo entiendes?" No tenía ningún sentido. "Marisol, no tiene ningún sentido lo que dices. Te explico por qué: me han derivado a Plásrica de la Paz como dos o tres veces ya. ¿Qué ha pasado? Que ahí han visto mis heridas y han dicho que por tal o por cual no me van a operar, y me han vuelto a mandar aquí. A la 4. Pim pam. Así, como a una pelota de pingpong -hice el gesto correspondiete- Eso por un lado. Por otro lado, no podéis darme de alta aquí para ordenar que se me ingrese en otro sitio cuando en ese otro sitio aún ni se me ha valorado. Eso es de cajón. Y ya de postre, la médico que ha dado abajo la orden de ingreso en La Paz, que como te digo es incorrecta, es novata. La enfermera le ha indicado que metiera una orden de derivación pero para que me valoraran la herida, no para que me ingresaran. Supongo que se ha equivocado al hacerlo y de ahí todo este jaleo" Marisol me miraba sin pestañear "Que no, que hoy ya duermes en La Paz. Sydney, por protocolo necesito saber que lo has entendido". Me sacaba de quicio esta mujer. Me sacaba de quicio el protocolo. Me sacaba de quicio toda la planta 4. Exploté. "Vamos a ver, Marisol. Te acabo de contestar punto por punto. No sé qué más decirte. Si por "entender" te refieres a si tus palabras han entrado en mi cerebro, las he analizado y soy capaz de procesar lo que una a una significan, sí, lo he hecho. Si por "entender" te refieres a si encuentro lógica a la explicación que me has dado sobre el porqué de mi alta, entonces no, no lo he hecho". Dudó "Pero ¿lo has entendido o no?" Suspiré. Era imposible hacer entrar en razón a alguien que te trata como si tú la hubieras perdido hace ya tiempo "Sí. Lo he entendido. Y por favor, si no te importa, traeme el cuestionario"

Ya había completado una de las caras. Se trataba de valorar a los trabajadores de la planta agrupados por categoría profesional. Ahí apenas me esmeré, era demasiado generalista. Pero la mitad de la segunda cara estaba reservada para "observaciones". Calenté muñeca con un par de estiramientos y tiré de buena letra. Tras 15 minutos el resultado fue este:

VALORACIONES DEL PERSONAL QUE ME HA ATENDIDO:

Dra Vazquez (Psiquiatra): En todo momento evitó el contacto físico conmigo. Terapia destrictiva, no constructiva. No mostraba empatía. Apenas me permitía hablar durante las terapias. Actitud poco profesional. Comportamiento despectivo hacia mí cuando no había terceras personas presentes. 2/10

Mohammed (Auxiliar): Excelente profesional a pesar de llevar poco tiempo en el puesto. Me trató con mucha corrección pero siempre desde la cercanía. 8/10

Marisol (Enfermera): Trato siempre desde la autoridad. En horario de noche, dejada de sus funciones. Grave negligencia al administrarme un medicamento que no iba destinado a mí. Nula empatía con los pacientes. 2/10

Juan Antonio (Auxiliar): Trato tosco y brusco. Grave negligencia al obligarme a caminar pese a constar en informe médico que no debía hacerlo. Me abandonó en la habitación cuando debía haberme aseado 2/10

Alicia (Enfermera): Excelente profesional y persona. Empatiza al 100% con los pacientes. Me hizo sentir como en casa en todo momento. Muestra constante preocupación por los internos y se asegura de que su situación sea excelente. Marca la diferencia en un lugar como este. Necesitaría 100 formularios para poder describirla y pienso que aún así me quedaría corta 10/10

Salí de la habitación. Allí estaban mis padres, esperándome. Nos limitamos a un cordial "hola" y poco más. Marisol se acercó "Ya tienes el cuestionario completo?" "Sí, pero voy a dejarlo en Control. Es el protocolo, ¿no? Oye, ¿sabes dónde está Ali?" "Ha bajado. ¿Querías algo?" ¿Que si quería algo? Pues claro que quería. Quería despedirme de la persona que más feliz me había hecho durante este último mes, con diferencia, el más duro de mi vida. Quería abrazarla dirante minutos. Quería darle las gracias. Quería prometerle que jamás me olvidaría de ella "Nada, no te preocupes". Me dirigí hacia control. Crucé por delante del comedor. La puerta estaba abierta, Kike cantaba 20 de abril. "Qué bien lo hace, pensé" Me miró. Vio a mis padres. Preguntó con los ojos. Le enseñé el cuestionario. No nos habíamos dado contacto de ningún tipo, ni número, ni nada. Con Antonio tampoco. La música siguió sonando, pero el ya no cantaba. Kike solo me miraba. Sentí lágrimas en la garganta y antes de que él pudiera verlas, avancé por el pasillo camino hacia la puerta.

Abajo me esperaba una ambulacia que me llevó a La Paz. Exacta misma conversación entre Velber y Plástica, solo que esta vez están mis padres. Y que yo estoy esperando una llamada que no tarda en llegar. Mi padre contesta al teléfono "Sí. Sí, soy yo. Efectivamente, aquí estamos. Sí con ella. Ahá. Ahá. Vaya. No me diga. ¿Y cómo ha sido posible? Es un error bastante grave. Sí. Sí. Ahá. No, no se preocupe. Sí, pronto nos dirán algo. Perfecto. Gracias. Adiós". Me mira. Me hace una seña de "luego te cuento". Finalmente Velber decide que no va a haber ninguna intervención de plástica por el mismo motivo que la última visita, esto es, la posible futura inmovilización del tobillo derecho. Salgo con mi padre al pasillo y me dice "Syd, tengo una mala noticia" "Ya lo sé, papá. Que vuelvo a la 4" Hacemos todo el viaje en silencio. Apenas reparo en ello.

Como ya viene siendo lo habitual, entro mientras todos duermen la siesta. Mi habitación vuelve a ser mi habitación, cama hecha y libros en su sitio.

Tensiones. Me pongo a la cola. Allí esta Kike. Al girarse para ver cuántos más esperan, me ve "¡Sydneyyy!" El abrazo más fuerte de mi vida. "Me dijeron que te habías ido de alta" "Sí, porque cantabas fatal" "Pijaza. No te la sabías. Admítelo" "Fracasao. Ni una nota dabas" "Ya. Pero te he ecado mucho de menos. Otro abrazo porfa"

De nuevo interminable charla a dos en la mesita redonda. Después, contemplar el atardecer. Que no es la ventana de mi cuarto, pero las vistas no desmerecen. Y estoy en buena compañía.

Hora de cenar. Los chicos están un poco callados. Hay garbanzos y Antonio no ha hecho ni un tonto amago de inventar una historia. Y en su bandeja hay un tofu de apariencia sospechosa al que Kike no ha hecho mención alguna. No sé qué es lo que ocurre, pero no quiero secretos. Ya no. "Bueno, ¿quién de los dos me va a contar lo que pasa?" Los dos guardan silencio. Yo hago lo propio. Y finalmente "Antonio, o se lo cuentas tú o lo hago yo" "Sí sí, si a eso iba. Sydney, verás. He hablado con la psiquiatra hoy. Me dan el alta en tres días. Me voy, niña. Me voy."



Ya en la cama. Una vieja melodía no cesa de irrumpir en mi cabeza:

... las risas que nos echábamos antes todos juntos / Ya no queda casi nadie de los de antes / y los que hay / han cambiado / han cambiado ...





Día 29: Querida Sydney


Amanezco. Otro día más. En mi habitación. Es curioso, nunca pensé que algún día día terminaría refiriéndome a la 419 como "mi habitación". Las primeras semanas de ingreso, cuando recibía visitas de mis padres en el comedor y prefería un poco de intimidad, les sugería ¿Por qué no nos vamos con el chuchú a la 419? Y ahora ya no era la 419. No recuerdo cuándo había dejado de serlo. Pero de un día a otro pasé de la tristeza al enfado, y del enfado a la resignación. Y ese fue el día en el que la 419 se convierió en "mi habitación".

Al cabo de un buen rato y de muchas voces en el pasillo, Ali entra por la puerta. "Syd, cuánto lo siento, preciosa. Me dolió mucho esta mañana cuando me enteré. Ayer mientras iba guardando tus cosas en la bolsa lo hice cantando, estaba contenta, muy contenta, porque sabía que tú también lo estabas. Qué rabia lo del error. ¿Qué tal estás? ¿Qué tal tus pies?" "Bien y bien" Mentí. Dos veces. Se veía que estaba realmente preocupada por mí y no era el lugar ni el momento para darle la barrila. Intenté cambiar de tema. "Oye Ali, una cosa" "Dime, cariño" "¿Fuiste tú quien recogió todo lo que había en mi cuarto, ¿no?" "Sí, así es. Y todo lo que había en taquilla también. ¿Por qué lo preguntas? ¿Te falta algo? Intento prestar atención cuando lo hago, pero soy un poco desastre... Si lo dices por la bolsa de aseo, ahora mismo te la traigo" La bolsa de aseo debía estar siempre en Control, excepto en el momento en el que nos duchábamos. Era el protocolo. "No, no es eso, Ali. Lo que busco es un sobre blanco, un poco más grande de lo normal. Está cerrado y en la cara de delante pone Sydn..." Antes de que pudiera terminar de hablar, Alicia estaba en una de las esquinas del cuarto donde yo apilaba los libros que me traían mis padres durante las visitas. Abrió por la mitad un comic llamado Baron Rojo. Y ahí, blanco y reluciente, estaba mi sobre. "Aquí tienes" Lo dejó en mi mano. "Muchas gracias mi Ali. Eres un sol"

Desayuno en la mesita. Hoy hacía mucho frío, llevo doble chaqueta de pijama y una sábana sobre las piernas. Ni siquiera reparan en ello. Los tres estamos tristes, pero no podemos permitirnos demostrarlo. Solo nos quedan un par de días juntos en este infierno, y tenemos que aprovecharlos al máximo. Yo, por mi parte, he aprendido bien la lección y no quiero volver a arriesgarme, así que esta vez me he llevado un libro. "¿Retomas la novela? ¿No decías que había muerto el príncipe azul y que tu vida no tenía sentido?" Kike hizo una fatal imitación de alguna damisela en apuros desmayada. "Tonto, que eres mu tonto. No, no la retomo. Ni siquiera se trata del mismo libro. Y sí, el protagonista murió, pero no se trataba de ningún príncipe. Eso te lo has sacado de la manga" "Por lo menos la utilizo para algo más que para limpiarme la boca después de desayunar, no como otras" "No sé a lo que te refieres, aquí está mi servilleta. Calla y apunta." Les pasé el libro y un bolígrafo, y les pedí que por favor me anotaran en la contraportada sus datos de contacto. Nombre, mail y teléfono. De haberme marchado el día anterior no habría vuelto a saber nunca más de ellos. Sentí un escalofrío con tan solo imaginarlo. Antonio dudó. "Me da apuro manchar un libro, Syd" "Ni te preocupes" respondí, haciendo con la mano un claro gesto de 'tú dale'. Escribió durante unos minutos y después le pasó el libro a Kike. Este hizo lo propio. Pero en lugar de devolvérmelo, lo cerró y miró la portada. "¡Walaaa! ¡Quéee guapo!" Se lo enseño a Antonio, quien leyó el título en voz alta "Yo fui a EGB. Coño, pues tiene buena pinta. ¿Te importa que le echemos un vistazo, Syd? Yo no fui, pero mis hijos sí." "Claro, todo vuestro". Acercaron un poco las sillas para estar más juntos y comenzaron a pasar las páginas. Estaba plagado de fotos, Antonio no dejaba de señalarlas con el dedo mientras Kike se reía en voz alta. ¿Os he dicho ya que me encantaba su risa? Era muy contagiosa y ponía de buen humor a todo aquel que la eschuchaba. Tras un rato contemplándoles, la Sydney pre-Antonio se apoderó de mi cuerpo y decidí investigar lo que estaba ocurriendo en las mesas largas.

En la mesa de enfrente, estaban sentadas, como siempre, las chicas del Club. A su lado solía ponerse Javi, pero como ya estaba de alta, quien ocupaba su lugar era Nati. La verdad es que me pareció estupendo. Nati era una chica con un espíritu que ya me gustaría a mí, irradiaba felicidad, buen rollo, energía y optimismo. El Club necesitaba de eso de la misma manera que un jardín de flores mustio necesita ser regado. Bravo, Nati. Ójala lo consigas, pensé. A la vera de Nati estaba Sonia, escuchando su amena conversación. Sonreía. Y de nuevo, no pude estar más contenta. Esta chica ha venido a traer felicidad, y sino, tiempo al tiempo. Qué grande eres, Nati. Y aquí la talla no tiene nada que ver.

La mesa que tengo detrás apenas la puedo mirar sin resultar demasiado evidente. Pero sí que la escucho. Es Gabriela. "... 150 trankimazines. Viva de milagro. Y por eso estoy aquí" Se escucha un "ohhh" de asombro general. Gabriela continúa. "Pero bueno, es casi una costumbre en mí. Llevo ya 31 intentos de suicido. 31. ¿Os lo podéis creer? Es muy fuerte, ¿eh?" Otro "ohhh" del público. "También tengo anorexia y bulimia. No me gusta comer. Y todo lo que como, lo vomito" "¿Igual que las modelos?" "Justo, Makelele. Exactamente igual que las modelos". Bien ahí Gabi mitificando los trastornos de la conducta alimentaria y dándoles un toque de glamour. Claro que sí, hombre. Las anoréxicas somos como bellas ninfas de pelo largo y rubio que desfilan descalzas sobre una pasalera. A veces, si el paisaje es suficientemente bucólico, caminamos desnudas por el bosque, tan solo cubiertas por nuestras larguísimas trenzas y una hoja de parra. Ah, y como somos tan etéreas ni siquiera dejamos huellas en la nieve. Así es exactamente como somos. Las bulímicas igual, solo que a veces vomitan. Pero vamos, muy poco. En todo lo demás son calcadas. Altas, delgadas, rubias, delicadas y de larguísima melena y vaporosos vestidos. Su cuerpo huele a rosas, su boca a fruta de la pasión, sus manos a fresas silvestres. Labios rojos que contrastan con una perfecta dentadura blanca.

A mí alguien me había engañado. Porque mi experiencia era totalmente opuesta. Frío, frío constante. Un frío que no se iba, y que te hacía parecer una homeless ya que ibas acumulando capa tras capa de ropa incluso en verando. Pelo por todas partes. Incluso en la espalda. En un vano intento por protegerse de ese frío, tu cuerpo genera un fino vello de los pies a la cabeza. Es lo que se conoce como "lanugo". Larga melena, eso sí. Pero pobre, muy pobre. El cabello comienza a caerse y si bien es cierto que siempre lo he mantenido largo, en las malas rachas había más pelo en el cepillo que en mi trenza. Tiritonas sin venir a cuento, dolor de cabeza, desmayos, sudores. Labios morados y cara de enferma. Eso en los brotes de anorexia. Y no recuerdo ninguna llamada para desfilar en Cibeles. Debieron de perder mi número, supongo.

Con la bulimia, que mantuve durante 16 años (hasta mi ingreso en Quirón), el tema era incluso peor. No vomitaba un día al mes después de cada desfile, no. Vomitaba todos los putos días, cinco veces. Fuese donde fuese. En mi casa. En casa de mi abuela. En el bar de abajo. En los aeropuertos. En el avión. En hoteles de cinco estrellas. En hosteles de mala muerte. En resorts de lujo, y en cunetas de carretera. En los baños de una boda, y si en estos había cola, en el campo que había detrás de la finca donde esta se celebraba. Me he dado atracones de espaguetis pasados, en su punto, y semicrudos. De pizza que había tirado a la basura. De comida de perro. De jamón ibérico. De cosas que acababa de vomitar y que aún estaban calientes. De todo lo que os podáis imaginar. He vomitado aún sabido que no podría lavarme las manos hasta bastante tiempo después, y que iría dejando peste a pota todo el día. Y aún así, lo he hecho. Ha sido siempre superior a mí. Algo que no puedo explicar con palabras. Algo mucho más fuerte que las drogas. He ido al trabajo con los nudillos sangrando del roce con los dientes y me han llamado la atención. Me tocó revisión con un dentista nuevo. Conservo todas las piezas. Pero a la primera consulta se dio cuenta de que era bulímica. Tengo el esmalte brutalmente desgastado e iré perdiendo los dientes a medida que vaya cumpliendo años. Y, repito, sigo esperando mi turno en Cibeles. Porque todo el mundo sabe que las anoréxicas y bulímicas somos así, como las modelos. O al menos Gabriela lo sabía. Y me consta que igual que ella piensa muchísima gente. Son enfermedades a las que la sociedad ha ido, por decirlo de alguna manera, mitificando, hasta llegar a un punto en el que se consideran "menos malas" que otros trastornos mentales. Eso por no decir directamente "no malas" e incluso "envidiables". Pues ahí queda mi testimonio sobre el tema, que no puede ser más claro.

OhLadyVazquez en el comedor. Da unas palmaditas al aire. "Chicos, reunión". Otras dos palmaditas. Ya te hemos oído, zorra. "Ya te hemos oído". Lo de zorra me lo guardo. Que a la vida hay que echarle cojones, pero de poder elegir, prefiero echárselos fuera.

Ya en nuestras posiciones. Estamos todos en círculo. Tengo a Kike al lado, y al otro a un señor muy mayor al que nunca había visto hasta hace unos segundos. Sigue haciendo mucho frío en la sala así que estoy hecha una bolita en la silla y cubierta hasta la nariz con la sábana. Ahora mismo soy mujer, con burka, y discapacitada. Los progres me sacaría de aquí y no se cansarían de pasearme por las calles, fotito aquí y fotito allá. Pena de no estar en campaña, pienso.

Vazquez abre la sesión con el ya consabido discurso e indica que hay dos pacientes nuevos y uno que se va de alta. Miro a los tres porque sé de quiénes se trata y me recuesto un poco, esperando a que comience el espectáculo.

Gabriela es la primera. Se presenta. "Me llamo Gabriela, tengo 21 años y soy anoréxica y bulímica y adoptada" Vaya, lo de la adopción no lo sabía. Tampoco entiendo a qué viene mencionarlo, pero en fin. "Estoy aquí por un intento de suicidio". Prosigue contando lo de los tranquimazines, no escucho ningún "ohhh" ni nadie que se inmute. Doy por hecho que ya se ha encargado de poner a toda la 4 al día. Posteriormente mis compis me confirmarán que efectivamente, así fue. A Kike y Antonio les contó lo mismo que a mí ayer, mientras yo estaba en La Paz. Sigo escuchando "esta es mi segunda casa, ya llevo 31 intentos de suicido". Vazquez le pregunta que a aué cree que pueden deberse tantos intentos autolíticos. Ela responde que no sabe, pero que entre otras muchas cosas se siente inútil. "¿Has estudiado algo? ¿Tienes trabajo?" "Hice un módulo de maquillaje pero no me salió nada. ¿Quién me va a querer contratar con esto?" Se remanga, se pone de pie, y empieza a hacer un paseillo para que todos, uno por uno, podamos contemplar las cicatrices de cortes en sus brazos. "Pues utiliza manga larga", pienso. Además, en cualquier caso, dan más reparo los tatuajes. Pero en fin. Vazquez prosigue, inquisitiva. "¿Tienes amigas?" Gabriela parece algo avergonzada "No, no las tengo. Conozco gente en los ingresos, pero luego el contacto se pierde. Siempre pasa". Miro a Antonio y a Kike. Este me está mirando. "A nosotros no nos pasará, ya lo verás, digo con la mirada". Más preguntas de Vazquez "Aquí leo que hubo un incidente un poco antes del ingreso que pudo desencadenar el episodo autolítico. ¿Crees que podrías compartirlo con nosotros? Si no te ves capaz, no pasa nada." Gabriela hizo un esfuerzo por recordar. "¿Lo del juicio? Sí, es lo del juicio. Tuve un juicio. Unos meses atrás le pegué una patada a un sanitario que me atendió en un mal pedo de cristal. Yo no lo recuerdo, iba muy puesta. Salí absuelta." "¿Toda esa presión te influyó de alguna manera?" Contestó sincera "No, no lo hizo" "Bueno Gabriela, pues bienvenida de nuevo a la planta 4. Espero que tu estancia se lo más cómoda posible."

Le tocaba hablar al señor de mi derecha. Llevaba un buen rato llorando como un descosido y apenas podía articular palabra. Ni siquiera podía pronunciar su nombre. Yo me moría de la pena. "Don Arturo, no se preocupe, no pasa nada. Don Arturo, ¿quiere que sea yo quien cuente por qué está aquí? Así los compañeros pueden conocerle un poco mejor y darle algún buen consejo. ¿Qué le parece?" Arturo sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta, se sonó la nariz con él, y después asintió con la cabeza.
Vazquez nos contó la historia. Don Arturo vivía en Madrid, tenía 78 años y llevaba casado desde los 21. Toda una vida. Las cosas iban bien hasta que hará unos 3 años, Concha, su mujer, le pidió el divorcio. La razón era simple, ya no estaba enamorada. Ella hizo las maletas, recogió todo y se fue a casa de una de sus hijas. Y ahí se quedó Don Arturo, solo, absolutamente solo, en una casa que ahora se le hacía grande, inmensa más bien, desierta y fría. Y en la que cada cosa que veía le recordaba a Concha y a esa vida juntos que ya nunca recuperaría. Además, ella había sido siempre quien se encargó de las tareas del hogar. Y ahí se dio cuenta de que a pesar de ser brillante como Ingeniero de Montes, era nefasto llevando una casa. No sabía no freir un huevo, literal. Una de sus hijas tuvo que dejar a su marido y su bebé en casa e irse a vivir con él un mes para enseñarle tareas básicas de cocina y limpieza. Pero después de ese mes, Don Arturo volvió a quedarse solo. Es entonces cuando cayó en una profunda depresión. Y así estuvo sin salir de casa, recluído, llorando y bebiendo. Dos de las hijas ignoraron su dolor ya que estuvieron en todo momento de parte de su madre. Solo una se preocupaba por él. Fue esa hija la que le trajo al hospital, y la que había hecho que ahora él fuera un miembro más. Y para demostrarle que lo iba a ser, le dimos todos un fuerte aplauso. Este sí que era merecido, no como el que recibió Julio. Y creo que sirvió para algo, porque al menos Don Artuo sonrió.

