no es un foro de coches

Tu vida asocial comienza y acaba aquí. Lucha por ser la especie dominante.
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M. Corleone
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por M. Corleone » 27 Sep 2018 08:59

poshol na escribió:
27 Sep 2018 08:40
https://www.forocoches.com/foro/showthr ... ?t=6732871

Desesperadas de 35 años que lloran de madrugada: cuando el reloj biológico aprieta
Yo comencé a los 29 años a presionar a mi Santa Esposa para tener un hijo. Lo tuvimos a los 31.

Pero yo soy un halidado, no cuento para las estadísticas de machos Alfa. Ni Beta. Ni machos.

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Ruttiger
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por Ruttiger » 27 Sep 2018 09:36

"Yo comencé a presionar a mi mujer..."

Aliadísimo, oye

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M. Corleone
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por M. Corleone » 27 Sep 2018 10:09

Ruttiger escribió:
27 Sep 2018 09:36
"Yo comencé a presionar a mi mujer..."

Aliadísimo, oye
Oye, que lo de que yo soy un haliado me lo dicen aquí para tocarme las bolas, no lo pienso yo de mi mismo, amor.

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Yongasoo
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por Yongasoo » 27 Sep 2018 14:02

M. Corleone escribió:
27 Sep 2018 10:09
Ruttiger escribió:
27 Sep 2018 09:36
"Yo comencé a presionar a mi mujer..."

Aliadísimo, oye
Oye, que lo de que yo soy un haliado me lo dicen aquí para tocarme las bolas, no lo pienso yo de mi mismo, amor.

No, si lo de que te tocaran las bolas es precisamente el motivo por el que te convertiste en aliado en un principio. (anibar)
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CacaDeLuxe
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 26 Oct 2018 04:23

hilo que se va actualizando por fascisculos. pongo el primer volumen:



de @Sydney_Bristow

-Mis 37 días de ingreso en la torre de Psiquiatría de un hospital madrileño.-

Ni uno más, ni uno menos. Todo bajo mi punto de vista, lo que viví (llevé un diario) y las personas -y personajes- a los que conocí, que quizás sea lo más interesante de todo





Día 0: El ingreso

Mi padre se despide: "Ahora te veo, Syd" No contesto, porque estoy cabreada. No debería estar aquí. YO no debería estar aquí, me he tirado un puto mes en La Paz y he pasado por dos operaciones, ya está bien, ahora lo que me merezco es que esa puta ambulancia me dejara en casa y no en este otro hospital. Así que no, lo siento pero no le voy a contestar. Aprieto fuerte la boca para que vea que no quiero hablar. Aprieto tan fuerte que se me saltan las lágrimas. Dejo de apretar y contesto: "Adiós papá".

Se abren las puertas de seguridad y entro dentro de la unidad. Una luz, otra luz, luz luz luz luz luz. Pero qué cojones? Vale joder, es porque estoy tumbada en una puta camilla. Me llevan dos celadores, acompañados por un guardia de seguridad. Que es el protocolo, me dicen. Empiezo a pensar de qué manera podría convertir todo en una masacre -teniendo las dos piernas rotas- y no se me ocurre ninguna. Vaya mierda de protocolo -más tarde me daré cuenta de que sí es útil-.

Llegamos a mi habitación, 419. No es un número feo, pienso. Está cerca del control de enfermeras y no muy al final del pasillo. Es amplia. Y para mí sola. Un gusto estar sola después de tantos días compartiendo cuarto con otras pacientes en traumatología. Aunque las echo de menos. Cecilia era un encanto, espero que esté bien de su operación de cadera. Y la controladora de la SER, esa cómo se llamaba? Me reí mucho en los tres días que coincidimos, la verdad es que SYD, SYD!! -me sacan de mis pensamientos- "Somos Jesús y Adelaida, los enfermeros del turno de noche" "Ah, hola" "Tenemos que quitarte las vendas de los pies" "Pero me han operado hace solo 5 días" "Sí cariño, pero aquí no puedes llevar vendas" "Por si me ahorco con ellas?" "Es el protocolo"

Todo es el protocolo. Todo es el puto protocolo. Estoy cagada de miedo. Hasta esa misma noche me han tratado fenomenal, tocándome los pies con cariño, con cuidado... Pues aquí vienen dos torturadores -sé que solo hacían su trabajo, pero durante el resto de mi estancia no pude quitarme de la cabeza que ELLOS fueron los que me quitaron las vendas el primer día- a dejarme los 60 puntos al aire. Los pies en carne viva. Después me pusieron una especie de mallita blanca.

"Hoy es tarde, mañana te contaremos todas las normas de la planta" "Son muchas?" "Las que dicta el protocolo"

Apagaron la luz, salieron y cerraron la puerta con llave. Me puse a llorar. Me fijé en una cámara que había en la esquina del cuarto, con una luz roja, apuntándome. Me pregunté qué dictaría el protocolo sobre las chicas que lloran. Me arropé más fuerte y seguí llorando hasta que por fin pude conciliar el sueño.







Día 1: Brummel

Entran en la 419. "Syd, arriba". ¿Dónde cojones estoy? ¿Qué hora es? Abro los ojos y empiezo a recordar. Miro al silló que hay al lado de la cama para despertar a mi padre y me doy cuenta de que no, que aquí no admiten acompañantes. Claro, el protocolo.

Me incorporo. Me duele la espalda, mucho. Me vuelvo a tumbar y ahí me quedo, como en La Paz, esperando a que vengan a hacerme el aseo. Pienso en cómo lo harán con este pijama que me han puesto, allí era muy fácil con el camisón. Me veo a mí misma haciendo un Homer y me río.

Entra en el cuarto un auxiliar. Aún no lo sé, pero le juraré odio eterno. Pero eso será 10 minutos después. Por ahora solo me fijo en que apesta a Brummel. Me marea. Me dice su nombre, pero ni siquiera lo retengo. Para mí siempre será Brummel. Y después, Puto Brummel.

Le digo tímidamente que quiero ir al baño (llevaba un buen rato haciéndome pis). En La Paz era muy fácil porque estuve todo el tiempo sondada, pero aquí no sé cómo iba a ser la cosa. El día anterior pedí una sonda, pero me dijeron que no. A ver si adivináis por qué? Cooorrecto! Por el protocolo. Me dice que sí, que sin problema. Se va.

Vuelve a los 2 minutos. Trae un cacharro en la mano. Le pregunto que qué es. "Un andador", me dice. Un andador?? Pero capullo, si no puedo apoyar los pies bajo ninguna circunstancia en 8 semanas. Tenía los talones reventados y me los han reconstruído a base de tornillos y placas de metal hace 6 días. No puedo apoyar los pies, gilipollas. "No puedo apoyar los pies" (omito el gilipollas). Brummel me dice que sí, que ha leído el informe y que pone que puedo apoyarlos. Insisto en que no puedo. Él insiste en que sí. Yo digo que no. Me pone el andador en las manos. El baño está a solo 3 metros y ya no aguanto más. Intento dar un paso pero el pie me quema, el dolor es demasiado grande. Termino dando cuatro. Siento que algo va mal por dentro Me niego a andar, se lo digo claramente.

Brummel me dice: "Pues si no hay andador, no hay baño". Y ya deja de ser Brummel para convertirse en Puto Brummel. Se va.

Me bajo de la cama de rodillas, y voy a cuatro patas arrastrándome hasta el baño. Intento subir al WC, pero no hay manera. Intentad hacerlo en casa sin apoyar los talones, no se puede. Vuelvo a la habitación, cojo el andador, me arrastro con él en la mano de nuevo al baño, lo utilizo para trepar al WC, pero nada, no funciona. Me duele todo, estoy agotada, me encuentro muy mal, esto no está pasando.

15 minutos después me encuentra una enfermera desmayada en el suelo del baño de mi habitación. Me había hecho pis encima.

Dos días tardó el cuarto en dejar de oler a meado. Y una semana en dejar de oler a Brummel.







Día 2: Alicia

Hay lío en el pasillo, me despierto antes de que entre el auxiliar en el cuarto. Apenas recuerdo nada de ayer, sé que me dieron medicación y me ducharon, pero en mi mente está todo muy difuso. Y el resto del día lo pasé en el cuarto, en la cama. Tuve visita de mi padre a las 7, le conté lo que había pasado con Puto Brummel, se asustó mucho y dijo que lo trataría con quien fuera conveniente. Espero que hoy no me atienda él. Porfa, que no me atienda.

"Hola Syd, uy, qué pelo más sucio". No me lo creo. Me van a hacer lavarme el pelo? Pero si no tengo aquí mis cosas de aseo, ni el cepillo, ni nada. Y no lo tengo tan sucio. Nomejodas. "Soy Alicia. Venga, vamos a la ducha". Joder, espero que no me traiga un andador. Estoy temblando. Alicia acerca el sillón que hay al lado de mi cama (el del no-acompañante), y entre las dos conseguimos sentarme ahí. Ni rastro de andador. Suspiro aliviada. La miro. Se parece a Helen Hunt. Sonríe mucho. Es servicial y amable. Parece buena profesional.

El sillón tiene ruedas. Me transporta empujándome hasta el baño. Utilizo la palabra transportar porque es la que corresponde, esa silla es un mamotreto de cuidao, me siento ridícula ahí subida, es tres veces más grande que yo. Entramos en el baño -malamente, apenas giramos en la puerta- y finalmente me coloca en una silla de plástico. En cada pierna me ha puesto una bolsa de basura atada con esparadrapo. Todo este proceso ha durado unos 15 minutos. Estamos sudando las dos.

Retira el sillón y hace amago de abrir el agua de la ducha. Le digo que por favor, el pelo no. La abre de todos modos. Y ahí estoy, sentada en una silla demigrante, despatarrada, sin depilarme desde hace un mes, con bolsas de basura en las puernas, enjabonándome el pelo con gel, con una tipa sentada en el WC vigilando que no me corte las venas (con mis propias uñas?) y siento que soy la pura imagen de la miseria. No sé cómo he llegado a esto. Hace 10 años lo tenía todo, y ahora estoy aquí. Viviendo esto. No es un capítulo de callejeros, no, soy yo. Es mi propia imagen. Me doy asco. Toda yo. Toda mi existencia. Ojalá el puente hubiera sido más alto. Ojalá hubiera tenido más suerte. O sería menos suerte?

"Te vas a tirar ahí toda la mañana? Al final te conviertes en sirenita, verás" Alicia me apaga el agua y me acerca una toalla para que me seque. Después repetimos el traslado silla-sillón-cama, donde me quedaré todo el día. Es domingo. Mañana veré por primera vez a mi psiquiatra y seguramente entre ya en la rutina de los demás pacientes: Comidas, terapias, actividades. ¿Salidas?

"Con qué me peino?" "Qué?" "Que con qué cojones me peino. Me has obligado a lavarme el pelo, ahora tendrás que darme algo para peinarme, digo yo".

Alicia se va y vuelve al minuto con un peine de púas. Un puto peine de púas para mí, que tengo el pelo por la cintura. Esta tía es gilipollas.

Los siguientes 40 minutos los pasaré desenredándome el pelo.

La siguiente hora, maldiciendo a Alicia.

Y aún no lo se, pero los siguientes 35 días, Alicia, la doble demacrada de Helen Hunt, la nazi que me obligó a ducharme, la zorra del peine de púas... se convertirá en mi segunda madre, en el abrazo que me faltaba, en mi mejor apoyo en este frío lugar.





Día 3: Doctora Vazquez, mi psiquiatra

"Buenos días Syd, veo que ya estás levantada" "Hola Alicia" Me incorporo y me sonríe. Es la única persona que me ha sonreído desde que he entrado aquí. Tampoco es que haya visto a muchas. Y siendo sincera, tampoco es que yo haya sido el colmo de la simpatía, las cosas como son. Pero es que yo no debería estar aquí. Tengo derecho a estar cabreada.

Alicia me vuelve a sonreir y acerca el sillón. Repetimos el demigrante procedimiento de ayer, me ducho, vuelvo a la cama, y me trae el desayuno. Una bandejita con: Una barra de pan cortada por la mitad, un tarrito de plástico con margarina, y otro tarrito de plástico con mermelada. Un vaso de plástico con leche. Una cucharilla.

Procedo a untar el pan con la mermelada (la margarina no la toco ni muerta de hambre), y le pido a Alicia un cuchillo. Me dice sonriendo que no se permiten cuchillos en las habitaciones. "Es el protocolo", decimos al unísono. Nos reímos mientras unto torpemente el pan con la mermelada utilizando la cucharilla. Después doy tres mordiscos y lo dejo ahí, soy bastante tiquismiquis con los desayunos. Alicia lo entiende y se lleva la bandeja. Me da pena que se vaya. Me quedo mirando a la puerta como un perrito hasta que recuerdo que hay cámaras, y entonces vuelvo a actuar "normal". Cojo uno de los libros que me trajo mi padre ayer, una novela de Rosamunde Pilcher y me dispongo a leer. Será por tiempo...

Una hora después me llega una oleada de Brummel. Me incorporo antes de que él entre por la puerta. Estoy casi temblando. Por favor, que no traiga su puñetero andador. No, entra casi con las manos en alto, menos mal. Ni siquiera le miro, en parte por miedo, en parte por orgullo. Me traslada al sillón chuchú y me dice: "la doctora Vazquez te espera".

Salimos al pasillo. Por fin veo gente! Pijameros como yo, deambulando por el pasillo. Parecen gente normal, ninguno se da cabezazos contra la pared, ni gritan, ni hablan solos, ni llevan camisas de fuerza. En parte me decepciona un poco. Ya he estado en más paiquiátricos y sé que no son como en las pelis, pero siempre queda un atisbo de duda. "Igual en este hay locos, locos de verdad". Si los hay, por ahora no lo parecen.

De hecho la más loca parezco yo, con unas mallas en las piernas y subida en un sillón chuchú empujada por un tatuado apestando a colonia rancia. El resto me mira. Obviamente soy la nueva, y se preguntan qué me pasa. Puto Brummel me deja aparcada delante de una puerta y se marcha. Los pacientes me siguen mirando y empiezan a acercarse. Cada vez más. A lo tonto a lo tonto me están rodeando. Nadie dice nada. Suelto un "hola" bastante acojonada y siguen sin decir nada. Coño, que estoy en un chichú y no puedo correr. Estoy cagada. Y si me tiran? Uno se acerca y me toca con un dedo, en plan como cuando tocas algo en una tienda para ver si está blandito. Esto es surrealista. Puto Brummel, me ha dejado a merced de los locos. Quiere acabar conmigo.

En esto se abre la puerta, respiro aliviada. Sale una chica monilla, un poco rollo la de la serie Felicity, pero 20 años después. "Chicos, alejaos". "No te preocupes Syd, es que son curiosos". "Pasa, anda, pasa". Me quedo mirándola con cara de gilipollas, cómo coño voy a pasar? Si soy una jodida inválida, mi chuchú no se puede autoempujar Ella se da cuenta y llama a un auxiliar para que me meta en su despacho. Ahí ya me empecé a mosquear. Sé que es médico, sé que no es su trabajo, pero tánto le cuesta empujarme 3m debtro del despacho? En serio?

Una vez dentro, se presenta. Se llama María Vazquez y es mi psiquiatra asignada. Quiere que le cuente toda mi historia, desde la infancia hasta el momento en que la ambulancia me recogió en la autovía. Y yo empiezo a contar... Los cambios de casa... Los cambios de colegio... Las peleas con mi madre, los problemas en la carrera, las drogas, el vivir sola, la puta anorexia que se lo llevó todo, la ruptura con mi ex que me dejó en la mierda, el escuchar su nombre en todas partes -David, David, David-, la oscuridad, las persianas cerradas de casa, los fines de semana debajo del edredón, la báscula, la familia ausente, el móvil apagado cada día, David y más David aún no sabiendo ya nada de él, el ingreso por infrapeso en febrero y el tener que dejar mi casa por ello y todo lo que me dolió, mi no-libertad, el volver a casa de mis padres, ver a mi madre otra vez... Volver del trabajo, y sin nisiquiera pensarlo tomar 24 gelocatiles. Esperar. Y la impaciencia. Y asomarme al puente. Y quitarme los tacones, mirar a la autovía, mirar al arcén. Y saltar.


Tenía la boca seca de tanto hablar. Ella no decía nada, solo apuntaba. Al final de mi relato, simplemebte dijo: "lo que has hecho es muy grave". Y yo: "ya lo se". Ella insistió: "muy muy grave". Yo le volví a repetir que ya lo sabía. Le pregunté que cuánto tiempo iba a quedarme ingresada. Me dijo que "el suficiente para que reflexiones sobre lo que ha pasado, porque me parece que no lo has hecho". Qué mierda de respuesta es esa?

Llamó de nuevo a un auxiliar para que me sacara del despacho y me llevara a mi cuarto.

Y sí, me pasé toda la tarde reflexionando. Pero no sobre lo que había hecho, sino sobre la mala espina que me daba La doctora Vazquez. Mi estancia ahí dependía de ella, y solo de ella. Y creo que no nos íbamos a llevar nada, nada bien.





Día 4: Naiala, dulce Naiala

Aún no conocía formalmente a mis vecinas de habitación, pero sí de oídas. Literalmente. A una de ellas, por los gritos que daba y cómo las enfermeras la mandaban callar, 417, Sonia. A la 421 por cómo la saludaban todas las mañanas, Naiala. De esta útima no conocía su voz, pero en cambio sí la había visto, ayer, cuando Puto Brummel me me llevó de audiencia ante OhLadyVazquez ella estaba asomada tímidamente a la puerta de su cuarto y me saludó con la mano. Me sonrió. Ya van dos personas que me sonríen en 4 días, not bad. A ellas las mataré las últimas.

Era martes. El martes en el que me sacarían de mi zona de confort. Después de que Alicia y yo nos diéramos la ducha demigrante de cada día (digo "diéramos" porque el baño era pequeño y ella solía terminar mojada también), me disponía a meterme de nuevo en mi cama cuando me suelta: "No Syd, hoy ya desayunas con tus compañeros". Casi se me saltan los puntos del susto. "Quieres decir, AHÍ FUERA?" "Claro tonta, dónde va a ser?"

Me daba pánico todo. Tener que salir, conocer a tanta gente de golpe, ser la nueva, enfrentarme a miradas, a preguntas, a más miradas, a caras de sospecha... Todo esto en un sitio del que no puedes escapar. No ya por ser un recinto cerrado, que lo era, sino por estar yo en mi jodido sillón chuchú del que no podía mover ni un milímetro de rueda ni aunque quisiera. Iba a estar totalmente a merced de ellos. Y encima comiendo, joder. A mí me gusta comer SOLA. Siempre me ha gustado comer sola.

Me saca Alicia en el chuchú. Y hay una silueta esperándome fuera. Una voz dulce, dulcísima, dice "yo me ocupo, trrranquela". Acento rumano. La miro. Joder. La chica más guapa que os podáis imaginar. Una especie de Kate Moss, en morena, con ojeras, en pijama y echa polvo, eso sí. "Vale Naiala, cuídamela". Parece que Alicia confía en ella. Y yo confío en Alicia.

Naiala empuja mi chuchú hasta el comedor, donde esperan ya sentados el resto de internos. Hay dos mesas muy largas a los lados, y una mesa chiquitita redonda entre ellas, pegada a la pared. Me pregunta que dónde me apetece sentarme. Le indico que en la mesa redonda, es la única que permanece totalmente libre. Me dice que le parece muy bien. Me coloca en la mesita -no sin dificultad- y sonriendo pregunta si puede desayunar a mi lado. No me importa tener compañía esta vez, le devulvo la sonrisa y le digo que sí.

Los auxiliares empiezan a repartir las bandejas. Miro a mi alrededor y observo al resto de la gente, la verdad es que todos parecen desganados y hartos de estar en este lugar, no me extraña. Hay una televisión en lo alto de la pared y al lado un reloj digital que marca las 09.04. Este reloj será el que mire unas 100 veces al día, y cada vez me parecerá que avance más lento. También indica la fecha, al principio me fijaré mucho en cada día, teniendo fé en que será el último. Luego realmente me dejará de importar.