El paciente que se iba ya sabéis quien es. Y si bien la entrada de Antonio había sido apoteósica, la despedida no lo fue tanto. Se limitó a dar las gracias a todos y a hacer una última alegación sobre el tema de su no-diabetes, solicitando a Vazquez que sus dos últimos días se le proporcionara comida normal. Como era de esperar, propuesta denegada. Reunión disuelta y todos de vuelta al comedor.

La comida fue bien, muy bien. Recuerdo que engullimos bastante rápido (en realidad lo hicieron los chicos, yo a esa hora procuro comer lo mínimo porque si no me da reflujo en la siesta, tengo el sistema digestivo jodido después de tantos años jugando con él) para poder seguir leyendo el libro. Los internos se unían a la lectura según iban terminando. Me sorprendió ver a Gabriela y a Pablo haciéndose arrumacos con besitos incluídos, cuando se conocían de apenas dos días. Pero tampoco me incumbía.

Siesta, tensiones, visitas.

Antonio bajó a la churrería a por su media docena diaria. Compensación de compotas, le llaman. Kike y yo nos quedamos en la mesita, pegados al libro. Apenas pudimos hablar de nuestras cosas porque teníamos a cinco más a nuestro alrededor, auxiliares incluídos. Todos querían rememorar el colegio y la época de EGB. A ellos les cogió de lleno, yo apenas pillé un par de años. Les vi tan entretenidos que dije "este es el momento". Discrétamente me retiré y fui hasta la habitación. Encima de la cama me esperaba el sobre. Lo abrí. Había dos cartas. Una blanca de dos páginas. Otra amarilla de una. La amarilla estaba delante y me llamó más la atención, así que fue la primera que saqué:

"Querida Sydney.

Seguramente ahora te estés preguntando cómo ha llegado esta carta hasta tus manos. Un pajarito me ha contado que no te diriges la palabra con la persona que te la ha entregado (cosa que creo deberíais arreglar, pero confío en ti y sé que llegará ese momento), así que ya te lo cuento yo para que no tengas que darle vueltas a la cabeza. Porque nos conocemos, y sé que lo harás, y ya tendrás suficientes problemas ahí dentro como para encima añadirte uno más (por tonto que sea).
Leí tu mensaje de FB. En ese momento estaba trabajando, así que no pude hacerlo hasta que no estaba en casa, y para cuando contesté supongo que ya era tarde, porque no me dio notificación de lectura por tu parte. Esperé un par de días, andaba desesperado, no sabía que hacer.
Decidí contactar con alguien de tu círculo. Le mandé un mensaje también por FB a Pati, supuse que seguiría siendo tu mejor amiga. Me contestó muy rápido. Hablamos de lo que había pasado. Le dije que necesitaba ir a visitarte. Me dijo que no era posible. Me dio el número de tu hermana, por si hubiera algo que ella pudiera hacer.
Recordaba a Laura del colegio. Era un ser diminuto. Parecía mentira que ahora tuviera móvil y todo. Me daba muchísima vergüenza llamarla! Pero me armé de valor y lo hice. Estaba muy afectada, Syd. Tu hermana lo está pasando muy mal. Me dijo que habíais discutido por el centro al que querían enviarte. Si es por tu bien, creo que deberías aceptar. Pero supongo que depende de ti. Yo solo puedo decirte que tu hermana te quiere, te adora. Ha aceptado quedar conmigo, sin conocerme, solo para entregarte esta carta. Dime tú si eso no es amor.
Estoy muy nervioso, salgo de casa en cinco minutos. Deséame suerte. Espero no quedar muy mal ante Laura!

Un beso muy grande,

Ferre.

PD: Siento la letra, iba con prisa
PD2: Esta es una carta explicativa que acabo de escribir. La carta de verdad es la otra, de hace 9 días
PD3: Espero no tener faltas de ortografía que sé que te ponen de los nerbios
PD4: Lo de nerbios era solo para molestar. Espero que hayas leído esta PD4 a riempo y que no te hayan tenido que dar ninguna pastilla ni nada"

Podría haber venido sin firmar, daba lo mismo. Habría reconocido esa letruja a kilómetros. Ferre, mi compañero de pupitre del colegio. El día que salí por primera vez a La Paz le había mandado un mensaje. Y es ahora cuando llegaba la respuesta. Como era de esperar, me abalancé sobre la carta blanca.

No la transcribiré, porque era muy extensa. Pero es de lo más valioso que he recibido en mi vida. Empezaba algo sentimental, pero en seguida pasaba a enumerar anécdotas y más anécdotas divertidísimas que ocurrieron durante los años en los que compartimos pupitre. Algunas las recordaba, otras no. Todas ellas me sacaron una carcajada. "Puto Ferre, qué crack eras. Y éramos". Me sequé una lágrima, no sé si de alegría o de nostalgia. Quizás de ambas. Volví a guardar ambas cartas en el sobre y lo dejé con cuidado sobre la almohada.

Me dirigí de nuevo hacia la mesita, pero mi sitio estaba ocupado y todo el espacio de alrededor invadido, la gente seguía disfrutanco con el libro. Vi a Don Arturo solo en una de las mesas largas, así que me acerqué a él, aún con la sábana y hecha bolita, y nos pusimos a conversar. Las circunstancias eran bien distintas, pero yo llevaba cuatro años intentando sobreponerme de una ruptura amorosa, y sentí que le entendía. Era un señor muy amable y se abrió bastante conmigo. Creo que a los dos nos sentó bien ese ratito de desahogo.

Después, hora de la cena. Antonio, Kike y yo. Lo de siempre, vamos. Todo normal hasta que aparece Gabriela, bandeja en mano. "Hola, chicos. Vengo a cenar con vosotros, que sois una mesa muy divertida". La miramos. Nos quedamos callados, con pinta de bobos. Nadie dice nada. Finalmente es Antonio el que habla. "Verás, Gabriela. Es que esta mesa es de tres" "Ya. ¿Y?" Increíble. No damos crédito. "Pues que ya somos tres" Bien ahí, ese es mi Antonio. "Ya, ya lo veo. Si ciega no soy, ¿eh? Pero es que yo lo que quiero es cenar con Sydney. ¿Y no te podrías pasar tú a la mesita larga, Antonio? Porfi. Por un día no pasa nada" La leche ¿Pero esta niña qué se ha creído? Viene a nuestra mesa y le pide a Antonio que se largue. Así, como si nada. Y nos quedan dos cenas con él. Dos putas cenas. Estamos a punto de perder una. Kike y yo le miramos. "Di que no, compi, di que no" gritamos mentalmente. Antonio se levanta, se ajusta el pantalón, coge su bandeja, y dice "Toda tuya". Se va a la mesa larga de El Club. Mal, compi. Muy mal.

Comemos en silencio, ya que es ella quien acapara la conversación. Nos habla de sus intento de suicidio. Como ve que no le seguimos el rollo, coge el tenedor y se dispone a comer. Hay pisto. Yo estoy debatiéndome entre comerlo o no, sumando me talmente las calorías. En esto salta Ginebra: "Ufff, ¿pisto? ¿seriously? Pues no me lo pienso comer. Porque soy anoréxica, y esto engorda una barbaridad. Tiene una cantidad de calorías impresionante. Vamos, me lo como y luego tengo que estar tres días en ahunas, que me conozco. Vosotros no sabéis lo que es eso. Pero vamos, esta patata no la pruebo ni muerta, ya os digo, ni muerta. Porque yo, la patata, ni lejos. Y mirad mi plato, por favor, se ve de lejos que chorrea aceite. Esto no me lo como. ¡No me lo como! Kike, ¿Tú te lo vas a comer? ¿Qué asco, no? Syd, ¿tú qué vas a hacer? Bueno, estás delgada, a ti de da igual. Pero vamos, que no lo pienso tocar. Y si me lo como, os juro que lo vomito. Porque las veces que como patata, yo es lo que hago. Y Sydney, te eecomiendo que lo pruebes, porque..." Ahí ya no aguanté más. Primero, porque no me gusta a la gente que se pone a criticar la comida que estamos tomando. Y más si estoy haciendo un gran esfuerzo al intentar tragaela sin protestar. Segundo, porque no soporto que se analice lo que YO como o dejo de comer, ni lo que tengo en mi plato. Tercero, porque odio las conversaciones y análisis calóricos de que que hay en el menú, aunque eso se podría incluir en el punto uno. Cuarto, no me gusta hablar de dietas. Y menos durante las comidas. Y quinto, porque Gabriela era una gilipollas, sin más. "Mira, Gabriela. A mí a veces me cuesta un poco comer, así que te pido por favor que no protestes tanto sobre lo que nos ponen en la cena. Si no te lo vas a tomar me parece muy boen y estás en tu derecho, pero no te quejes en voz alta porque me resulta incómodo" Ella se ofendió "Hija, qué carácter. No sabía que no se podía hablar de comida en la comida. Y de qué hablamos entonces, ¿eh?" Ni me molesté en contestar.



Ya en la cama. Miro el libro de la EGB. Pienso en todo lo que contiene. Amor, risas, esperanza, compañerismo, ilusión, nostalgia, consejos, humor, ternura y abrazos. Y recuerdos de un tiempo feliz. Todo eso, entre dos páginas: la 23 y la 25. Porque es ahí, entre esas páginas, donde he guardado las cartas.

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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:36

Día 30: Piernas


"Ay, ¿por qué hace tanto frío?" Esta era mi gran duda existencial cada día al llegar a la oficina. Allí se reían de mí, y ya nadie me tomaba en serio. Me imitaban, se colocaban un abrigo y dos bufandas y comenzaban a teclear. No me hacía ninguna gracia, pero ya me había acostumbrado. Pensé que Ali se reiría de mí, pero tuve que decirlo. Su respuesta me sorprendió "Pues no sé, cariño, pero yo también estoy helada. Después de la ducha te traigo otra chaqueta de pijama, y sabanita para que te cubras. Si te vas a costipar, que no sea por mí" "Gracias Ali" Vi que me miraba, vergonzosa. "Una cosa, Syd" "Dime" "El otro día, mientras colocaba todo para el alta..." "Altus interruptus, sí" Ali sonrió "Eso mismo. Pues, entre tus libros, había uno que me llamó la atención" Supuse que era el de la EGB y me acerqué a él para ofrecérselo "No, ese no es". Era otro, de Dulce Chacón" Vale, ya sabía a cual se refería. "La voz dormida". Me lo había traído mi madre en una de las visitas. Le encantaba esa escritora por ser ambas extremeñas. En su día le eché un vistazo, pero el tema no me atrajo. Mujeres en la guerra civil. No era mi estilo. Recuerdo haberlo colocado en la esquina y allí quedo olvidado. "¿Te gusta el libro, Ali? Te lo presto sin problema, llévarelo a casa y me lo traes cuando lo termines" Ali se azoró "No, no estamos autorizadas a hacer eso. Lo que te iba a pedir es si era posible que me lo prestaras para tenerlo aquí. Mañana empiezo en turno de noche y pasarían las horas volando" Ay. No me lo podía creer. Mi Ali en tueno de noche. Se acabaron los despertares agradables y las conversaciones en la mañana. Alguien más que se me iba. La 4 cada vez más fría. Y yo cada día más sola. Hice un esfuerzo por no llorar. "Claro. Todo tuyo"

Desayuno. Voy armada con la segunda parte del libro de la EGB, y, como doy por hecho que me iban a dejar aislada, mi libro de crucigramas. Me ven llegar arropada con la mantita. "Hooombre. Buenos días, Clarita" parece que Kike ha amanecido graciosito "Antonio, ¿desde cuándo admitimos mendigos en nuestra mesa?" "No te preocupes. Es lo primero de lo que me quejaré en el cuestionario, niña" Como siempre, naranjas, compota y pan. Al terminar tiro de manga instintivamente, para cuando me doy cuenta ya es tarde. Kike me señala con el dedo "¿Ves? ¿Ves? Siempre lo haces. ¡Siempre! Eso en mi pueblo se llama cochina. Cochina de manual" Hago un rolleyes. "Ay, Kike, me aburres. Si soy tan cochina lárgate a otra mesa y punto, vete con el Club que te esperan con los brazos abiertos y son todo alegrías" Kike me lanzó una servilleta hecha bolita "Si me voy te mueres de la pena, Clarita. Y sabes que tengo razón". Y tanto que la tenía.

Llevamos las bandejas. Les entrego el libro y me pongo con los crucigramas, y no han psado ni dos minutos cuando alguien se acerca a nuestra mesa. "Hola. ¿Qué hacéis?". Es Gabriela. "Pues los chicos leen un libro y yo estoy con pasatiempos". "Ah, !fenomenal! Yo también tengo pasatiempos. Podemos hacerlos juntas" O también puedes volver a tu mesa y seguir calentando al personal, pienso. Porque al entrar en el comedor ella estaba sentada sobre Makelele botándole encima a modo de baile. Gabriela, a pesar de sentirse un extraterrestre como bien indica su tatuaje, no posee el don de la telepatía, por lo que no le llegan mis palabras. Coge una silla, le pide a Antonio que aparte un poco la suya, y se sienta a mi lado. Tiene un libreo como el mío, solo que en lugar de autodefinidos contiene sopas de letras. Permanecemos en silencio, cada una concentrada en lo suyo, hasta que de peonto guarda su cuaderno y exclama: "Me aburro. Prefiero que hagamos juntas los tuyos" Con resignación, coloco las páginas entre ambas, y nos ponemos a resolver. Gran error. Se dedica a decir palabras sin ton ni son y a escribirlas sin nisiquiera comprobar antes que el número de letras coincide con los cuadrados en blanco disponible. El autodefinido se convierte en un damero de letras, rectificaciones, tachones y garabatos. Tengo ganas de arrancar la hoja.

Por suerte, antes de que se cometa algún homicidio, alguien entra en la Sala. Es Sara. Nos anuncia que hoy toca Terapia de Escritura. Se acerca a la pizarra y pide que hagamos equipos de dos personas. En la mesa estamos cuatro, nos miramos entre todos. No sabemos cómo hacerlo. Finalmente es Gabriela la que habla "Bueno, pues Antonio con Sydney, y yo contigo, Kike" Se lo hace saber a Sara, que lo anota en el tablero. Pero en ese momento, Gabi vuelve al ataque. "¡Sara, Sara, espera! Que he pensado que igual Sydney prefiere estar con Kike." Sara me pregunta si es cierto, si prefiero estar con Mike. Me mira. Gabriela me mira, Antonio me mira, y Kike me mira. Yo no comprendo nada. No entiendo por qué Gabi ha hecho esos equipos y a cuento de qué esa propuesta de cambio ahora, dejándome en evidencia. "No, estoy bien así", contesto sonriendo. "Bien" dice Sara. Kike y Gabriela van a una de las mesas largas, y escucho como ella dice "Qué mala suerte que nos haya tocado juntos tío, si nos llevamos fatal". No puedo dar crédito. Primero, no os ha tocado juntos, tú has hecho los equipos. Y segundo, no os lleváis mal. Se llevan bien. O por lo menos, Gabi quiere llevarse bien. Siempre le busca. Todas las noches echamos la partida de mus, que nos mantiene entretenidos durante dos horas. Mientras lo hacemos, Gabi se va a los sofás naranjas a tontear con Pablo, Makelele, o cualquiera que se ponga por delante. Si ve que no funciona, viene a la mesita redonda, coge una silla, se coloca al lado de Kike, y comienza a darle pequeños puñetacitos en el hombro para conseguir su atención. Todo esto con "jijijis", besos al aire y pestañeos varios. Cuando se aburre hace lo propio con Markus, pero este muestra aún más desinterés que Kike. Así que se da por vencida y vuelve a los sofás. Es un patrón de comportamiento que repite cada noche.

Antonio y yo seguimos en la mesita. Sara anuncia que la temática de hoy será "Narra una historia que recuerdes sobre tus vacaciones". Me muero de la pereza. No tengo ganas de pensar y tampoco me gusta escribir. Por suerte, Antonio me dice que tiene una anécdota fantástica y que si me importa que sea él quien la escriba. No puedo tener más suerte, pienso. "Dale, compi"

Mesa larga. Kike y Gabriela enfrentados ante el papel blanco. En ese momento se abre la puerta del comedor y entra Sabrina, su paiquiatra asignada "Disculpen. ¿Podría shevarme a Kike?" Gabriela se queda sola. Jaque mate, trankimaza.


Terapia de gimnasia. Don Arturo se ofrece a llevarme hasta la otra sala. Siempre me manejo sola, pero se ve que le hace ilusión y lo acepto de buen grado. Sigo hecha bolita y con razón ya que ahí hace aún más frío. Sara y Nati aparecen con una red repleta de balones, nos colocan por parejas. Don Arturo y yo nos situamos. El primer ejercicio consiste en pasarse la pelota el uno al otro y así hacemos, hasta que en un mal pase no alcalzo con las manos e instintivamente saco el pie por debajo de la sábana.

"¡TIENES PIERNA! ¡Sydney tiene pierna!" La clase se detiene. La 4 se detiene. El mundo se detiene. Y me miran. Todos me miran. "Ehh... Sí. La tengo. Dos, de hecho" Retiro la sábana y las estiro. Don Arturo se pone de pie, primero mira al cielo, después se arodilla, y finalmente me abraza. "Pensé que no las tenías. Creía que... bueno, ya sabes. Es un milagro. Una especie de milagro. Soy feliz. Me acabas de hacer feliz, Sydney Bristow" Estaba llorando. Miré alrededor, los internos nos miraban, balón en mano. Sara no sabía como actuar. Dejó pasar un minuto y rompió el silencio "bueno, ¿vamos con el siguiente ejercicio?

Comida. Risas, insultos de medio pelo, contrabando de pan, y servilletas volando. Nosotros siendo nosotros.

Siesta, tensiones, visitas.

Antonio ha bajado de nuevo a saquear la churrería. Kike está en una silla cerca de la ventana, libro en mano. Le escucho reir solo y me sabe mal molestarle. En una de las mesas largas veo a Nati. Tiene un Semana de hace meses, lo que es todo un sinsentido. Me acerco a ella. "¿Qué tal vas, Nati? Estuvo fenomenal la clase" "¿Me lo dices de verdad? Me alegra saber que te gustara, preciosa. ¿Cómo te encuentras?" "Bien, más al saber que tengo piernas" Nati soltó una carcajada "Pobre Don Arturo. Se siente muy solo, ¿verdad?" "Mucho. Pero creo que aquí podemos animarle entre todos" Sonrió "Seguro que sí. Pase lo que pase, hay que ponerle una sonrisa a la vida. Se puede salir de todo. Claro que se puede" Estaba mirando al infinito. Sentí que ya no hablaba conmigo. Lo estaba haciendo con ella misma. "Oye Nati, no te vi en el Círculo" Me miró extrañada "¿Dónde?" "Es una reunión con la psiquiatra en la que los nuevos se presentan y cuentan por qué estan aquí. Fue ayer por la mañana" "Ahh. Sí, cariño. No pude ir. Tenía endocrino. He entrado aquí para ponerle remedio a rodo, y esto -se agarró un michelín- forma parte de ese todo-. Pero la próxima reunión no me la pierdo" Yo me moría de curiosidad. Nati era una chica estupenda, divertida, aparentemente feliz. Tiraba de el Club como nunca nadie lo había hecho. Marcaba un antes y un después en la 4. No sabía por qué estaba aquí. Y no aguantaba más. Iba a ser directa "¿Por qué estás aquí?". Nos miramos. Nos echamos a reir. Lo habíamos preguntado las dos a la vez. Misma entonación, idénticas palabras. Al unísono. Increíble.

Me contó su historia. Tenía 36 años. Siempre había sido una mujer feliz, a pesar de la talla. Eso no le importaba. Vivía con sus padres, era madre soltera de un hijo de 15 años y estaba sarisfecha con su vida. Hasta que, repentinamente, hará unos 3 meses, si madre falleció. El mundo se le desmoronó encima. Estuvo 90 días sin apenas salir de la cama, atracándose de comida y llorando de comer. Llegado un momento se vio a si misma y decidió decir "basta". Fue entonces cuando se presentó en el hospital y solicitó el ingreso voluntario. La miré. Me parecía increíble que aún sufriendo una depresión fuera capaz de sacar la mejor parte de sí misma y ofrecérsela a los demás cada día. Eso era lo maravilloso de su historia. No podía dejar de mirarla, hasta que intereumpió mis pensamientos "bueno, ¿y tú qué?"

Entonces conté mi historia. Problemas con la comida, drogas, David, depresión, puente, 419. Nati no se lo podía creer. "Tienes que estar de coña. Una tía como tú, alegre, divertida, siempre dispuesta a echar una mano y a hacer reir... ¿con esa historia detrás? No te creo" Y me resultó curioso. Porque fue exactamente lo que yo pensaba de ella. Nati continuó. "Tía, tú no estás hecha para terminar con todo en un puente. No estás hecha para caer. Ni para sobrevivir. Estás hecha para vivir, coño. Para disfrutar cada segundo. Para sacar el culo de esa silla y salir a comerte el mundo. Así que haznos un favor, a mí, al resto del mundo, y a ti misma. Salva esos pies. Arregla esa cabeza. Y una vez hecho, vive"

Hora de cenar. Los tres sentados en la mesa. Sabemos que es nuestra última cena, pero el ambiente no es triste. Justo antes de sentarnos hemos hecho en discreto pacto de no permitir que nadie nos interrumpa esta noche. Hay que ser precavido.