Naiala me da conversación durante todo el desayuno. Habla bajito, pero de manera reconfortante: "Qui tal te encuentrras?" "Bien, bien, gracias" "Tus pies. Hace daño?" "Bueno, a veces duelen, pero estoy bien. No soy paralítica ni nada de eso, no te preocupes, es solo que me caí" "Bien, bueno, no te prrreocupes tú, yo voy a cuidarr tú, no te prrreocupes tú, trranquila vale?" Y me cogía la mano y me miraba. "Anda, come", me decía.

No probé el pan, había una naranja y es lo que tomé. A Naiala le pareció bien. Después ella devolvió mi bandeja al carrito sin que yo dijera nada. Joder, era un amor esta chica, me habría casado con ella. Me mataba de pena que estuviera allí.

Durante el resto de la mañana teníamos actividades "de terapia". Para mí era "la guardería" (así le llamé a partir de entonces). De 10 a 11 tiempo libre (ver la tele, leer, colorear, hablar con el resto de los compañeros, hacer una llamada, o lo que saliera de esas cabecitas locas que no incluyera entrar en las habitaciones, que estaban cerradas con llave). A las 11 gimnasia. A las 12 terapia ocupacional (escribir una historia entre todos). A la 1 comida.

Toda esa mañana la pasé con Naiala a mi lado. Actuando como una madre, como una hermana, como una amiga. Me llevaba, me traía, me cuidaba. Me iba presentando a la gente, dejaba que interactuara con ellos, pero siempre con cuidado de que los más raritos no me dieran demasiado el coñazo o de que no empezaran a tocarme como un muñeco de feria. Y siempre siempre, dulce. Mi dulce Naiala.

Me estuvo contando que llegó de Rumanía hace 10 años. Que se casó hace 7 con su compañero de pupitre del colegio. Que tenía una hija de 5 añitos. Que era feliz, muy feliz. Y que estaba internada porque "necesitaba paz". No conseguí sacar más.

Miré el reloj, las 12.54. Casi la hora de la comida. La terapia ocupacional estaba terminando, ya habíamos escrito la historia demigrante entre todos y algunos ni prestábamos atención. Miré a Naiala, estaba coloreando unos mandalas. En su tiempo libre (que era mucho, nos sobraba tiempo libre) siempre coloreaba. Y siempre mandalas o caballos con largas crines de todos los colores. Eran dibujos para su hija, decía. Seguí inmersa en mi libro. No estaba mal la novela. Tenía una historia de amor que transcurría durante la Segunda Guerra Mundial, la protanistNOOOOO JODER!!! *lloros* ¡¡JODER!!! ¡¡¡GHRANHGAKKEHAH!!!

Chillidos y más chillidos. En rumano. Miles de gritos. No entiendo nada. ¿Qué está pasando? Giro la cabeza en el chuchú y veo a Naiala arrancándose la piel de la cara con las uñas y señalando su dibujo. ¿¿Pero qué coño?? La terapeuta está en la sala de control despidiéndose de las enfermeras. Nadie hace nada. Naiala tiene la cara llena de sangre y no para de señalar su dibujo y de llorar a lágrima viva y de balbucear en rumano. En sus ojos ya no veo nada de dulce, solo hay desesperación. Javi se levanta, va corriendo al control, y vuelve con dos auxiliares. Se llevan a Naiala a la fuerza. Un par de internos lloran. Otros dos preguntan en tono monótono que cuánto falta para la comida.

Como en la mesita redonda. A mi lado se sienta Vioka, la segunda rumana de la unidad. Tiene una relación de amor-odio con Naiala. Terminaré de conocerla durante mi estancia, no me caerá ni bien ni mal. Está allí supuestamente porque su marido la maltrata, cosa que no me cuadra, ya que si fuera real no habría acabado en ese lugar. Es muy mandona. Me da mala espina. Le darán el alta en 13 días y se reconciliará con el marido. Vioka no llega a ser amiga mía, pero me traduce las palabras de Naiala: "Este dibujo me ha quedado muy feo y a mi hija no le gustará. No le gustará!"

Al terminar de comer, un auxiliar me lleva a mi habitación a dormir la siesta. Cuando cruzamos el comedor en el chuchú me fijo en el suelo, y allí está el dibujo de Naiala a medio colorear: un Pegaso volando con las crines rosas y azules, manchado de sangre en una esquina.

El resto de la tarde lo pasaré con los pacientes. Pero no volví a ver a Naiala, dulce Naiala hasta dos días después.





Día 5: Castigada

Como de costumbre, me levanto antes de que entren en mi cuarto. Me voy acostumbrando a los gritos de 417, perdón, de Sonia. Cada mañana es una pelea constante con ella. Hoy parece ser que no encuentra su cepillo de pelo y de ahí los gritos. Señor, dame paciencia.

Desayuno con Javi y Mireia. Mireia es una chica de mi edad, tiene 29 años, cordobesa. Está contenta porque hoy le dan el alta. Me alegro por ella, aunque a mí lo que realmente me interesa es CUÁNTOS días ha pasado aquí. Estoy preguntando a todos los pacientes para hacerme una idea de la estancia media. También he visto un carrel en el control de enfermería que pone "Unidad de Hospitalización Breve". Total, que haciendo cuentas no creo que me quede aquí más de 10 días. ¿Verdad? ¿Verdad?

Otra vez tenemos gimnasia. No me apetece nada. En principio no es obligatorio y te puedes quedar en la sala (en el comedor, vamos), pero Sara, la terapeuta, te "insiste fuertemente" para que vayas a la clase. En fin, qué remedio. Allá vamos. Digo vamos porque no puedo ir yo sola, siempre tiene que ir alguien empujando mi sillón chuchú. Hoy parece que es Mireia la que se apiada de mí.

La clase de gimnasia es un esperpento. Imaginaos a 20 colgaos (porque es lo que somos, 20 colgaos) a tope de medicación, desganaos, cabreados con el mundo, descoordinados, exdrogadictos o con mono, enfermos en general, intentando bailar a Lady Gaga con un juego de la Wii que maneja la terapeuta. Y yo en primera fila, ahí, con el chuchú, moviendo solo los brazos como una lombriz a punto de ser sacrificada. Y detrás mi cuerpo de baile. Una escena dantesca.

Me estaba entrando la risa tonta cuando de repente entran dos auxiliares, Puto Brummel (long time no see you my friend) y un segurata. Nos quedamos todos parados -con Lady Gaga sonando de fondo- y el otro auxiliar anuncia: "Venimos a por Sydney Bristow". El resto respira aliviado. Respirad, cabrones, que ahora os llegará la oleada de Brummel, pienso.

"A dónde me llevan?" pregunto. "A rayos" dice el otro auxiliar. "Por qué?" "Verás, el otro día hibo un error con tu informe y caminaste cuando no debías hacerlo, queremos comprobar que todo sigue bien por ahí abajo (señalando mis pies)". Eso lo dijo el otro auxiliar. Puto Brummel permaneció callado todo el tiempo el muy cabrón. Me recordó a la típica frase de "deja que tu colonia hable por ti. No, si ya habla, y muy bien, so capullo. Me hervía la sangre. En el fondo deseaba que los clavos de los pies estuvieran al revés para que me tuviera que pedir perdón de rodillas, y abofetearle, abofetearle hasta que le doliera la cara y hasta que sus lágrimas borraran todo rastro de esa mierda de perfume. Eso sí sería suficiente. Sí, eso estaría bien.

Pues eso, otra imagen bastante rotodosiana. Yo tranportada por el hospital en silla de ruedas (sí, me habían pasado a una sillita de ruedas), con los pies hinchados como chorizos de Pamplona, acompañada por dos auxiliares y un segurata que no se apartaba de mí. Me molaba cómo nos miraba la gente, a saber qué estarían pensando de mí. ¿Creerían que era peligrosa? Me daba la risa. Me gustaría haber troleado, babear, poner los ojos en blanco, etc. Debería haberlo hecho.

En fin, que me hicieron las radiografías de rigor y volvimos a planta. Al confort de mi chuchú. Lo echaba de menos. En cuanto subí se me empezaron a deshinchar las piernas.

Comer, siesta, visita de mi padre, cena... El resto de la tarde transcurrió con normalidad. A las 9 ya habíamos terminado de cenar. Normalmente a las 9,15 la auxiliar o enfermera que estuviera en el turno me llevaba en el chuchú al cuarto y me acostaba. En la caída también me rompí una vértebra, me operaron (tengo una cicatriz curiosa en la espalda) y me recomendaron reposo. Esto es, no estar mucho tiempo de pie (lol) ni sentada. Por eso, desde que llegué, ni un día me había quedado sentada más allá de las 9. Pero ya eran las 9,30. Y nadie venía a llevarme al cuarto. Me dolía mucho la espalda y estaba empezando a desesperaeme. El resto de internos veía la tele.

Pasó una auxiliar. Le hice un gesto para ver si podía venir. Me dijo que ahora mismo. 9,45. No venía nadie. Yo seguía inmóvil en el chuchú. Dos enfermeras. Las llamé. Ni puto caso. 10. Otra auxiliar. Que ahora venía. 10,15. Seguía tirada en el chuchú, en una esquina. Me sentía impotente. No podía más. Empecé a llorar.

Javi se acercó. "Qué te pasa?" "Que qué me pasa? Que qué me pasa? Me pasa que no me puedo mover. Me pasa que estoy operada de la espalda. Me pasa que en mi informe de neuro pone que tengo que guardar reposo. Y me pasa que en este hospital de MIERDA nadie me hace ni puto caso, ni las enfermeras, ni los auxiliares, ni los médicos, ni nadie. Eso es lo que me pasa. Eso es lo que me pasa!! ESO!!!" Empecé a chillar cada vez más fuerte, a llorar, ya ni sabía dónde me encontraba. Estaba ida. Me levanté del sillón chuchú, las piernas no me respondieron y me estampé contra el suelo. Fue una hostia bastante épica.

Vinieron dos auxiliares y una enfermera, me subieron al chuchú, retiraron a todos los pacientes -había un círculo a mi alrededor, la verdad es que se les veía a todos bastante preocupados, más que curiosos- y me llevaron a la 419. Pensé que por fin me iban a meter en la cama. Pensé que por fin iba a descansar. Pero no. Los auxiliares se fueron y me dejaron a solas con la enfermera. Se llamaba Marisol. Marisol me habló despacio, pero muy claro: "Sydney. Me oyes? Sé que me estás escuchando. Vale, te lo voy a decir muy clarito. Aquí no nos gustan los gritos, alteran al resto de los pacientes. Si quieres algo, te acercas a control y nos lo pides" "No puedo acercarme a control Marisol, no puedo andar. Necesito irme a la cama a las 9, cosa que ya sabéis, y se lo he pedido al personal que pasaba por sala pero no me han hecho ni caso" "Pues te aguantas. Pero aquí no se grita" "No me aguanto, en mi informe pone que tengo que estar a las 9 en la cama" "En tu informe no pone eso, en tu informe pone reposo" "Si estoy sentada con la columna levantada desde las 8 de la mañana hasta las 11 de la noche -quitando la siesta- no estoy reposando. Marisol, te juro que me duele mucho, muchísimo la espalda" "Bueno, pues te aguantas. Y te vas a quedar aquí castigada un rato. Ya me dirás qué tal. Normalmente quitamos la cama, pero en tu caso, como no te puedes mover, no hace falta"

Y se fué. Y me dejó en la habitación, sentada en el chuchú, llorando, sin apenas poder moverme, y preguntándome por qué habría gente así en el mundo.

Nunca volví a gritar en público.




Día 6: El Círculo

*No sé si habéis visto la película "Alguien voló sobre el nido del Cuco". Si no lo habéis hecho, deberíais. Retrata bastante bien el día a día de un hospital de estas características -salvando las distancias-, en especial una escena que relataré hoy. Tengo que añadir que esta película la vi hará unos 15 días, ya fuera de la unidad. Me la trajo a casa Antonio, uno de mis compis del que ya hablaré en su momento*

Levantarse, ducha, desayuno. Todo bien, todo rutinario. Me he lavado el pelo. He recuperado mis cosas de aseo, ya no es un infierno peinarme. Tengo el pelo limpio, liso y brillante, y eso me hace sentirme bien. Las compañeras se acercan y me lo acarician. Se ve que les gusta de verdad, no hay falsedad en sus ojos. Llevo poco tienpo compartiendo espacio con esta gente y poco a poco empiezo a cogerles cariño. Ya no son un conjunto de gente en pijama, son cada uno de ellos, con su propia personalidad y peculiaridades. Admito que el lugar no me gusta, es un asco. Pero entre ellos me siento bien.

Entra en la sala OhLadyVazquez. La troll que hay en mí querría hacerle una reverencia, pero la placa de platino de mi espalda y mis pies en alto me lo impiden. Otra vez será, Dra Vazquez. Nos indica que vayamos pasando a la sala (a la otra sala, evidentemente), que hay reunión. La reunión será semanal, y tiene un nombre técnico que no recuerdo, pero para mí siempre será "El Círculo". Cada reunión es diferente de la anterior, pero todas son bastante peculiares. Dignas de ser grabadas, emitidas y analizadas. En todas ellas me acordaba de FC. Sé que os habría encantado estar ahí.

Vazquez le hace un gesto a uno de sus esbirros para que me lleve a la sala. Es la misma que la que utilizamos para gimnasia (solo hay dos). Hay unas 30 sillas vacías en forma de círculo, que los pacientes van ocupando. Se ve que no les apetece nada participar, se sientan como muertos en vida. Quedan unas sillas vacías en las que se sitúan un par de auxiliares, Sara la terapeuta, una enfermera, y la Dra Vazquez, que se pone a mi lado. Pos qué bien.

Empieza a hablar ella. "Bueno, como ya sabéis, estamos aquí para que los nuevos ingresos se presenten, y la gente que se va de alta se despida. Si no me equivoco, desde la anterior reunión tenemos tres personas nuevas y dos que se van de alta. Bueno, una, Mireia se fue ayer. Bien, empecemos por los nuevos, quién quiere presentarse y contar su historia?"

Todos en silencio. En esto levanta la mano uno. Yo le llamaba "el duende", porque se tiraba el día coloreando duendes y más duendes. "Adelante" "Buenos días, yo me llamo Julio (Huuulio) y estoy aquí porque bueno, a mí el psiquiatra me dijo que me convendría estar en este centro, que me vendría bien estar en este centro, que en este centro estaría bien y que aquí me cuidarían y en fin, esa es la razón por la que estoy aquí". E ya.

El resto aplaude. Las enfermeras aplauden. Todos aplauden. Me veo a mí misma aplaudiendo. Me he vuekto rematadamente gilipollas, pienso. Vamos a ver, Hulio. Pa decir eso no digas nada, cabrón. Pa decir eso sigue coloreando duendes verdes. Pero nada, como la gente aplaude yo sigo aplaudiendo desde mi majestuoso chuchú, no vaya a ser que venga Marisol a castigarme.

"Muy bien Julio, has hablado muy bien" dice OhLadyVazquez. "Vamos con la siguiente persona". Antes de que pueda decir nada, un hombre se levanta y empieza a pasear por la sala. Es Chema. No sé si os he hablado de él.

Chema es un sujeto muy peculiar. Casi nunca le he visto sentado. Es muy nervioso, muy inquieto. Tiene una cicatriz enorme en el cuello. Habla mucho, y cuando le cambian el canal de la tele, grita. Pero grita coherentemente, es decir, no chilla. No sé si me cae bien o me cae mal. Cuando conversamos me parece un tipo interesante, pero siempre que hay que estar atento en alguna actividad (en terapia o en este mismo círculo) Chema se levanta mientras se lleva las manos a la cabeza y comienza a hablar solo. Y nadie le llama la atención. A mí eso me pone muy nerviosa, porque necesito que haya cierto orden en los trabajos y converaaciones para no sentir que, efectivamente, estoy en un psiquiátrico. Quiero que alguien mande sentarse a Chema. Y me toca aguantarme y apretar bien los dientes. Vaya jaula de locos.

Vazquez continúa. Saca a la palestra a una señora mayor, Eugenia. "Eugenia, buenos días. Usted es nueva. Nos cuenta su historia?". Con Eugenia he hablado un par de veces y es simpática. Físicamente se parece un poco a Maria Eugenia Iglesias, pero en más guapa. Me refiero a que tiene la cara así como larga y derretida, no sé si me explico. El pelo larguito y moreno. Yo ya me sé su historia, me la contó el otro día en el desayuno y estoy deseando que lo vuelva a hacer, porque es descojonante, sobretodo por cómo la cuenta. La tipa en sí es una troll de la vida. Y, si hay alguien que no debería estar internada, es ella. Yo pongo la mano en el fuego por ella y por su historia. #yotecreo

"Buenos días. Pues como bien ha dicho, doctora, me llamo Eugenia. Ingresé aquí hace tres días sin comerlo ni beberlo. Todo empezó hace 4 días. Yo vivo sola, soy viuda, mi marido descansa bajo tierra -y toca el suelo. Siempre que contaba la historia tocaba el suelo-. Nunca salgo de casa, porque mis hijos me han quitado las llaves de casa. Pues bien, me apetecía salir a comprar. Así que hice un truco, porque yo de tonta no tengo un pelo -y se toca la cabeza. Siempre que contaba la historia se rocaba la cabeza-: puse un papelito en la puerta. Y bajé a hacer la compra. En esto que voy a entrar en la tienda, y digo, no, mejor voy a comprar lotería. Y en esto que voy a comprar lotería, y digo no, mejor voy a entrar al banco. Y entro al banco, pido un listado de los movimientos, y mira tú, que mis hijos me habían ido robando. Unos días me habían sacado 100, otro 400, otro 200, otro 300 -esto me hizo mucha gracia porque siempre siempre decía las mismas cantidades en el exacto mismo orden-. Total, que muy enfadada, les bloqueo la cuenta y subo a mi casa"

Yo estaba emocionada porque ahora venía lo mejor. Estaba tan emocionada que ya se me había olvidado que Chema seguía andando como un soldado en formación entre nosotros. Me fijé en el resto de la tropa: Javi estaba en su mundo t llorabdo (siempre lloraba), Sonia se quitaba pelotillas de los dedos de los pies, Hulio intentaba apartarse de Sonia, la auxiliar miraba su móvil, un par de pacientes dormían, otro se rascaba los huevos nada discretamente. Tres se habían ido (podías largarte cuando quisieras a la otra sala, nunca a las habitaciones). ¡Estaba Naiala! La saludé con la mano y me devolvió la sonrisa, acompañada de un beso a la distancia. Mi dulce Naiala, otra vez. Vazquez me dio un toque para que atendiera. Zorra.

"Total, que estoy sentada en la salita viendo mi programa y suena el timbre. Abro la puerta y es mi hijo el mayor. Me dice: Mama, has bloqueado la cuenta? Y yo PUM! Hostia que te crió!" No sabéis cómo lo contaba shurs, me recordó totalmente a Ramón el Vanidoso con lo del atracador. Era clavado, joder. Qué grande. Yo estaba descojonada, me tuve que tapar la boca para no soltar una carcajada. La gente no daba crédito.

"Y entonces llegó mi hijo el mediano y lo mismo, le llamé ladrón y PUM! Hostia que te crió!"

Todos en nuestro interior estábamos deseando que llegara el hijo pequeño, pero yo sabía que estaba de viaje en Matalascañas -con el dinero de la madre- y que no fue a la casa. Una pena.

"Entonces mis dos hijos me tiraron al suelo, me hicieron un chichón -señala su chichón inexistente-, llamaron al 112 y la ambulancia me trajo. Y aquí estoy"

La Dra Vazquez preguntó: "Entonces, Eugenia, ¿cree que está aquí por culpa de sus hijos?"