Llegan las bandejas, las abrimos. Antonio tiene mierdas de diabético que ya no siquiera nos sorprenden. Kike y yo, acelgas de primero. El segundo es un misterio, ya que una tapa lo cubre. Mi compi empieza a elaborar una historia pero le digo que no hace falta, las acelgas me gustan y me las como de mil amores. Charlamos sobre la vida y lo que nos esperará fuera. Abro el segundo plato, enseñándoselo a ellos antes de verlo yo. Sus caras me lo dicen todo. Kike exclama "¡No me jodas! ¡Que yo tengo lo mismo!" E inmediatamente abre su plato, presa del pánico. Antonio se cubre los ojos. Miro lo que el destino y cocina me han enviado. No me lo pueso creer. Es una especie de pechiga de pollo. Creo. Muy gruesa. Los bordes son irregulares. Está repleta de nervios y presenta partes moradas y manchas verdes. Contengo las arcadas. Miro a Antonio, desafiante. "Bueno, recuerda. Tienes que contarme una historia que supere esto. Empieza." Mi compi se aclara la voz, y comienza: "Syd, como ya sabes llevo muchos años dedicándome a la hostelería, y he visto de todo" "Sí" "Vale. Pues la historia de esta noche es absolutamente real" Me reí. "Bueno Antonio, pero hasta hoy todas lo han sido, ¿no?" Se sintió descubierto "Ehh... Sí, sí. Pero esta más aún" "De acuerdo" "Hace muchos años monté un pequeño restaurante. Tenía un proveedor de pollo que era bastante caro, pero las piezas eran siempre excelentes" "Sí" "Bien. Pues un día, apareció en la puerta otro proveedor. Me dijo que tenía en el camión unas piezas, me las ofreció a un precio irrisorio. Parecía el negocio del siglo. Entonces me comentó que los pollos habían sufrido un pequeño percance. Resulta que durante el transporte, la puerta trasera se había abierto, las jaulas habían caído, y los animales habían sido atropellados. Pollo ateopellado Syd. Este tipo me estaba vendiendo pollo atropellado" "Qué puto ascazo, macho", peotestó Kike. Yo andaba jodida, la historia era buena, y me iba a tocar comerme la mierda que tenía en el plato. "¿Y qué hiciste? Prefunté "Pues, ya por simple morbo, le pedí que me enseñara lo que traía. Y lo hizo. Abrió el camión frigorífico y no sabes lo que allí había. Carne de todos los colores, con moratones, golpes, sangre, asfalto... en fin, indescriptible." Fui preparando el cuchillo y el tenedor. "Buena historia Antonio. Doy por hecho que he perdido" "Syd, no. Lo que te quiero decir, es que todos esos pollos muertos, golpeados y atropellados, tenían mejor pinta que lo que tienes ahora mismo en tu plato. Mi historia es real, pero ha perdido. Aparta el plato. No te lo comas"



Entro al cuatro. Antes de pasar a la cama, contemplo mis piernas. Porque las tengo, claro que las tengo. Y brazos. Y manos. Y cabeza y corazón. Y ánimo para seguir adelante, y fuerza para hacerlo. Y un futuro que me espera. Y muchas ganas de vivir.




Día 31: 30/1992


Me ducho ante la mirada de una persona a la que no conozco. Lo que siento no es vergüenza, es simplemente soledad. Soledad porque no he podido disfrutar de mi conversación matutina con Ali, y posiblemente no lo vuelva a hacer, ya que ha cambiado de turno. Soledad porque llevo días sin recibir visitas. Soledad porque aunque mi cabeza trate de negarlo, probalemente no habrá más risas con mis compañeros de oficina. Y sobretodo soledad porque hoy es el día en que se me marcha Antonio. Mi compi, mi consejero. Mi mejor amigo en este centro de aislamiento al que llaman planta 4.

Desayuno. De nuevo compota, naranjas y pan. Esta vez Kike también le cede el suyo. A cambio nuestro amigo saliente nos ofrece un poco de papilla y con todo el asco del mundo aceptamos probarla. A modo de brindis final. A modo de pacto de sangre -en este caso, de manzana- entre tres compañeros a los que el destino unió en esta experiencia vital. "Por que no nos separemos". Los tres nos miramos. Ojalá sea cierto, pienso. Ojalá esto no quede en un mero pacto en una mesita redonda. Porque el tiempo pasará, nosotros saldremos, y estas sillas y esta mesita será ocupada por otras personas, cada uno con sus propios traumas, locuras y diagnósticos. Cada uno con su historia. Pero no será la nuestra. No será tan real como yo la he sentido, ni tan vívida como la recuerdo, ni tan marcada en el corazón de casa uno de nosotros tres.

Retiramos las bandejas y escuchamos los planes que Antonio tiene en mente para esta misma semana. Quiere volver a casa. Ponerse una copa, seleccionar alguno de sus casi mil vinilos, tumbarse en el sofá y acariciar a sus gatos. Sentir que por fin está en su hogar. Después de unos días, planea volver al restaurante a ayudar a su mujer, y poco a poco rehacer su vida. Como si nada hubiera pasado. En eso estamos de acuerdo, mi idea tras el alta es prácticamente la misma. Fingir que nada ha pasado.

Sara entra en la sala. "Hora de terapia, chicos". No me apetece nada. Realmente nunca tengo ganas de terapia, personalmente no siento que me aporten algo. Son meros entretenimientos para mantenernos controlados. No deberían ni llamarse así. Esa es otra de las muchas cosas que no comprendo de la planta 4, el por qué no hay terapias "de verdad". Por no tener, no tenemos ni psicólogos. En mi caso cuento con Alicia, que ejerce como tal. Pero no los hay. Y para colmo, en el cuestionario te piden que valores el trabajo de ellos. De los psicólogos. A veces siento que todo esto forma parte de algún show y que tras las cámaras simplemente hay público que aplaude y se carcajea.

"¿De qué terapia se trata?" Raul pregunta mientras apaga la TV. Yo rezo porque no sea escritura ni renos. "Terapia de ocio", contesta Sara. Me suena a paseo por un parque o algo parecido, y doy por hecho que estaré excluída por ir en silla de ruedas. No sé si me molesta o me alegra. Es noviembre y hace mucho frío fuera. "Consiste en hacer cualquier actividad que os apetezca dentro de esta sala. Lo que queráis. Puede ser lectura en solitario, alguna manualidad, colorear mandalas, charlar entre vosotros, ver la TV. En definitiva, tiempo libre". Blanco y en botella. A Sara no le apetecía hacer terapia, no hay más. Pues oye, ni tan mal. Antes de que pudiera abrir la boca, Antonio ya tenía la baraja preparada. "Pues un musete de despedida, ¿qué os parece?" Nada que objetar. Separamos la mesita de la pared, avisamos a Mariano, y comenzamos la partida. A la tercera mano apareció Gabriela, aburrida de su sopa de letras. Se sentó al lado de Kike y comenzó a acariciarle el cuello. Me revolví un poco en la silla al sentir una punzada. Seré franca. Eran celos.

Una hora más tarde e infinitas partidas perdidas, Sara vuelve a hablar "Chicos, recoged todo. Segunda terapia: Creatividad. Hoy continuaremos con los Papa Noeles y renos que empezamos la otra vez. La Navidad se acerca y hay que decorar el hospital, y nosotros somos los encargados de hacerlo". Un par de internas gritaron de la ilusión. Yo no me lo podía creer. De todas las acrividades, esa era precisamente la que más odiaba. La semana pasada o quizás la anterior, no recuerdo, nos habíamos puesto perdidos de cola y témpera haciendo renos demigrantes con cartones de papel higiénico. Y ahora nos pedían más. Cuando estábamos disfrutando como enanos, en plena partida de mus. No, no y no. Me negué en redondo. No podía consentirlo.

"Esperad un momento. No miréis mis cartas, que os conozco. Y nada de señas. Antonio, vigila a estos zorros." Me acerqué hasta Sara. Ya estaba repartiendo la cola y la pintura. Me erguí todo lo que pude y puse mi mejor cara de persona sensata y cabal. "Buenos días Sara" "Hombre, Syd. ¿Qué tal esos pies? "Bien, fenomenal, gracias. Quería comentarte un asunto" "Dime" "Los Papa Noeles y renitos que estamos fabricando. ¿Cual es su destino?" Ya sabía la respuesta, pero quería que escucharlo de su boca. "Sydney, estos trabajos son muy útiles. Servirán para decorar el hospital" "Bien. ¿Pero solo la planta 4 o todo el hospital?" "Todo el hospital. Desde Dirección se ha decidido que, excepto el árbol de Navidad de la entrada, los adornos navideños de todo el centro sean realizados por pacientes del Hospital de Día y vuestros. La decoración la haréis vosotros, los internos de la 4" Sara sonreía. En ese momento sentí algo de lástima sabiendo lo que venía a continuación, pero ya estaba decidida a hacerlo "Sara, no voy a andarme con rodeos. No sé si sabrás que soy abogada" Sara cambió el semblante y negó con la cabeza. "Pues bien, lo soy. Llevo 8 años ejerciendo. Todo esto consta en mi informe, puedes echarle un vistazo e incluso hablarlo con Vazquez si dudas de mi palabra. Estoy especializada en Derecho Administrativo. El caso es, que según la Ley 30/1992, de 26 de noviembre de Régimen Jurídico de las Administraciones Públicas y del Procedimiento Administrativo Común, los hospitales públicos, y este lo es, han de administrarse siempre con absoluta transparencia" Sara me miraba embobada, sin dar crédito a lo que estaba escuchando. Raul había vuelto a apagar la tele y también nos observaba sin siquiera parpadear "En el caso que nos ocupa se está incumpliendo este principio. Como bien acabas de exponer, desde Dirección han dado la orden de que sean los pacientes de Hospital de día y los internos de la 4 quienes nos encarguemos de la decoración del hospital. De todo un hospital. Estamos hablando de muchísima superficie, Sara. El otro día diste la cifra objetivo de 500 renos y Papa Noeles para solo 20 internos. Eso es una burrada. Me atrevería incluso a hablar de trabajos forzados, pero eso es un tema de tal gravedad que no me veo capacitada para llevarlo, aunque llegado el momento se podría exponer. Pero a lo que yo iba, transparencia. La decoración de un centro público, según la Ley 30/1992, no puede en ningún caso otorgarse a dedo, como se ha hecho. El procedimiento correcto sería mediante concurso público, publicado en el BOE, valoración de ofertas, y posterior adjudicación. Cualquier otra forma tipifica como prevaricación y, sinceramente, no se tú, pero a mí no me gustaría verme envuelta en esto. Mis compañeros y yo lo hemos hablado y preferimos tener las manos limpias. Y no te preocupes, que no voy a denunciar. Mis labios están sellados" Sonreí. Sara seguía de pie y no articulaba palabra. El bote de pintura roja que sujetaba en la mano estaba a punto de verterse, pero no parecía darse cuenta. Le dí diez segundos de cortesía y giré sobre mis ruedas.

Triplazo. He tirado muchos durante mi vida laboral, pero este superaba a todos. Tenía la boca seca de tanto hablar, tanto inventar, y tanto mentir. Había hilado la única ley que recordaba de la carrera con una sarta de palabras leguleyas y parece que había colado. Pues ni tan mal, oye. Volví a mi sitio, mis compañeros me miraron asombrados. No habían escuchado la conversación y a día de hoy siguen convencidos de que lo conseguí a base de ruegos. No, amigos. Sara no acepta ruegos. Echamos la última partida los cuatro juntos. Nos supo a despedida. Jugamos como nunca y perdimos como siempre, lo que se suele decir, vaya. Pero las risas no nos las quitará nadie. Fue la mejor hora de la semana. Y sí, me siento orgullosa. Porque sabía que en esa hora extra de paraíso la había conseguido yo.

Y después del paraíso llega el infierno. Entrevista con Vazquez. No me apetece ver a mi familia antes de tiempo, por lo que les espero directamente en la puerta del despacho.

Entramos los cinco, apenas les saludo. Abre la sesión Vazquez. Pide perdón por la falsa derivación a La Paz. Fue un error, dice. Me pregunto si habrá alguna entrevista que no comience con ella disculpándose por algún error o negligencia cometido por el hospital. Después, pregunta. "Qué tal te encuentras, Sydney?" Y yo, a pesar de la soledad, a pesar del despacho, a pesar de la presencia de mis padres y de que no nos habíamos dirigido la palabra, me sentía bien. Muy bien. Había pasado dos horas con gente a la que quería haciendo cosas que me gustaban, y estaba feliz. Aunque fuera momentáneo, pero así era como me sentía y no podía ni quería ocultarlo "Muy bien. La verdad es que me encuentro muy bien. Hoy se va Antonio y hemos estado echando una partida de mus y aunque hemos perdido nos lo hemos..." Vazquez, como ya de costumbre, me cortó "¿Muy bien? ¿Que estás muy bien? ¿Eres consciente de tu situación? Tienes TLP, arrastras un grave TCA desde hace años, has saltado desde un puente, estás en silla de ruedas y posiblemente pierdas la movilidad del tobillo derecho. Me parece que no quieres ver la realidad." Vazquez being Vazquez. "No lo entiento. Cuando estoy enfadada, es porque estoy enfadada. Cuando estoy contenta, es porque estoy contenta. Me rindo. Te lo digo en serio, me rindo. Dime cómo tengo que estar. Dime qué quieres qué haga para salir de aquí. Porque lo haré. Si está en mi mano lo haré" Entonces saltó mi madre "Acepta entrar en Lafora y seguro que Vazquez te da el alta" No pude contenerme "Calla, chantajista" Vazquez notó la tensión y preguntó "¿Qué ha ocurrido? ¿A qué viene eso?" Le conté todo. Lo de la visita. Lo de Lafora. Lo de la amenaza de escribir a mi jefa para dejarme sin trabajo. Vazquez pensó durante un momento. "Señora, Sydney tiene 31 años. Es ella quien debe decidir su futuro. En Lafora los pacientes tienen que pasar dos entrevistas antes del ingreso. En el momento en el que los psicólogos noten alguna reticencia por su parte, no les aceptan. Es decir, han de entrar de motu propio, no obligadas. Usted no puede usar su trabajo como arma. Le recomiendo que borre el número de su jefa y no vuelva a utilizarlo, ni para bien ni para mal. Sydney es mayorcita y ella responderá ante su jefa a partir de ahora. Nadie más debe hacerlo. ¿Lo entiende?" "Me parece perfecto, doctora". Le di las gracias mentalmente a Vazquez. Por primera vez me sentí comprendida por ella. Primera y única vez, porque es una sensación que nunca volví a tener. "Bien, tema aclarado. Pero seguimos con él. Lafora, Sydney. Sin amenazas ni chantaje de por medio. ¿Lo has pensado?" "Sí, lo he pensado. Y sinceramente, no me veo ahí. No me veía antes, pero estos últimos días ha ocurrido algo que hace que me vea aún menos" Vazquez se inclinó sobre la mesa "Te escucho" "Gabriela. La conoces. Ha tenido más ingresos y me consta que en este último eres su psiquiatra asignada" Vazquez asintió, y pasé a relatar todo lo que no me gustaba de Gabriela. Los 31 intentos de suicidio y cómo alardeaba constantemente de ellos al igual que hacía con los cortes, los tatuajes sin sentido, el flirteo permanente con todos y cada uno de los hombres que se cruzaran en su camino, la constante y absurda necesidad de llamar la atención... le comenté que no me imaginaba en un hospital compartiendo planta con 20 Gabrielas. Que no lo soportaría. Vazquez contestó "Así que odias a Gabriela, ¿no?" Asentí con la cabeza. La odiaba. Y mucho. Entonces sentenció "Cuando odiamos a alguien, es porque en esa persona vemos el reflejo de lo que somos". Soltó esa frase. Y se quedó tan pancha. En un post de Instagram habeía quedado bien. Platón, Coelho o Neruda. Qué más da. La gente la lee de refilón y se fija en la foto con escote que acabas de subir. Pero yo soy abogada, y en los escritos que leo tengo que analizar cada una de las palabras para comprobar que todo está correcto, que no me la intentan colar, y que el contrato tiene sentido. El sentido que yo quiero. Lo mismo hice con su frase. Letra por letra. Palabra por palabra. Y no, no lo tenía. Por ninguna parte, además. Era una soberana mierda. Y así se lo hice saber. "Vazquez, esa frase no tiene sentido. Te voy a explicar por qué. Yo veo un violador en la tele, y siento odio. Y no me veo reflejada en él, porque no soy un violador. Yo veo un yonki asesino en las noticias, y siento odio. Y no me veo reflejado en él, porque yo no soy un yonki asesino" Mi madre interrumpe "Bueno Sydney, con marices. Te recuerdo que una vez viniste drogada a casa" Ignoro su comentario y prosigo. "Yo leo en el periódico que una madre ha matado a su bebé, y la odio. Y no me veo reflejada en ella, porque..." Vazquez me corta "Sydney, esto no es un duelo dialéctico" Vaya, se ha ofendido. Se ha ofendido porque la he puesto en evidencia. "Simplemente estoy rebatiendo. Tú has dicho una frase con la que no estoy de acuerdo y te digo el por qué" Ella me miraba. Era evidente que cada vez le caía peor. El desprecio era mutuo. Se hizo un silencio bastante incómodo. Fue mi madre quien finalmente lo rompió. "Doctora, yo estoy muy preocupada porque mi hija no me habla" Hombre, normal, digo yo. Me amenazaste con conseguir un despido y hace un minuto me has comparado con un yonki asesino. Si te parece me siento a tu lado, te llamo mami, nos abrazamos, y nos ponemos a hornear galletitas navideñas. "¿Es eso cierto, Sydney?" "Sí, es verdad. No se ha portado bien con lo del tema del trabajo y no me apetece hablar con ella. Sin más. No me sale de dentro ser cariñosa con mi madre ahora mismo, sinceramente."

Y es entonces cuando Vazquez ya se culminó "Vaya. Pues si no te sale de dentro ahora mismo, tendrás que quedarte aquí unos días más. Hasta que te salga." No me lo podía creer. Por el simple hecho de no hablarme con mi madre (que se había comportado conmigo como una zorra esta última semana), me estaban condenando a más tiempo en este sitio. Y así me lo estaban haciendo saber. Literalmente. Sin molestarse en enmascararlo. Sin paños calientes. Para mí este fue el límite. "Quiero cambio de psiquiatra" "¿Cómo?" "Que quiero cambio de psiquiatra. Solicito otro psiquiatra. Alerta, cambio. Next. Abracadabra. No sé cual es el protocolo ni las palabras mágicas, pero, a partir de este momento, María, tú has dejado de ser mi psiquiatra" Ante mi sorpresa y la de mi familia, María cruzó los brazos, se reclinó en el asiento, y comenzó a reirse. Mi padre no daba crédito "Vaya, así que ahora soy yo el eje del mal, ¿no? Bien, solicita el cambio. Tienes que hablarlo con Belén, ella es la coordinadora."
Por mí la sesión había terminado en ese momento, así que hice amago de salir. Pero mi padre me tomó del brazo "Espera un momento, Syd". "Doctora, quería hacerle una consulta. Nosotros nos vamos el fin de semana, pero vienen unos tíos de Sydney a casa. Estaba pensando si sería posible que ella por ejemplo saliera el domingo del hospital, pasara el día en casa, y regresara el lunes. Así podríamos hacernos una idea de qué tal se adapta a la vida fuera. ¿Qué le parece?" Vazquez le miró, anotó algo en su libreta, y después se dirigió a mí. "¿Tú qué opinas?" Joder, ¿pues qué voy a opinar? Que me moría de ganas de estar fuera. Que aunque fuera solo un día, lo iba a pasar como una enana. Que sí, sí y sí. Que ya estaba contando las horas hasta el domingo. Y que dónde había que firmar. Pero justo cuando iba a contestar, pensé en otra persona. Supongo que ya sabiéis a quién me refiero. Era Kike. Kike solo, mirando el atardecer. Kike con sus calcetines usados. Kike en la mesita redonda. Y, sobre todo. Kike con Gabriela. En los sofás, abrazados. Igual que estuvo conmigo. Y entonces fueron mis labios los que hablaron por mí "No puedo. Si mis padres no van a estar, no puedo ir a casa" Mis padres se sorprendieron. No entendían nada. "Pero Syd, ¡si van a estar los tíos! Sabes que te adoran y cuidarán estupendamente de ti, como siempre han hecho." Tras unos minutos de incomprensibles lloros por mi parte y de insistencia por la suya, acepté. Saldría el domingo por la mañana y volvería el lunes a mediodía. Sería libre durante unas horas.

El día transcurrió con normalidad. Recuerdo la despedida de Antonio, fue justo después de comer. Nos dimos un fuerte abrazo y prometimos, de nuevo, mantener el contacto.



Ya en el cuarto, recordé la Ley de Transparencia. No era la 30/1992. Me pregunté si esa ley protegía también los sentimientos. Si en mi caso, había sido demasiado transparente. Si todas esas lágrimas no eran más que la prueba evidente de que, sin yo quererlo, me estaba enamorando de Kike.

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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:36

Día 32: Zapping


Fría. El agua que cae está fría. No me importa, en este momento estoy centrada en retirar la espuma que cubre mis ojos y que me ciega y escuece, haciéndome sentir más vulnerable de lo que ya soy desnuda en la ducha. "¿Te duelen?" "¿Cómo?" "Las cicatrices. Parecen recientes. ¿Te duelen?" No podía mirar a Tere, la auxiliar que ahora se ocupaba de mí. Pero di por hecho que se refería a las heridas de mi espalda tras la operación de urgencia a la que me sometí en La Paz para reparar la L2, dañada tras la caída. "No, no me duele. Aún no me he puesto en pie, pero no creo que de ningún problema" "No me refiero a la espalda. Te preguntaba por eso" Conseguí por fin retirar el maldito gel de mi cara y abrí los ojos. La miré. Señalaba mi muslo derecho. Claro que tenía cicatrices, cientos de ellas. Algunas habían necesitado varios puntos de sutura. Eran de hace unos cuatro meses, todas del mismo día. Ya estaban curadas. Quise contestar que no dolían, pero tuve que pararme a pensar. Porque lo hacían, claro que lo hacían. Me dolían porque recordaban una mala discusión con mi padre, una carrera hacia el baño, un pestillo que se cierra. Un frasco que se rompe y sangre, sangre por todas partes. Llamada al 112 por parte de mi padre e indiferencia, indiferencia absoluta por parte de mi madre, que se limitó a mirar lo que ocurría desde un sofá en el salón mientras enviaba whatsapps con emoticonos al grupo familiar. Y cada vez que tocaba mi muslo rememoraba todo lo ocurrido, y volvía a sentir el dolor. El dolor de la indiferencia de una madre, capaz de eclipsar al de cien cortes con un grueso cristal. Y habría eclipsado mil más. Y diez mil.

"Ya están cerradas". Contesté. Aún sabiendo que no lo estaban y que nunca lo estarían.