Y ahora viene la parte brutal, la parte que me emociona y que hizo que Eugenia fuera mi heroína desde ese momento hasta que le dieron el alta. Eugenia la Grande, Eugenia de España.

"Estoy aquí por culpa de ellos. Y por culpa de usted, doctora". Y la miró desafiante. Y comenzó a relatar cómo cuando sus hijos la trajeron a urgencias, la psiquiatra de guardia (Vazquez) la valoró y decidió que efectivamente, p'arriba. Y cómo era una psiquiatra de mierda. Y cómo se había equivocado, y la haría pagar por ello. Todos flipábamos. Yo disfrutaba como una enana.
Vazquez aguantó bastante bien la embestida, dijo que esa era su opinión y que era válida como cualquier otra. Se mantuvo fría como un témpano, la cabrona. La verdad es que nada conseguía sacarla de sus casillas y pude comprobarlo en mis propias carnes más adelante. Vazquez no tenía talon de Aquiles.

Prosiguió con el círculo como si nada. Me tocó a mí presentarme, lo hice, conté mi historia más o menos por encima y debí alterar a todos, porque el resto de la reunión se convirtió en un griterío y una discusión entre creyentes vs no creyentes sobre si Dios perdona o no el suicidio. Todo chillidos, esto parecía un debate del deluxe, no se entendía nada. Chema además de estar levantado estaba cantando. Me dolía la cabeza y parece ser que yo había empezado todo esto. Discretamente, le pedí a una auxiliar que me sacara en el chuchú y me llevara a la otra sala.

Ese día soñé que estaba en Matalascañas, entraba Vazquez por la puerta, y PUM! Hostia que te crió.




Día 7: Mis vecinas: El día y la noche

"Hijos de puta! ¿Dónde está mi cepillo del pelo? ¿Me lo habéis escondido? ¡Os juro que os mataré a todos! ¡A todoooos!" Me parece una brutalidad, Sonia -pienso mientras abro un ojo- y más cuando sabe que a Brummel me lo he pedido yo. Intento seguir durmiendo pero ya no hay manera, y sé que en nada entrarán a mi habitación bolsas de basura en mano.

"Perdona por el escándalo, Syd. Ya sabes cómo es tu compi" me saluda Alicia, un tanto apurada. Le digo que ni se apure, que no es culpa suya y que no es algo nuevo para mí. Me ducha. Mientras me ayuda a vestirme aprovechamos para hacernos confidencias. "La verdad es que no has tenido mucha suerte con la habitación, vaya vecinita te ha tocado" "Bueno, pero al otro lado está Naiala" "Ay sí, Naiala es un encanto. Qué tal con ella el otro día? Creo que te dejé en buenas manos" "Muy bien, pero luego no sé qué le pasó, empezó a gritar y a hacerse daño y en fin, se la tuvieron que llevar... una pena enorme. Con lo bien que estaba..." Alicia me cogió de la mano. "Syd, no debería decirte esto, pero Naiala está muy malita. Lleva aquí bastante tiempo ya. No puede con el mundo. Se agobia, se desorienta, y de repente no sabe dónde está. Y eso le hace volverse agresiva, sobretodo consugo misma. Llora, llora mucho. Lo pasa muy mal. Desde luego está mucho mejor que cuando entró, pero le queda bastante tiempo de tratamiento. Por eso os puse juntas el otro día, creo que dejando a un lado lo que pasó eres una cabecita sensata y puedes hacerle mucho bien y ayudarle a distinguir la realidad de las cosas que sólo ocurren en su cabeza. Cómo lo ves? Podrás ser mi cómplice?" Intentando aguantar las lágrimas por la historia que acababa de conocer de Naiala y por la misión que tenía delante -que por descontado era un honor para mí- dije que por supuesto, que haría lo que estuviera en mi mano. "Jo, es que tus vecinas son el día y la noche, eh?" Nos reímos.

"Disayuno, tú e yo?" Naiala estaba esperando al otro lado de la puerta abierta, sin cruzar una línea imaginaria. Los pacientes tienen estrictamente prohibido entrar en habitaciones ajenas -protocolo in da hood nigga- y eso en este hospital se respetaba a rajatabla, parece ser. Alicia me sacó del cuatro y Naiala me llevó en mi trono de polipiel hasta la mesita redonda del desayuno. Durante el recorrido nos encontramos con una Sonia a medio vestir, vociferando -ay mi madre el bicho- y preguntando por su cepillo. En realidad fue un surtido de palabrotas varias y entre medias alguna pregunta suelta sobre su cepillo, o eso creímos entender. Naiala respondió en rumano y Sonia se dio por satisfecha. Pos vale.

Había un ambiente festivo en el comedor. Yo no entendía el porqué. Empecé a manejar teorías. ¿Igual nos sacaban de paseo? ¿Habría un partido de futbito internos vs psiquiatras? ¿Se les había acabado la medicación? ¿O por el contrario habrían repartido doble? ¿Habían abolido las correas? ¿Se había demostrado la existencia y veracidad de los chemtrails, dándole la razón al 99% de los que allí estaban?

Le pregunté a Naiala. Me contestó con su voz dulce habitual, pero en rumano. "Naiala, no entiendo rumano cariño". "Ah perrrdona, me pasa a veces. Yo me rrefiero que hoy hay músssica". ¿Cómo? Más música no, por favor. Estoy hasta las pelotas de la música. En la sala/comedor (donde pasamos la mayor parte del tiempo, hastiados) hay una tele, y Sonia nos la tiene TODO el tiempo puesta con videoclips actuales de música dance, a todo volumen. No puedo más. No quiero más. Estoy harta.
Cambié de tema y seguí hablando con Naiala de otra cosa, de cómo se encontraba ella. Casi no se le notaban las marcas de la cara, qué bien. Le pregunté por su niña y vi que se derretía al hablar de ella. Y por su marido, lo mismo. Me dijo que ambos eran su vida. Me llamó mucho la atención que cada vez que se emocionaba al hablar de algo pasaba automáticamente al rumano. Sin darae cuenta. Te estaba contando vida y milagros de algo en español, y de repente continuaba en su otro idioma, pero como si nada. Seguía mirándote y esperando que asintieras, y podía seguir así 5 minutos hasta que tú le decías que no estabas entendiendo nada. Y lo mismo cuando se cabreaba. Llegó Sonia un par de veces a dar por culo -puso su canal de videoclips al 37 de volumen- y mi dulce Naiala le metió un berrido en rumano y tres o cuatro cosas más. Sonia dijo "vaaaale hijaa, relaja la raaaja" y bajó el volumen. Es curiosa esta Naiala. Supongo que todas estas peculiaridades forman parte de su trastorno.

A las 10 Naiala me dio un beso en la frente y me pidió permiso para ir a colorear. "Sí sí, sin problema". Yo cogí mi libro de mil páginas y me puse con él. Me habían recomendado leer. Gracias a este libro la Dra Vazquez pondría en mi informe 30 días más tarde que no me gustaba relacionarme con la gente. Thx Mrs Vazquez.

A las 11 empieza a haber movimiento en la sala. Entra un tío de mi edad, teñido de rubio. Vaya pelos, colega. Me pregunto qué habrá hecho para estar aquí y por qué a él le permiten estar sin pijama y a mí no. Sale un minuto y vuelve con una guitarra eléctrica. Quéeee guapo. Y llega otro tipo como de 50 tacos con lo que parece ser un bajo y un ampli de la leche, se ponen a conectar cables aquí y allá y en nada han montado un escenario muy top. El resto de internos estaban fuera de la sala, Marisol les había sacado, pero de mi no se acordó nadie y estaba ahí agazapada como un híbrido entre la vecina del quinto y el hombre de la ventana indiscreta viendo todo lo que se cocía. El chiquito me saludó con la mano en plan majo, y yo le hice el clásico gesto del rock and roll: Levantar los dos brazos poniendo los cuernos y a la vez sacar la lengua. No sé chiccos, NO SÉ, en su momento me pareció cool, reaccioné así, yo que sé, fue un impulso tan sumamente tonto como el día que salté, solo que este no lo he comentado con la Dra Vazquez ni creo que lo haga. Ahora lo pienso y muero de la verguenza ajena. Lisiada, sentada en el chuchú y haciendo ese gesto. Los rockeros (que lo eran) debieron flipar. La lombriz AC/DC. Qué cosa tan miserable. Qué facepalm más tonto. Lobotomía, pls. *Por cierto, aquí os dejo una foto de mi chuchú, para que os hagáis una idea http://img.medicalexpo.es/images_me/pho ... 382639.jpg

El caso, cuando estuvieron todos listos se empezó a llenar la sala. Sara repartió hojas con cancioneros para cada dos. A mi lado se Sentó Sonia, que había encontrado su cepillo pero no se quiso peinar "pa que se jodan los auxiliares". Por su aliento habría dicho que tampoco se quiso lavar los dientes para joderme a mí. Pero iba en mi chuchú y ella tenía muy mal genio, así que no tuve huevos a preguntárselo.

"Bueno chicos, ¿cuál tocamos?" dijo el rubito. Sonia pilla el micro y se pone de pie. "¡Una de Rihanna! ¡La de Anbrela, la de Anbrela!" Todos: "¡¡Síiiiii!! ¡¡La de Anbrela!! Yo pensando: Pero cabrones, pero si aquí ni Peter habla inglés, ¿qué vais a cantar? (Recuerdo que hubo que ayudar a Sara con la Wii y el juego estaba en inglés y todos mirando la pantalla diciéndole a Vioka que estaba en su idioma). Rubio: "Venga, la de Umbrella entonces"

Sonia agarra el micro y empieza a berrear: La la la laaa chugederrrr l la la la yull benmai anbrelaaaa, venga Syd, conmigo! Y me pasaba el micro. Yo hacía lo propio y masacraba la canción y mi dignidad de lombriz al mismo tiempo. Y así íbamos rotando el micro. Algunos se flipaban, otros se quedaban en silencio. Otros simplemente lo babeaban (los que más). Después vinieron los más comedidos y pidieron Sabina, El Canto del Loco (*ba dum tsss*), Jennifer Lopez (otra vez Sonia y de nuevo en inglés), Manolo Escobar, Villancicos (lo sentí por los rockeros), y otras que ahora no recuerdo. En resumen, admito que no me apetecía nada, pero fue una experiencia bastante guay. Los músicos eran voluntarios de una asociación y hacían eso todos los jueves. Vaya cracks, pensé. Se veía que a los internos les hacía mucha ilusión. Y a mí también me la hizo, qué coño.

Hora de comer y después siesta. Luego visitas. Vino mi padre, se alegró de verme tan feliz. Me dio un beso en la frente y me dijo: "Lo estás haciendo muy bien, Syd. Ánimo, campeona." Se me escapó una lagrimita cuando se tuvo que ir a las 7,30.

Me dejó en la salita. Ahí estaba la tele, con los videoclips de nuevo al 37. Y ahí estaba Sonia. Creo que hasta ahora no la he descrito. Belen Esteban. Física y mentalmente. Belén Esteban con ojos azules, un poco más delgada y el pelo rizado. Estaba allí por esquizofrenia. Tenía 34 años. Su actitud era la de una adolescente, una adolescente consentida. Se enfadaba constantemente, chillaba a todo el mundo, gritaba cuando las cosas no salían como ella esperaba, esto es, siempre. El mando de la tele normalmente pertenecía a Raul, otro interno, pero Raul siempre tenía permisos de salida y Sonia aprovechaba para agenciárselo y cascarnos los videclips a todo volumen. Y en el fondo yo no protestaba porque sé que no lo hacía por joder: ella los disfrutaba.

Estaba en medio de la sala, sola, bailabdo. Miraba la TV como ida, canturreando. El pijama le iba grande, le arrastraba por los pies y las mangas le colgaban. No se le veían las manos al bailar. Pero baila. De vez en cuando alzaba los brazos y se veía que llevaba una copa imaginaria en una mano, y un piti invisible en la otra. Y así estuvo, bailando con los ojos en blanco y la música estruendosa durante media hora (no es nada, era capaz de hacerlo durante una mañana entera) hasta que nos trajeron la cena.

A las 11 me fui a la cama.

A las 12 me dormí.

Y a eso de las 3, escuché voces.

Era un timbre. Encima de mi cabeza. ¿Estoy soñando? No, era el intercomunicador. Encima de todas las camas hay una especie de altavoz que se conecta con control de enfermería, y que se utiliza para comunicarse con ellos en caso que necesites asistencia. Pero yo no había llamado. "Naiala, dinos" "He visto a mi marido, está en el baño" "Naiala, tu marido no está en el baño, sin las 4 de la mañana, vuelve a la cama" "Y yo te digo a vosotrros que mi marido está en el baño!" "NAIALA, vete a la cama o ya sabes lo que va a pasar" "Tú abre la puerta del baño!!! Ya!!" "Naiala, vuelve a la cama" "*Gritos en rumano*"

Mi intercomunicador estaba roto y todo lo que hablaba Naiala por el suyo se escuchaba a través del mío. Más tarde se lo comebté a Alicia y me dijo que eran conscientes, que les había traído algún problema.

El tema, empiezo a escuchar unos golpes tremendos. Naiala golpeando la puerta del baño de una forma brutal. Con lo pequeña que es y parece que la va a echar abajo, pienso. Madre mía. Sigue gritando en rumano. ¿Es que nadie va a hacer nada? Esta chica se puede hacer daño! Más y más golpes. Por fin se escuchan pasos rápidos por el pasillo. Entran en tropa en la habitación. Se escucha un "te lo advertimos, Naiala". Ella dice "Nooo". Se escuchan ruidos de metal. Doy por hecho que la están atando. A Naiala, mi dulce Naiala. Salen de la habitación. Ya solo oigo quejidos.


Y esas son mis vecinas. De día. De noche.





Día 8: Lolo, ni una palabra

Me estoy vistiendo sentada en la cama. Últimamente me siento más independiente. Antes contaba con los auxiliares para absolutamente todo, ahora poco más que me transportan de la cama a la ducha y de la ducha a la cama y el resto (secarme el pelo, quitarme las bolsas de basura, ponerme el pijama nuevo) lo hago yo sola. Algo es algo. Me viene bien y sé que también a Alicia, así le dejo más tiempo para atender al resto de pacientes que tiene asignados, que no son pocos. Nos levantan a las 8 y todos tenemos que estar aseados y como nuevos en la mesa del desayuno a las 9. Sin excusas.

Ya me he puesto los pantalones, que suele ser lo más difícil. Oigo que alguien entra por la puerta y pregunto: "Oye Alicia, lo de los intercomunicadores, ¿cómo va? Es que esta noche me ha pasado una cosa muy curiosa, verás..." No hay respuesta. "Ali?" Me giro y doy un gritito. No es Alicia. Hay un hombre con gafas mirándome y sonriendo, con su pijama y un hombro al aire.

Su nombre es Lolo. Es la estrella de la planta, por decirlo de alguna manera. La persona a la que más cariño tienen los pacientes y todo el personal sanitario. Da la sensación de que lleva ahí toda la vida. Tiene una triste historia detrás, que fue prácticamente lo primero que me contaron: Lolo tenía 32 años, era un chico normal con toda la vida por delante. Arrastraba un pequeño retraso y trabajaba vendiendo cupones en un puesto de la ONCE -por lo visto no son exclusivos para ciegos-. Tenía vida social, familia, amigos. Ya es más que mucho de los ingresados en aquella planta. De repente, y sin ninguna explicación racional, Lolo dejó de hablar. Así, por ls buenas. De un día para otro. Y no es solo que no emitiera palabras, es que parece que tampoco comprendía las que escuchaba. No atendía a razones. Si le llamabas por su nombre no se giraba. No hacía las tareas básicas. No se aseaba. Tenía miedo del agua por lo que había que ducharle prácticamente a la fuerza. Podía comer por sus propios medios, eso sí. Aparte de eso, actuaba como un niño de 2 años: no podía permanecer sentado, se reía en los momentos más inoportunos, actuaba por imitación, chillaba cuando se enfadaba, tenía que llevar pañal y no sabía comunicarse con el mundo. Era un niño encerrado en el cuerpo de un adulto.

Y aún así, Lolo se hacía querer. Muchas veces mientras estaba sentada leyendo mi libro le veía de pie, mirándome. Y le hacía una mueca. Y él me la devolvía. Y entonces yo le hacía otra. Y así durante un rato, hasta que a Lolo le entraba la risa, una risa que sonaba como Pfffff, porque Lolo siempre se reía muy raro, y se daba la vuelta y se iba. Y me hacía sebtir menos sola durante un instante. Ay Lolo, si supieras que yo también me siento atrapada...

Lolo estaba absorto mirando las cicatrices de mi espalda. "Están bien, Lolo. No duele". Le sonreí. Sabía que no podía entenderme, pero siempre quedaba un atisbo de duda. Le hice un gesto con la mano para que se acercara, aún sabiendo que era inútil. Lolo nunca hacía caso a los gestos. Pero aún así se acercó. Se puso a mi lado. Yo estaba sin parte de arriba, había cogido la chaqueta del pijama y me tapaba torpemente con ella como buenamente podía. Era una situación un poco incómoda, ya que ninguno de los dos decía nada. Luego pensé que lo raro sería que Lolo hubiera dichho algo. Eso SÍ habría sido raro. Raro de cojones.

Como no sabía qué hacer, levanté un brazo para enseñarle a Lolo la mata de pelo que tenía en el sobaquillo. Era un experimento científico, a ver cómo reaccionaba. Se lo enseñé poniendo cara sexy, era para verme, desde luego. Lolo señaló mi axila. Lo había pillado, el muy cabrón. Me descojoné. Él hizo su pffff característico y yo seguía riéndome. Pintaba bien el día.

En esto entró Alicia, muy agobiada: "Lolo! Que te he visto por la cámara! Fuera de aquí, granuja. Te estaba molestando, Sydney?" "Qué va qué va Alicia, nos estábamos contando nuestras cosas". Alicia se rió. Yo estaba un poco avergonzada por si todo el mundo en cámaras me habría visto hacer el Heil Hitler a lo feminazi vegana presumiendo de matojo. "Este Lolo, qué travieso es. Pero qué haríamos sin él, verdad Syd?" "Pues también es verdad, Alicia". Me impresionaba Alicia. Lolo daba una guerra acojonante: Que si la ducha, que si tiraba las bandejas, que si había que cambiarle el pañal, que si se escapaba de la unidad si no te badas cuenta.... y aún así, Alicia le adoraba. Ojo, que el chico era adorable, eh. Pero me refiero a que se notaba que Alicia disfrutaba con las personas, cuidándolas, que no era la clásica funcionaria que ponía la mano y maltrataba a la gente a su cargo deseando que llegara el fin de turno. Alicia se desvivía por cada uno de sus pacientes. Me pregunté cómo habría sido mi estancia si ella no hubiera estado ahí desde el primer día.

Desayunamos. Chema se sienta conmigo. Se quita los dientes postizos para comer y los deja encima de la mesa, al lado mío. Le sugiero fuertemente que por qué no los deja en su bandeja, que es más higiénico, pero me dice que una vez se le olvidaron en la bandeja y que después hubo que llamar a cocina para que los buscaran y que se lió la de Diossssss. Lo dice así. "La de Diosssss". De hecho se pone nervioso al decirlo, se levanta y empieza a andar nervioso por todo el comedor con las manos en la cabeza. Para qué habré dicho nada, joder. Al minuto se queda mirando algo y se vuelve a sentar. Me da un codazo y me dice algo. Me babea completamente y además no he entendido nada. "Chema macho, los dientes". "Peddona". Se pone los dientes y vuelve a repetir: "Que hay chica nueva en la oficina". Me señala un rincón de la mesa larga de debajo de la tele y efectivamente, hay una rubita nueva muy mona. Luego nos acercamos a saludarla y parece una chica muy normal. Se llama igual que yo. La darán de alta en 8 días y jamás descubriré por qué estuvo aquí.