Desayuno. Mesita para dos, Kike y yo. Lo que podría ser una cita romántica se convierte prácticamente en un velatorio. Estamos tristes, sin Antonio no es lo mismo. Hay una silla vacía. Falta compota en la mesa, sobra pan en mi bandeja y no hay risas en el ambiente. Terminamos en 10 minutos que se nos hacen horas. El tiempo no pasa si él no está aquí.

Todos hemos terminado, y al ser sábado, no hay terapias. Kike y yo nos disponemos a dormir sobre las mesas, cuando alguien ocupa la silla libre. Es Gabriela. Esta vez no viene sola, Sonia trae su propio asiento y se coloca a nuestro lado. "Hola chicos. Venimos a animaros, que estáis un poco amuermaos" Kike las mira "Pues yo prefiero dormir", y se echa sobre la mesa, colocando su botella de agua a modo de almohada. Me deja a mí a cargo de las dos joyitas. Gracias, Kike. "Pues nada, mejor, nosotras solas. ¡Cowgirl chicas!" Sonia levanta su mano para chocar en el aire, y yo hago lo propio. "Así podemos cotillear", añade Gabriela. Asiento con la cabeza. No sé qué cotilleo puede haber en la 4 que se me haya escapado. De haberlo, swguramente sea algo surgido en la salita de los sofás de noche, ya que ahí va siempre el mismo grupito de jóvenes mientras que yo prefiero quedarme en el comedor jugando al mus.

"Syd, Blanco" No entiendo nada. Imagino que se trata de algún código secreto. "¿Blanco qué, Gabriela?" "Blanco, el enfermero de por las noches. Te llevó en brazos una vez. ¿Cómo lo hiciste? Está buenísimo, joder. ¿Y por qué no le metiste boca?" Me quedé a cuadros. No recordaba haberle contado la historia a Gabriela. A Sonia sí, un día a su vuelta que la vi desanimada. Supuse que ella se lo habría contado. Tampoco me importaba. "Es auxiliar, no enfermero. Y sí, está muy bueno. Me llevó en brazos porque me había caído. Tía, ¿cómo coño le voy a meter boca? Esto es un hospital" "Buah, yo le habría entrado. O como poco le toco el paquete, a ver qué pasa. Seguro que estaba cachondo". Sonia soltó una carcajada. Yo no supe cómo reaccionar así que omití el comentario. Kike empezaba a roncar.

"Bueno, siguiente pregunta. El músico. ¿Qué sabes de él?" "¿El de la guitarra? Ni idea. Que hace voluntariado y le encanta Linkin Park" Gabriela me miró con cara de aburrimiento. "Ya, ya. Blablabla. Pero lo que importa. ¿Se folla a las pacientes?" Madre mía. Esta chica está fatal de lo suyo. "Ni idea. No creo, la verdad"

Sonia ya no pudo contenerse. "Tía, Gabi, a ti te gustan todos. Absolutamente todos" Ahí empecé a descojonarme, porque había acertado de pleno "Y tú, Syd, no te rías tanto. Que estás pilladísima. Por el pelos. Se ve de lejos que te encanta" Se me heló la sangre. Me giré para comprobar si seguía dormido. Un ronquido me tranquilizó. Gabriela continuó instigando "es verdad Syd, admite que te gusta. Te gusta Kike. Te lo quieres follar" No sabía si me gustaba, pero sí que eso último no era cierto. Jamás me había planteado tirarme a Kike, no era la clase de atracción que sentía por él. Era un cariño distinto, una necesidad de protegerle, un sentimiento de pertenencia al mismo mundo. Amor, se podría llamar así. Pero de otra clase. Algo totalmente diferente a lo que había sentido hasta ahora. "No sé si me gusta, chicas" Y no era una mentira, tan solo una verdad a medias.

Me asomé a la ventana y vi el día clareado. En 24 horas estaría fuera.

Un golpe seco en la mesa despierta a Kike. El mando de la tele. Alzo la vista y miro a Raul con cara de interrogación. Va vestido de calle y lleva una mochila en la espalda. "Quedas nombrada guardiana del mando" "¿Dentista otra vez? ¡Si ya tienes la sonrisa perfecta, capullo!" Era cierto. En un mes había pasado de tener apenas un par de dientes, a lucir una dentadura digna de cualquier presentador de informativos. "No, niña. Que me largo. Me las piro. Después de tres meses, me voy de aquí. ¡Yuhuuuu!" Dio un pequeño salto en el aire y tropezó con mi silla al caer "Perdón, que me emociono. Pues eso, que me voy. ¿Un abrazo, no?" "Sí, claro" Extendí los brazos mientras él se agachaba para rodearme. No me lo podía creer, un interno mítico que se iba. Raúl llevaba aquí ya cerca de tres meses y al fin había llegado su momento. El momento que todos ansiábamos. Y ahí estaba, mochila a la espalda y libertad al frente. Se le iba a echar de menos. Como a todos.

"Pues ya está. Uno menos. A saber quién será el siguiente" Kike miraba por la ventana. Me pregunté si hablaba conmigo o lo hacía para él. En cualquier caso, contesté "Creo que no seremos ni tú ni yo". En ese momento Lolo ocupó la silla libre y se unió a nuestra conversación. Ninguno de los tres dijimos nada, así que debió de sentirse en su salsa.

Al rato, Kike soltó "Lo que más echas de menos. De la vida de fuera. ¿Qué es?" Joder, qué cabrón, vaya pregunta. Pensé en mis amigas, en Vicente, en el trabajo, en mi cama, en l sensación de libertad... pensé en miles de cosas. Todas se acumularon en mi cabeza y ninguna era más importante que la otra. No sabía qué contestar y mi boca habló por mi. "Una Coca-Cola. Fresquita, con hielo y rodajita de limón. Es lo que más echo de menos. ¿Y tú?" La estupidez de mi respuesta no pareció molestarle "Los pitis en el parque al atardecer. Eran mi momento de desconexión de la mierda de la resi". Di la contestación por válida y esperamos pacientemente una respuesta de Lolo que sabíamos nunca llegaría.

La mañana prosiguió tranquila hasta que algunos pacientes empezaron a amotinarse en Control. Yo no sabía la razón por lo que en principio me mantuve ajena, pero después comenzaron los gritos y comprendí el motivo: No estaban de acuerdo con el programa de peces que se estaba emitiendo en la TV y madie conseguía localizar a Raul para pedirle que cambiara la emisión. Paniqué. Miré mi regazo. Ahí estaba el mando. "Un gran poder conlleva una gran responsabilidad". Y vaya si era cierto. Dudé sobre como actuar, y finalmente alcé la voz "Chicos, el mando lo tengo yo, me lo ha dejado Rauuuul". Estampida de pijamas.
"Dámelo" "No, quita, me lo he pedido yo" "Levanta Lolo, apártate del medio" "¿No ves que no te escucha?" "El mando ahora es de Sydney, que se lo ha dejado Raul" "Pues se lo quitamos, que no puede andar" "Macho, no seas gilipollas" "Syd, nos puedes quitar a los peces?" "Sydney, qué vamos a ver hoy?" "¡Pon la música, que somos Cowgirl Chicas!" Me cago en la vida. Buena herencia envenenada me había dejado Raul. Todos de acuerdo en que había desacuerdo. No tenía ni idea de cómo resolver esto, durante el reinado de Raul I simplemente se veía lo que él quería y punto. Yo quería ser recordada como una monarca más accesible, pero no me lo estaban poniendo fácil. Así que me limité a hacer zapping, y en el momento en que rodos gritaron, paré. Era un programa de construcción de minicasas. La mayoría se sentaron a verlo, excepto Sonia, que seguía obsesionada con su música y pedía poco menos que mi cabeza. Me la imaginé xon una guillotina en mano y la bandera republicana en la otra, y me dio la risa tonta. Kike preguntó cual era la gracia, dije que ninguna, y continuamos todos viendo a un tío vestido con un peto construir un salón con un tablón y cuatro clavos.

Hora de comer. Gabriela (quién si no) se sentó con nosotros y de nuevo criticó todo el menú. Esta vez comió todo lo que había en su bandeja sin apenas oponer resistencia, aportando al final un dato curioso: Que ella siempre después de comer pedía que le abrieran el baño para así poder vomitar todo. Kike le regaño por sicho comportamiento. Yo no hice ningún comentario. Era su vida y sus errores, y sabía que mi opinión le importaba menos que las tres rodajas de pepino que había de guarnición en mi plato. Terminamos los yogures de postre, entregamos las bandwjas, y nos fuimos a la cama.

Siesta, tensiones, y visitas.

La tarde pasó lenta. Nos reunimos varios en la mesita para leer el segundo libro de la EGB, auxiliares incluídos. A mí había muchas cosas que no me sonaban, pero a otros muchos sí. Fue un momento de risas y de unión. De nuevo, me si cuenta que esas personas no eran gente sin más, eran verdaderos compañeros y les sentía como tal. Me pregunté qué sería de sus vidas una vez estuviéramos fuera.

Una hora antes de la cena, la mesita estaba ocupada por los tres. Gabriela, Kike y yo. Realmente por los dos y medio, ya que yo dormitaba encima de ella, usando la botella de agua a modo de almohada de la misma manera que Kike hacía siempre. Entonces escuché la siguiente conversación: "Joder, Kike, tienes unos ojos preciosos" "Gracias" "Además, tienes las pupilas dilatadas. ¿Sabes lo que eso significa?" Él reía "¿Que voy colocado?" "No. Significa atracción sexual. Significa que te atraigo sexualmente. ¿Es así?" Fue la gota que colmó el vaso. Levanté la cabeza de la mesa, y grité "¿En serio? ¿En serio? Oye, Gabriela, ¿por qué no te lo llevas a un puto hotel?" Kike me miró con cara de no comprender nada. Gabriela se levantó indignada y salió del comedor.

Cenamos los dos solos, en silencio. No había mucho que comentar, el día había sido un coñazo, y yo estaba agobiada por la que se me venía encima con el tema de la peli de después.

Y efectivamente. Discusiones, gritos, chantajes, amagos de robarme el mando. Finalmente conseguimos llegar a un acuerdo y pusimos una de vaqueros de un canal perdido de la TDT. Una vez seleccionada, fui hasta el sitio de Raul y discretamente abandoné el mando en su silla. Hasta ahí duró mi reinado, no estaba hecha para soportar tanta presión.


Ya de noche, documental sobre una niña llorando. Cambio. Telefilme de adolescente vomitando. Click. Pantallazo de sangre en las muñecas. Next. Alguien chillando. Bajo el volumen y zapeo. Un salto al vacío. Apago la televisión. Es solo un mal sueño. Es solo una pesadilla. Porque en todos los canales, la protagonista soy yo.






Día 33: Punto de vista


El cepillo me da tirones, pero no me importa. Normalmente pongo poco empeño al desenredarme el pelo, y sé que al salir al comedor quedan nudos sin soltar y mechones enredados. Pero hoy no. Hoy me empleo a conciencia, hasta que las púas se deslizan y se siente como seda humedecida al tacto. Le pido el secador a Tere. Me lo trae enseguida "Vaya, hoy te estás poniendo guapa". Eso no lo sé, pero por lo menos lo estoy intentando. Le estoy echando ganas. Porque al fin ha llegado el día. Voy a volver a casa, aunque sea solo por unas horas. Voy a ver a mi familia, voy a sentir la calle, voy a beber mi tan ansiada Coca-Cola, a contemplar el atardecer desde mi ventana, y a arroparme con mi edredón. Y quiero hacerlo bien. No como una loca que sale de permiso. No. Quiero hacerlo como una mujer hecha y derecha, cabeza alta y mirada al frente, que sabe lo que quiere y está dispuesta a ello. Que ha aprendido de sus errores. Que deja atrás su pasado, disfruta del presente, y se enfrenta a su futuro. "Nena, no tardes, el desayuno está listo" Tere interrumpe mis pensamientos. Apago el secador, me siento en la silla, y me dirijo a la sala.

"Vaya, te has peinado" "Pues claro, lo he hecho para ti" "Ahora solo te queda utilizar la servilleta para ser la mujer perfecta" Como era de esperar, hago una bolita con ella y se la lanzo a la cara. Kike se ríe. "Lo estabas pidiendo, cabrón". Abrimos las bandejas y me pongo con las naranjas, mientras él me pregunta si estoy nerviosa por la salida. Realmente no lo estoy. "¿Y tus padres? ¿Cómo vas a estar en casa si ni siquiera hablas con ellos?" Le explico que no vendrán mis padres, sino unos tíos míos de Badajoz. Él es mi padrino y su mujer es un encanto. Fueron quienes me regalaron los libros de la EGB "Pof dalef laf grafaf de mi farte" "¡Ves! Ahora eres tú quien habla con la boca llena. Desde luego, desde que se fue Antonio esta mesa ha perdido todo el glamour" Y era cierto. Faltaba alguien que impusiera paz y cierta cordura en este pequeño oasis que era la mesita redonda. Le seguíamos echando de menos. Pensé que lo primero que haría al salir sería encender el móvil y escribirle. A Kike le pareció una buena idea.

Escuché mi nombre en la mesa larga y me giré. Todos me miraban, pero nadie hablaba. Gabriela también me miraba. Pero en sus ojos no había cueiosidad, como en los del resto. En sus ojos había furia. Supuse que estaba enfadada, ya que desde el día anterior y lo ocurrido en la mesita cada vez que nos cruzábamos hacía un gesto de desprecio. Tampoco me importaba, nunca fue realmente mi amiga y mientras más lejos, mejor. Volví a mi conversación con Kike pero no pude evitar escuchar mi nombre un par de veces más. Delia, la auxiliar que estaba echando un ojo a las mesas, fue quien me ayudó con la bandeja. Y cuando todos terminamos nos dijo que debíamos permaner sentados. No sabíamos con qué finalidad.

Entraron dos auxiliares más en la sala, y se dirigieron a las mesas largas. Pusieron a los pacientes en pie. Les cachearon de arriba abajo. Yo no entendía lo que estaba sucediento. Por un momento pensé que se trataba de algo relacionado con la mermelada de fresa, ya que siempre habían sido muy estrictos con ese tema y el "tráfico" estaba gravemente penado. No se me ocurría otra explicación racional. Los cuchillos se contaban siempre al entregar la bandeja, y en el caso de que faltara uno se resolvía en el momento. Hasta ahora solo había ocurrido dos veces, la primera fue Lolo, y se encontró el cubierto en el suelo, y la segunda fue Chema, quien confesó llevarlo en el bolsillo y lo entregó sin mayor problema (con el consiguiente castigo). ¿Pero esto?

Llegaron a mi mesita. Evidentemente no podía levantarme, así que rebuscaron por mi silla y palparon por encima de mi pijama. Lo hicieron con mucho tacto, eso sí. En ningún momento me hicieron sentir mal, ni vejada, ni agredida, ni historias similares que se escuchan por ahí. Después se centraron en Kike, con quien estuvieron más tiempo. Parecía más acostumbrado a los cacheos que yo. Aparentemente no encontraron nada. Todos nos miramos sorprendidos.

Mercedes entró en el comedor. "Chicos, reunión. A la sala de gimnasia". Y allí fuimos, con los auxiliares cacheadores cubriéndonos las espaldas. O vigilándonos, lo mismo da. Nos sentamos todos en círculo. Kike se puso a mi lado. Porque nos entendemos, porque estamos cómodos el uno al lado del otro, porque pasamos la mitad del día juntos. Y porque somos amigos, coño. Uno de los auxiliares llega tarde, y no hay sitio para él. Pregunta en alto "¿Dónde me puedo sentar?" Y es entonces cuando Gabriela contesta, en medio de una sala con 25 personas "Siéntate ahí, en medio de las dos mellizas enamoradas. Quizás logres separarlas". La miro. Nos está señalando. A Kike y a mí. No puedo creerlo. La furia me invade. "Cállate la puta boca, subnormal". Una enfermera me manda callar y lo hago. Pero no puedo evitar ese sentimiento de ardor que no se apagará hasta un par de horas más tarde.

La reunión resultó ser una chorrada. Alguien había fumado y por lo tanto había un mechero circulando por la 4. Era un tema peligroso porque ese objeto en malas manos podría llegar a provocar un incendio y blablabla. Charla para niños de primaria. A mí no me interesaba, solo pensaba en matar a Gabriela. Quería hacerlo, de verdad. No tengo problema en discutir con la gente, ellos defienden sus argumentos y yo los míos. Pero lo que había hecho esa chica era incalificable. Me había ridiculizado no solo a mí, sino también a Kike. En público. Sin venir a cuento. Yo no había hecho más que ignorarla, y ella me la devolvía así. Gabi, no sabes con quién estás jugando. Y quizás leyó mis pensamientos, o quizás ella tenía el mechero, o quizás solo se aburría, como todos en la sala. Pero Gabriela pidió permiso para salir y se fue de la reunión. Y ahí nos dejó, comiéndonos una hora de sermón sobre lo peligroso que era el fuego, lo nocivo que es fumar, y cómo actuar en caso de incencio. Algunos asentían, otros se hurgaban fuertemente la nariz, y la mayoría dormitaban apoyados en el respaldo de la silla. Respecto a mí... no hace falta que os lo diga.

Fin de la sesión. Podemos ir en paz. La enfermera se dirige a Kike y le comenta que tienen que ponerle una inyección intramuscular (fármacos que se inyectan quincenalmente a ciertos pacientes en sustitución de las pastillas), y que le espera en la habitación. Él empuja mi silla hasta el comedor. Y es ahí donde veo a Gabriela, acostada a lo largo de tres sillas. Sé que no está dormida, es imposible hacerlo sobre esos asientos. El genio me puede y la boca me pierde "Tú, zorra, que sea la última vez que hablas de mí en público". Ella ni se levanta. Sigue fingiendo que duerme, escondida tras la mesa larga. Kike me da un beso en la frente "No merece la pena, Syd. Luego vuelvo". Sale del comedor y desaparece.

Espero diez minutos. Gabriela permanece callada, el resto de internos también. Unos leen, otros colorean. Sonia baila al ritmo de una melodía silenciosa. De repente, una tos. Las tres sillas se remueven. "Gabriela, sé que no estás dormida. Te lo vuelvo a repetir. Primera y última vez que hablas de mí en público. ¿Te ha quedado claro?" De nuevo, silencio. La mesa me tapa la vista. Me agacho en la silla y miro lo que hay detrás. Ella está recostada. No se mueve. Pero tiene los ojos abiertos. No está dormida, por supuesto que no lo está. Suelto una carcajada. "Por favor, tía, pero qué pena me das. ¿En serio? ¿En serio estás despierta y no tienes huevos a contestarme? Anda, deja de hacer el ridículo y levántate." Gabriela se lo piensa y finalmente se levanta "Tía, no sé de qué coño hablas, estás fatal de la cabeza" Hace un gesto con el dedo simulando estar cucú. Vuelvo a reirme. "No, Gabi. Sabes perfectamente a lo que me refiero. A mí me importas una mierda, desde ayer ya ves que me he limitado a ignorarte. Haz lo propio conmigo. No me menciones. Y sobretodo, no lo hagas en público. Nunca. Hoy lo has hecho, pero no va a haber próxima vez. ¿Lo has entendido?" "Déjame en paz, paranoica, niñata" Hizo amago de volverse a acostar "Niñata eres tú. Porque lo que has hecho es eso, lo que hacen las niñatas. Tirar la piedea y esconder la mano. Si has sido valiente para reirte de mí ante 25 personas, tienes que serlo ahora para dar la cara por ello. No te voy a pegar, estoy en una puta silla de ruedas. No hay motivo para cagarse encima como estás haciendo. Simplemente te estoy preguntando. Y actúas como lo que eres, una jodida niñata" Gabriela se revolvió en su silla, parece que le había dolido "Niñata lo serás tú, que estás aquí, en un psiquiátrico, creyendo que has encontrado al puto amor de tu vida" Auch. Me había dado fuerte, lo admití. Saqué la artillería. Nuestros gritos ya se escuchaban por toda la planta 4 "Pues entonces prefiero ser una engañada de la vida a lo que eres tú. Una ninfómana, no haces más que calentar a todo tío que se cruce en tu camino. Es repugnante, Gabriela. Me das asco. Y si te vieras desde fuera, tú también te lo darías. Zorra. ¡Ninfómana!" Gabi estaba rabiosa, se había levantado de la silla "¡Gilipollas! Eres una gilipollas. A mí me das pena tú. Puta, pringada, ¡gilipollas!" En ese momento, entró Delia en la sala. "¿Se puede saber qué pasa aquí? ¿A qué vienen esos gritos? ¿Qué son esos insultos?" Estaba de brazos en jarras y nos miraba a las dos. Ambas en silencio y con cara de culpabilidad. Supuse que nos iba a caer una buena bronca (y con motivo), y di mi salida por cancelada.

"Gabriela, ¿por qué estabas insultando a Sydney?" "Ha empezado ella. Se ha puesto muy violenta y me ha llamado ninfómana" Agaché la cabeza, porque tenía razón. Esperé mi reprimenda, pero esta nunca llegó. Delia siguió con Gabriela "Fíjate qué casualidad que a ella no la he escuchado, y a ti sí. Es más, llevo oyéndote desde el desayuno. No has parado de rajar de ella durante los treinta minutos que os damos y no te he llamado la atención en treinta minutos. Pero sorda no soy. Y ahora estoy en el pasillo y escucho los mismos insultos, hacia la misma persona. Y mira qué casualidad, que quien los suelta eres tú. Blanco y en botella" Vaya, así que era eso. La muy zorra había estado toda la mañana poniéndome fina y yo prácticamente sin enterarme. La miré con una media sonrisa mientras se comía la bronca del siglo. No sentía ni un ápice de culpabilidad, a pesar de saber que en parte esa situación la había provocado yo. Ella comenzó a gritar, a maldecir, a alegar que era injusto, que debían castigarnos a las dos, que había testigos, y que yo era un ser muy ruin. En ese momento, vi a Sonia acercarse a mí. Llevaba una mano levantada y supuse que me iba a pegar, así que agaché la cabeza y cerré los ojos para parar el golpe. Pero no. Sorprendentemente, Sonia comenzó a acariciar mi melena, y mirando a Gabi, dijo: "Gabriela, esta niña es muy buena. Muy pero que muy buena". No me lo podía creer. Tenía a Delia regañando a mi peor enemiga, la cual estaba furibunda y a punto de ser castigada, y a una Sonia en son de paz acariciándome el pelo y alabando mi supuesta bondad. Y en dos horas estaría fuera. Joder, solo me faltaba ronronear, lo prometo.