Por la tarde viene mi padre a visitarme. Me trae unos crucigramas. No he hecho crucigramas en mi vida, Hulio. Pero realmente ya está todo hablado, le he suplicado mil veces que me saque de este lugar y me consta que no lo puede hacer, así que cualquier esfuerzo por mi parte es inútil. Vamos al la sala-comedor con el libro de crucigramas armados con dos bolis y nos disponemos a hacerlos. En la sala hay un par de pacientes con su familia, entre ellos Vioka y su marido. Mi padre les saluda. Vaya, qué rápido se han reconciliado, pienso. "¿Por qué está esto tan vacío? No hay más pacientes?" "Sí papá, pero tienen salidas" "Ah, y tú no tienes salidas?" "Con el chuchú no creo que me dejen, y con silla de ruedas por ahora tampoco, es que se me hinchan muchísimo los pies" "Le preguntaremos a Vazquez. Nos ha citado en 5 días" "Es una nazi infecta" "No hables así de la doctora" Me hace gracia, porque esa conversación fue hace unos 4 meses. Y a día de hoy sigo diciendo sapos y culebras sobre Vazquez, pero en casa ya se han acostumbrado.

Total, sacamos el autodefinido y empezamos a rellenar. Parece una tontería, pero para mí era un momento muy especial. Siempre me he sentido muy unida a mi padre y este era un momento padre-hija, los dos mano a mano, boli a boli, enfrentándonos ante un reto que solo los domingueros de pro pueden resolver sin menor dificultad.

Poco duró el instante mágico. A los 10 minutos empezaron a volver los pacientes de las salidas, y conforme entraban a la sala se iban uniendo a nosotros. El primero fue Raul, el "dueño" del mando, que decidió que no se iba a poner la tele porque "entonces el padre de Syd se distrae y no puede resolver los crucigramas". Se sentó a nuestro lado y se puso a colaborar. Su ayuda fue un tanto dudosa, ya que Raul padecía esquizofrenia, pensaba en voz alta, y entonces no sabíamos si todo lo que decía eran posibles respuestas a la plabra que andábamos buscando, o simples ideas que rondaban su mente. Después llegó Javi (siempre lloroso), que a pesar de sus lágrimas era bastante culto y nos resolvió dos o tres cosas. Grande Javi! Después tres, cuatro más, pero el chuchú ocupaba mucho espacio y ya no se pudieron sentar. Se colocaron detrás de mí y estaban asomados al pequeño crucigrama como podían, intentando aportar alguna que otra palabra. Todo esto mientras debatían entre ellos. Era un guirigay, yo miraba a mi padre sin saber qué hacer, y el tío, que tiene más paciencia que el santo Job, iba hablando con unos y con otros por turnos para ver qué podían aportar. Se los había metido a todos en el bolsillo.

Desde aquel día, todas las tardes, los chicos que no tenían visita me preguntaban cuándo venía mi padre y si íbamos a hacer un crucigrama entre todos. Y así fue los días restantes, y yo me alegro, porque hay muchos que no tenían visita, ni familia, ni nadie que les fuera a ver ni les sacara de paseo. Y esos 60 minutos, aunque fueran solo eso, 60 minutos, pensando definiciones en equipo, les hacía sentirse parte de un algo, de un todo.


Y eso, por paradójico que sea, es algo que no se puede definir utilizando solo una palabra.
Última edición por CacaDeLuxe el 26 Oct 2018 05:22, editado 1 vez en total.

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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 26 Oct 2018 04:28

Día 9: No hay otra como tú


Sábado. Naiala y yo entramos somnolientas en el comedor. Veo a DJSony (así es como la bautizará Antonio llegado el día) bailando sola, como de costumbre. No hay nadie más en la sala. Alzo la vista para mirar el reloj. Las 8.40. Joder, es que ni en fin de semana nos dejan levantarnos más tarde, hay que joderse.

Tengo el pelo mojado y hace frío. Normalmente me lo seco, pero Naiala llevaba un rato en la puerta y me sabía mal hacerla esperar. Ahora me arrepiento, sé que estaré todo el día congelada. Pero en fin, ya es tarde para arrepentirse. Nos sentamos en la mesita redonda y miramos con desgana el espectáculo que nos ofrece DJSony, la gogó frustrada de la planta 4.

Al rato empiezan a llegar más compañeros. Primero Lolo que se une al baile silencioso de nuestra rubia. No sé si lo he comentado, pero a Lolo le gusta bailar. A su manera, claro está. Esto es, de pie y meneando ligeramente las manos, con la vista fija en la pantalla de la TV. Y de vez en cuando, canturrea. Es un espectáculo verle hacer eso. Un espectáculo bonito, porque todos esperamos que entre esos balcuceos y semicánticos pronuncie alguna palabra. Con una sola nos bastaría. Nos daríamos por satisfechos. Pero eso nunca ocurre. Así que nos conformamos con verle bailar y bailar. Sigue llegando gente. Javi, Eugenia, el Club de las Deprimidas (ya hablaré de ellas), otros cuantos pijameros, Makele, el panchito solitario, la Purísima... En fin, el comedor por fin está lleno.

Naiala y yo desayunamos, y cuando retiran las bandejas, ella me pide permiso para colorear -siempre lo hace- y yo pongo los brazos sobre la mesa e intento dormir. Los fines de semana son un coñszo, no hay terapias ni nada que hacer. Nos levantan a las 8 y no nos acostamos hasta las 11 de la noche. Tenemos visitas a las 11 de la mañana y a las 6 de la tarde. A parte de eso, tiempo y más tiempo libre que rellenar como buenamente podamos. No me gusta colorear, tampoco estoy de humor para hablar con el resto de internos, no me apetece negociar con Raul sobre la programación de la tele, y DJSony parece estar muy medicada hoy como para montar ningún espectáculo digno de ver. Vaya día de mierda me espera. Lo dicho, me apoyo en la mesa e intento dormir.

Me despiertan a las 11. "Syd, tienes visita". Me desperezo. Me duele el cuello. Javi y los demás se acercan sonrientes suponiendo que vamos a hacer crucigramas. Veo una silueta que se acerca, con una mochila y una gran sonrisa. "¡¡Vicente!!" Le abrazo como buenamente puedo y le pido que porfavor vayamos a mi habitación. Mira con sorpresa el chuchú, comprueba que tiene ruedas, y lo empuja un poco temeroso, como si estuviera robando un carrito del mercadona, hasta la 419. El resto de internos parecen decepcionados.

Vicente es mi mejor amigo. No es mi pagafantas, ni yo el suyo. Le quiero con locura, eso sí. Y sé que él a mí. Tuvimos una relación que duró un año. Fue muy bonita. Me ayudó en mis peores momentos. Siempre estuvo allí. Cada vez que caía, él me levantaba. Y lo siguió haciendo cuando ya no estábamos juntos. Sin pedir nada a cambio. Vicente vive en Cáceres y yo en Madrid, por lo que la relación no fue fácil, pero venía todos los fines de semana a mi casa. Mis fines de semana buenos, eran muy buenos. Mis fines de semana malos, eran muy malos. Pero todos eran con él. Y cuando estuve ingresada en Quirón por infrapeso, durante 21 días, recibí una carta manuscrita desde Cáceres cada-puto-día. Si eso no es lealtad, que baje Dios y lo vea. Nunca podré devolverle todo lo que hizo por mí. Jamás.

Y allí estaba. De visita en el hospital. Sentado en mi cama, en la 419. Sonriéndome. "Ey, qué tal Syd. Te veo muy guapa" "Calla, tonto, si estoy horrible" "No digas eso, estás preciosa". Me volvió a abrazar. Estuvimos un instante en silencio, sin saber qué decirnos. En seguida rompí yo el hielo y comencé a relatar anécdotas del hospital, a hablarle de Naiala, de Lolo, de la víbora Vazquez... Luego me derrumbé y llorando le dije que quería salir de ahí. Que ese no era mi lugar. Me acarició el pelo y me dijo que ya lo sabía, que él también pensaba que no era el sitio adecuado para mí, pero que no estaba en sus manos arreglar eso.

La conversación se volvió un poco más sentimental. "Con todas las chicas que hay en el mundo, qué te hace seguir preocupándote por mí?" Vicente contestó: "Porque puede haber miles. Millones. Pero te aseguro, Sydney, mírame. Te prometo, que no hay otra como tú".

Se abrió la puerta de la habitación. La auxiliar dijo que el tiempo de visita había acabado. Vicente me dio un beso en la frebte, cogió la mochila, y se fue. Me quedé un rato sentada en la cama, si saber muy bien qué pensar ni qué decir.

Comida, siesta, visita de mi padre y crucigramas.

Hora de la cena. Las enfermeras se disponen a repartir la medicación.

Se acerca Jesús con un vasito que contiene mis tres pastillas de la noche y una sonrisa "Sydney, tus pastillas". Pongo la mano, las vierte en mi palma, me las acerco a la boca y las trago sin pensar. Sigo tomando mi yogur con desgana.

Se acerca Marisol con un vasito y cara de matar bebés "Sydney, tus pastillas". Eing? Será una broma, no? O he retrocedido en el tiempo, o estoy gilipollas, o aquí alguien se ha equivocado. Después de dudar bastante, opto por la última. "Marisol, ha habido un error". Miro dentro del vasito y veo una pastilla enorme y roja "Esta pastilla no es para mí, yo ya me las he tomado". Marisol se pone impertinente, muy de su estilo. Mueve la cabeza rollo nigga: "Mira chiqui, esta es tu pastilla. Pone tu nombre en el vaso, así que, o te la tomas por las buenas, o te la tomas por las malas. Está claro?". Entonces comprendo lo que ha pasado: Las otras pastillas, las que me dio Jesús, sí que eran para mí -son las que tomo siempre-, pero esta roja (que no he visto en mi vida, Hulio) debe de ser para la chica que entró ayer y que le gusta a Chema. Un último intento: "Marisol, escucha. La pastilla roja es para la otra Sydney, la chica nueva. Se llama igual que yo. Es su vasito. Es para ella". "Que no. No hay otra como tú. Tómatela. YA"
Pone la pastilla en mi mano. Me mira. La miro. La pastilla parece peligrosa, me pesa en la mano.

Pues oye, si me mata, eso que me quito. Hemos venido a jugar! - pienso. Y me la trago sin pensar. Marisol dice: "Buena chica", y se da la vuelta, satisfecha. Yo me termino el yogur y continúo leyendo mi libro.

A las 9 oigo revuelo en el cuatro de enfermeras. Salen, me miran, vuelven a entrar. Jesús se acerca y me pregunta si estoy bien. Le digo que sí. Continúa el jaleo. Llaman por teléfono. Siguen saliendo y entrando. Jesús vuelve a preguntarme que qué tal me encuentro.

A las 10 me sacan de la sala. Están todas las enfermeras fuera. Me toman la tensión. Marisol parece preocupada. Yo me estoy muriendo. Pero de la risa. Realmente me da igual lo que me pase, pero estoy disfrutando con lo que está pasando. Me meto en el papel y pregunto constantemente "qué ocurre? Voy a morir? ¡Voy a morir!" Los enfermeros me tranquilizan.

A las 10,15 entra un nuevo personaje en escena. Le describiré en una palabra: Doc (Regreso al futuro). Era él. Os juro que era él. Se presenta: Es el Doctor Casillas. El puto Doctor Casillas estaba hablando conmigo. No me lo podía creer. Había escuchando miles de historias sobre él, era una eminencia en el hospital. El jefe absoluto de Psiquiatría. Vazquez era una estudiante con bata en comoaración con Casillas. Y ahí estaba, delante de mí, malgastando su tiempo en hablar con un gusano como yo. Me sentí honorada. Los enfermeros agachaban la cabeza para dirigirse a él. Doc pidió que nos dejaran a solas.

"Sydney Bristow. En primer lugar, siento mucho el error que se ha cometido. Verás, lo que ha pasado es que se te ha administrado un medicamento que iba destinado a otra paciente" No me digas, pensé. "En cuanto hemos detectado el fallo, hemos estado investigando cómo podría actuar esa pastilla con la medicación que estás tomando actualmente y blablablabla realmebte no afectaría demasiado blablabla" me aburría bastante la charla médica, realmente a mí me daba igual tanto si moría como si no, al fin y al cabo estaba ahí precisamente por querer terminar con mi vida. Y además, la pinta de Doc me distraía y mucho. Esos pelos... Joder, esos pelos! Doc seguía hablando, parecía profundamente arrepentido y preocupado "... por eso a la mínima que notes algún efecto secundario, que no deberías, avísanos. Una vez más, reitero nuestras disculpas. Me ha encantado conocerte, Sydney. Tienes alguna pregunta?" "Pues sí Dr Doc digooo Casillas. La verdad es que me encuentro un poco mareada, pidría ir a la habitación ya a dormirme? (mentía como una bellaca, en realidad lo que no me apetecía era quedarme en la sala viendo una peli de mierda elegida por Raul) "Claro Sydney, sin problema. Yo te acerco". Guau! Un Jefe de sección al que no se le caen los anillos transportando a una paciente hasta su habietación. Aprende, Vazquez.

Me dejó al lado de la cama. Cuando se dio la vuelta, le dije: "Una última cosa, Doctor." "Lo que quieras, Sydney" "Por favor, no sean demasiado duros con Marisol. Ella solo estaba haciendo su trabajo. Es cierto que yo le advertí varias veces de que esa no era mi medicación, pero ya sabe, como andaba mirando la tele igual se distrajo mucho o algo... esas cosas pasan" "No te preocupes, Sydney".


Me metí en la cama, sonriendo como una loca. En vendettas, lo que se dice vendettas, no hay otra como yo.




Día 10: ¿Dónde estás, mamá?

Domingo. Hago tiempo mientras me visto, no sé si Naiala estará esperando, pero no me apetece lo más mínimo llegar la primera al comedor otra vez. Tengo la sensación de que hoy va a ser un domingo esos largos, largos de cojones. Recuerdo lo largos que se me hacían los domingos en casa. Y eso que ahí tenía mis libros, mis series. Mi móvil! Forocoches. Los gatos. Mi perrita. Y aún así, los pasaba debajo del edredón, llorando. Aquí no tengo ninguna de esas cosas. Tampoco edredón bajo el que cobijarme. Y apenas me quedan lágrimas.

Naiala no está aún lista, así que Alicia me lleva al comedor y me lleva a mi sitio. Al lado mío se sienta Rhino. Me pide permiso: "se puede?" mientras retira una silla, y le digo que por supuesto, que está libre y que adelante. Rhino en realidad se llama Fernando, Fernando Merino. La gente le llama Merino. Yo le llamo Merino también, pero en mi cabeza es Rhino, ya que la piel que recubre su cara es muy muy extraña, como si se tratara de piel de rinoceronte. Es dura, seca y cuartelada. No se trata de quemaduras, es otra cosa. Nunca reparé en ello hasta que mi hermana me lo comentó en una visita, le pusimos ese mote y en mi cabeza se quedó con él. Quizás os suene cruel, pero yo llevo una semana ya "llamándole" así -siempre en mis pensamientos- sin ninguna malicia y me parecería forzado referirme a "Merino" a estas alturas. Es Rhino. El chico de la cara rara. El chico solitario. El chico que no hablaba, solo preguntaba. Y el chico cuyas preguntas siempre me hacían llorar.

Abro la bandeja del desayuno. ¡Churros! Los domingos había churros. Me veo a mí misma sonriendo. Me dispongo a comer uno, con toda la alegría del mundo. Pero mi antiguo yo me detiene: "gordagordagordagorda". Intento acallar la voz interior y doy un mordisquito. Not bad. Pero ahí sigue el duendecillo chillón.

"Enfermera" dice Rhino. "Enfermera" repite. Miro a mi alrededor y no hay ninguna enfermera. Los auxiliares están apiñados junto al carrito de las bandejas, cotorreando. "Enfermera". Y me mira. Se está refiriendo a mí. "Merino, yo no soy enfermera", digo sonriendo. "Ah". Se queda pensando. Es evidente que sufre bastante retraso, se ve en su forma de andar (pasa horas caminando solitariamente por el pasillo, con un ritmo raro y la cabeza gacha), en su forma de vestir (lleva los pantalones casi por debajo de las axilas), y ahora lo veo, en su forma de hablar. Me da mucha pena. "Enfermera" insiste. "Dime, Merino". ¿Usted sabe dónde está mi madre?" "Pues no lo sé Merino. No ha venido a verte?" "No enfermera. Mi madre siempre me ve" "Ah, pues entonces estará en su casa, que aún es pronto. No te preocupes" "Pero es que en casa me dijeron los médicos que ya no está. Eso me lo dijeron los médicos. Que ya no estaba" "Bueno, luego te prometo que se lo preguntamos a un médico, vale? Tú tranquilo" "Gracias, enfermera" Parece que se quedó más tranquilo, y eso a la vez me tranquilizó a mí.

11, hora de visita. Llegaron Vicente y mi padre, estuvimos jugando a las cartas y pasamos una buena mañana. Lo sentí por la gente que no tenía visita, aunque por lo menos les abrieron la sala de gimnasia, que tiene unos puffs rellenos de gomaespuma en los que tumbarse bastante cómodos. Entre eso y la medicación, se echan una siesta post churros que no veas.

Después comida, siesta, toma de tensiones, y visita. Estaba en la cama, esperando ver entrar a mi padre. Pero no. La que cruzó la puerta fue mi madre.

"Hola mamá. Cuánto tiempo" "Hola Syd. Qué tal estás. Cómo ha ido la semana?" "Bien, bueno, tirando. Hoy ha venido Vicente" "Sí, lo sé, ha estado en casa" "Ah" "Ah" Las dos nos quedamos en silencio. Rompí a llorar. "Mamá, lo estoy pasando muy mal aquí, no puedo más. Me quiero ir a casa. Necesito irme a casa. De verdad que lo necesito. Este sitio me va a matar" Mi madre se mostró impasible "bueno hija, ya sabes que nosotros no podemos hacer nada" "La entrevista, mamá" "Qué?" "La entrevista con la psiquiatra Vazquez. La tenéis la semana que viene. Decidle porfa que estoy bien, que ha sido un susto y que queréis que vuelva pronto a casa, y entonces quizás me de el alta. Por favor mamá. Por favor". Mi madre, que hasta ahora estaba de pie, cogió una silla, la puso a mi lado, y se sentó.

"Quiero que nos pidas perdón" "Cómo" "Que quiero que nos pidas perdón. A tu padre y a mí. Por lo que hiciste. Por saltar. Ha sido un susto muy grande para nosotros. Tienes que pedirnos perdón. Si no lo haces, le diré a Vazquez que no quiero que vengas a casa. A MI casa. Y entonces no te darán el alta". Todo esto lo dijo muy tranquilamente. Yo no daba crédito. No sabía ni qué contestar. Me había pillado de sorpresa. Era mi madre, mi propia madre la que me estaba diciendo eso. Así de sopetón.
"Mamá, eso es... eso es chantaje. No me gusta el chantaje. No me puedes dar ese ultimátum. No me puedes poner contra la espada y la pared. Podría decirte que lo siento, podría, pediros perdón, pero sería falso. Sería todo falso. Sería falso porque no lo siento así en el corazón, no lo he reflexionado, no he pensado en lo que sucedió. No puedo pediros perdón ahora y menos con esa amenaza de por medio. No puedo. "Bueno, tú verás. Tienes dos días para pensártelo. Mi madre cogió el bolso -que era más grande que ella-, se dio la vuelta y se marchó.

Me quedé sola, sentada en la cama, llorando, hasta que llegó una auxiliar y me llevó a la sala. Eran las 7,30 y en nada cenaríamos. No tenía hambre, no quería cenar. No quería nada. Solo quería llorar en la mesa hasta morirme.