Nos llevaron a cada una a nuestra habitación. Ahí dudé un momento, en las habitaciones nos solían castigar y yo después de lo ocurrido estaba dando por hecho que me había librado. Quizás me había equivocado. "Mercedes, ¿estoy castigada? ¿Ya no tengo salida?" "No, Syd. Gabriela creo que sí, es Delia la que se va a encargar de eso. Tu estás aquí por el tema de tus pies". Ah, jolin. Los pies. Con todo el lío ya ni siquiera me acordaba "¿Y por qué no bajamos a curas?" "Es domingo. Hoy solo hay guardias, y son ellos los que suben a la 4. Ahora pasan a verte" Y, efectivamente, así fue. Tras quince minutos sola en la habitación contemplando mis dedos de los pies, llegaron los traumatólogos de guardia. Retiraron las mallas y el algodón, rascaron la enorme costra con un bisturí, y, por primera vez en mucho tiempo, vi sangre. Sangre. Jamás pensé que me alegraría tanto al verla, pero así fue. Y ellos se alegraron tanto como yo. Mi herida estaba viva. Mi piel estaba viva. Había esperanza. Tenía ganas de llamar a mi padre y contárselo. No importaba el enfado, la alegría lo había empañado. Mi sangre era su sangre y sé que le gustaría saberlo. Después Iruxol, gasas, algodón, y malla del 4. Me quedé en la habitación leyendo un libro.

Poco después se abrió la puerta de mi cuarto. Esperaba a Mercedes, pero entró mi tía en su lugar. "¡Inma!" Se acercó y me dio un abrazo inmenso. A pesar de ser la mujer de mi tío, siempre la he sentido como familia de toda la vida. La quiero y sé qué es mutuo. Y en ese momento, la necesitaba. Me había traído ropa para elegir, ya que no sabía qué querría ponerme. Miré el vestido más ancho del montón. No era el momento para comprobar si había engordado, aunque una vocecilla en mi cabeza chillaba que así era. Pero esa puta vocecilla llevaba hablandome a gritos desde que cumplí los 16, por lo que había aprendido no a acallarla, simplemente a hacerle menos caso. "Ahora no, que nos lo diga la báscula en casa, porfi", le dije a mi campanilla vestida de demonio. Pareció satisfecha. Me puse el enorme traje, válido para cualquier talla, subí a la silla de ruedas alquilada por mi padre, y salimos a saludar a mi tío. "¡Ángel!" "Hola ahijadita. ¡Pero mira qué guapa estás! ¿Lista para irnos?" Asentí con la cabeza, me despedí con la mano de Kike, que estaba leyendo en la sala, y salimos al exterior.

Mis tíos no venían solos, habían traído a mis tres primitos, de 5, 8 y 11 años. Estaban encantados con mi silla e hicieron turnos para utilizarla. El plan sería el que yo quisiera, así que opté por comer fuera, pasar la tarde en El Retiro, y después regresar a casa. Y así lo hicimos. Foster Hollywood, ya que a los niños le encantaba. Después al parque. Y después, vuelta a casa. Estaba realmente agotada y quería retirarme pronto al cuarto, pero mi casa consta de dos pisos y la habitación estaba en el segundo. Sin problema. Mi tío se ofreció a subir las escaleras conmigo a la espalda, y así fue. Y en el cuarto me pusieron mi silla de estudio, que tiene rueditas, para poder ir al baño o a la terraza. Les di las gracias y cerraron la puerta. Había sido un día increíble.



Encendí un pitillo, y salí a la terraza. Aún era pronto, pero el sol se estaba poniendo. Era el mismo atardecer que veía siempre desde la ventana del hospital. Pero ahora, desde casa, me parecía increíble. Más puro, más limpio, más intenso, más radiante. Y era el mismo cielo, las mismas nubes, el mismo sol. Solo cambiaba mi punto de vista.






Día 34: Judith



"¡Es mía!" "No, Gonzalo, tú ya la has usado un rato. Déjasela a tu hermano" "Pero mamá, ¡no es justo!" No comprendo nada. En la 4 no hay ningún Gonzalo. Ni tampoco ninguna mamá. Eso sí, injusticias, las que quieras. "No arranca" "Pues claro que no arranca, estúpido. Es que no funciona sola, tienes que empujarla. Mira, me subo contigo y que alguien nos ayude. Papi, ¿nos puedes empujar?" "¿Pero qué hacéis? Bajad de ahí ahora mismo. Los dos. No se trata de ningún juguete, es la silla de ruedas de Syd y la vais a estropear. Abajo he dicho. Ahora mismo." "Joooo"

Giro sobre mí misma en la cama, y al ver a mi gatita ronroneando encima de lla otra almohada todo va cobrando sentido. Mi edredón. Los ventanales que dan a la terraza. Los gritos de mis primos que provienen de la escalera. Mi casa. Mi libertad, efímera, que se va disipando en el tiempo con cada una de mis respiraciones. Trato de contener el aliento, a sabiendas de que será en vano. Consulto el viejo reloj que hay encima de la mesita de noche, no para calcular de cuántas horas dispongo, ya que el documento con la información exacta sobre mi salida lo firmaron mis tíos y no quise preguntar. Ahora simplemente lo miro para hacerme una idea de cuánto tiempo he dormido, porque noto mucha luz en el ambiente y me siento sorprendentemente descansada.

Las agujas marcan las 11.30. Quizás 11.29, no lo sé. No es digital ni de un tamaño lo suficientemente grande como para descifrarlo con certera precisión. Qué mas da. El caso es que he dormido más de 12 horas. Apenas recordaba esa sensación. Llevo dos meses y medio despertándome a las ocho en punto de la mañana. Sin excepciones. Y, de repente, hoy, he dormido todo lo que me ha pedido el cuerpo. Y quizás un poquito más. Bien arropada, sin pesadillas, y en arrullada por Sally. No puedo sentirme más feliz. Hoy me como el mundo. Y hablando de comer, parece que huele a tostadas.

Desayuno. Hoy no hay mesita redonda, ni naranjas en mi plato, ni un Kike haciendo chistes malos. En su lugar hay tres pequeños demonios martirizándome a preguntas que intento sortear. "¿Y cómo te caíste de la moto?" "Giré mal en una curva muy peligrosa y derrapé" "¿Y llevabas casco?" "Claro, siempre lo llevo. Por eso solo me hice daño en los pies" "¿Y por qué no podemos ir a verte al hospital?" "Porque hay gente con varicela y no quiero que os contagien" "Pero yo estoy vacunado de la varicela" "Bueno, pues con piojos. Hay gente con piojos" "Puaj, qué asco" "Ya te digo" "Syd, ¿y tú no te vas a morir, verdad?" "Bueno niños, ya está bien. Dejad de agobiarla con preguntas tontas y a la ducha, que nos vamos a la calle". Miré agradecida a mi tía y le di un mordisco a la tostada con jamón. No tuve naranjas de desayuno, pero no importaba. Me supo a gloria igualmente.

Dimos (o más bien me dieron) un paseo por Madrid, y de nuevo fuimos al retiro. Me habían preparado una sorpresa, montaron un picnic allí mismo que quedó de maravilla. Era todo tan precioso que sentí que me venía grande, que no me lo merecía, que mi mera presencia estropeaba la escena. Y me llegó una punzada de dolor, porque ese mismo escenario con idéntica sensación lo había vivido con David varias veces. La única diferencia, que aquí el mantel era de cuadros, y en 2014 de mariposas. En ninguno de los dos casos dije nada, escondí mis pensamientos de miradas indiscretas y fingí normalidad. Y todo salió aparentemente bien.

Nada más terminar, lo leí en sus caras. El reloj de arena que marcaba mi libertad estaba prácticamente consumido, y debíamos volver al hospital. Dicho y hecho. Besos. Despedidas. "Nos veremos pronto", "Cuídate", y un torpe adiós con la mano mientras les veía alejarse en el pasillo.

Como ya era costumbre, llegué a la hora de la siesta. Pero esta vez no pude dormir. Quizás era por la alegría. Quizás por la tristeza. Quizás había bastado una noche para malacostumbrarme a mi confortable edredón y ya nunca volvería a conciliar el sueño en esa cama de la 419.

Tensiones y visitas.

Al entrar en el comedor pasé junto a Gabriela, perfectamente vestida y maquillada ya que tenía salidas y bajaba acompañada de sus padres. Nuestras miradas se cruzaron y me miró con una media sonrisa. Me pregunté qué tramaría.

Vi a Kike en su silla, con los calcetines apoyados en la ventana, leyendo el segundo libro de la EGB. Parecía disfrutar y no quería interrumpirle, pero la curiosidad me mataba y finalmente decidí acercarme. Me coloqué a su lado y le di un toquecito en el brazo "¡Pero bueno! ¡Mi Clarita! ¿Qué tal en el espacio exterior? ¡Cuéntame!" Parecía interesado así que le conté cómo había ido mi salida con todo lujo de detalles, y contesté a su ronda de preguntas sobre la vida fuera y mi toma de contacto con los muggles (así llamábamos a cualquier no-habitante de la planta 4). Nos reimos bastante. Después, el silencio. Ya había pasado a ser uno más en nuestra extraña relación. Decidí romperlo yo. "Bueno, ¿Y tú qué tal? ¿Cómo fue ayer?" "Psché. Como siempre, tía. Un coñazo. Ya te imaginas" Sí, claro que me imaginaba. Pero puestos a imaginar, me venían a la mente miles, millones de posibilidades. Todas relacionadas con Gabriela. Y quería ver si alguna de ellas era real. "Me refiero a después de la cena. Ya sabes, peli, o sofás, o tal. ¿Qué hiciste?" Traté de utilizar un tono desenfadado, pero el corazón me ardía. Kike pareció no darse cuenta, o si lo hozo, disimuló de maravilla. "Ah, pues poca cosa. Me fui con Gabriela a los sofás" Mierda. Mierda, mierda y mierda. Recordé aquella estúpida noche en la que me dormí en sus brazos, creyendo que salvaríamos el mundo y que iríamos a Almería a ver la vida pasar. Qué tonta fui. Qué gilipollas. Qué patética. Porque ahora estaba claro que ya no era yo, era Gabi la niña de sus ojos. Y mañana sería otra. Y la semana siguiente, otra más. Y así hasta el infinito. Y la culpa era exclusivamente mía, por haberme dejado llevar por el corazón tan facilmente. Me sentí como Judith, la protagonista de mi novela. Se enamoró locamente de un chico. Y se lo dijo. Judith se lo dijo. Él resultó ser un capullo. Y así se quedó ella, rota de dolor por haberse dejado egañar por un hombre que no la merecía, al que encima un día le había dicho "te quiero". Pobre Judith. Pero bueno, a mí eso no me iba a ocurrir. Porque pasara lo que pasara, Kike nunca lo sabría. Mis sentimientos serían un secreto que se vendría conmigo a la tumba. Y allí estaba, a un palmo de mi. Mirándome con esos ojos tan intensos, a la espera de una respuesta. Quise soltarle una bofetada, a modo de "ahí tienes tu respuesta", pero eso habría sido toda una declaración. Y no de guerra, precisamente. Así que callé e hice amago de marcharme.

"Espera". Kike me tomó por el brazo. "Syd, no es como piensas. No nos tumbamos igual que estuvimos tú y yo el día de los planes de Almería. Nada de eso. Estuvimos sentados en los sofás del fondo. Simplemente hablamos." Vaya. Respiré. Pero no más aliviada, porque si me daba una explicación que yo no había pedido de palabra, es porque había leído en mis ojos. Y me prwgunté hasta dónde habría leído. Volví a ponerme a su lado. "Vaya. ¿Y de qué hablásteis?" "De cosas" De cosas. ¿Qué clase de respuesta es esa? Me recordó un poco a la presentación de Julio. "¿De qué cosas, Kike?" Él bajó la cabeza. No quería contestar. Pero iba a hacerlo. Es entonces cuando me di cuenta de que tenía que haberlo dejado ahí, que el error fue mío desde el principio, por entrar al comedor, por acercaeme con segundas intenciones y por indagar más de la cuenta. Porque Kike habló. Y vaya si lo hizo. "Syd, me contó vuestra pelea. Lo de los gritos, la auxiliar que no recuerdo cómo se llama, lo de Sonia defendiéndote y su castigo injusto. Me contó que la insultaste" Traté de defenderme "Espera, déjame terminar. Me contó el motivo real de la pelea, que no fue el comentario de la reunión, porque yo lo escuché y ambos sabemos que no era para tanto.
Me dijo lo que hay detrás de todo esto: que yo te gusto, Syd. Eso fue lo que me explicó Gabriela"

8 de la tarde. Estoy llorando encima de la mesa. Kike no está en la sala y además hemos decidido que esta noche cenaré sola. Después de todo lo que ha pasado, de todas las emociones, y sobretodo de tantos días en la 4 no he aguantado más y aquí estoy, sollozando como una niña pequeña sobre la mesita redonda que tantas alegrías y buenos ratos me ha dado. Entonces alguien se acerca, y toma asiento. Alzo la vista. Es Makelele.

Makelele es un chico dominicano, y la alegría de la 4. No sé cuánto tiempo lleva aquí, ya estaba cuando llegué. Tampoco me consta el motivo de su ingreso, intenté investigar pero aparentemente es un misterio y, sinceramente, se me escapa. Es un chico alegre, feliz, siempre sonriente, baila, hace bromas... No da el perfil de ninguno de los trastornos o patologías que presentan los pacientes de esta unidad. Es un misterio en sí mismo.

Makelele no se llama así. Ese apodo se lo puso Raul, su mejor amigo, por su parecido con el conocido futbolista. Físicamente llama la atención: Es negro, musculoso, no muy alto, y su pelo está hecho trencitas. Los dientes, perfectamente blancos. En su torso se podrían partir nueces. ¿Y eso cómo lo sé? Lo sé -y lo sabemos todos, de hecho- porque le encanta lucirse. Y, como está prohibido quitarse el pijama, él lo hace a su manera. ¿Y qué manera es esta? Os la cuento a continuación.

Me remonto la inauguración del hospital. Es un centro relativamente nuevo, por lo que hay bastantes errores que a día de hoy siguen sin solucionarse. Uno de ellos es el tema de los pijamas. Alguien debió de hacer una chapuza con el tema de tallas y medida, por lo que todas las chaquetas salieron raras. Me explico, están bien de manga y largo, pero el escote ¡ay amigo! El escote es otro tema. El botón más alto está unos 10 cm por encima del ombligo. Si eres hombre, no hay problema. Luces pelito en pecho y tan feliz. Si eres mujer, estás jodida. Todas las mañanas tienes que pedir lo que yo llamaba "el cruzado mágico". Esto es, dos tiras de esparadrapo en forma de "X" a la altura del pecho, ejerciendo de botón supletorio, que impedían que se desparramara mucho el tema.

¿Pero qué tiene esto que ver con Makelele? Pues que el chico, no contento con esto, cada mañana antes de salir de la habitación se arrancaba el primer botón de la chaqueta "pala que las señolitas disfluten de mi pechito". Y a la hora de comer, cuando entraban los del turno de tarde, le descubrían y le ponían el cruzado mágico. Entonces, como acto de rebeldía, se bajaba bastante los pantalones (literalmente) enseñando calzoncillo "polque así queda más lapelo (rapero)". Y se echaba unos bailes. Y todos nos reíamos y aplaudíamos. En definitiva, ese era Makelele. Un auténtico crack que, a mí por lo menos, me hizo la estancia mucho más llevadera.

Total, que ahí le tenía. Sentado a mi lado, y mirándome angustiado "¿Pelo polqué llolah, Sylni?" "Ay Makelele, porque la vida es una mierda. Yo solamente me quiero morir" "Pelo no digas eso Sylni" Me sequé los mocos "Sí, sí que lo digo. La vida es una mierda y no hay nada que merezca la pena. Nada." "Mi Sylni, la vida no eh una mielda. Hay cosah muh bonitah en la vida que hasen que melesca la pena vivil, te lo digo con el colasón" Aparté el pelo que cubría mi cara. Quizás Makelele tenía razón. Quizás había experiencias que no podía perderme. Quizás aún quedaba esperanza. "¿Y qué cosas son esas? ¿Qué me estoy perdiendo? ¿Qué puede haber en este mundo tan precioso como para convencerme de que siga en él?" Le miré. Esperaba una respuesta típica: El amor, la amistad, la familia. La fe. Makelele tomó mi manos y la encerró entre dos suyas, sonrió inmensamente, y supe que ya tenía su respuesta. "Sylni. ¿Tú hah ido a la Walneh?"

La puta Warner. Me cago en la leche. Evidentemente, no pude hacer otra cosa que descojonarme allí mismo y darle un abrazo, porque desde luego se lo merecía. Él no entendía nada "¿Te ayudé, Sylni?" "Pues claro que me has ayudado, me has ayudado mucho. No ves que ya no estoy llorando? ¡Qué grande eres, Makelele!" Se le veía fwliz. Se sentía útil, y por supuesto que lo era.


Por la noche, pensé en ello. Quizás debería ir algún día. Pero lo descarté enseguida. Ya contaba con la vida misma, llena de personajes, superheroes y villanos. Ya había experimentado la dura realidad de la torre de caída. Y, sobretodo, vivía subida en la más angustiosa e impredecible de las montañas rusas, aquella formada por mis propios sentimientos. Y no entendía de horarios, de arneses, ni de frenos de emergencia.

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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:37

Día 35: Salida



"¿Hoy te vas a lavar el pelo?" La miro. Tere sostiene el bote de champú entre sus manos. Me lo está ofreciendo. No se trata de una pregunta inocente, ni siquiera una sugerencia. Es más que eso. Me atrevería a decir que me está dando una orden. Tomo el bote de champú. Es un 2x1, lo pedí en casa expresamente así para ahorrar tiempo en el lavado. Los tirones del cepillo son más llevadero que el tener que soportar la mirada de un extraño bajo el agua. Levanto la pequeña tapa. Huele a limpio, me gusta. "¿Te lo vas a lavar o no? No tenemos todo el día" Otro mandato velado. Y no le falta razón, porque mi pelo está sucio, enredado, y ya no brilla. Es entonces cuando pienso en Kike, y en que posiblemente la puerta de su corazón esté ya cerrada para mí. No tengo nada que hacer. Y pienso también en Vazquez, con la que tengo cita hoy. Sé lo poco que le gusto a esa mujer y cuánto desea hacerme daño. Y creo que mi maraña de pelo dificultaría mucho una posible lobotomía. Dejo el bote de champú en el suelo y sonrío. "No, no me lo voy a lavar". Jódete, Vazquez.

Desayuno. Entro en la sala. Realmente creo que lo que ha pasado entre Kike y yo se podría solucionar siempre que los dUN MOMENTO, hay alguien en MI sitio. No puede ser. No doy crédito. Esto solo ocurrió una vez, por un despiste de Antonio absolutamente justificado por el hecho de ser nuevo. Se habló en su día y no volvió a ocurrir. Hasta ahora, claro. Porque hay alguien. Una persona. Sentada en mi huequito, en la mesita, justo al lado de la ventana, mirando hacia la tele. En el mejor lugar del mundo, donde puedes escuchar todas las conversaciones y ver la mesa larga de enfrente y la mitad de la de atrás. Cómodo para entrar y salir. Vistazas al parque exterior, a la gente que pasea. Y siempre, la mejor compañía.

Tiene que ser un error. Un paciente nuevo, al que explicarle que esa silla tiene dueño. O Lolo, seguro que es Lolo. Muchas veces se equivoca y ocupa asientos que no son suyos. O un auxiliar que necesitaba un descanso momentáneo. Todo esto me lo digo al acercarme, pero no son más que tonterías, porque sé quién está ahí. Por supuesto que lo sé. La silueta es inconfundible. El kiki también lo es. La venganza se sirve en plato frío, o eso dicen, y esta vez en forma de pan y naranjas. Me coloco al lado de Gabriela y miramos la TV en silencio. Valiente zorra.

"Bueno, ¿no me vas a preguntar por la salida?" Alguien se sienta en la única silla libre que quedaba en la mesita. Es Chema. Estoy muy desconcertada, es el desayuno más raro que he tenido en la 4, no me acostumbro a mi sitio, ni a la nueva compañía, ni sé de qué salida me habla, ya que la única que conozco es Gabriela. "Perdona, Chemi, que no sé dónde tengo la cabeza. ¿De qué salida me hablas?" "De la del finde. He estado fuera sábado y domingo, ¿no me echasteis de menos?" "Yo sí, Chema, estuve en los sofás con Kike, pero te eché de menos" Zorra. Zorra, zorra y zorra. Miré el cuchillito que tenía delante. Lo cogí. Seguí pelando mi naranja. "Ay Chema, es que yo también salí, por eso no me di cuenta. ¿Dónde fuiste?" "Pues estuve en Ávila. Me han buscado una residencia ahí, la estuve viendo, y no sabes qué pasada. Preciosa, en un pueblo ahí perdido. El bus pasa cada tres días, así que si quiero pillar jaco, es como, Chemita, olvidate. Y me dejan llevar la muntanbai. Ma molao, Sydney, ma molao. ¡Qué ganas de ir p'allá!" Me dio una alegría tremenda. Porque he criticado mucho a la 4, muchísimo. Las terapias inútiles, la psicología inexistente, el protocolo irracional, las tremendas negligencias. Vazquez, joder, Vazquez. Pero si hay algo que sí consiguió la 4, fue salvar a Chema. No sé si fue el ambiente, la medicación, su psiquiatra asignado. O él mismo, con su arrojo, sus ganas de salir del hoyo, la enorme cicatriz del cuello a modo de señal de advertencia de todos los errores cometidos. O el recuerdo de su hijo, ese crío de 6 años protagonista sin quererlo de muchas historias que nunca deberían ser vividas. Sea lo que fuere, Chema había pasado, en tan solo un mes, de ser un ex-yonki inquieto, alterado e irritable, a lo que ahora teníamos: Una persona excepcional, educada, alegre, generosa. Con ganas de vivir y de empezar de cero, de abrazar una nueva oportunidad y de hacer de ella un nuevo camino. A pie o en mountain bike, lo mismo daba. Ese era mi Chema y yo me sentía enormemente orgullosa de él.

El resto del desayuno prosiguió con normalidad. Esto es, Gabriela y yo sin dirigirnos la palabra, pero ambas conversando amigablemente con Chema. Justo antes de retirar las bandejas, algo aterrizó en mi plato de naranjas. Era una servilleta hecha bolita. Miré hacia atrás y allí estaba Kike "¡que te he vuelto a ver darle a la manga!" Y supe, que con Gabriela o sin ella, que separados o juntos, la mesita seguía siendo mi mesita.

LadyVazquez en la sala. Maquillada como siempre y más altiva que nunca. Nos envía a la otra sala. Esta mañana toca Círculo.

Discursillo habitual. Hay dos pacientes que se van, pero ningún ingreso nuevo. Me alegro, será un Círculo corto. Ya tendré tiempo para atragantarme con su ego en la entrevista de después.

El primer paciente que se va es Chema. Me sorprendo, intuía que se iría pronto pero no pensaba que sería tan inminente. No quiere ponerse de pie. "Venga macho, si al principio no había quien te sentara", grito desde mi silla. Se ríe, asiente, y finalmente se levanta. Le da verguenza hablar, aunque termina haciéndolo. Hace un pequeño balance de su vida. "Las drogas se lo llevaron todo. Me quitaron la salud, me quitaron el trabajo, me quitaron la casa, me quitaron a mi mujer. Y me quitaron lo que más puedo amar en esta vida, que es mi hijo. Me habría rendido hace tiempo si no fuera por él. Y solo puedo deciros, que os mantengáis alejados de esas mierdas. Porque la cocaína destroza. La heroína mata. Conmigo casi lo consiguió. Alejaos, por favor. Hacedlo por vosotros mismos, porque de lo contrario terminaréis a mi edad en un ataud y sin nadie a vuestro lado" Todos escuchábamos sin perder detalle. Nunca habría pensado que Chema sería capaz de dar un discurso así, tan coherente, tan directo. Tan sincero. Don Arturo sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta para limpiarse las lágrimas. Yo me hice pequeñita en la silla, dando gracias en silencio, no sé muy bien a quién o a qué, por haberme salvado de todo esto. Chema prosiguió "Y poco más que decir. Gracias a todos mis compañeros, que habéis sido como una familia para mí. Gracias a todo el personal. Gracias a Sonia, que sé que no me aguantas pero yo te quiero igual, gruñona. Espero veros a todos fuera y estáis invitados a Ávila cuando queráis". Se sentó en su silla bastante emocionado mientras recibía un más que merecido aplauso. Yo sentí una lágrima por la mejilla. Lo que había dicho me había impactado, como a todos. Pero también sentía que el tiempo iba pasando, mis compañeros se iban yendo, las despedidas cada vez eran más frecuentes, y yo seguía ahí. Tan solo me quedaba Kike, y no sabía hasta qué punto podía contar con él.

Siguiente interna, Claudia. Claudia era una chica muy normal. No os he hablado de ella porque nunca llegó a presentarse en el Cítculo, aún no sé por qué motivo, y mi relación con ella nunca fue más allá de un par de educadas conversaciones. Tenía 30 años y vivía en Barcelona, aunque había abandonado su piso allí por motivos económicos y se vino a vivir con su madre en Madrid. Físicamente no llamaba la atención, gordita, pelirroja, y con gafas. Inteligente y con sentido del humor. Hablaba muy bien y parecía bastante culta. Buen trato, saber estar, educada y siempre atenta. No llegamos a llevarnos más debido al poco tiempo que estuvo, pero esa chica podría perfectamente haber sido mi amiga de habernos conocido en otras circunstancias. Claudia me contó que había ingresado de manera voluntaria, ya que padecía depresión. Y ahí estaba, una semana después, lista para el alta. Vazquez comenzó con sus clásicas preguntas. "¿Te ves preparada para irte?" "Sí, creo que lo estoy" "¿Cómo te encuentras respecto a la depresión?" "Mejor, más feliz. Menos angustiada. Ahora veo el mundo de otra forma" Sonreí. Me alegro por ti, Claudia. Fuerza. "Muy bien, esa es la idea. Y respecto al consumo, ¿qué vas a hacer?" Consumo. A mí Claudia no me había contado nada de drogas. Di por hecho que se fumaba algún porro de vez en cuando, aunque no le pegaba nada. Parecía una chica muy sana. Claudia pareció dudar. "Ah, sí. Eso. Pues... nada. Eso no lo voy a cambiar. Voy a seguir consumiendo. Creo que no afecta a mi vida y que puedo hacerlo sin ningún tipo de peligro" Vazquez frunció el ceño "Vamos a ver. Estamos hablando de un consumo prácticamente diario. Sí interfiere con tu vida. Y sí es peligroso" Claudia insistió "No, no lo es" Kike levantó la mano "Una pregunta. ¿De qué sustancia estamos hablando? ¿María? ¿Hachís?" "Cocaína. Lo que me meto es cocaína. Y no, no voy a dejarla. Porque así estoy bien. Y no voy a morir de esto. ¿Hemos terminado ya?" Hizo amago de levantarse, y el resto de internos la siguieron.

No me lo podía creer. Era una chica formalita, risueña, con buena apariencia. Me parecía increíble que pudiera meterse esa mierda absolutamente todos los días de la semana. No daba el perfil, joder, no lo daba. Pero es que la primera que no lo daba era yo misma, y ahí estuve, metida en ese mismo tema hasta hace relativamente poco. Y salí porque vi el peligro. Pero Claudia no lo veía. Y la tenía enfrente, a 5 metros de mí, levantada y dispuesta a marcharse, convencida de que apostar al blanco era hacerlo sobre seguro. No podía permitirlo. Miré alrededor. En esa sala, nadie, salvo Vazquez, sabía de mi pasado teñido por la droga. Para todos ellos yo era una chica ejemplar, una pobrecilla lisiada golpeada por la vida. Confesar una adicción daría la vuelta a esa imagen. Sonia, Chema, Kike. Don Arturo, joder. Tanta gente a la que decepcionar... Pero tenía que intentarlo, qué cojones. Mi dignidad pierde y Claudia se salva. Acepto. Alcé la voz "Claudia, espera. Siéntate, porfi. Será solo un minuto" Claudia se sentó. El resto de internos volvieron a sus puestos. Vazquez levantó una ceja y me miró con curiosidad. "Gracias. Mira, quería decirte una cosa. Ya has escuchado a Chema, las drogas matan. El caballo mata. La coca también. Te garantizo que eso es cierto, pero seguramente te parezca algo extraño y muy lejano, perteneciente a un mundo aparte que ni tú ni yo conocemos. Un mundo de yonkis asquerosos que mendigan por las calles y venderían a su madre a cambio de un último chute. Y nosotras no somos así, ¿verdad?" Claudia asintió "Bien. Pues yo no voy a ser tan extremista. Porque nunca he llegado a ese punto. Pero sí he jugado con las drogas, y he jugado mucho. No te hablo de porros en el parque, te hablo de cocaína. Y de heroína." Se removió en su silla. Don Arturo se cubrió la boca con una mano. Kike, por el contrario, no hizo gesto alguno. Tomé aire y continué "Mis circunstancias son diferentes. Siempre consumía sola, al llegar a casa por las tardes. No lo hacía por sentir el subidón, solo fue una manera desesperada de intentar terminar con los vómitos diarios. Pero después llegaba el bajón, y me sentía miserable. Y así cada vez que consumía, durante muchos días, muchos meses, muchos años. Hasta que un día toqué fondo y dije "hasta aquí". Y lo dejé. Y noté el cambio. Y llevo años sin esta mierda. Y he hecho balance. Y ahora veo lo que perdí, porque perdí cosas. No puedo decirte que perdí la salud y la vida y los hijos porque no sería cierto. Pero perdí mi casa. Perdí mucho dinero. Perdí la confianza de mis padres. Y, sobretodo, perdí tiempo. Muchísimo tiempo de mi vida invertido en colocarme y después pasar el bajón. Luces apagadas, persianas bajadas, móvil desconectado. Fines de semana enteros. Eso fue lo que perdí. Sal por la puerta si quieres, pero no ye engañes a ti misma diciendo que no te afecta en nada porque sí que lo hace, y cada vez irá a más. Estás a tiempo de salir. Solo te pido que lo pienses. Y si lo hago es porque veo en ti un reflejo de mí misma. Un reflejo de alguien que está a tiempo. Eso es todo" Claudia permaneció unos segundos callada, se limitó a un "lo pensaré" y abandonó la sala. El Círculo había terminado. Don Arturo estaba llorando.

Terapia Creativa. Hoy no hay renos. Tenemos que montar unos marcos de madera. Me coloco en la mesita y trato de seleccionar las piezas para el mío, cuando Kike se sienta a mi lado "Me ha gustado lo que has dicho" "Gracias" "No me habías dicho que tuviste problemas con las drogas" "No quería que cambiara tu imagen de mí" "Eso no va a pasar nunca, porque yo ye quiero igual. Digas lo que digas. Y digan lo que digan" Me plantó un beso en la frente y nos pusimos a trabajar en el marco.

Terminamos de comer. En la mesita hemos contado con un invitado muy especial, que nos ha deleitado con las vistas de su pechito y los movimientos de las trenzas. Ha habido risas (con Makelele siempre las hay), tirada de trastos (de nuevo, con Makelele siempre las hay), y tráfico de pan. Se respira buen rollo. Ver a Kike feliz me hace feliz a mí, con lo cual todos contentos. Aunque la ausencia de Antonio siempre está ahí, y cada día me pregunto qué será de él y si nos habrá olvidado ya.

Recogemos las bandejas. Ruido de llaves al abrir las habitaciones, y silencio minutos después. Es la hora de la siesta. Pero yo no duernl, hoy no. Toca entrevista con Vazquez. Espero en la puerta de su despacho, como de costumbre. Alboroto mi pelo, mantengo el plan de esta mañana. Llegan mis padres, reverencias, entramos dentro. "Buenos días, buenas tardes, ¿cómo están ustedes?" En mi mente aparecen los payasos de la tele y unos niños contestando "¡bieeeeen!" al unísono. Me río. "¿Qué es lo que te hace gracia?" "Perdona María, es que se me había dormido un pie" Ni doctora, ni Vazquez. Ya la llamo María, directamente. Por el hecho de ser médico tenía mi respeto, por supuesto que lo tenía. Pero lo perdió ella sola en la anterior sesión. Y por eso ya no es Vazquez, sino simplemente María. "Bien, Sydney ha pasado el domingo en casa con sus tíos. ¿Han hablado con ellos? ¿Qué les han comentado?" Mi padre estaba de muy buen humor. Contó la versión del fin de semana que le habían dado Inma y Ángel, muy cercana a la real. Que habían sido dos días estupendos, que me había estado alegre, cariñosa con los niños, activa, con ganas de hacer planes, sin poner pegas en la comida, cercana y optimista. Y que en opinión de ellos, y en la de mis padres también, estaba lista para volver a casa. Lo dijo tal cual. "Lista para volver a casa" Dios, no podía sonar mejor. "¿Y tú qué, Sydney?" Me miraba con una pluma en la mano, lista para anotar. No podía fallar en la respuesta. "¿Qué de qué?" "Que qué opinas de eso. ¿Estás lista para volver a casa?" "Ah. Pues yo creo que sí. Estoy preparada. Tengo muchas ganas, veo las cosas de otra manera, he aprendido mucho aquí (mentira en ese momento que más tarde se convertiría en verdad), quiero ver a mis amigas y volver a la rutina, y veo que me espera un buen futuro ahí fuera". Me había quedado un discursito bastante convincente, con alguna bola de por medio, pero daba el pego. Por favor, que cuele. Dios, haz que cuele. Sácame de aquí. Crucé los dedos. Vazquez seguía anotando. "Futuro, has dicho" "Sí, eso mismo" "Pues yo no veo ningún futuro" No entendía nada. ¿Qué insinuaba? ¿Que estaba perdida en la vida? ¿Que iba a morir? ¿Que ya era tarde para todo? "No entiendo, a qué te refieres?" "Tu plan de futuro. ¿Cual es? No veo ninguno" "Pues... Mi plan de futuro es... Trabajar... y ya" "Vamos, exactamente lo que estabas haciendo hasta el momento que te tiraste. Sin ningún tipo de cambio" Me había pillado. La verdad es que no tenía respuesta "Sí, no sé" "Comprendo" Cerró su libreta "Nos vemos la semana que viene entonces. Les acompaño a la salida"



Claudia no se marchó hasta las 9. La vi recoger sus cosas de taquilla. Quise pensar que haría lo correcto, que no volvería a consumir esa mierda, y que se mantendría bien alejada de ella. Que ahora quizás no, pero que en unos años se daría cuenta de la gran decisión que había tomado. Y, a pesar de que permanecí sentada cuando salió, y que me limité a despedirla con la mano, me gustaría que, de alguna forma, si ese día llegaba, pensara en mí. Porque, en cierta manera, yo fui una de las personas que la acompañó hasta la salida.





Día 36: El plan



"419, arriba. Y no te lo voy a repetir. No habrá una segunda vez." Abro los ojos. No es la voz de Alicia, ni de Moha, ni de Tere. Es de alguien que apenas ha traspasado el umbral de mi puerta, pero reconozco ese tono, y sobretodo, reconozco ese perfume. Es Brummel, no tengo la menor duda. Entra en la habitación. De malos modos, deposita el neceser y un pijama limpio encima de mi cama antes de largarse. Veo cómo se aleja.

No sé cómo ni por qué, si me he comportado mal esta semana o ha sido puro azar. Esa misma suerte que me salvó la vida en caída, y que más tarde cruzó a Ali en mi camino, ha vuelto en forma de ironía trayendo a Brummel a mi cuarto. Después de 36 días. Podría arroparme y fingir que no he escuchado nada. Podría llorar hasta quedarme sin lágrimas. Podría tirarme al suelo y hacerme pis como aquella fatídica mañana. Podría maldecir al destino por hacerme pasar por esto. Podría borrar la palabra "suerte" que hay unas líneas más arriba y negar que esto forme parte de ella.

Pero no lo hago. Porque sí lo es. Esto es suerte. Las cosas han cambiado. Ya no soy la niñita asustada, lloriqueante y desvalida que entró en una camilla con los pies rotos, que agachaba la cabeza ante todo y que suspiraba por unos metros de altura más. Ya no. Sigo asustándome a ratos, pero sé mantener la calma. Sigo llorando, pero sé secar mis lágrimas. Sigo en la silla, pero no estoy desvalida. Tengo los pies rotos, pero nada se interpone en mi camino. La cabeza bien alta, excepto cuando me acarician el pelo. Y suspiro por miles de cosas, pero la altura del puente ya no es una de ellas. Así que no, Brummel, no te preocupes. No habrá una segunda vez. Bajo de la cama, salto a la silla, llego a la ducha. Haciendo un gran esfuerzo me traslado a pulso al taburete de plástico. Abro el agua, y me enjabono. Y disfruto del momento. De mi momento. Después, más agua y aclarado. Estoy prácticamente terminando cuando alguien abre la puerta del baño. Es él. Me mira enfurecido. "¡Tienes prohibido ducharte sola! ¿Estás loca o qué te pasa? ¿Eres consciente del lío en el que me puedes meter por esto?" Me puse la toalla con toda la calma del mundo y me giré. "También tenía prohibo caminar y ya ves que lo hice. Y no recuerdo que te ocurriera nada por ello" Sonreí. No supo qué contestar y se limitó a guardar todas mis cosas en el neceser y a llevárselo a modo de castigo. ¿Un día sin desoderante por habérsela devuelto a Brummel? Habría firmado por un año.

Desayuno. Mi sitio vuelve a estar libre. El de al lado, ocupado. Trato de fijarme en sus zapatillas para intentar adivinar mentalmente de quién se trata. Rojas y Snoopy, Sonia. Peluchinas grises, Gabriela. Cuadros escoceses, Don Arturo. Pero al ver lo que cubre sus pies me doy cuenta de quién es. Alguien a quien sentía lejos aún estando cerca. Alguien a quien sentía cerca aun estando lejos. Alguien que tendría siempre su hueco en la mesita, y uno más grande en mi corazón. Porque no había ni rastro de zapatillas. Tan solo los viejos calcetines de siempre.

"Hola Clarita" Me alborotó el pelo. "Buenos días greñoso. ¿Qué tal vas? ¿Qué plan tienes?" "Pues ya sabes, dejar los días pasar" "Ya somos dos" Y se hizo el silencio. Y miré por la ventana. Porque éramos dos, y siémpre lo habíamos sido. No ya en esta mesa, sino a lo largo de la vida. Kike, incomprendido en una residencia psiquiátrica, donde el más cuerdo era él. Acostumbrado a la rutina, a las pastillas, a ver la vida pasar, a que cada día fuera igual que el anterior y a no esperar ya nada del futuro. Y yo, a 20 kilómetros de él, sin conocerle siquiera, incomprendida en una familia, en un grupo de amigos, y en una gran oficina. En un mundo de cuerdos donde la más loca era yo. Pero idéntica vida en lo demás, quizás con menos pastillas, pero la misma rutina, desesperanza, y nula fe en el futuro. Es por ello que sí, éramos dos. Y es por ello que sentía que le quería, porque al fin había encontrado a alguien que podía alcanzar a comprender la tremenda magnitud de lo diminuto de mi existencia. Por contradictorio que pueda sonar.

Tras el desayuno, unos minutos de descanso. Sara llegará tarde, por lo que Kike se echa sobre la mesa. Estoy tentada de unirme a él, quizás esté soñando con la libertada en una playa de Almería. Pero sé que en algún momento despertaremos, y volveremos a la 4, y volverán las noches de soledad y Brummel al día siguiente. Y yo no quiero eso. Quiero que haya un mañana, por supuesto que lo quiero. Y dos. Y tres. Y los que haga falta. Quiero un futuro. Pero un futuro fuera de aquí.

Es entonces cuando recuerdo a Vazquez. Su pregunta. Y mi "No sé". Pero ahora ya sí sé. Y necesito que ella también sepa. Busco papel y boli, y me pongo a ello. "Sydney Bristow: Mi plan de vida desde hoy". Y ya está. Y me quedo en blanco. No sé ni por donde empezar, ni qué meter, ni de qué hablar que no sea trabajo. Además, Sara acaba de entrar por la puerta con unos mandalas para colorear y parece que hay que ponerse a ello. Kike levanta la cabeza. Rápidamente, doblo el folio y lo dejo en la mesita cubierto por mi botella de agua. Allí está a salvo y sé que nadie lo tocará. Total, tengo toda la semana para ir pensando ideas.

Terapia de Colorear. Hicimos el subnormal Kike y yo, terminó expulsado por mancharme la cara con rotulador. Terapia de Escritura, narra un recuerdo feliz que tengas con tu familia. Nochevieja en el campo, por supuesto. Escuchando las uvas por la radio, sin saber hasta los 13 años que había gente en el mundo que las veía en televisión. Cenar sopa y comer jamón sin preocuparme por la talle. Mi abuela sonriendo y mi padre tocando el ukelele. La escribí tal cual me salió, estilísticamente era una mierda pero es la historia lo que importaba. Quedé segunda después dw Gabi, que contó uno de sus suicidios y la posterior reunión con su familia. He de admitir que fue emotivo y hasta yo misma la voté.

Tras eso, comida. Kike, Lolo y yo a la mesa. Lolo no da conversación, pero siempre es agradable tenerle cerca. Intentar mirar tras los cristales de esas gafas para ver cual es su historia y llegar a comprenderle. Pero sus muecas y risas hacen inútil el intento, xq hasta el más audaz de los detectives caería desarmado ante un "Pffff" de Lolo. Ahí sabes que has perdido cando escuchas tu propia carcajada. Y cuando vas a abrir el yogur, y ves que ha desaparecido de tu bandeja, y miras en la de Lolo y efectiviwonder, ahí está. Vacío, evidentemente. Entonces ya te rindes directamente. Xq Lolo no es un paciente, ni un loco, ni un ingreso. Lolo es un mago. No habla, para no desvelar au truco. Pero lo que ocurre con los flanes y yogures a su alrededor no tiene otra explicación. Y lo que sentimos quienes pasamos tiempo a su lado, es eso. Pura magia. Y ojalá estas líneas puedan llegarle algún día, porque no hay yogures, ni flanes, ni tarrinas de helado suficientes para agradecerle los instantes especiales que vivimos con y por él. Gracias, mi pequeño gran silencioso Lolo, el chico que intentaba callar pero que hacía magia con los ojos.

Siesta, tensiones y visitas.

Como de costumbre, no esperaba a nadie. Pero la vida siempre te sorprende, y en la 4 más aún. Faltaban 15 minutos para que
marcharan los familiares, y se escuchó un "prrrr". Entraron en la sala. Eran Vicente y mi padre. Quise morir de la ilusión. Ambos me dieron un beso, me llenaron de ánimo, e insistieron en que había mejorado mucho. Que pronto estaría en casa. Que todo iba a salir bien. No hubo tiempo para nada más, Marisol les invitó a salir. Y lo hicieron, cruzaron la puerta y bajaron. Pero su espíritu se quedó conmigo y los besos no se irían tan fácilmente.