En ello me encontraba, cuando noto un toquecito en la espalda. "Enfermera?" Era Rhino. Me sequé las lágrimas con la manga del pijama. "Sí, dime" "Está la Doctora Belén. Le preguntamos si sabe dónde está mi madre?" Joder Rhino, no estoy para esto ahora. Pero en fin, lo prometido era deuda y además Rhino me producía mucha ternura. Le dije que de acuerdo, y fuimos los dos en chuchú a buscar a Belén (además de psiquiatra era supervisora de planta. Y bizca), que estaba de guardia y paseando por la 4. Al fin la encontramos. "Belén, la enfermera y yo le queríamos preguntar una cosa" gritó Rhino. Yo ahí ya no sabía dónde meterme. Belén se giró. "Dime, Merino". "Usted sabe dónde está enterrada mi madre?" Mi cara de asombro era épica. Belén no parecía sorprendida: "Merino, ya te he dicho muchas veces que no lo sabemos. Y Sydney, no deberías fomentar esto, ya te vale. Volved al comedor, anda". Volvimos corriendo al comedor como alma que lleva el diablo.

Durante la cena, Rhino y yo apenas hablamos. No hacía falta.


Y durante la noche, sé que ambos pensábamos en cuando éramos niños y nuestras madres nos cuidaban. ¿Y ahora? ¿Qué había pasado? ¿Dónde estás, mamá?




Día 11: Habla con él

Me levanto triste. Muy triste. De hecho ni siquiera es eso. Es algo que va más allá de la palabra "tristeza". No sabría cómo definirlo. Tantos días haciendo crucigramas y aún no se me ocurre una palabra para describirlo. Mi padre no estaría contento. Pero es que es verdad, no hay palabras para expresarlo. Es una pena muy profunda. La traición de mi madre. El saber que puedo quedarme aquí indefinidamente. Recuerdo el cartel que hay en control, "Hospitalización de Estancias Breves" y lo que antes me precía una salvación ahora me parece una broma de mal gusto. Seco mis lágrimas con la manga del pijama sucio.

Entra Alicia en la habitación. "Pero mi Syd, pequeña, ¿qué haces llorando?" "Nada, no pasa nada" "No, cuéntamelo" "No pasa nada Ali, de verdad. Ponme las bolsas y vamos a la ducha, que no quiero hacerte perder el tiempo" "Verás, es que justo acaban de llamar informando de que se ha roto el agua caliente, así que tenemos tooodo el tiempo del mundo. Cuéntame, Syd". Pensé que qué casualidad tan buena. Y le conté lo de mi madre. Lo de cómo no quería que volviera a casa si no escuchaba un perdón. Un perdón que como ya sabéis, en ese momento no me salía del corazón pedirle. Le conté lo frías que fueron sus palabras. Ali me escuchaba sin perder detalle, totalmente concentrada. Supongo que al mismo nivel de concentración que a veces tengo que mantener yo cuando Naiala empieza a habalar en rumano, porque entre las babas, los lloros, los mocos, y la manga de mi pijama yendo y viniendo prácticamente no se entendía nada. Cuando al fin terminé, Ali no me dio el clásico consejo de "todo se arreglará", o "tranquila, seguro que tu madre lo hace por tu bien", o mierdas parecidas.

Ali me cogió de la mano, y me dijo: "Syd, en mi casa somos 7 hermanos. Yo soy la del medio. Y desde que tengo uso de razón, mi padre ha sido siempre mi mayor apoyo, y mi madre en cambio casi una extraña en casa para mí." Asentí. "Así ha sido toda mi vida. Cada cosa que me preocupaba, cada pequeño problema que rondaba mi cabeza, lo consultaba con mi padre. Él era un sabio. Él siempre supo lo que hacer. Y de la mejor manera posible" Continué asintiendo, y sonreí. Así es mi padre tambíen -pensé-. "El caso, un padre sabio y una madre ausente, a eso es a lo que me había acostumbrado, no? A eso es a lo que nos hemos acostumbrado las dos, me parece. A que siempre van a ser ellos. Y a que siempre van a estar ahí" "Sí" "Pues hace un año, me llamaron por teléfono. Era mi madre. Había muerto. Me quedé destrozada" "Tu madre había muerto?" "No, perdón. Era mi madre al teléfono, para decirme que la persona que siempre estuvo ahí para ser mi mejor amigo, apoyándome, dándome los mejores consejos, mi padre, había muerto. Ya no estaba. Ya no estaba mi guía. Ya no había nadie para decirme qué camino tomar. Se había ido, Syd. Me quedaba sola ante el peligro" Se me saltó una lágrima. Ahora era Alicia la que se limpiaba con el brazo. "Lo siento mucho, Ali. Lo siento de veras" "No te preocupes Syd. Pero quiero que lo pienses. Tu madre es tu madre. No vamos a cambiarla a estas alturas. Pero tu padre también es tu padre. Y os he visto juntos muchas veces. Joder, os ha visto juntos toda la planta. Se ha comentado muchas veces en el cuarto de enfermeras -no te creas que ahí no cotilleamos-. Se ve que tenéis una relación envidiable. ¿Me permites un consejo? Si viene esta tarde, quedaos en la habitación. Dale a Raul un libro de crucigramas para que se entretenga con el resto sin vosotros, que aunque va a protestar -porque lo hará- seguro que luego saben hacerlos. Y dedica la tarde a tu padre. Habla con él. Coméntale lo que ha pasado. Dile que aún no estás preparada. Hazle sentir que quieres volver a casa. Hazle saber que le quieres. Pero habla con él. Hazlo por mí, ya que yo ya no puedo hacerlo."

"Lo haré, Alicia. Muchas gracias por el consejo. Eres como una madre. Una madre de verdad". La abrazo. En esto Alicia dice: "Uy! Me comunican por el pinganillo que el agua caliente de las duchas ya está lista". La miré. No llevaba ningún pinganillo. Me guiñó un ojo.

Desayuno. Rhino se sienta a mi lado. "Buenos días enfermera" "Buenos días Rhino, qué tal estás?" "Bien, gracias enfermera. Hoy me van a medir la tensión?" "Claro Rhino, como todos los días" "Enfermera, hoy vendrá su padre a hacer crucigramas con nosotros o se irá de viaje?" "Hoy va a venir, pero no creo que podamos haccer crucigramas porqueMierda" "Qué ocurre, enfermera?" Mierda, mierda, mierda. Mi padre no va a venir hoy. No va a venir hoy, ni mañana tampoco. Mi padre no viene hasta el miércoles, que es cuando tenemos la entrevista los cuatro -mamá, papá, Laura y yo- con OhLadyVazquez. Tiene un congreso en Atlanta (es Ingeniero Aeronáutico y trabaja para una empresa con sede en California, viaja mucho). Por eso cambiaron la cita. En principio iba a ser el lunes, es decir, hoy. Y la tuvieron que mover al miércoles.

Vaya palo. Aparto la bandeja, no tengo hambre, me he quedado echa polvo. "Enfermera? Se encuentra bien?" Dios, si me vuelve a llamar enfermera reviento. Pero entonces le miro y veo su cara de preocupación. Y además me está ofreciendo su naranja -sabe que lo único que pruebo del desayuno son las naranjas-. No puedo aceptarla, no nos dejan tocar la comida de los demás internos -el protocolo-. Le sonrío y le digo que no con la cabeza. "Entonces no vendrá hoy su padre el doctor a hacer crucigramas con nosotros?" Me río. Claro, por pura lógica las enfermeras son las hijas de los doctores. Como esto llegue a alguna asociación feminista puede arder Troya. Bendito Rhino y sus preguntas, pienso. "No, hoy no vendrá, Rhino. Está volando" "Está en el cielo como mi madre, verdad?" No sé qué contestar a eso. Le cambio de tema. "Por qué estás aquí, Rhino?" "Por que hay que desayunar. Mi madre siempre decía que era la comida más importante del día. Eso es cierto, enfermera?" "Por supuesto que lo es. Tu madre era muy inteligente. Pero me refiero, antes de estar aquí, ¿dónde vivías?" "En mi residencia. Allí me cuidaban bien. Tenía un plato de comida caliente cada día. Mi madre me lo prometió en el hospital, antes de irse al cielo. Me dijo: Fernando, tú no te preocupes, nunca te faltará nada. Tendrás un plato de comida caliente todos los días. Y no era una mentira, porque todos los días lo tenía. Mi madre nunca decía mentiras. Las madres no dicen mentiras, verdad enfermera?" "No, no las dicen" (si yo te contara...) "Y otra cosa, Rhino -ahí me di cuenta de que llevaba toda la conversación llamándole Rhino, pero a él no parecía molestarle. Tampoco lo hacía a mala fe - si estabas tan bien en esa residencia, por qué ahora estás aquí?" "Pues, no se enfade enfermera, pero como ya le conté a la Dra Belén, salí a dar un paseo. Aquí no nos dejan dar paseos, no? "No, aquí no nos dejan dar paseos. Y qué ocurrió?" "Pues que no quise volver a la residencia porque lo que yo quería encontrar en mi paseo era la tumba de mi madre. Usted y su padre el doctor no sabrán dónde está enterrada, verdad? Me ayudaría mucho, enfermera"
Sebtí mucha lástima por ese hombre. Una pena inmensa. Encerrado en una residencia psiquiátrica, absolutamente solo (más tarde me contaría que no conoció a su padre), sin amigos ni siquiera en la planta 4 -nunca le vi hablar con nadie- y con una única e irrealizable misión en la vida: descubrir dónde estaba enterrada su difunta madre.

Casos como el de Rhino me hacían replantearme la situación y sentirme por un momento la persona más afortunada del mundo.

Pero todo lo que sube, vuelve a bajar. Y a las 10,30 me vi a mi misma ahí, en chuchú, hecha un asco. Miraba por la ventana y veía a gente feliz, paseando con sus hijos, yendo al trabajo, a la compra, disfrutabdo de su ocio. Y yo era una presa del sistema. Y seguiría siéndolo mientras que Vazquez quisiera. Y más si mi madre no daba su brazo a torcer. De nada servía mi buen comportamiento, mi asistencia modélica a las terapias, mi trato siempre educado hacia el personal sanitario, mi ausencia de gritos, mi respeto a los horarios... A tomar por culo, me dije. No pienso ser una esclava más del sistema. Conmigo que no cuenten.

Le pedí a Javi que me llevara al pasillo, justo enfrente del cartel de "Hospitalización de Estancia Breve". Ahí me quedé. A las 11 llegó Sara. Hora de terapia. Me negué en rotundo a asistir. Estaba en mi derecho, dije. Sara intentó hacerme entrar en razón. No lo consiguió.

A la 1 entramos a comer. No probé bocado.

A las 2, siesta.

A las 5, tensiones

De 5,30 a 8, pegada al cartel. El tiempo no pasaba.

De 8 a 9, cena. De nuevo sin comer.

De 9 a 11, otra vez pegada al cartel. El resto de internos veía la tele. Se escuchaban risas.
Solamente hablé con Rhino, que nunca estaba en las salas. Solo paseaba por el pasillo, de una puerta de seguridad a otra. 40 metros, tocaba la puerta, y otros 40 metros. Y vuelta a enpezar. Me pregunté si pensaba que en uno de sus paseos encontraría a su madre. Ay, Rhino...


Día 12: Hospitalización de Estancias Breves

Me siento en la mesita redonda para desayunar. Una de las cosas buenas de estar en chuchú es que todos respetan mi sitio en la mesita redonda. Una de las cosas malas, es que no sé quién es va a sentar a mi lado. Y que, sea quien sea, estoy condenada, porque durante la media hora que tenemos que estar ahí no podré cambiarme de sitio. El desayuno siempre es una ruleta rusa. Veamos quién me toca hoy.

Veo a Javi acercarse desde la distancia con sus ya clásicos ojos llorosos. Ay Dios mío, Javi no. No, Javi no puede ser. Él siempre se sienta con el Club de las Deprimidas, que le han aceptado y acogido como una más. ¿Por qué iba a sentarse conmigo? No, no. Espero que no lo haga. No me malinterpreteis, no es mal chaval. Es listo, habla bien, y sabe comportarse. Pero es pesado. Es muuuuy pesado. Cuando empieza a contar su historia y a hablar de su mujer y de la pelea que tuvo con sus cuñados y a despitricar sobre el sistema puede tirarse horas. Además, se le queda la boca seca y se le forman como costrillas en la comisura de los labios. Es bastante desagradable. Dejo la mirada fija en la mesa e intento mantenerme inmóvil como una estatua de sal. En una peli aprendí que en ciertas ocasiones eso funcionaba.

"Buenos días, Sydney". Javi me da una palmada en la espalda mientras toma asiento a mi lado. Maldigo a la vida. Maldigo a Jurassic Park. Maldigo a Javi por comportarse como un humano y no como un Tiranosaurius Rex. Maldigo las ruedas bloqueadas de mi chuchú. Maldigo todo, excepto la naranja que tengo delante. A ella no la maldigo, porque es la única en el mundo que no tiene la culpa, y porque tengo mucha hambre.

"Hola, Javi. ¿Qué tal estás?" "Mal, muy mal. Estoy muy triste. Echo de menos a mi mujer. El viernes tuvimos entrevista con el doctor Casillas y pfff, fatal, fatal. Muy mal, Sydney" Coge la servilleta de mi bandeja y se suena la nariz. "Es que, ¿sabes? Yo quiero mucho a mi mujer, y no puedo estar con ella. No puedo. No puedo, ¡JODER!" alza la voz. Dos auxiliares se acercan y le piden que por favor se tranquilice. Yo les explico que está todo bien. Esa es otra de las cosas que me molestan de Javi, que eleva mucho el tono cuando habla. "Yo la quiero mucho" Continúa "y jamás le puse un dedo encima. Ni a ella ni a mis hijos. Todo lo que dijeron mis cuñados es mentira, ¡MENTIRA!" -nueva mirada de las auxiliares, gesto de OK por mi parte- "y mírame, aquí estoy, encerrado, sin poder verla, ni a ella ni a mis hijos. Y eso es muy duro, muy duro Sydney. Durísimo" Yo seguía pelando la naranja, porque esta misma conversación ya la había tenido con Javi unas cinco veces, y sabía que nunca me estaba permitido hablar. Él solo buscaba desahogarse. Así que cuando terminé de pelar la naranja empecé a engullirla como un hamster en Auchwichtz, a mejilla llena, asintiendo de vez en cuando con la cabeza. "Fi fi, te efffjucho" "Todo por un par de gritos y un empujón. Todo por unos policías locales que no tenían nada de educación. Me tiraron al suelo" Se sorbe la nariz, busca más servilletas pero decide utilizar su manga. "Me tiraron al suelo delante de mis cuñados. No hay derecho Sydney. Y ahora qué hago, eh? Qué hago?" "Javi, por ahora deberías tomarte la leche, que se te va a enfriar. Luego hablamos de lo que deberías hacer, vale?" "Sí, qué remedio".

Terminamos de desayunar y volví a mi puesto de huelga silenciosa. Ayer no me llevé mi libro, hoy tampoco lo hice. Me parecía poco formal hacer una huelga mientras leía una novela romántica, pero no sería por falta de ganas. Me aburría lo que no estaba escrito, nunca mejor dicho. En la sala se escuchaban las risas de los pcientes en terapia y sentí una punzada de envidia. Por los pasillos solo pululaban Rhino, en la eterna búsqueda de su madre, y Lolo, que entraba y salía de las salas a su libre albedrío.
Cuando se acercaban auxiliares o enfermeros a hablar conmigo, siempre fui educada. No me salía no serlo, a pesar de mi "huelga". A veces solo querían charlar. Otras, convencerme de que entrara en la terapia. Otras, dar por culo y comentarme que lo que hacía no servía para nada. Y razón no les faltaba. Pero ya era una cuestión de orgullo.

Comida, siesta y tensiones. 5,45. A las 6 comenazaba la hora de visita, así que tomé sitio en mi zona de protesta. Para que os hagáis a la idea, el cartel al que me refiero está situado en control. Control está en mitad del pasillo. A cada extremo del pasillo hay unas puertas de seguridad, que solo se abre con autorización desde dentro y de manera automática (vamos, con un botón que tocan las enfermeras y que hace prrrr, como los telefonillos).

Ahí estaba yo, esperando a los familiares (los de otros, los míos no venían). Con las baldosas tan limpias, se veía el reflejo de sus pies amontonados al otro lado de la puerta. Yo me sentía como una de esas gitanas que se ponen a pedir fingiendo que llevan un bebé. En realidad solo quería dar pena. Bueno, en realidad no sabía ni lo que quería, qué coño.

6. Se oye el prrr y empiezan a entrar los familiares a porrón. Siempre entraban así, cosa que no entendía. Joder, que hay dos horas de visita, macho. Que tu hijo loco va a seguir aquí aunque llegues 5 minutos tarde, man. No hurry. Pero ahí estaban, en estampida. Y yo recibiéndolos en el chuchú a puerta gayola. Algunos pasan de largo, otros me saludan. Cuando pasa la marabunta, pienso, "pues ya estaría". Y entonces vuelvo a mirar a la derecha. Y veo al Panchito solitario, un paciente que siempre pasaba desapercibido y de los pocos con los que jamás había hablado. Y veo cómo se acerca a la puerta de seguridad. Y veo cómo abre la puerta. "Una polla" pienso. Y veo que la abre del todo, mira a los lados, sale, Y SE LARGA.

Ohmaygad. No doy crédito. Miro hacia los lados. Lolo está en la sala, tiene visita. Rhino viene hacia mí en su vuelta al pasillo, pero lleva la cabeza gacha y no se ha dado cuenta de nada. La Viegen Santa!! Quiero contárselo a alguien, pero no puedo. Qué puto crack, qué puto amo. Se ha largao. En pijama. Pero se ha largao. El muy cabrón... ya me podría haber llevado a mí, podríamos haber sido los protas de la peli Intocable a la española, Hulio. Yo lo habría hecho de puta madre. Joder, qué cabrón, no me ha llevado. Ahora le odio. Pero mi admiración se antepone a mi odio.

Las 7 y todo sereno.

Las 7,45 y todo sereno. Los familiares se han marchado.

Las 8 y todo demasiado sereno. Normalmente a esa hora ya nos habrían hecho entrar en el comedor, pero no lo han hecho. Los auxiliares están "revisando habitaciones" cosa que hacen habitualmente.

A las 8,20 los internos empiezan a quejarse porque la cena aún no ha llegado. Chema se tira al suelo y empieza a llorar al grito de "¡me matan de hambre! ¡me están matando de hambre!" Finalmente sirven la cena.

A las 9 me sacan del comedor y me preguntan sin rodeos "Sydney, cuando estabas en el pasillo. Viste a Henry?" "No sé quién es Henry" "El chico sudamericano de la 404" "Ah. No, no le vi" "Seguro?" "Sí, seguro. Son muchas horas, las suelo pasar durmiendo. Ha pasado algo?" "No, nada, no te preocupes. Gracias" "De nada. Me podéis dejar otra vez junto al cartel?" "Estás segura?" "Sí, lo estoy"

Y ahí me quedé, hasta la hora de dormir. Yo nunca dije nada, pero corrió la voz como la pólvora y al día siguiente todos hablaban del panchito fugado -previamente ya le apodaban El Panchito-. No sabemos qué fue de él. Supongo que no llegaría muy lejos, sin medios y en pijama. Mi teoría es que le encontraron rápido y que fue trasladado a otro hospital. Pero es solo una teoría. Quizás tenía una fortuna oculta, la desenterró, y ahora está en su mansión en L.A., leyendo estas líneas, entre una montaña de dólares, con un whiskazo en una mano y una latina explosiva en la otra, y una copia enmarcada de un cartel en la pared que reza: Hospitalización de Estancias Breves.





Día 13: El sistema ha fallado

Alicia entra en mi cuarto, tarareando "hoy puede ser un buen día". Me levanto y me desperezo. "No lo va a ser, Ali. Hoy va a ser un día de mierda. De pura mierda. Ya lo verás". "No. Hoy va a ser lo que tú quieras que sea". "Ay Ali, no seas un living spam de Mr Wonderful, anda" "Chiqui, pareces Naiala cuando se pasa al rumano, no he entendido nada de esa última frase, pero espero que fueran cosas buenas. Seguro que sí, verdad? Porque hoy puede ser un buen díiiiiaaaaaa *canturrea*" Madre mía, a esta le han dado la medicación de toda la planta, pienso.

Me ducha, me visto, y se ofrece a hacerme una trenza. "Hay que ponerse guapa para tu entrevista con Vázquez", dice. "Con la zorra de Vazquez", corrijo. "Eso lo has dicho tú, no yo" y se ríe. Pero no lo ha negado. No lo ha negado en absoluto. Ohhh Ali está de acuerdo conmigo. Tiene que estarlo. El mundo lo sabe. El universo entero es consciente de la flagrante opresión y tortura sistemática a la que estamos sometidos los 8 pacientes de Vazquez. Los cascos azules de la ONU no tardarán en hacer prrr en la puerta y su dictadura habrá terminado. Pero he de mantenerme firme en mi huelga.

Nos dirigimos al comedor. Mesita redonda, pls. Ahí me deja Ali. Es pronto aún, así que cojo mi libro. En realidad no me apetece leer, pero me da +3 en Escudo ante Conversación no solicitada y +5 en Protección de asiento vacío durante un turno (el del desayuno). Ya tuve suficiente ayer con Javi, hoy me apetecería pelármela sola. La naranja.

Mi libro debe de tener algún tipo de bug. En el instante en el que Alicia abandona la sala, 6 internos se abalanzan sobre la mesita. Son Makelele, Raul, una del Club de las Deprimidas, Javi, y dos con los que no tenía mucho trato. "¡Cuéntanos!" "Eing? Que os cuente qué?" "El panchi. Su fuga. Lo viste?" "Ahh, joder chicos, qué susto. Qué va cabrones, yo no vi nada" "Seguro?" "Seguro" "Seguro seguro?" "Seguro seguro. Pero eh, sabéis quién estaba? Lolo. Id a preguntarle a él" Y salieron en manada a darle el coñazo a Lolo. Me sentí un poco mala persona, pero bueno. Lo mismo igual le sacaban alguna palabra a Lolo, quién sabe...

Finalmente se sentó a mi lado Naiala, dulce Naiala. Estuvimos hablando de cosas intrascendentes. Ella vive en su mundo, así que no era consciente de la huída de Henry. Debe de ser la única, pensé. Cuando me dió su ya característico beso en la frente para irse a colorear, le pedí por favor que me acercara a mi puesto de huelga. Me dio unos sabios consejos en rumano y allí me quedé. Ya era mi tercer día de huelga, que se dice pronto. Había presenciado un hecho muy traumático, la fuga de un interno. Había sufrido un duro interrogaorio. Así que, en base a eso, pensé que me podía permitir un pequeñito capricho. Y me había llevado lectura esucativa para las largas horas de espera. Bueno, realmente educativa no era. Se trataba de una novela romántica, es cierto. Pero era mi huega, y nadie me estaba haciendo ni puto caso, y había forrado el libro con papel de periódico, así que lo mismo daba.

El día transcurrió como de costumbre. La entrevista era a las 7.

A las 6 ya estaba aposentada frente a mi cartel preferido. La puerta por la que se había fugado el Panchito Solitario estaba abierta de par en par. No os asustéis, la estaban reparando. Al parecer, lo normal es que esas puertas, con "dejarlas caer, se cierren. Esta, el día de autos, no lo hizo. El sistema había fallado. De ahí la fuga. Era una avería mecánica de fácil arreglo. Había dos operarios trabajando en ellas, y dos guardias de seguridad al lado, para evitar que nadie huyera. A mí no me miréis Hulio, que no puedo autopropulsarme. Más me habría gustado.

A las 6,45 veo a mis padres sentados al otro lado de la puerta. Mi padre me hace un gesto con la mano, como un "hoooola" grande con en brazo. Se lo devuelvo. Mi madre ni se inmuta. Entonces ocurre una escena bastante tensa. Lolo sale al pasillo. Lolo es un tipo grande, grande y peludo. Impone un poco. Ya cuando le conoces, te das cuenta de que es dócil y tranquilo, y de que no haría daño ni a una mosca. Pero de primeras impresiona. Pues bien, Lolo escogió precisamente el momento en el que estaban arreglando las puertas para ponerse a pasear. E iba directo hacia ellas.

"Por favor, atrás" dijo uno de los seguratas. Lolo sigió adelante, evidentemente. Es un chico que no entiende las palabras. No tiene maldan ninguna, solo curiosidad. Ve gente, pues se dirige hacia ellos para ver qué pasa. Es un acto natural. "No se acerque" dijo el otro segurata. Ambos estaban ya en posición de defensa y con las manos en la porra. Los operarios habían dejado de trabajar y estaban fuera, junto a mis padres. "Dese la vuelta, YA". Lolo, por tu bien jolín, date la vuelta, pensé. Estaban desenfundando las porras. No me lo podía creer. Cómo es posible que no hubiera ningún enfermero, ni auxiliar, ni nadie, para aclarar la situación? Vaya vergüenza de lugar.

En esto veo que mi padre se le levanta y se acerca a hablar con los guardias de seguridad. Estos toman a Lolo por los brazos y lo llevan a mi lado, a Control. Una enfermera sale y se hace cargo de Lolo. "Bien hecho, papá" aplaudo mentalmente.

7,45. Vazquez sigue sin aparecer. La cita era a y media.

7,50. Entra Vaquez por la misma puerta de seguridad, junto con mis padres. Pasa delante de mí. Le pide a un auxiliar que me empuje hasta su despacho. Estamos los cuatro dentro. Los cinco, mi hermana también venía.

Una hora más tarde, nos despedimos. El mismo auxiliar me lleva hasta mi despacho. Tengo la cena en mi habitación. No pruebo bocado.

Estoy rota por dentro. Tres horas más tarde caigo rendida de sueño. No siento nada. No puedo ni reflexionar sobre la entrevista con Vazquez, ha sido horrible. Ni siquiera me doy cuenta de lo mucho que me duelen los pies. Ya no tengo ni lágrimas.

Lo último que me digo antes de dormir es que presiento que me quedaré aquí eternamente.

Que conmigo, el sistema ha fallado.






Día 14: ¿Alguna pregunta?

Abro los ojos. Deben de estar a punto de entrar en mi cuarto, porque oigo el ya habitual jaleo mañanero en el pasillo. Tengo sueño, mucho sueño. Si fuera por mí dormiría durante todo el día, pero en el fondo estoy deseando que llegue Alicia para poder contarle lo que pasó ayer. Debería cobrar doble esa mujer, por lo que tiene que aguantar. Ejerce de auxiliar, de psicóloga y de madre. Todo a la vez.

Entran en la habitación. No es Ali. Tampoco es Brummel. Es alguien a quien no conozco. Pequeñito, delgado, joven. Se presenta: "Buenos días Sydney. Me llamo Mohammed. Soy nuevo. Alicia no vendrá esta semana, así que he entrado yo en sustitución". La madre del cordero. No solo no viene Ali, sino que además me ponen a un tío. Y a un moro, ni más ni menos. Estoy flipando.

Se ve de lejos que Mohammed no lleva ni un mes trabajando en hospitales. Apenas sabe empujar el chuchú. Se choca con la cama. Se choca con la puerta del baño. Una vez en el baño, se choca con el WC. Se le ve muy apurado. Yo suelto una carcajada, por lo absurdo de la situación. El chico no hace más que disculparse. Le digo que no se preocupe. Llega la hora de desvestirse, nos quedamos mirándonos. A mí me da mucha vergüenza, pero se ve que a él más aún. Lo hago lentamente. Él trata de no mirar. Una vez desnuda, me ayuda a pasarme a la silla de plástico que hay debajo de la ducha. Enciende el agua y me pregunta si está bien de temperatura. Le digo que está perfecta. Se queda sentado en el WC mirando hacia otro lado, canturreando. Cuando termino, me ayuda a secarme y a subir de nuevo al chuchú, me lleva a la cama y me dice que volverá cuando esté lista, que me vista con tranquilidad. Me sonríe y se va.

Desayuno con normalidad. Después un ratito muerto en el que los pacientes colorean o hacen llamadas. Luego terapia. Ya he terminado con la huelga, pero no me apetece ir. Sara se los lleva a todos a la sala de gimnasia. Me quedo en el comedor, en el sitio de siempre, en la mesita.

Y es ahí, sola en la sala, sin más testigos que los dibujos y las mandalas que cuelgan de las paredes, cuando me derrumbo. Me echo a llorar sin control. No hay mangas de pijama suficientes para controlar mis lágrimas. Me vienen recuerdos y más recuerdos. De mi infancia, de mi adolescencia, de todos y cada uno de los errores cometidos. Del momento en el que salté. De la conversación con mi madre. Y, los más recientes, de la entrevista que tuve hace menos de 24h con la Dra Vazquez.

De cómo recibió a mis padres en el despacho, con absoluta amabilidad. Se presentó, les estrechó la mano, y con una gran sonrisa les invitó a sentarse. "No lo hagáis", pensé. "No caigáis en sus garras". Pero ellos se sentaron.

"Buenas tardes, perdonen el retraso. Estoy de guardia y he tenido una urgencia". "No se preocupe, doctora", dijo mi madre con una sonrisa aún mayor que la que había ofrecido ella hace dos segundos. Esto parecía una competición. "No empecemos a chuparnos las pollas todavía", murmuré. Por suerte o por desgracia, nadie me escuchó. "Gracias a todos por poder acudir a la cita, como comprenderéis es muy importante poder contar con toda la familia en casos como este. En primer lugar, voy a comentar un tema que nos tenía a todos preocupados. Debido a un error interno Sydney apoyó los pies cuando según su informe no debía hacerlo bajo ninguna circunstancia. Se le han tomado unas radiografías y afortunadamente todo sigue en su sitio, por lo que no habría que preocuparse" "Bien", dijo mi padre. "De lo de la pastilla roja no cuentas nada, eh, zorra", pensé. Pues no, no contó nada.

Vazquez prosiguió "estamos aquí porque lo que ha ocurrido es muy muy grave". Mis padres asintieron. Mi hermana se limpió las lágrimas. "Es uno de los casos más graves que han pasado por la unidad. Anorexia, drogas, autolesiones graves depresión, e intento autolítico con politraumatismos. Eso no es algo que se vea todos los días" Mis padres se dieron la mano. "Y, a pesar de la gravedad del tema, Sydney no parece ser consciente de lo que ha hecho. Para ella ha sido como un acto impulsivo más. Como una autolesión, unos cortes como los de mayo que se cierran con puntos de surura y aquí no ha pasado nada. Pero no es así. Sydeny, me escuchas? Eso no es así" "Sí, te escucho. Y sé que no es así. Soy consciente de lo que he hecho, pero..." "Estoy hablando yo, y estoy hablando con tus padres" "Pues no me preguntes, nazi", pensé. "Pues no me preguntes" (omití el nazi). Mi madre me dijo "Sydney!" y me callé. Vazquez me miró con cara de odio.

Continuó hablando "después de tratarlo en junta con otros compañeros, el diagnóstico es claro. Sydney tiene Trastorno de la Conducta Alimentaria y TLP. No sé si saben lo que es el TLP" Mis padres pusieron cara de poker "Lo suponía. El TLP es un Trastorno de la Personalidad caracterizado por blablablabla con tendencias autodestructivas blablablabla" A mí me daba lo mismo. Yo ya sabía que tenía TLP, lo vi en un informe en el Niño jesús cuando tenía 17 años, ya más mayor lo googleé y concordaba con lo que a mí me pasaba. Lo comenté incluso en un hilo en FC. Pero no le di la menor importancia porque no creo en los diagnósticos. Yo no soy una enfermedad. No puedo escudar mi comportamiento tras unas siglas. Lo que tengo que hacer es tratar de modificar ese comportamiento. Y Vazquez desde el principio nos metía a todas las TLP en un mismo saco. Y yo estaba en contra de ello. "... y ese sería el diagnóstico, que yo, como profesional, puedo darles" "Sydney, parece que no te importa, no?" "Sí, estoy prestando atención. Es solo que no sé si puedo o no hablar" "Sí, ahora ya sí puedes hablar. Te escucho" "Perfecto. Lo que intentaba decir antes de que me cortara, Dra Vazquez, es que soy consciente de lo que hice. Soy muy consciente. Pero fue un impulso. No estaba planeado. Y no puedo pasar años aquí encerrada por un impulso. Ni vivir amargada dándole vueltas a lo que hice. Y aquí estoy amargada -me limpié las lágrimas con la manga del pijama- amargada -repetí. Creo que lo mejor para mí sería regresar a mi casa, a mi ambiente, recuperarme, comenzar una terapia, una buena terapia, si es centrada en TLP, pues que así sea. Y lo haré encantada. Pero en casa. Por favor -la miré suplicante. Por favor"

"La terapia la harás donde yo diga" me dijo Vazquez. No podía creer que fuera tan sumamente cabrona. Miré a mi madre en busca de syuda "SYD, la Dra Vazquez tiene razón. La terapia tiene que ser donde ella crea conveniente. Y si ella cree que lo mejor es que pases unos meses aquí, curándote, pues tendrá que ser así. Y papá y yo estaremos encantados. Además, tampoco estamos convencidos de que vuelvas a casa ahora, te recuerdo que los últimos meses te quejabas mucho de lo mal que estabas con nosotros... ¿qué ha cambiado ahora?". Joder, directa al corazón. Ya está, ya me habían matado.

"¿Ves, Sydney? Tus padres también están de acuerdo en que pases una temporadita con nosotros. Así que creo que ya está todo dicho. ¿Tienes alguna pregunta? Negué con la cabeza, sin mirarla. No quería que viera mi cara cubierta de lágrimas. No quería que supiera que esta vez había ganado ella.

Despidió encantadoramente a mis padres, cogió el teléfono, llamó a control y pidió a un auxiliar que me llevara a la 419 (es algo que jamás podía hacer con sus propias y dignísimas manos).


Y no, no pregunté nada. Pero ahora, un día después, se me ocurrían miles de cuestiones para ella. Por desgracia, todas terminaban con la palabra "zorra".










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ojos sensibles +18
Spoiler: mostrar

Foto del pie -sacada de otro hilo mío antiguo- a modo de prueba. Quien quiera el informe médico, que se juegue la cuenta.
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Esit: Uno de mis informes médicos
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Lo iré contando por días porque voy escribiendo según tengo tiempo, lo siento shurs. A lo largo del relato tendréis respuesta a todo.





8 FEB. 2018
El primer libro surgido de Forocoches: los 37 días de una joven en psiquiatría tras intentar suicidarse
https://www.elmundo.es/f5/2018/02/08/5a ... b4600.html

Una historia que se va escribiendo por capítulos, cada uno dedicado a un día y a un personaje, un relato todavía inacabado que ha fascinado y horrorizado a partes iguales a una comunidad, la de ForoCoches, poco acostumbrada al dolor, pero que ha acogido con cariño a una 'shur' en apuros. "Me han tratado fenomenal, incluso al principio, cuando muchos decían que era una 'troll' y que todo era mentira, me han defendido y han borrado los comentarios que no me gustaban", cuenta Syd. Con ayuda de los forococheros, pero también de su familia, la chica de las vendas en los pies busca ahora quien la edite. Y su relato de vida, el de una chica normal que sabe "lo que es acurrucarse en un rincón y esperar a que llegue el fin del mundo", además de una catársis personal que aprueba hasta su psiquiatra, huele a Best seller o a guión en prime time.


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pues ya lo ha editado



25 OCT. 2018
Sydney: de la bulimia al intento de suicidio
https://www.elmundo.es/cronica/2018/10/ ... b45bc.html
-Por mudarse a un barrio 'bien' terminó bulímica. Intentó suicidarse cuando su novio la dejó... y decidió contar todo su drama existencial en ForoCoches
-Fue un éxito del que ahora nace un libro. Ella misma nos lo cuenta
-Nos enseña sus enormes cicatrices en los pies y sonríe porque ya no tiene los nudillos en carne viva de metérselos en la boca para vomitar lo que come


edit "La entrevista la he leído una vez, no más. Me ha parecido indignante. Conté muchísimas cosas, transmití todo el mensaje optimista en el que creo ahora y hablé por las personas a las que intento dar voz. Y en lugar de eso, me encuentro un reportaje sobre mis putas miserias, en el que además aparecen entremezcladas cosas del pasado y del presente. Lloré de rabia al leerla. "
aqui su AMA https://www.forocoches.com/foro/showthr ... ?t=6786723


pd: El libro va a salir a la venta, con varias modificaciones. Pero sois libres de difundir esta historia. Quizás sea útil para desestigmatizar el tema de las enfermedades mentales y para dar voz a quienes las sufren. Personas que a día de hoy desgraciadamente no son escuchadas. No busco obtener ningún rendimiento económico de esto, actualmente vivo con mis padres y mantengo mi trabajo. Simplemente creo que es una historia que merece ser oída y un libro que merece ser leído.
PDF/EPUB corregido y perfectamente presentado (disponible hasta el capítulo 27)https://www.dropbox.com/s/2esbe3g7050z1 ... w.pdf?dl=0
https://www.dropbox.com/s/d0r84gp22vtsb ... .epub?dl=0
capitulos hasta 37 en foro https://www.forocoches.com/foro/showthr ... ?t=6248207

En cualquier caso, disfrutad de la lectura- Buen día chicos.
Última edición por CacaDeLuxe el 27 Oct 2018 04:42, editado 2 veces en total.

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Re: no es un foro de coches

Mensaje por M. Corleone » 26 Oct 2018 08:45

He leído hasta el día 7, me ha gustado mucho, la verdad. Interesante, contado con gracia, podría estar toda la mañana leyéndolo.

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Re: no es un foro de coches

Mensaje por Corvux corax » 26 Oct 2018 18:44

Me las he encontrado en una carpeta y vengo a REÍRME SOLA

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yo sé que por ahí tend´ré más. Son bonitas, ¿verdad?

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Re: no es un foro de coches

Mensaje por Dolordebarriga » 27 Oct 2018 13:45

Cacas. muchas gracias, me ha gustado muchísimo el trozo del relato que has colgado aquí (el resto no lo puedo leer porque no soy de forocacas, me encantaria que lo repescaras). A mí, que tengo una cabeza muy bien puesta sobre los hombros y hace cienes de años que ya no arrastro traumas ni inseguridades estas historias me causan mucha tristeza. Fijaros si soy empático que incluso entiendo a la madre, que supongo que para la mayoría será una "cabronahijadelagranputah". Para mí es un tía normal, con sus límites respecto a las enfermedades de los demás. Tener que aguantar a una hija trastornada tiene que ser también un palo y no todo el mundo se lo toma con la fortaleza y el humor del padre. La opción "espabílate o que te jodan" también la entiendo e incluso podría llegar a compartir perfectamente.

Reitero mi gratitud, Cacas.
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Re: no es un foro de coches

Mensaje por CacaDeLuxe » 27 Oct 2018 14:29

gracias, me alegro que os gustase, tu post y que pidas mas cual yonki. y lo siento, no habia caido que en forocoches se le pueden poner etiquetas a los hilos para que solo puedan leer los registrados, como es el caso.

a mi tambien me gustó mucho.

y si, coincido bastante. y con lo de la madre tambien algo, ademas que nuestra protagonista se calla muchas cosas mostrando sobretodo su cara amable, poco de su pasado y andanzas como loca; que esa postura (la de la madre) no suele salir asi de un dia para otro a no ser que sea una bicha hijadeputa, que tampoco creo que sea asi del todo. debe de ser muy dificil tener un familiar con algun transtorno asi jodido y tambien hay que entender el hartazgo o la no-aceptacion
recuerdo haberla leido: un familiar sufre. pero el paciente lo hace por cuatro.
o cinco, no me acuerdo.