Cena en la mesita redonda. No hay historias, tampoco está Lolo. Pero vuelve Chema, y sus planes en Ávila, y la mochila preparada ya que se va mañana. Describe su habitación con todo lujo de detalles. Y escuchamos, y lo vivimos con él. Porque aquí en la 4 nos conocemos hasta el último rincón, y cualquier imagen que venga de fuera, aunque sea en forma de palabras, es más que bienvenida. Por eso sentimos la futura cama de Chema como propia y nos molesta el chirrido que hará su armario algo desgastado cada vez que abra el cajón de los calzoncillos. Pero no importa, porque él está feliz. Y nosotros, aún más. Es su última cena y ha decidido pasarla con nosotros, por algo será. De nuevo brindamos con agua, algo que empieza a ser costumbre, y le deseamos todo lo mejor. "Por una vida nueva, por un pasado que queda atrás, un futuro que empieza hoy, y una mochila llena de ilusiones. Y por tu niño, Chemi. Que tiene un padre que mata por él. Pero que no muere"

Son las 9. Kike mira por la ventana. Yo hago lo propio. Alguien se acerca por detrás. "¿Qué tal estás, nena? ¿Cómo va ese ánimo?" Es Nati "Bueno, algo mejor. He tenido visita" "Ya te vi, ya. ¿Tu padre y...?" "Mi novio. Bueno, exnovio. Amigo. No lo sé. Realmente no tengo ni idea de lo que somos en este punto. Dejémoslo en que es alguien a quien quiero mucho y que ha estado a mi lado siempre. Esto entre tú y yo. Para el resto de la planta, es mi hermano. Que ya sabes que aquí solo dejan entrar a familiares" Nati se rió "Ya veo, ya. ¡Menuda incestuosa estás hecha! Pero a lo que vamos, te ha venido bien la visita, ¿no?" "Sí, fenomenal. Lo que ocurre es que ahora que les he visto me han dado unas ganas enormes de volver a casa. Y aún me quedan semanas, porque tengo que explicarle a Vazquez cual es mi pryecto de futuro. Y realmente, Nati, no tengo ninguno. Volver a la oficina a firmar papeles. Poco más." Nati acercó su silla y tomó mi mano. "Vamos a ver, nena. Tienes todo el futuro por delante. Lo primero, qué te han dicho los médicos. De los pies. ¿Podrás volver a andar?" "Sí" "Mejor me lo pones entonces. Piensa en paseos por el parque. En viajes a destinos desconocidos. Con tu hermano de mentira, con tus padres, con quien tú escojas. Eso suena fantástico" Tenía razón. Llevaba años esquivando esos planes por culpa de la bulimia, pero ahora que estaba controlada quizás pudiera intentarlo. Y me apetecía. Me apetecía mucho. "Más cosas. Tu familia, ya que hablábamos de ellos. Mejora vuestra relación, imagina lo que podéis llegar a ser y a crear juntos. Cuéntale todo eso a Vazquez" Asentí. "¿Tienes amigas?" "Sí, las tengo. Claro que las tenía. Y eran las mejores del mundo. "Pues saldrás con ellas, te vas a divertir, algunas se casarán, quizás tú, quién sabe. Haréis planes locos y os reireis de todo de mayores. Crea esos planes. Porque en algún momento serán realidad" Recordé la seria Las chicas de oro y supuse a lo que se refería. Me gustaba la idea. "Kike" Nati se acercó a mí. ¿Qué pasa con Kike?" Pregunté desconfiada "He visto cómo le miras, y cómo habláis en el desayuno. Es bastante evidente, Syd. Hay magia" "No, pero eso es por Lolo" Hizo un hesto con la mano "También. Pero sabes de lo que hablo. Kike va a estar en tu futuro. Los dos lo necesitáis. Inclúyelo. Sea lo que sea, una amistad o algo más. Ahora forma parte de tu vida y lo hará durante más tiempo. No lo dejes a un lado" Nunca lo haría, pensé. "Lo sé", contestó Nati. Mierda. De nuevo, había pensado en alto. Debería aprender a manejar estas cosas. "Muchas gracias, Nati" "No me las des. Porque ya lo tenías. Está en tus manos. El futuro. Siempre lo ha estado. Solo te ha hecho falta alguien que te ayude a verlo"

Dos minutos más tarde, retomé mi puesto en la mesita. Desdoblé el papel. Ahí estaba, "Sydney Bristow, mi plan de vida desde hoy". Y una hoja en blanco que se me antojaba inmensa. Sin apenas pensarlo, comencé a escribir. Solté todo lo que Nati había inspirado en mí, y mucho más. Mis protectos para una vida mejor. Los deseos que cumpliría en el sendero hacia ella. Los pasos que iría dando. En definitiva, todas y cada una de las pequeñas metas y logros que iría cumpliendo hasta llegar al objetivo final de ese plan: la felicidad. Y no había una fecha ni un hecho concreto que indicara que la había alcanzado, que ya había cumplido. Esa felicidad formaba parte del viaje y era durante el mismo cuando llegaría hasta ella. La felicidad no es la meta. La felicidad es el camino.

Escribí, y escribí. Llegó el carrito. Zumo y medicación, no quise galletas. Pregunté si podía quedarme hasta más tarde y me dijeron que las 12 era hora límite. Continué con ello. Viajes, planes, terapias, familia, sacar a Kike de la residencia, conocer el restaurante de Antonio. Terminar mi libro. Nadar en la piscina, pasear al perro, ascender en el trabajo. Olvidar -por fin!- a David y encontrar el amor verdadero. Seguir pintando. Coleccionar mariposas. Volver a Paris y algún día dar el paso y visitar Australia. Y así, sin darme cuenta, dieron las doce. Estaba agotada. Recopilé todo. Había utilizado cuatro folios, por ambas caras. No tenía tiempo para repasar, lo escrito, escrito quedaba. A día de hoy no recuerdo un texto más limpio y puro que aquel. A pesar de todos los borrones.

Me acerqué a Control. Blanco me recibió con una sonrisa. Le pedí un sobre, me lo dio encantado. Guardé ahí mi plan de vida y escribí "Att Dra Vazquez". Le pedí que por favor se lo entregaran a primera hora de la mañana. Dijo que así lo haría y me deseó buenas noches.



Me dirigí a la habitación. Apenas 10 metros separaban Control de la 419, pero surgieron las dudas. ¿Y si me he equivocado? ¿Y si el plan no es correcto? Dudé ¿Y si todo no es más que una sarta de mentiras? ¿Y si estoy condenada a no ser feliz? Me giré temblando ¿Y si es el destino quien elige por nosotros? Volví hacia Control, dispuesta a pedir el sobre de vuelta. Pero cuando llegué, Blanco ya no estaba.

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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:38

Día 37: Vendas

Gritos en el pasillo. Puertas que se abren, carritos con pijamas limpios y ruedas que fallan. Me arropo fuerte, esperando la llegada de Brummel. En principio no debería temerle, ayer ya demostré que estoy varios peldaños por encima de él y que no hay posibilidad alguna de que pueda volver a herirme, porque no me dejaré. Ya no. Sin embargo, ahí estoy. Metida en la cama, y arropada hasta la nariz. Temblando ligeramente. Trato de convencerme de que se debe al frío, es simplemente eso. Pero curiosamente, cuando veo a Tere entrar en la habitación, sonrío inmensamente, retiro la sábana, y los escalofríos desaparecen.

"¡Tere! ¡Te he echado de menos!" Me miró algo sorprendida, ya que nuestra relación podría haberse definido como "cordial", nada más. "Buenos días Sydney. Ayer me tomé el día libre, pero hoy estoy aquí de nuevo. ¿Pasamos a la ducha?" Y allí, entre ese gel que escocía en los ojos, y ese agua que por momentos salía fría, olvidé el instante de debilidad en el que por un segundo me había vuelto a convertir en la niña inválida, insegura y asustadiza que moría de miedo al ver a Brummel.

Desayuno. Mesita redonda. De nuevo, mi sitio ocupado. Y no me refiero a una silla en la mesita, me refiero a mi propio sitio, el lugar junto a la ventana. El de las mejores vistas. Tanto hacia las dos mesas largas, como hacia el exterior. Aquel donde puedes ver al resto de los internos y a la gente madrugadora que pasea por la calle. Mi puesto desde hace ya 37 días. Y no me hace falta ver las zapatillas peluchinas grises para saber de quién se trata, puesto que algo tan ruin como quitarle el sitio a quien va en silla de ruedas solo es capaz de hacerlo una persona. Alguien que además está acariciando el pelo a Kike y acomodándose en su hombro. Me siento junto a ambos en el tercer puesto libre. "Buenos días" "Buenos días Syd. Gabriela me estaba contando que le darán el alta en tres días".

Antes de que pueda responder alguna impertinencia, entra una persona en la sala. Perfectamente vestido, impolutamente peinado. Deportivas atadas, mochila a la espalda, y una enorme sonrisa en la cara. "Vengo a deciros adiós". Las auxiliares, viendo la que se avecina, nos recuerdan que está prohibido levantarse durante el desayuno. Pero todos sabemos contar. Ellas son dos. Nosotros somos 20. Y a todos nos puede el corazón. Nos levantamos, corrwmos hacia él -yo lo hago, a mi manera-, le damos un abrazo inmenso, y entre "mucha suerte", "tú puedes", "no nos olvides", "estamos contigo", y miles de "te queremos", un Chema algo emocionado, pero más entero, valiente, y capaz que nunca, abandona el comedor. Quizás no se haya quedado con las palabras, ya que había mucho barullo y éramos demasiados a la vez. Pero sí con el mensaje. Y, no sé el resto, pero a mí, desde luego, no me queda ninguna duda. Porque he visto su evolución, y conozco al Chema del principio, y conozco al Chema del ahora. Y el Chema del final, que será el que él mismo construya, ese Chema, se va a comer el mundo. Porque puede. Siempre pudo. Pero ahora, además quiere. Y me consta que lo hará.

Por ello sigo con mis naranjas tranquila, como de costumbre, pero feliz. Y por ello apenas me doy cuenta de que Gabriela sigue tonteando con Kike y mirándome mientras lo hace, tocándole el hombro, jugando con su pelo. Todo esto hasta que se cansa. Porque un tonteo con Kike no parece ser tan divertido si él no entra al trapo, y menos aún cuando yo apenas presto atención. "¿En qué piensas, Clarita?" Sigo mirando por la ventana. Recibo el suave impacto de una servilleta hecha bolita, algo que ya parece ser costumbre entre nosotros. "Perdona, andaba distraida. Dime" "Te preguntaba que en qué piensas" "Ah" Quise disimular, pero no soy buena mintiendo y tampoco tenía por qué esconderme. "En Eugenia. En Javi. En Naiala. En Ahmed. En Rhino. En Antonio. En Raul. En Claudia. Y ahora, en Chema. En todos los compañeros que se han ido marchando y en lo largo que se está haciendo esto. En cuántas ganas tengo de salir y en cómo siento que ese momento nunca llega. Y ya empiezo a desesperarme. ¿Tú no?" Gabriela entró en la conversación, sin que nadie le hubiera dado pie a ello "Yo sí, pero como me largo en tres días..." Omití su reapuesta y volví a los ojos negros de Kike "Pues te voy a ser sincero, Syd, y puede que esto te sorprenda. A mí me han ofrecido el alta varias veces" No me lo podía creer "¿Cómo? ¿Y qué haces aquí aún?" "Dije que no me encontraba bien y que no estaba preparado para salir. Pero la realidad, Syd... La realidad es que aquí estoy bien. Tengo todo lo que necesito. Calor, comida, rutina, una cama, un techo bajo el que dormir..." Le interrumpí. No me parecía motivo suficiente para aferrarse a este encierro voluntario. A esta cárcel con paredes tenídas de azul celeste. "Kike, en tu residencia tenías todo eso y más. Y te estás dejando algo fundamental: tenías libertad" El solo pronunciarlo me hacía sentir un sinfín de emociones. "Sí, pero no es comparable. Allí nadie se ducha. La convivencia es un caos. Los pasillos un infierno. De la comida ni hablamos. Los compañeros, intratables... De qué me sirve la libertad si sé lo que me espera cada día al volver a casa. De qué me sieve la liberta si ni siquiera tengo casa, joder." Parecía a punto de echarse a llorar. Aún así, yo seguía sin comprenderle. Traté de hacerle entrar en razón "Kike, entiendo lo que dices, pero date cuenta de que aquí..." Me cortó "Aquí hay algo fundamental que falta en mi resi, y que sé que por muchas reformas que hagan jamás voy a encontrar. Y por eso estoy intentando prolongar mi estancia de cualquier forma posible. Y por eso finjo, engaño, y miento a mi propia psiquiatra" Increíble. Yo rezando cada noche para salir cuanto antes, y él haciendo lo imposible por estirar su ingreso en la 4. No entendía nada. Supuse que se refería a algún tipo de medicación o deoga de dificil acceso para él fuera del hospital "¿A qué te refieres? ¿Qué es eso tan valioso que no vas a tener fuera de estas paredes?" Kike clavó sus ojos negros en mí "A ti. Sydney, tú no estarás en ningún otro lugar al que pueda ir. Quiero estar donde tú estés. Y si tiene que ser aquí, estoy conforme". Gabriela se levantó, dejó su bandeja de malos modos, y salió del comedor dando un portazo.

11 de la mañana. Terapia creativa. Por suerte, no hay renos a la vista. Me alegro enormemente. Por un lado, sé que podría tirar de la 30/1992 para librarme de tal tortura, pero por otro puede que Sara haya hecho un par de preguntas y esté al tanto de que mi farol era simplemente eso, un farol. Prefiero no tentar a la suerte y participar en la dantesca obra pictórica, manualidad, escultura o trasto inservible que vayamos a crear hoy, preguntándome de antemano la naturaleza de su composición y de los materiales a utilizar. No es un detalle banal, ya que, en el futuró será algo creado con mis propias manos. Y soy consciente de la capacidad que tengo para ello, y sé que cuando lo lleve a casa, mi padre observará mi obra, y bajo la luz del día la admirará orgulloso ante mí. Pero al caer la noche una duda asaltará su mente: Nosotros somos seres orgánicos. Pero ¿Y esto? ¿De qué está compuesto? Y esa duda rondará su cabeza durante mucho tiempo. Es por ello que necesito conocer cual es la materia prima sobre la que estamos trabajando, para poder responder con presteza a esa cuestión, y que mi padre pueda, llegado el momento, (normalmente al alba) colocar mi trabajado recuerdo en el lugar que le corresponde. Esto es, contenedor de vidrio, de papel, o de plásticos.

Total, que nos pusieron en equipos de tres. Kike, Makele y yo. El trabajo consistía en grabar con un palito incandescente una cajita de madera. Me sorprendí, porque me pareció una tera un tanto peligrosa tratándose de internos que van hasta arriba de medicación. Ninguno era peligroso, pero perfectamente podríamos habernos dormido encima del palito. Aunque dada la enoción que sentíamos por hacer algo nueva, era bastante impribable que eso ocurriera. Sara nos dio la cajita. Era como un cofre en miniatura. Madera clarita y muy bien pulido. Sentí lástima, porque supuse lo que iba a ocurrir. Al fin y al cabo éramos tres al mando, cada uno con su propio concepto creativo, y todos con ganas de plasmarlo en vivo. Renuncié desde el principio a quedaeme con el cofre, en parte por ahorrarme el sufrimiento de ver cómo lo íbamos masacrando, y en parte porque al ser madera no tenía claro en cual de los tres contenedores querría tirarlo mi padre, y la duda me iba a provocar un derrame en cualquier momento. Comenzamos. Fui la primera en probar el trasto, grabé -qué si no- un corazón en la tapa. Quedó ciertamente pasable. Makelele fue el siguiente, y unas bandas laterales en forma de "S" hicieron compañía al corazón. Después, algo que parecían estrellas, cortesía de Kike. Más adornos, más pruebas, más intentos. El cofre de nuestros sueños convertido en el superviviente de un incendio. Kike y Makele discutiendo sobre quién se lo quedaría. Era una situación tensa, tuve que intervenir. "Chicos, chicos. Como sabéis, soy abogada" "Sí" Estaban verdaderamente cabreados "¿Me permitís que decida sobre vuestro caso?" "Vale" "Sí Silni, pelo no le des la lasón a Kike solo pol sel tu amigo poh favol" "No te preocupes, Makelele. Prometo ser justa e imparcial. Al graduarme tuve que jurarlo sobre una Biblia y sobre la Santa Constitución" (esto era una mentira como una casa, pero en fin, me había crecido, no os voy a engañar, y añadía un poco de solemnidad al tema). Los dos me miraban sin pestañear, mientras el resto de internos seguían a su rollo, destrozando sus respectivos cofres mientras Sara les jaleaba por ello. Continué con mi pequeño juicio. "Bien. Ambos estáis enfrentados por la custodia del cofre. Estáis convencidos de que, como si de un hijo se tratara, ha de ser forzosamente para uno. Solo para uno". Asintieron. Se leía la preocupación en sus caras. "Pues os doy la solución. No se trata de un hijo. Es un trabajo. Y de igual forma que yo renuncié a él, podéis hacerlo vosotros. Ninguno de los dos está obligado a quedárselo. Kike, Makelele no lo quiere, no se lo encasquetes. Mekelele, lo mismo te digo. Chicos, con la Constitución en la mano os digo, que estáis legitimados para tirar ese esperpento a la basura. El Rey, El Gobierno, la Unión Europea y el mismísimo Trump os amparan. Podéis proceder" Ambos se levantaron alma que lleva el diablo a tirar el cofremierda a la papelera. Paniqué. "¡No, no! ¡Cuando Sara no mire!" "Pelo Silni, tú dihiste..." "Ya, ya lo sé. Se me había olvidado una parte del Concilio Vaticano. Tiene que ser cuando Sara no mire". Y así fue. Poco antes de empezar la segunda terapia, el cofre ocupó su legítimo lugar. La papelera que había enfrente de Control. A día de hoy no se lo he contado a mi padre, se habría puesto muy nervioso de saber que no reciclé mi teuño. Si sirve de algo, yo había renegado de él. Ya no me pertenecía. Y en cualquier caso, diría que era residuo orgánico, con lo que su sitio estuvo perfectamente adjudicado.

Recogimos las cosas. Diez minutos de descanso y reparto de papel y boli. Me temí lo peor. Y, efectivamente, así fue. "Terapia de escritura, chicos. Cada uno dirá una palabra y con ella construiremos una historia". No, no, no y no. No podían obligarme a escribir, me negaba. Además, ni siquiera era por parejas, por lo que no podía dejarle el muerto a otro, me lo iba a comer yo solita. Qué injusta puede llegar a ser la vida y qué dura en la planta 4, pensé. Y en ese preciso instante, un ángel apareció. Vestido de uniforme y con chapita marrón. Un segurata salvándome la vida, acompañado de un auxiliar, que para mayor alegría no era Brummel "Venimos a por Sydney Bristow". Sara asintió con la cabeza, pero antes de que abandonara la sala, se dirigió a mí y preguntó: "Syd, ¿una palabra para que tus compañeros incluyan en el relato?" Miré a Kike. Recordé sus palabras durante el desayuno. Varios de los días que había pasado aquí habían sido provocados por él mismo. Quería estar conmigo. Ayer. Hoy. Mañana. Y quedaban muchos, porque visto como iban las cosas, siempre había un mañana. Teníamos que hablar del tema. Desde luego, había una conversación pendiente. "Mañana", contesté en voz alta. Sara anotó la palabra en la pizarra. Él me guiñó un ojo y dijo hasta pronto con la mano.

Me dirigí al auxiliar "¿Qué he hecho? ¿Qué ha pasado?" "Tranquila, mujer. Es solo por lo de los pies". El recorrido de siempre. Ascensor, planta baja, sala de espera durante un par de mi utos. La puerta se abre y veo a Cecilia. Hago amago de entrar pero el auxiliar me indica que espere junto al vigilante, y es él quien entra y entrecierra la puerta. Conversa con Cecilia. Al ratito hacen un gesto y entro. Me tumban en la camilla, cortan las mallas e inspeccionan los pies. "Vaya, vaya" "Eso es que van mejor, ¿no Cecilia? "Niña, solo he dicho vaya vaya, no que hayan mejorado" Tras esa contestación tajante no sé muy bien qué decir, así que permanezco callada mientras ella y Matina, su ayudante, escarban con el bisturí. "¿Sigues sin sentir nada?" "Sí. Nada de nada". Me pongo un poco triste al responder, porque soy consciente de que debería sentir, pero no lo hago. Que no me duela aún cuando me están clavando un bisturí y removiendo entre todas las costras es mala señal, muy mala. Pero de repente empieza a brotar sangre, y yo sonrío, muy discretamente, pero sonrío. Y Martina coge otra gasa para limpiar todo y yo sigo sonriendo. Cecilia me mira y trato de ponerme seria, pero ya es tarde, me ha pillado. Es una mujer que impone mucho, aunque conmigo siempre ha sido buena, muy buena. Me mantengo inmovil aunque a los pocos segundos noto que es ella quien sonríe ahora. Y no sé por qué lo hace, quiero pensar que es por la sangre, pero no me parece un motivo tan grande como para sacarle una sonrisa a Cecilia, con su aspecto de dama de hielo.

Finalmente, se sienta en el ordenador y comienza a teclear. Es Martina quien, como de costumbre, termina la cura.

"Cecilia, ya la tienes. Le he puesto lo de siempre. Iruxol, gasas, algodón, y malla del 4"

Y es aquí cuando llega el momento mágico, el momento en el que empecé a flotar, el instante en el que sentí que las pesadas puertas de las 4 se abrían, pero no para volver a entrar, sino para, por fin, dejarme escapar rumbo a la libertad. A mi nueva vida. A mi plan escito en 4 folios de papel, a punto de hacerse realidad. Es en esa camilla, en esa sala, cuando las paredes comenzaron a derretirse como cuadros de Dalí tras escuchar estas palabras.

"Ponle vendas" "Pero Cecilia, no puede llevarlas. Está en la 4" "Ponle vendas. La niña se va de alta"

Hora de comer. No he querido decir nada. Gabi está en la mesa, restregándonos su futura libertad por la cara. Sabe que la de Kike depende de la mía. Pero no sabe que la mía llega hoy. Así que dejo que disfrute del momento, al fin y al cabo, quien ríe el último, ríe mejor. Y, siendo sinceros, el motivo real por el que no lo he dicho es porque no encuentro las palabras para hacerlo. Hace un rato dije "mañana", pero esa es precisamente la menos válida de todas ellas ahora mismo. Hay un mañana, por supuesto que lo hay. Hay un mañana libre y feliz para mí, quizás el mejor de los mañanas. Pero mañana no es con Kike. Y no me atrevo a decírselo. Y vuelvo a ser la niña pequeña y asustada que no supo decile que no a alguien a quien odiaba desde el primer instante, pero ahora no sé decirle que no a alguien a quien he querido hasta el último. Me marcharé a la hora de la siesta. El mismo camino y situación que he recorrido tantas veces al volver de las salidas, solo que esta vez a la inversa. No quiero despedidas, no soy Chema, mi estancia ha sido más breve y no he marcado un antes ni un después. Me iré de manera discreta, de la misma forma en la que entré, y solo lo compartiré con Kike.