Día 15: Dejarán marca.


Amanezco. "Tú a mí no me dices lo que tengo que hacer, moro de mieeeerda". Hombre DJSony, ya la iba echando de menos. Parece ser que le han rebajado ya medicación y vuelve a su yo natural. Y también parece ser que Mohammed sigue hoy por aquí. Qué remedio. No me voy a quejar, porque parece un chaval majo. Es solo que echo de menos a Ali.

Ducha, vuelta a la cama (con choques de chuchú de por medio), pijama. Mohammed vuelve a aparecer cuando estoy lista y me lleva a la mesita redonda.

Espero sentada (cómo si no!) apostando mentalmente sobre quién será mi partner esta mañana. Miro las mesas largas. El Club de las Deprimidas está al completo. Además, ellas nunca se separan. Javi ya está sentado, como una más. Ay! Se acaba de dar cuenta de que le estoy mirando, mierda. No debo establecer contacto visual, me digo a mí misma. Me giro y empiezo con la otra mesa: Raúl, mando en mano. Makele, a su lado. DjSony, enfrente y justo detrás de mí. Chillando. Lolo, a su lado, colocándose las gafas. En silencio, siempre en silencio. Chemita. Tres personas que no conozco. Eugenia. Ha debido de llegar tarde, porque siempre se sienta con el Club de las Deprimidas (aunque no lo es). Y Naiala, que tampoco lo es, pero se une a ellas porque comparten aficción por colorear. Mierda, me falta alguien. Sé que me falta alguien.

"Enfermera, ¿se puede?" Coño, ¡Rhino! Mi Rhino. "Claro que se puede. Venga, siéntate". Le digo con una sonrisa. Estoy más que contenta de verle. "¿Qué tal te encuentras? ¿Has dormido bien?" "Muy bien enfermera, muchas gracias. ¿Le gusta la mantequilla?" "Sí, sí me gusta (era verdad, pero lo que teníamos en la bandeja era margarina). A ti te gusta?" "A mí no, enfermera. ¿Y le gusta la mermelada?" "Sí, me gusta mucho. ¿A ti te gusta, Rhino? A mí solo la de fresa. La de melocotón no me gusta. A mi madre sí le gustaba. Le gustaban las dos, la de melocotón y la de fresa. Y aquí siempre tengo la de melocotón. Que no me gusta" Lo dijo con mucha pena. No sé si por la mermelada que le había tocado, o por el recuerdo de su madre. Supuse que por ambas cosas. Ahí quedó la conversación, ya que los dos empezamos a comer.

"Enfermera" "Dime", contesté distraídamente mientras pelaba la naranja. "Enfermera", volvió a decir. Le miré. Tenía la mano alzada y miraba hacia la zona de las bandejas, donde estaban los auxiliares hablando entre ellos. Me sentí un poco avergonzada. Rhino se estaba dirigiendo a una enfermera "de verdad" -a un auxiliar en este caso, pero lo mismo daba- y yo ya estaba tan hecha a mi nueva calificación profesional que me daba por aludida tan tranquilamente. Vaya zasca me había llevado, la Virgen. Qué facepalm más tonto, hoygan. Por suerte no había testigos.

Mohammed se acercó. "Dime, Fernando" "Enfermero, es que mi madre siempre me ponía mermelada de melocotón pero también de fresa. ¿Aquí puedo tomar mermelada de fresa?" "No creo que haya ningún problema Fernando, pero déjame consultarlo con los compañeros, vale? Ahora vuelvo" Yo ya sabía la respuesta, pero no dije nada. Vi a Mohammed acercarse al resto de auxiliares, y cómo estos negaban rotundamente con la cabeza. El chico volvió bastante apurado "Ehhh... Mira Fernando, es que no se puede. Únicamente puedes consumir la comida que viene en tu bandeja. Nada más. Es el protocolo. Lo siento mucho". La cara de Rhino mostraba una pena infinita.

Mohammed se dio la vuelta y se puso a pasar revista por las mesas. Había que vigilar que a nadie le faltara ningún cubierto, contar y recontar los cuchillos, sentar a Lolo o a Chema si se habían levantado, ayudar a los más lentos a untar el pan, reponer l leche derramada... El resto del personal seguía junto a las bandejas, sin dar un palo al agua. Aproveché el momento. Cogí mi pequeño brick de mermelada de fresa y lo puse en la bandeja de Rhino. "Shhh no digas nada". "Gracias enfermera. ¿Es como la de mi madre?" "Sí, es como la de tu madre. Pero no digas nada!" "No diré nada, enfermera. ¿Quiere mi naranja?" "No, gracias Rhino. Eres un cielo. Venga, desayuna antes de que nos descubran!" Desde aquel día, siempre que desayunábamos juntos se repetía la misma escena. Y cada vez que nos cruzábamos por el pasillo, se reía. Se reía y se tapaba la boca, como un niño pequeño que ha cometido una travesura y esconde un gran secreto.

11,30. Estámos en clase de gimnasia. Esta vez no hago de lombriz moribunda a ritmo de música dance, que suele ser lo habitual. Hoy estamos haciendo terapia con globos. Sara nos ha dado un globo para cada interno. El problema es que todos, excepto Javi, Raul y yo, han pinchado en suyo. Y ahora nos quieren quitar los nuestros. Y yo, atrapada en mi chuchú, soy presa fácil. Sara además se acaba de ausentar de la clase. Los buitres se acercan más y más. Ya no puedo controlar mi genio. "Joder panda de cabrones, haber tenido cuidado con los vuestros, no te jode!" Me da igual que suene borde, pero he tenido todo el mimo posible con el globito antes de empezar la terapia y ellos según lo han inflado lo han pisado. En fin, según lo he dicho me arrepiento. Ahora me odiarán. Me odiarán eternamente. Quiero llorar.

Se abre la puerta de la sala. Es Brummel. Me mira. "Sydney Bristow, vengo a por ti". Ay mi madre el bicho. ¿Qué he hecho ahora? ¿Es por mi huelga? Si fue un puto fracaso, y ya la he abandonado. ¿Han encontrado el cadaver del panchi, han revisado las cámaras, y piensan que estoy involucrada de algún modo? ¿Es por la mermelada de esta mañana? En los dos últimos casos, tengo derecho a un abogado. Creo. Aprieto fuerte mi globo contra el pecho mientras veo a Brummel acercarse a mí. Cuando el chuchú enpieza a moverse, hago un último gesto para que, si no regreso jamás, el futuro me recuerde con cariño. Suelto mi globo al aire y digo: "Os lo regalo, chicos!" Y escucho cómo todos se lanzan gritando a por él. Adiós globito, sé que jamás te volveré a ver. Adiós amigos de la 4, quizás a vosotros tampoco. Venga Brummel, llévame al infierno o a donde quiera que sea, cabrón.

Brummel bloquea mis ruedas en el pasillo, frente a Control -mi sitio preferido- y me dice: "Sydney, te vas" No doy crédito. "¿Cómo que me voy?" "Sí, ha venido la ambulancia a buscarte. Te vas a La Paz. Tu padre te espera allí. Tienes revisión con el Traumatólogo que te operó los pies. ¿No lo sabías?" "No, no tenía ni idea, la verdad".

Me trasladaron a una silla de ruedas (hasta pronto, querido chuchú) y me bajaron a la planta 0. En el parking me esperaba una camilla de ambulancia que me llevó a La Paz, donde efectivamente estaba mi padre. Primero teníamos cita en Rayos, y luego con el Doctor Velber. Examinó las radiografías y dijo que todo progresaba muy bien. Me estuvo haciendo algunas preguntas sobre mi estancia en el hospital, nada inoportunas. No me hizo sentir incómoda en ningún momento. Era un tipo muy muy agradable. Sabía cómo tratar a los pacientes e inspiraba confianza. Además de ser un excelente profesional.

Salimos de su despacho y me pasa a la sala de curas. "Te vamos a quitar los puntos", me dice. "Es un poco más molesto que las grapas (anteriormente ya me habían quitado grapas ede la espalda y de la cara interna del tobillo), pero no duele demasiado, no te preocupes. "Enfermera", llama. Miro instintivamente. Joder, me he vuelto rematadamente subnormal. En fin. La enfermera se sienta a su lado y comienzan a wuitar los puntos, uno a uno. Yo miraba hipnotizada. Cuando por fin terminaron, dije "jo, pues ha quedado muy bien. Es que no se nota nada!" Velber contestó con franqueza: "Sydney, ahora no se nota. Pero quedará una buena cicatriz. Son 30 puntos en cada herida. Dejarán marca". Mi padre y yo le agradecimos el buen trabajo, y salimos en silla de ruedas del hospital.

Aire fresco. Notaba el sol en la cara. Por fin! No me lo podía creer. Le pedí a mi padre que por favor no volviéramos al hospital, que nos quedáranos un ratito paseando por los alrededores de la Paz. Que comiéramos por ahí. Ambos convenimos en que sería una buena idea. Y así lo hicimos. Tomamos un muslo de pollo con ensalada estupendo en un restaurante llamado La Pausa. Y de postre, un yogur con srándanos. Recordé la mermelada de fresa de Rhino. Ya le echaba de menos. ¿Estaría bien?

Me vibró el bolsillo del abrigo. Olvidaba comentar que sí, ¡por fin tenía móvil! Tenía un montón de Whatsapps, mensajes, llamadas acumuladas... una locura. Pero ahora no quería ponerme con eso. Cuando me lo dio mi padre me limité a escribir a mi jefa informando un poco de la situación y poco más. Pero me vibró, y me dio por mirar la pantalla. Era un mensaje de FB de quien fuera mi compañero de pupitre durante la mitad de la ESO y Bachillerato, un chico que es un amor, un sol andante, al que todos llamaban Ferre. Habíamos perdido bastante el contacto, sí, pero nos veíamos una vez al año aproximadamente. Su mensaje decía que llevaba varios días soñando conmigo, y que si todo iba bien. Me quedé shockeada. Le contesté explicando brevemente lo que había ocurrido, y volví a apagar el móvil.

Después de otro paseíto alrededor de la zona, regresamos. Nos habían avisado de que, si la ida es en ambulancia, la vuelta ha de serlo también. Mi padre avisó de que ya estábamos. Y nos sentamos a esperar la ambulancia. Y esperamos. Y esperamos.

Tres horas. Tres horazas de espera, que se dice pronto. Por fin nos llamaron, me despedí de mi padre, me subí a la ambulancia, y de ahí al hospital. Cuando entré en la planta 4 me dije: "Pues aquí estamos, un día más". Debían de ser las 7,45 porque ya no había familiares y todos los internos estaban reunidos en el comedor. Entré ahí sin la menor ilusión.

"SYDNEYYYYY!!!! Has vueltooooo!!!" Todos se levantaron de las mesas y se acercaron a rodearme y a abrazarme. No me lo podía creer. Comenzaron a hablar en tropel: "¿Has estado todo el día fuera?" "¿Qué tal te lo has pasado?" "¿Habéis hecho crucigramas?" "¡Te han puesto vendas nuevas! (llevaba unas láminas de algodón debajo de las mallas)" "Por qué has vuelto?" "Dinos la verdad, ¿viste al Panchito fugado?" "Te hemos echado mucho de menos" "Toma, te he dedicado este duende" "Enfermera, ¿mañana habrá mermelada de fresa?" "¿Sabes? Hemos comido guisantes de color amarillo" "Te duelen los pies?" "*preguntas en rumano*" "¿Hoy cenarás con nosotros?" "Apartaos, no veis que la estáis molestando?" "Igual la molestas tú, subnormal" "No me llames subnormal, que estamos en el mismo sitio" "Chicos, le contamos lo de su globo?" "Síiiiii"

Y me empezaron a contar la historia. Que Raul y Javi no quisieron compartir su globo con nadie (lo comprendo, realmente yo tampoco quería). Que Sara no les dio más, porque la terapia, aunque era gimnasia, también iba enfocada a cuidar las cosas. Y que todos (menos ellos dos) tuvieron que hacer los ejercicios con ese único globo. Y que les fue muy bien. Que entrenaron mucho (sí, seguro) y que no lo pincharon.

Que a las 12 había otra terapia: Creatividad. Les dan un montón de materiales (lápices, rotus gordos, papel, gomaeva, cartulinas de colores, papel pinocho, lazos, purpurina, incluso tijeras afiladas) y hala, a crear. Y que a Eugenia se le ocurrió decorar "el globo de Sydney". Entonces llamaron a un auxiliar para que por favor lo sacara de la sala de gimnasia. El auxiliar, un poco agobiado por tanta súplica, lo sacó un momentito, solo para enseñármelo. No sabía si reirme a carcajadas o llorar de la ilusión: Le habían pegado ojos de esos de muñequitos que giran. Como el globo se había ido desinflando, solo quedaba un ojo. El otro estaba a punto de caerse. La nariz estaba hecha a rotulador. La sonrisa, que abarcada casi toda la mitad superior del globo, con rutulador rojo y perfectamente coloreada. La mitad inferior estaba recubierta por una de las mallas que tilizo en los pies. Y en el nudito habían colgado unas lanas larguíiiisimas, muy largas, a modo de pelo. Ah, y en la parte de arriba había purpurina pegada. Pir lo visto habían intentado poner lana, pero les costaba mucho y después de debatirlo en cónclave se decidieron por la purpurina. A pesar del resultado bastante esperpéntico, se veía que estaba currado. Muy currado. El auxiliar lo devolvió a las mazmorras de la sala de gimnasia.

Todos me miraban ilusionados. "Jo, muchas gracias chicos. La verdad es que no sé qué decir. No me merezco todo este cariño!" Se me escapó una lagrimita. "Qué ocurre, enfermera. ¿No le gusta el globo?" Me dio la risa tonta y dije que sí, y que era precioso. Seguí agradeciéndoselo un ratito y obligándoles a que se sentaran, porque me estaba muriendo de la vergüenza. Y además me sentía mal, habían decorado un globo que en un principio yo no quise darles, jolin. A partir de ahí intenté ser más comprensiva y generosa. Tuve que sentarme en la mesa grande, porque todos querían cenar a mi lado.


Ese día me fui a la cama con una sonrisa enorme en los labios, y otra aún más grande en el corazón.


Pensé en todos y cada uno de mis compañeros. Y en las palabras del Doctor Velber: "Dejarán marca". Y qué razón tenía.






Día 16: El Señor

Espero a Mohammed sentada en la cama, contemplando emocionada mis relucientes pies blancos. Vendas. Por fin las llevaba. Técnicamente y según el protocolo no lo eran, ya que se trataba de láminas gruesas de algodón. Pero a mí me valían. Ahí estaban. Blanquitas, suaves y relucientes. Gustosas y protectoras. Ya no tendría que preocuparme de que las sábanas rozaran las heridas, ni de las marcas de sangre cada mañana, ni de los enredos de los puntos con las mallas. Ya no. Además, debajo de esas vendas las heridas se iban cerrando perfectamente, y, cura a cura, en un mes, apenas quedaría más que una larga cicatriz. Solo tendría que esperar treinta días. Ilusa de mí, que aún no sabía lo que estaba por llegar, que no cerrarían y que sería derivada de urgencia varias veces a la Paz. Pero eso sería más adelante. Por ahora solo sentía alegría.

Mohammed entró en el cuarto. "Vaya vaya, qué tenemos aquí! Pero si le han puesto piececitos nuevos a mi chica de la 419!" Sonreí. "¿Qué tal te fue ayer en la revisión? ¿Todo bien? Me ha contado un pajarito que estuviste de juerga todo el día y que no se te vio el pelo hasta la hora de cenar..." Me reí y asentí. Le confirmé que todo había ido fenomenal, y con más ilusión que de costumbre repetí el rutinario proceso de ducha, peinado y pijama. El día pintaba bien. Me esperaban 24 horas maravillosas. Seguro. ¿Qué podía fallar?

Mohammed me sacó de la habitación y empujó mi chuchú hacia el comedor. Me escuché a mí misma canturreando. Entramos en la sala, yo seguía tarareando y no me di cuenta de la situación hasta que no la tuve en las mismísimas narices.

Había un señor. Sentado en mi mesa. En MI sitio. En 16 días que llevaba ahí, nadie se había sentado en mi sitio. Nunca. Me encantaba ese puesto, porque la mesita redonda era para dos personas, tres máximo. A mí me gusta comer sola y ahí lo conseguía muchas veces, como mucho se podía sentar alguien a la izquierda (a la derecha estaban las ventanas) y la tele estaba prácticamente enfrente. Desde ahí podía ver las dos mesas largas y analizar al resto de los pacientes. Y sí, es cierto que en el comedor no hay sitios fijos, al menos no normativamente, pero a lo largo del tiempo ya se habían ido establecido varios grupos que siempre ocupaban el mismo lugar, o personas que preferían sentarse en sitios determinados. Yo era una de ellas y siempre habían respetado eso. Hasta el día de hoy. Hasta este señor. Estaba catatónica. De golpe y porrazo, me acababan de sacar de mi zona de confort.

Mohammed me llevó hasta la mesita, y tan desconcertado como yo, me preguntó: "¿Dónde te dejo?" Le señalé el sitio vacío que había al lado del señor (donde a veces se sentaban Rhino o Naiala), me colocó ahí, me dió una palmadita y se fue. El desconocido por lo menos era educado, me dio los buenos días y esperó a que ambos tuviéramos nuestra bandeja antes de comenzar a desayunar. No me dijo su nombre, yo tampoco se lo pregunté. Sé que era nuevo, sé que estaba desorientado, sé que me había quitado mi sitio sin ser consciente de ello, pero era precisamente esto último lo que no podía soportar. Me habían despojado de todo en este lugar. De mi libertad, de mis cosas, de mis seres queridos, de mi rutina, de mi orgullo, de mi dignidad. Lo poco que me quedaba era mi sitio en la mesa, en el que poder comer tranquila, observando a la gente y viendo la TV en silencio. Y ahora ni siquiera tenía eso.

"¿Te molesta?" "¿Cómo dices?" Miré al desconocido. Parece que se había dado cuenta de que su presencia no me era grata. "Que si te molesta. Lo de los pies. ¿Te duelen?" "Ah. No, está bien, no te preocupes. Gracias". Seguimos desayunando. Parece que buscaba conversación, pero yo no estaba muy por la labor.

Mohammed se acercó a comprobar que estaba todo bien. "Sydney, nunca te tomas el pan ni te bebes la leche" "Yaaa Mohammed, es que el pan de aquí no me convence -mentira, me daba pánico engordar- y la leche jamás me ha gustado -eso sí era verdad-. Pero las naranjas me encantan!" "De acuerdo. Hablaré con cocina entonces para que no te pongan leche entonces. ¿En la merienda tampoco?" "Tampoco, porfa".

Terminé mi naranja. El señor desconocido había acabado hace rato. Se ofreció a llevar mi bandeja. Le dije que sí, y que muchas gracias. Se levantó. Le analicé de arriba a abajo. Hombre, 63 años. Vale, no os engañaré. Eso lo había leído minutos antes en la pulsera identificativa que llevábamos todos en la muñeca. Aunque no había acertado a leer su nombre. Tenía el pelo canoso, bien peinado, raya a un lado. Ojos, ojazos azules. Debió de ser muy guapo de joven, ya que aún lo era. Se le veía en baja forma, apenas podía cerrarse el pantalón. Cojeaba de uno de los pies. Y se le veía triste, muy triste. Y también callado. Pero todos los nuevos ingresos suelen ser tristes y callados, quizás él realmente no era así. Solo el tiempo lo diría. De todas maneras, mañana habría Círculo, así que alguna pista sobre él sacaría.

Clase de gimnasia y después manualidades.