Terminamos de comer. Gabriela comenta que ahora irá al baño a vomitar, como hace siempre. Le pido a Kike que por favor pase por su habitación para traerme el libro de Yo también fui a la EGB Vol II, que está en su cuatro. Gabi y yo en la mesa. Vuelve a recordarme que se va en dos días y medio. Le digo que ya tengo mi alta. Corte de mangas a modo de respuesta, se levanta, y se va. Está siendo un día redondo.

"Aquí tienes el libro. Hay una página que está un poco doblda, porque cuando la marqué resulta que..." Lo cerré. "Kike, me da igual el libro. Quería hablar con Gabi. Escucha. No sé cómo decirte esto" Me miró a los ojos "Te vas" Qué cabrón. Por eso nos fundía sienpre al mus. Xq leía las cartas en mis ojos. "Sí" "¿Mañana?" En su pregunta vislumbré un atisbo de esperanza "No, hoy. Ahora, de hecho. Cuando salgas de la habitación para las tensiones ya no estaré" Puso los codos sobre la mesa y la cabeza entre sus manos "Pffff Syd. Mi Syd. ¿Y qué voy a hacer sin ti? Dime. ¿Qué hago?" Aguanté un par de lágrimas que ahogaban mi gargante e intenté reirme. "Pues qué vas a hacer, tonto. Lo primero, hablar con la psiquiatra. Decirle que has mentido, porque estás loco, y que quieres salir de aqui. Bueno, omite lo de loco, quizás sea contraproducente" Ambos nos reímos "Después, vuelve a tu resi. Ten paciencia. Estudiaré lo que haga falta, lo prometo. Mírame, Kike. Voy a sacarte de ahí" Me cogió la mano por debajo de la mesa y noté cómo la apretaba, fuerte. "Y por último, ve buscando playas en Almería. Que Antonio y tú os vais p'allá. Y acostúmbrate al olor del azahar. Porque habrá naranjos, muchos, muchísimos naranjos." Se secó las lágrimas con la manga, en aquel gesto infantil que tanto me había criticado "Ey, escúchame. Todo va a salir bien ¿Vale? Mírame. ¿Cuándo te he mentido yo?" Nos dimos un abrazo inmenso, tomé el libro, y me dirigí a la 419 sin mirar atrás. Porque sabía que si lo hacía, quizás nunca habría abandonado esa mesita.

Estoy recogiendo mis cosas. Mercedes me ayuda. "Tus padres ya están viniendo", me avisa. Metemos mi ropa en una bolsa y los libros en otra. "Traeré lo que tienes en taquilla, dame un minuto". Y así lo hace. Regresa con una mochila que contiene mis enseres personales. Supongo que de tro irá la bolsa de aseo, el móvil (que no encendí en mi salida), y las diversas marranadas que he ido construyendo en terapia creativa. Pero en su mano hay algo más. Es un folio. Me resulta familiar. "Mira, Syd. Te voy a dejar esto aquí. Se trata de un cuestionario, en el que debes valorar el servicio y el trato recibido. Trata de ser sincera y tómate tu tiempo. Esto resulta muy útil al hospital de cara a evaluar la profesionalidad y calidad de los distintos trabajadores. Aquí te lo dejo". Apenas pude contener la risa. El cuestionario, 2.0. Tenía una segunda opoetunidad de masacrar a los villanos y ensalzar a quienes en mi opinión se lo merecía. Oye, pues ni tan mal. Me puse manos a la obra y prácticamente hice un calco del anterior.

Prácticamente estaba terminando cuando escucho unos pasos a mi espalda "Un segundito Mercedes, me quedan un par de líneas" "Hola Sydney". Me quedé congelada. No pude darme la vuelta. No esperaba esa visita. "Hola María". Vazquez se sentó sobre mi cama. "He venido a despedirme". No supe que contestar, así que la miré y me limité a decir "Ah". No sentía enfado, ni ira. Ya no la odiaba ni la culpabilizaba por estos 37 días que había pasado encerrada. Simple y llanamente, era eso, que no sabía qué contestar. De ahí mi breve respuesta. "Supongo que te estarás preguntándo por qué este alta tan repentina" Por primera vez desde que entré en la 4, Vazquez había dado en el clavo. "Sí, si te soy sincera no lo entiendo". Vazquez sonrió. Era la primera vez que se dirigía a mí con una sonrisa. A mis padres les había dedicado muchas, pero ahora me sonreía a mí. Y no lo hacía con maldad ni sarcasmo. María estaba siendo franca "Bien, ha sido un cúmulo de cosas. En primer lugar, tus palabras a Claudia. Me impresionó mucho lo que le dijiste. Fuiste realmente valiente y se ve que te salió del corazón. Estaba equivocada, sí que lo tienes. Y es muy grande. Aquello que soltaste te salió de dentro y es imposible que estuviera preparado. Hiciste un gran trabajo en esa sala que no te correspondía a ti, sino a nosotros, los terapeutas. Creo que tu experiencia le puede aportar más que mil terapias y es por ello que en nombre del personal te transmito nuestro agradecimiento." No supe qué contestar, pir lo que agaché la cabeza y respondí con un discreto "de nada". María continuó "En segundo lugar, tu padre. Después del enfrentamiento que tuvisteis el otro día di por hecho que vuestra relación estaba bastante fastidiada. Pero casualmente pasé por el despacho el otro día por la tarde y os vi como si nada, a él, a ti y a un amigo, de risas y con muy buen feeling. Me alegra ver que eres capaz de perdonar, cosa que a los TLPs os cuesta mucho. Sé que harás lo mismo con tu madre y que pronto seréis una familia unida. Y que esto os hará crecer" Ahí dudé un poco. Si bien era cierto que con mi padre me sentía en paz, el caso de mi madre era radicalmente distinto. Nuestra relación ya era mala antes de ingresar, y durante estos 37 días me lo había hecho pasar aún peor. Iba a hacer falta mucho, mucho tiempo, para que pudiera perdinarla. Pero eso Vazquez no lo sabía, y no quería ser yo quien le quitara la ilusión. No quise contestar, así que la miré, a la espera de que continuara hablando "Y ya por último, la carta que recubí ayer. El plan de vida de Sydney Bristow. Es decir, tu plan de vida. Realmente lo que yo esperaba es aue en la siguiente entrevista me expusieras un poco por encima qué es lo que esperabas del futuro, hobbies en los que te gustaría iniciarte, o algún viaje que tuvieras planeado. Pero no 4 folios llenos de proyectos e ilusiones. Era una maravilla, Sydney. De verdad te lo digo, una maravilla. Creo que está escrito desde el alma y sin ánimo de engañarme. Son las palabras de alguien que sabe lo que quiere y que no duda ni un momento" Me recordé a mí misma girando sobre la silla y corriendo hacia control en un vano intento por recuperar mi carta. La carta de la que ella hablaba. No pude evitar una media sonrisa cargada de ironía en mi boca. Afortunadamente, el pelo la cubría, y Vazquez nunca llegó a verla. Se levantó de la cama. "Bueno, pues eso esto. Solamente me queda desearte mucha suerte y recordarte que tienes por delante una vida que merece ser vivida" Se dirigió hacia la puerta e hizo amago de salir.

Entonces pensé en la 4. En los 37 días de maldito encierro. En las personas a las que había conocido. En Kike, en Antonio. En mi madre chantajeándome con el trabajo y en Vazquez convenciendola de que esa no era la solución. En ella firmando mi alta. En los tres morivos que me había dado. En la última frase que aún resonaba en la habitación. "María, una cosa" "Dime" "Muchas gracias" Permaneció de pie unos segundos, visiblemente sorprendida. "De nada". Y se fue.

Terminé de completar el cuestionario. Estaba sola en la habitación, mis padres no habían llegado, y Mercedes no aparecía. Contemplé el cuarto. Se me antonaba extraño verlo todo recogido. Todos los libros que amontonaba en una esquina ahora estaban recogidos en un par de bolsas. Entonces, recordé algo. "Mierda, casi lo olvido". Rebusqué entre ellas, y por fin lo encontré. "La voz dormida, de Dulce Chacón. Tenía pequeñas marquitas en las esquinas que iba dejando Ali a medida que leía en el turno de noche. Similar a una pequeña ratoncita. Sonreí en silencio. Abrí la primera página, en blanco, y escribí "Tenías razón. No elegimos a nuestras madres. Tampoco quien aparece en nuestra vida. En mi caso, ni siquiera quién entra en mi habitación. Pero lo hiciste tú, y no puedo estar más feliz por ello. Gracias por entrar y por quedarte. En la 419 durante 37 días. En mi corazón por siempre. Un beso enorme, Syd."

Salí al pasillo. Me dirigí a Control. Allí estaba Mercedes. "Hola, vengo a entregarte el cuestionario" "Ay sí, fenomenal, gracias" "También tengo esto, para Ali" "Sydney, no se permiten regalos al personal sanitario. Es el protocolo. Lo siento" Mierda "No, no. No es un regalo. Al revés. Ella me lo prestó hace unas semanas, pero luego la cambiaron de turno y si me voy y no la veo no se lo voy a poder devolver. Es para que lo hagáis vosotros. Decidle que me encantó el libro y tal" "Ah, claro. En ese caso sí" Easy. Quise volver a la habitación. Pero al pasar por la sala, me vinieron varias cosas a la memoria. Gabriela riéndose de Kike y de mí el día de los mecheros. Gabriela cagándose encima poco después. Gabriela contándole a Kike que a mí me gustaba. Gabriela presumiendo de que saldría pronto, y culminando la cominda con un corte de mangas y posterior vómito. Volví a Control. "Otra cosa, Mercedes" "Dime" "No le abráis los baños a Gabi después de comer. Es bulímica. Parece mentira que os lo tenga que decir yo, coño" Pareció un poco avergonzada. "Tienes razón, Sydney. Tomamos nota" Pues ya estaría. Volví a mi cuarto y me tumbé en la cama.

Poco después, llegaron mis padres. Vicente venía con ellos. Mi padre y él cargaron con las bolsas, y los cuatro desfilamos lentamente por el pasillo, rumbo a la salida. Conocía las habitaciones de todos y cada uno de mis compañeros y supuse que estarían dormidos, soñando con lo que yo ya tenía: la libertad. Mi madre se adelantó y abrió la puerta. Fuera había una sala de espera, con unos inmensos ventanales por los que entraba la luz del sol. Paré en seco hasta acostumbrarme. Supuse que me ocurriría lo mismo con la vida, que después de tanto tiempo sumida en la más inmensa oscuridad, necesitaría un tiempo hasta adaptarme a esa sensación desconocida para mí. Luz en el alma, o también llamada felicidad.



En cualquier caso, lo comprobaría una vez en casa. Ya a salvo. Ya en mi hogar. Ya contemplando todo desde una nueva perspectiva, donde puedes no solo ver cada atardecer, sino tambien sentirlo. Donde las heridas, las físicas y las del alma, se van curando a base de paciencia, cariño, y por qué no, también vendas.

Avancé. Crucé el umbral. Escuché la pesada puerta cerrarse tras mi espalda. Por fin lo había conseguido. Volvía a ser libre. Después de 37 largos días, estaba fuera.




EPÍLOGO


¿Qué fue de ellos?

Han pasado ocho meses desde aquel momento en que esas enormes puertas se cerraron tras de mí, dejando atrás un lugar lleno de recuerdos, pijamas, y sobre todo compañeros inolvidables. No pasa un solo día en el que no me pregunte qué habrá sido de ellos, si estarán bien, si sus vidas habrán vuelto a la normalidad. Si alguno de ellos habrá vuelto a ingresar, o si de hecho estará ahora mismo en alguna de las mesas largas lamentándose mientras yo escribo estas líneas desde el confort de mi sofá.
No sé si ellos también piensan en mí. Posiblemente no lo hagan, pero eso en el fondo me alegra. De alguna forma sería una señal de que han dejado ese tiempo atrás y están centrados en el presente, y, aun mas importante, en el futuro.

Me gustaría decir que tengo los datos de todos ellos para, en un momento dado, poder cerciorarme de que efectivamente están bien, pero no sería cierto.

Naiala. Vioka. Pablo. Julio. Eugenia. Javi. Rhino. Ahmed. Markus. Raul. Henry. Don Arturo. Makelele. Claudia.
De todos ellos no tengo ningún tipo de contacto, ni teléfono, ni dirección. Nada. No quiero decir que fueran menos importantes para mí que el resto, simplemente no se dieron las circunstancias en su día, y el destino no ha vuelto a cruzarme con ellos. Pero no me rindo, he consultado e investigado sobre ellos y su estado, hasta ahora sin respuesta, y lo seguiré haciendo mientras tenga la oportunidad.

Por fortuna, con otros muchos sí tengo relación a día de hoy, o al menos un contacto al que poder dirigirme en un momento de incertidumbre.

A Gabriela la tengo localizada en redes. Qué queréis que os diga, era mi “enemiga” y en un principio la localicé simplemente por ese motivo. Pero conforme fue pasando el tiempo, empezó a generarse en mí un extraño sentimiento de empatía hacia ella. Quizás por ser TLP. Quizás por la sensación de frescura que me invadió el día que la conocí. No lo sé. No he etablado conversación con ella, ni siguiera sabe que se que “está”. Pero está bien, o eso parece, y yo me alegro. Y creedme, no hay falsedad en mí cuando digo esto.

Con Sonia coincidí en la sala de espera del psiquiatra del centro de salud (tras el alta en la 4, nos derivan a todos al mismo psiquiatra). Me acerqué a saludarla. Ya sin pijama, y sobre todo, de pie, no me reconoció, y fue su madre quien le refrescó la memoria. Entonces sí se levantó y me dio un abrazo enorme, me contó que estaba muy contenta, que su segundo ingreso fue el último, y que notaba bastante mejoría. Miré a su madre, quien confirmó esas palabras asintiendo con la cabeza. Nos dimos los móviles y esa misma noche recibí un mensaje preguntando “¿Nos vamos de fiesta?”, y ante mi velada negativa de “Sonia, no puedo, estoy con muletas”, un “No importa, vamos a una discoteca con sofás” confirmó que Sonia seguía siendo Sonia. La chica que le bailaba a la vida, pasara lo que pasara.

En esa misma sala de espera me crucé con Mariano, la pareja de mus de Kike. Siempre fue un hombre muy callado y apenas intercambiamos una palabra fuera de las partidas, por lo que no me atreví a decirle nada al verle. Pero sentí ilusión, claro que sí. Esta partida la habíamos ganado los cuatro.

Ahora viene la parte más surrealista, la parte en la que decimos “Bendita Locura”. Porque así es cómo se llama el grupo de whatsapp que alguien -ni siquiera recuerdo quién- creó en su día, y en el que yo pedí ser incluída en cuanto me enteré de que Chema formaría parte de él. Era mi manera de no perderle la pista sin ser demasiado evidente. Pues bien, ahí estamos él, Las
Chicas del Club, La Purísima, y mi querida Nati. Es un pequeño batiburrillo de mensajes diarios, a los que trato de leer y responder diariamente. Pero vayamos por partes:

Las Chicas del Club:A pesar de que nuestra relación en la 4 no fue la mejor del mundo, ahora que estamos todas fuera he conseguido ser más empática con ellas y entender cuales son sus razones y motivos para pensar y actuar como actúan. Y cuando una de ellas tiene un problema, trato de aconsejarla con toda la buena fe del mundo. Al igual que haría con una amiga. Creo que mi relación con ellas ha mejorado, e incluso no descarto vernos un día de estos, en un momento en el que todas estemos preparadas. En cualquier caso, en general me atrevería a decir que están mejor, con más animos y preparadas para afrontar los avatares de la vida. El hijo de una de ellas acaba de ganar un talent show con tan solo 20 años, será un gran cantante. Eso ha supuesto un golpe de alegría para el resto, entre las que me incluyo. No les falta fuerza, no nos falta fuerza.

La Purísima sigue en su línea. Su participación en el grupo se reduce a enviar una oración por la mañana y otra por la noche, de modo que realmente no sabemos nada sobre su estado actual, más allá de que está viva. De vez en cuando entra en disputa con alguna chica del Club que está desengañada de la religión, pero no exterioriza nada más, por mucho que le preguntemos. Pero está, que no es poco.

Chema,mi Chemita. Hice bien en no quitarle el ojo, aunque sea simplemente por puro egoísmo, y para comprobar que sí, que se puede, que claro que se puede. Que hay vida más allá de las peores pesadillas, de haber caído en el más oscuro de los agujeros, y de haber vivido en la oscuridad durante años. Chema es ahora la prueba de ello. Escribe todos los días desde su pueblecito de Ávila, envía fotos para que envidiemos las increíbles vistas, y cuenta cómo es su nueva vida allí. Se ha apuntado a un taller de cerámica y hace auténticas obras maestras, nada que ver con lo que perpetrábamos en Terapia Creativa. Las suyas son preciosas, se nota que están trabajadas. Que son para su hijo, nos dice. Y yo le contesto que no puedo estar más orgullosa, y mi Chemita se piensa que me refiero a sus figuras, y promete que algún día me enseñará a moldear. Pero yo no me estoy refiriendo a eso, sino a la forma en la que ha encauzado su vida cuando todo parecía perdido. Y de nuevo vuelvo a sentir envidia, y no es por ninguna foto con vistas que me roben el aliento.

También está Nati, que sigue siendo la chica fuerte y positiva que conocí en la 4. Nos anima cuando nota que hay un punto de melancolía en alguno de nosotros, o “pasa lista” si alguien lleva tiempo sin dar señales de vida. Ella misma sigue pasando el duelo por la muerte de su madre, pero supongo que eso es algo que solo el tiempo cura. Mientras tanto hace el generoso esfuerzo de darse a los demás, y yo se lo agradezco, desde el silencio de mi corazón, pero ella sabe que se lo agradezco.

El mazazo viene ahora, y me duele con tan solo esrcibirlo. Lolo. El mago que hablaba con los ojos. Por curunstancias de la vida, tuve un pequeño nuevo ingreso en mayo, y cual fue mi sorpresa al constatar que en la 4 aun seguía Lolo. Pero un Lolo muy difícil de reconocer. Su estado había empeorado, ya no podía levantarse, gritaba durante horas, se negaba a ser alimentado. Estaba destrozado, y yo con él. Su madre seguía yendo a visitarle todas y cada una de las tardes, y a mí eso me rompió el alma. Y siento tener que contarlo, y ojalá no fuera así, y nada me habría gustado más que deciros que Lolo estaba bien, pero sería un engaño. Desde aquí quiero mandarle un gran abrazo a toda su familia. A él ya se lo di en persona en su día.


Y ahora vienen ellos, mis no solo compañeros sino también amigos. Los dos “chicos de mi vida”, a pesar de no ser ya chicos y de que esa vida solo durara unos 10 días. Sabéis a quiénes me refiero.

Sobre Antonio las noticias no son buenas en este momento. Al salir de la 4 necesitaba estar en contacto con él y no pasaba día sin que nos escribiéramos, éramos uña y carne. Supongo que al tener una relación tan cercana durante el ingreso es normal que una vez fuera el contacto se mantenga prácticamente igual. Cada mañana nos dábamos los buenos días, nos llamábamos por teléfono, y por las tardes charlábamos sobre cómo había ido el día. Prometí ir a cenar a su restaurante en cuanto me quitaran la maldita silla de ruedas, pero él se adelantó y se presentó en mi casa con unas películas para que estuviera entretenida. Entre ellas estaba “Alguien voló sobre el nido del cuco”, de la que hablaba continuamente en el hospital y que hasta ese momento yo no había tenido oportunidad de ver. Así estuvimos unos 4 meses, pero poco a poco los problemas con mi familia y la depresión volvieron a hacer mella en mí, y de un día para otro dejé de mirar el teléfono. De hecho, ni siquiera lo encendía. No sé si fue cuando Antonio más me necesitó, el caso es que yo no estuve y no hay día que no me arrepienta de ello. Para cuando superé ese bache y “volví a tierra”, a él ya le habían quitado el restaurante y estaba hecho polvo. No tenía ganas de vivir, y a día de hoy sigue sin tenerlas. Y en ello estoy, estamos, Kike y yo, tratando por todos los medios que nuestro gran, inmenso amigo vuelva a la carga, vuelva a ser quien fue. Porque sin él, nosotros no habríamos sido quienes fuimos en la 4, ni quienes somos ahora, yo estaría aún más hundida, y este libro ni siquiera existiría.

Y Kike. Mi rokero, mi melenas. Kike, efectivamente, pidió el alta el día después de mi partida. Y ocurrió exactamente igual que con Antonio, semanas y semanas de mensajes entre nosotros, y eternas promesas de vernos en cuanto fuera liberada de la silla de ruedas. Pero llegó mi bajó, la desconexión, y el no querer saber nada de nadie. Tampoco de él. Y después de eso, se sintió abandonado. Poco a poco, al irme recuperando, fuimos retomando el contacto hasta que cierto día dimos el gran paso de volver a vernos. Fue muy emotivo, el tiempo no había pasado. Y así estamos a día de hoy, ambos en distintos momentos de la vida, pero pasando muchas tardes en común. Y cada vez serán más, ya que ha encontrado trabajo, condición indispensable para, llegado el día, dejar la residencia y ser trasladado a un piso tutelado, lo cual es un avance.


Todos los que están, son. Pero no son todos los que están, porque hubo más. Durante mi estancia conocí a 34 compañeros. No todos han aparecido en el relato, pero han sido relevantes en mi estancia.
Esta historia no habría existido sin ellos, y lo que es más importante, mi cambio personal tampoco. Es por eso que no puedo más que agradecerles el haber esado ahí, aunque sé que no fue de manera voluntaria. Pero lo estuvieron. Gracias.

Y Judith. Por supuesto, Judith. No me gusta nada hacer spoilers, pero ella fue quien tuvo mejor final de todos. Se enamoró y se fue a vivir a una mansión ingelsa, poco después de acabar la Segunda Guerra mundial. Enhorabuena, Judith.

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Dolordebarriga
Companys con diarrea
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por Dolordebarriga » 27 Oct 2018 18:32

¡Joder!, me ha parecido un relato inmenso, todo el puto sábado enganchado al culebrón.

Muchísimas gracias, Cacas.
YO ESTOY INDIGNADO

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