Hora de comer. Me aseguré de llegar la primera al comedor, no quería que volviera a ocurrir lo de esta mañana. Comí sola, cosa que me encantaba. Vi al hombre desconocido sentado en una de las mesas largas. La Purísima se había sentado a su lado. Parece que trataba de darle conversación. No sabía si alegrarme o sentirlo por él.

Quizás os he hablado ya de la Purísima, o quizás no. No estoy segura. La Purísima se llama Carmen. Su historia es bastante rocambolesca, la contó en un Círculo antes de que yo llegara. Por suerte ahí estaba Raul, que fue quien me la transmitió a mí. En muchas cosas la planta 4 se asemeja a un pario de vecinas.

Carmen era una mujer normal y corriente. Tenía 32 años. Trabajaba como funcionaria en algo del Ministerio, de 8 a 2. Tenía 2 hijos. Por la tarde hacía planes con sus amigas y los fines de semana salía a cenar con su marido. De vez en cuando acudían a fiestas. Eran felices. El caso es que los padres de Carmen eran muy religiosos, y no aceptaban el estilo de vida que llevaba su hija. Insistían en que Dios no aprobaba que la mujer casada trabajara, ni que llevara vestidos provocativos, ni mucho menos que acudiera a fiestas. Le comían mucho la caneza con ello. Aparentemente, sin efecto. Hasta que un día, al volver del trabajo, Carmen fue directamente al Corte Inglés. Compró 22 Biblias, ni una más ni una menos. Un bote de Titanlux roja para pintar cruces por todas las paredes de su casa. Abrió su vestidor, cogió todos sus vestidos y faldas y los tiró por la ventana al grito de "esto es Satán". Empezó a chillar y a autolesionarse con una cruz de madera que tenían en el dormitorio. Fueron los niños los que llamaron al padre, muy asustados. Y de ahí, a la planta 4. Y de ser Carmen, a ser la Purísima. Su nueva misión en la vida parecía ser convencer a todos y cada uno de los pacientes de que la salvación no estaba en la medicación, ni en el tratamiento, ni en la terapia. La solución estaba en leer la Biblia y encomendarse a Dios. Si la Purísima te pillaba por banda, estabas jodido. Ríete tú de un sermón de 1h en misa. Con ella tenías 3h ininterrumpidas. Llevaba una Biblia a mano para ilustrarte con sus pasajes favoritos.

Si la Purísima intenta salvarte, no hay salvación posible. Solo te queda rezar. Literalmente.

Siesta, tensiones, visitas.

Mi padre estaba de nuevo de viaje, y las cosas con mi hermana no andaban muy bien. Supuse que no tendría visita y me quedé en la sala leyendo mi novela. El señor desconocido se sentó a mi lado, en silencio. Cogió un periódico antiguo y lo estuvo hojeando. La situación era un poco tensa, porque no intercambiamos palabra. Al cabo o de 15 minutos llegaron sus familiares y suspiré aliviada. Se marcharon a la habitación.

Hora de la cena. Nuevamente, ocupé posiciones 10 minutos antes. Pensé ilusamente que cenaría sola. Pero no, el desconocido se sentó otra vez a mi lado. "Menudo tipo raro", pensé. Cenamos en silencio. Pensé que después de la cena se movería a una de las mesas largas, donde la gente habla y hay más movimiento. No lo hizo. De nuevos, me ayudó con la bandeja. Tras un largo silencio, y viendo que no hacía amago de marcharse, cogí mi libro y me puse a leer. Miré el reloj. Las 10,15. Él seguía ahí. Ya nada puede ir a peor, me dije. Y fue pensarlo, y tener que morderme los labios. Alguien se sentó en el tercer sitio libre de la mesita redonda. Era la Purísima. "No me jodas. No me jodaaas", pensé. "Antonio, que hemos dejado a medias la conversación de antes... Lo de tu accidente... No fue el airbag lo que te salvó, no sigas insistiendo en eso. Fue Dios. Él quiso que vivieras. Él quiso que siguieras respirando. No niegues con la cabeza. Fue ÉL. Tú qué opinas, Sydney?" "Carmen, yo es que no quiero meterme en esto" "Noo, opina. Opina libremente. Dios quiere aue opines" "Pues si Dios quiere que opine, yo opino que no existe. Opino que es una invención. Opino que no sé qué le habrá pasado a este señor, no conozco su historia, pero si es cierto que ha tenido un accidente, está vivo por el airbag, por el cinturón de seguridad, y por los médicos que le hayan atendido. No por Dios. Dios no existe. Dios, Jesús, el Señor, o como le quieras llamar, no existe. Y eso es todo lo que tengo que opinar."

Carmen me miró. Primero desconcertada. Después con condescendencia. Se levantó. Pensé que se había ofendido y que se largaba, cosa que no me habría importado en absoluto. Pero no fue así. Regresó con un trozo de papel y un lapicero azul, escribió algo, y lo guardó en mi bolsillo. "Recuerda esto", me dijo. Y volvió a su conversación con el desconocido.

Me aburrían. Recliné el chuchú hacia atrás e intenté dormir un ratito, con el runrún de su conversación de fondo.

A las 11 nos mandaron a la cama. Me acosté pensando en el nuevo. Esperaba que mañana mi mesita estuviera libre. No quería tener a ese señor pegado a mí como una lapa cada puñetero día. Joder, hay gente que puede llegar a ser muy pesada. Entonces recordé la nota de la Purísima. La saqué del bolsillo de la chaqueta. La abrí. "El Señor será tu amigo y estará siempre a tu lado."

La volví a doblar y la tiré sobre la mesa.

Aún no lo sabía, pero esa nota había dado en el clavo. Y de qué manera.



Día 17: Su historia

Mohammed me lleva a la ducha. Ya no nos vamos dando golpes contra la cama ni contra el marco de la puerta mientras lo hace, se ve que ha mejorado mucho. Se lo hago saber y sonríe. Le pregunto que qué hará cuando vuelva Ali, y que a dónde le van a destinar. Utilizo esa palabra, destinar. Realmente no sé cual es el término correcto, pero antes de ingresar vi un par de pelis bélicas y me moló el palabro, no sé. "Me destinan a Marruecos, Sydney. Vuelvo al ejército" "No me jodas, Moha" " Sí, tengo que hacerlo. Es mi deber. Es mi país". Le miro de arriba abajo. Pero si es un tirillas. Un niño. Y con todos mis respetos, un niño torpe. Y miedoso. Se caga de miedo cuando tiene que hablar con una enfermera. Este tipo no aguanta una guerra. No pega en el ejército. Que no joder, que no puede ser. Qué país ni qué pollas. A mi Mohammed no se lo lleva nadie. "Pero Mohammed, no te das cuenta de que..." Le miro. Se está descojonando. Se está riendo de mí. "Ay Sydney, qué divertida eres a veces. No, no me "desrinan" a ningún sitio. Cuando vuelva Ali seguiré aquí, estoy de prácticas, y me quedan dos meses y medio. Supongo que ya no llevaré tu habitación, pero nos seguiremos viendo". Suspiré aliviada. "Venga zángana, a la ducha!"

Mientras el agua corría por mi cuerpo, Mohammed me preguntó: "¿Bueno, y qué tal con tu amigo?" "¿Quién, Rhino?" "No, el hombre de ayer. El nuevo. El del desayuno". Le miré desafiante. Todo lo desafiante que pude, teniendo en cuenta que tenía los ojos llenos de champú y que me escochían horrores. "Ah. ESE. Ese no es mi amigo" "Vale, vale, leona, tranquila. Y por qué estás tan enfadada?" "Porque me quitó mi sitio" "Sydney, ya sabes que no hay sitios fijos. Siempre que os peleais por eso os tenemos que decir lo mismo" "Yaa, ya lo sé. También es que tú llevas tres días. Pero yo llevo 17, y siempre siempre me he sentado ahí. Y jolin, es que nunca me lo habían quitado, jo" Moha se reía "Pero Syd, que el hombre es nuevo, ¿él que iba a saber? Coméntaselo y ya está. Habla las cosas, mujer. Que para eso tienes boca." Pues también tenía razón, para qué nos íbamos a engañar. Pero es que me daba tanta vergüenza echar de su asiento a un extraño desubicado... En fin, ya vería.

20 minutos después, estaba sentada en la mesita. En mi sitio. Ni rastro del señor desconocido. Antonio era su nombre, creo recordar. Da igual. No sabía nada de su historia, así que para mí seguía siendo un desconocido.

9.10, empezamos a desayunar. El hombre sigue sin aparecer. Me intriga. ¿Se habrá quedado dormido?

9.14, ya tengo la naranja a medio pelar. No dejo de mirar el reloj. Ni rastro de Antonio. Ya no estoy intrigada, sino directamente preocupada. Quiero saber qué ha sido de ese hombre y si está bien. Empiezo a plantearme el preguntarle a Mohammed. Pero ese significaría admitir que me importa. No, tengo que aguantar un poco más.

9.19. Se abren las puertas del comedor y entra un sujeto. Es él. Lleva una de las perneras del pijama remangadas. Su pierna derecha. Madre mía, está hinchadísima, roja a rabiar y parece que supurando. Qué mala pinta. Pobrecillo. Veo que se acerca hacia las mesas, me mira, inmediatamente retiro la mirada, se acercs, duda, y finalmente se sienta en uno de los extremos de la mesa larga de la derecha. Solo. Se sienta solo. Pobre hombre, pienso. Un auxiliar le reparte su bandeja.

La mayoría han terminado de desayunar, solo quedamos unos cinco pacientes. Cuando por fin termino mi naranja, escucho un "te la acerco?". Era Antonio. Se estaba ofreciendo, de nuevo, a llevar mi bandeja hasta el carrito. A pesar de su pierna y la cojera. Se lo agradecí. Después de hacerlo, volvió, y preguntó si se podía sentar a mi lado. Le dije que por supuesto. "Mientas no sea en mi sitio", pensé. Traía un Marca desfasado en la mano, así que yo cogí mi novela y me puse a darle caña a las hojas. De vez en cuando levantaba los ojos del papel y veía que mi desconocido no estaba leyendo el Marca. Lo sostenía en las manos, pero realmente estaba mirando por la ventana. Él no sabía que yo le miraba. Pero lo hacía.

"¿Te gusta mirar?" "¿Disculpa? vaya, ya me ha pillado, pensé. "Por la ventana. Siempre estás sentada aquí. Creo que es porque te gusta mirar por la ventana" "Ahh (uff, salvada). No, en realidad es porque desde aquí puedo ver al resto de los pacien.. digooo mesas, y además la tele. También es un sitio de muy fácil acceso para que los auxiliares me coloquen sin tener que mover sillas ni dar rodeos. Y sí, no te lo niego, desde las ventanas hay muy buenas vistas. Por eso siempre, siempre me siento aquí. Justo aquí" "Vaya, supongo que entonces el primer día te quité el sitio. Discúlpame" "No te preocupes, no lo sabías. Me llamo Sydney, por cierto" "Yo soy Antonio, encantado". Parecía un buen tipo. Pero seguía sin saber su historia. Solo sabía lo del accidente en coche. Podía ser un patético suicida inofensivo, como yo. Pero también podía ser un asesino en serie que había terminado con la vida de su familia a propósito. Se había ofrecido a llevarme la bandeja. Varias veces. Eso le convertía en amable, pero no en menos sospechoso a mis ojos.

Permanecimos en silencio, cada uno con sus respectivas lecturas. Él enfrascado en los fichajes del Madrid, y yo en las conquistas de Edward. A las 10 en punto entró OhLadyVazquez en la sala. Nos convocaba para el Círculo.

De nuevo, todos los pacientes andando como zombies hasta la sala de gimnasia. Antonio se ofreció a empujar mi chuchú. Me aparcó cerca de la puerta, siguiendo las indicaciones de Vazquez, que se sentó a mi lado (Sorpresa. No.). A él le colocaron en el otro extremo de la habitación. Mi fijé en que había también otro paciente nuevo, un morito. Ayer no le vi, por lo que debía de haber entrado de madrugada o esta misma mañana.

Todos ocuparon posiciones. OhLadyVazquez abrió la reunión. "Buenos días. Como ya sabéis, estamos aquí para dar la bienvenida a los nuevos ingresos, y despedir a nuestros compañeros que se van de alta. Desde la última reunión tenemos dos pacientes que se unen a nosotros, y uno que se va. ¿Quién de los nuevos quiere comenzar?

Como siempre, todos mirándonos a todos. Por fin un chico levantó la mano. "Yu mismo, Siñorita". "Muy bien, Ahmed" "Yu llamo Ahmed, tingo 19 anios, y doctor dise qui yo estar aquí porque yo iscucho voses. Doctor dise que voses son por droga, pero yo creo qui vosea no son por droga" "Ahmed, a ver si te hemos entendido" hablaba Vazquez "Se te ha derivado aquí por un cuadro psicótico debido al consumo prolongado de estupefacientes. ¿Es así?" "Sí siñorita. Pero nu posible porque yo musulmán. Yo nu drogas. Nunca hamás. Imposible siñorita." Vazquez consultó una carpeta que tenía en sus manos "Pero Ahmed, tu psiquiatra lleva años realizándote pruebas toxicológicas y siempre das positivo en consumo de cannabis. Es decir, lo tuyo no es un consumo esporádico. Por lo que consta en tu informe y tú mismo le contaste a tu psiquiatra, fumabas diariamente entre 3 y 8 porros de cannabis" "Sí siñorita" "El cannabis, hachís, marihuana, se considera droga, Ahmed" "No siñorita. Yo soy musulman. Nunca droga. Solo fumar para relajar un poquito siñorita". Se pasaron un buen rato con esa discusión de besugos (besugos fumaos). El resto aguantábamos con estoica paciencia. Especialmente yo, que moría de curiosidad por conocer la historia de Antonio. ¿Qué escondían esos ojos azules?

Tres pacientes aprovecharon el debate para largarse.

Vazquez debió de dar por perdida esa batalla porque pasó al siguiente paciente. Por fin. Miré a Chema de reojo. "Ni se te ocurra levantarte, cabrón, que quiero estar concentrada". Parecía adormilado, a veces le daban más medicación de la cuenta y hoy debía de ser uno de esos días. Bravo.

"Buenos días Antonio. Nos cuenta su historia?" "Buenos días Dra Vazquez. Qué tengo que contar exactamente?" "Las razones y el motivo que, en su opinión, le han traído hasta aquí". No, joder. Vazquez, zorra. Dile que lo cuente todo. TODO. A mí me hiciste contar todo, y al moro fumao ese le has leído en informe médico en la cara. Haz lo mismo con Antonio. Queremos saber. El pueblo quiere saber. "De acuerdo doctora. Pues yo estoy aquí por un simple accidente de tráfico. Ni más ni menos" "Interesante. ¿Y por qué piensa usted que por un accidente de tráfico, en vez de ingresarsele en Traumatología, se le sube a la unidad de Psiquiatría?" "Eso es lo que estuve ayer preguntando todo el día, y hasta ahora no me han dado respuesta" "De acuerdo. Siga con su historia" "Pues como ya saben, mi nombre es Antonio. Acabo de cumplir 63 años y me desico a la hostelería. Estoy casado, vivo con mi mujer y tengo 4 hijos, ya mayores e independizados. Soy un hombre libre y es por ello que creo que tengo derecho a hacer lo que me plazca con mi vida" Miró desafiante a Vazquez "Vaya al grano, por favor" "No se preocupe que a ello voy. La semana pasada decidí coger el coche e ir a Marbella a visitar a mi sobrino. Pasé unos días allí con él y después, una noche de madrugada, me puse rumbo camino a casa. El viaje era largo, muy largo. No tengo muy claro qué ocurrió, creo que me dormí. Lo único que recuerdo fue abrir los ojos y tener la caja de un camión clavada en el parabrisas. El coche quedó destrozado. Por suerte a mí no me pasó nada, salí ileso. Solo notaba un fortísimo dolor en el pecho. Cuando la ambulancia me recogió, les dije que este era mi hospital de referencia y que por favor me trajeran aquí." "Y qué ocurrió una vez aquí" "Lo estoy contando y le agradecería que no me interrumpiera. Ya soy mayor y pierdo el hilo" Vaya zasca a la Vazquez, pensé. Sigue Antonio, sigue. "Cuando llegué aquí, nadie se dignó a examinarme el pecho. Nadie. Según entré por la puerta, tres celadores y un guardia de seguridad me rodearon y me retuvieron." "Y es ahí cuando se puso agresivo, según me consta" "Pues bien constao, doctora, muy bien constao. Efectivamente, me puse como un animal. Porque acababa de tener un accidente, porque acababa de entrar por la puerta, y porque nadie se había dignado a atenderme. Solo a rodearme" "Y qué pasó entonces?" "Que me ataron. Esos hijos de la gran puta me ataron. En una camilla. Como si fuera Hannibal Lecter o algo peor. Y así me tuvieron, con unas 10 correas, preso en una camilla. A mí, un señor de 63 años. Me mantuvieron así un par de horas, calculo. Luego me subieron a esta planta. Y en esa puta camilla sucia es donde he pillado esta mierda de infección -señaló su pierna- Y les juro por mi vida que cuando salga de aquí les va a caer la del pulpo por ello. Porque desdpués del accidente las piernas las tenía intactas. Pero intactas. Los pantalones seguían a estrenar. Esta mierda no ha sido en el coche, le garantizo que ha sido aquí. Y esa es mi historia. En resumen, que todo esto ha debido de ser un error muy gordo, no sé culpa de quién, pero un error muy gordo. Yo no debería estar aquí." "Antonio, gracias por su versión de la historia. Pero si leemos si historia clínica y el informe..." "Doctora Vazquez, no sé con qué clase de pacientes trata usted aquí. Pero ya le aviso de que yo no soy un colgao. Ni un loco. Ni un yonki porrero. Conozco mis derechos como paciente. Y ni usted ni el mismísimo Rey, pero aún menos usted, tiene derexho s leer mi historia clínica y mi informe en público. No lo tiene. Y si insiste en leerlo, hágalo. Tengo unos 25 testigos. La demanda que le va a caer es pequeña". Silencio en la sala. Un silencio que se me hizo eterno. Mi curiosidad por la historia de Antonio era grande, pero las ganas de ver a Vazquez bajarse los pantalones era aún mayor.

Silencio.

Silencio.

Silencio.

Vazquez cerró la carpeta y la dejó en el suelo. "Antonio, yo como Psiquitra le recomiendo que..." "Con todos los respetos, Doctora. Usted como Psiquiatra me puede comer las pelotas. Estoy más que harto de usted y de todos los de su calaña. Les tengo ya muy vistos. Y ahora, si me disculpa, he contado ya a tres de mis compañeros marcharse. Así que si no les importa haré lo mismo. Estoy casado, me duele la pierna, y necesito descansar". Y dicho esto, se levantó, abrió la puerta, y se marchó.

El compañero que se marchaba era Julio (Huuulio), que hizo una despedida fiel a su estilo. Es decir, sin decir nada. Por cierto, para que no os quedéis con la duda, estaba ahí por alcoholismo. Las estancias por ese tema suelen tener una duración de 7 días.

Pero vamos, que me la sudaba Julio y su despedida. Yo solo pensaba en el señor. Que evidentemente ya no era el señor. Ya era Antonio, el Gran Antonio. Que sí, que estaba gorduelo. Pero que habría sido el Gran Antonio aún pesando 50 kilos. Qué forma de ser, qué manera de estar, qué entereza. Cómo supo callar a la Vazquez. Qué clase, joder, qué clase.

Al salir del Círculo le busqué por todas partes, pero no había ni rastro de él. ¿Dónde estaría?

Llegó la noche, y seguía dándole vueltas. ¿Volvería a verle? ¿Cómo podía ser tan sumamente crack? Y algo que hasta ahora seguía sin respuesta, ya que su actitud había eclipsado todo: ¿Cual sería su historia?
Última edición por CacaDeLuxe el 27 Oct 2018 14:48, editado 1 vez en total.

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